Tantas ventanas, tantas puertas

2646716853_ea22d208cd

 

Tantas ventanas

Tantas puertas

tantos edificios

bloques y casas

 

Tantas vallas

Tantas señales

Tantas gasolineras

y líneas pintadas en la carretera

 

Tantas farolas

tantos contenedores

tantos centros comerciales

y puentes que sujetan el aire

 

Tantos ríos y lagos

tantos árboles y plantas

tantas ciudades en lontananza

y pueblos sobre montañas

 

Tantas perdidas miradas

tantas figuras que atienden llamadas

tantos caminantes que pasan

y que tuercen una esquina en una avenida lejana

 

Tantas personas que nunca conoceré

tantos recuerdos mientras muevo suave el volante

tantas canciones que acompañan la vida

y evidencias de que allí continua quien partió

 

Tantas sombras

tantas nubes blancas

tantos horizontes

y en el cielo de las noches la luna

 

Tanta miseria

tanta opulencia

ambas demostradas

tantos escombros entre matas

y campos de golf de islas calvas

 

Tanta hostilidad en los inabarcables mares

tanta en los desiertos deseada

tantos cielos que nos cubren

y delante nuestro

nuestra mano izquierda sujetando el volante

 

Tantas maneras de seguir

Tantas de no parar

de no volver

de estar moviéndose

de sentarse a comer

tantos restaurantes y bares

 

Tantos coches

que van y vienen que vuelven

perdidos sin saber donde

guiados por sus conductores

perpetuo movimiento de los que vivimos en esta Tierra

tantas esperanzas sin embargo

 

Tantas ventanas

tantas puertas

tantas vidas

a medida que el coche pasa

y sobre los cristales la lluvia,

el limpiaparabrisas ahora

aclara mi propia vida

que sobre ruedas

esta máquina lleva

hacia el futuro

que en cada kilómetro

se muestra.

El tiempo: 29 de septiembre de 2009

Como una informe y particular vía láctea visible sólo por el anual chorro de pintura dorada que lo muestra y las mil señales que a veces acertamos a comparar con nuestros recuerdos, ahí está, el jodido tiempo, aquel que de pequeño no pasaba, y se desparramaba perezoso por nuestros juegos, nuestros tebeos, nuestra picias, temores y sorpresas, que hacía nuestras tardes largas y las noches un plató de película bajo las mantas, donde la prisa por el sueño no existía. Ese que sin darnos cuenta fue levantando el vuelo hasta poco a poco ir cazándonos entre sus piernas, sus brazos y sus alas, y al que solo conseguimos engañar cuando nuestros besos deseados lo arrinconan y suspenden, -tan pocas veces-, testigo entonces de nuestros estelares momentos. Aquel que querríamos tener delante nuestro sin cuento, aquel que hemos desgastado con los años vividos, el malgastado y el apurado hasta las heces, el que suponemos en los demás y en nuestros hijos que allá abajo suben y en nuestros padres que se disponen a salvar el repecho de allá arriba. El tiempo, el que nos pone nerviosos, el que a veces celebramos, la parte infimísima de la historia que nosotros mismos ínfimos estamos protagonizando. El tiempo que nos corre paralelo sin remedio, el que tan bien llevamos si tenemos una mano que queremos agarrar y que en el camino nos acaricia la nuestra, el tiempo, joder con el tiempo, como pasa el cabronazo.

Impresiones de la Feria (dos)

Cuatro mujeres de edades entre los 50 y los 70 sobreadornadas de collares y coronadas por permanentes desayunan chocolate con churros y porras, mientras, otra, de pie al lado de ellas, les desgrana su consulta con la médica que ya había vuelto de vacaciones, está bien de colesterol pero viene de la farmacia de comprar sus pastillas y jarabes, no porque esté mal, -aclara- sino porque debe tomarlas. Dice que se encuentra muy bien, ¡ya ves tú! Mientras, sus oyentes mojan porras y churros en el chocolate en una sinfonía de movimientos perfectamente ejecutada. De repente una de las mujeres se levanta y saca algo de su bolso, es una pastilla blanca que engulle al mismo tiempo que se sienta ayudada de un trago de chocolate. La que viene del médico no debe sentirse muy reconocida por las cuatro amigas que la han escuchado, pues decide cambiar de escenario y va a sentarse enfrente de otra mujer sola y muy gorda que moja inmensas porras en la taza de chocolate. Ésta también la escucha sin abandonar su principal tarea, y a mi me parece que a cada porra que trasiega es un poquito más gorda y que tendrá muchas dificultades para levantarse de la mesa.

 

En la barra dos veinteañeros con una sonrisa que delata los efectos de toda una noche de juerga se toman un café con leche, tras darse estentóreas palmas y despedirse como si estuvieran solos en el bar, parecen dirigirse a sus coches para irse a casa o, quién sabe, quizás a levantar la borrachera, o tal vez a tomar otro café que les despeje. La mañana de Ferias es para salir a pasear, para regresar a dormir, yo mientras compro churros y porras para llevar a los niños que todavía duermen, ellos también se han acostado tarde. Estoy deseando salir de nuevo a pasear, a mirar, a encontrarme con gente.

Impresiones de la Fería (una)

Un Mickey Mouse con globos de colores en las manos camina en medio de dos policías aparentemente detenido. En el cielo el estruendo de un F16 en vuelo nocturno por encima de la Feria –se me había olvidado que también forman parte de la sintonía de la ciudad-. La gente entra ahora a borbotones al recinto ferial mientras nosotros salimos después de que los niños hayan montado en todos los cacharros, siempre pocos para ellos. Se nota el frescor del río cercano del que se vislumbran en la oscuridad los árboles de sus riberas. Atrás quedan las luces de colores, los humos de los churros, el polvo de los paseos, el dulce aroma del algodón de azúcar, la música entremezclada de mil altavoces, los vómitos detrás de las casetas ya limpiados con agua. Salimos pues de ese paraíso de los niños y de aquellos que adormecen sus pesares para parecer otros en la aparente fiesta, en la tarde que ahora es ya noche mientras nos encaminamos hacia la plaza de Cervantes.

Pensión completa

El hotel es grande, aparentemente moderno y la piscina uno de sus centros, el otro es el gran comedor con dos autoservicios que ocupa buena parte de los sótanos. Vamos a dormir aquí dos noches. Pieles de variadas nacionalidades se dejan quemar por el sol de la tarde, o de la mañana, aunque mejor sería decir que de la mañana, el mediodía y la tarde. Las tumbonas y las sillas son a menudo territorios privados mientras dura el sol, a veces adornadas con una toalla durante todo el día. Son toallas sufrientes bajo el sol que las calienta hasta secar sus fibras ya cercanas al incendio. Y mientras, sus dueños se bañan, o también pasean, o vegetan lejos de su colorida tela. Cuando llega la hora de la comida la piscina comienza a despejarse y entonces es posible bañarse con una cierta holgura. Nosotros esperamos hasta las dos y cuarto pues a las dos y media ya no se puede entrar. La comida es abundante, y el paladar debe ser de goma para limitarse a tragar y a guardar energía para resistir el sol, pues todo rastro de deleite debe ser desterrado. Comer se convierte entonces en un apreciado entretenimiento entre chapuzón y chapuzón, una apoteosis del divertimento, donde todos vamos y venimos al y del autoservicio a coger platos constantemente, para amontonarlos, casi nunca vacíos, en una pila sobre la propia mesa, e iniciar después un nuevo viaje al escaparate de libre acceso con la esperanza de encontrar alguna cosa que nos satisfaga más después del habitual chasco.

El desayuno en nuestra primera mañana se inicia con la búsqueda de un sitio donde instalarnos, búsqueda que se convierte en sorda lucha con otros individuos de piel roja o blanca -dependiendo ésta de su antigüedad en el establecimiento- para encontrar donde depositar la bandeja con los distintos trofeos recién cobrados en el muestrario de comidas. Cuando vuelvo de mi primera incursión de ponerme mi primer café  casi choco con una mujer con los ojos como platos que lleva en la mano un plato con un churro gordo y una salchicha camino de su mesa, y en el fondo celebro esta fusión que destruye cualquier orden a la hora de engullir y que resume perfectamente la esencia de las costumbres ajenas, de las costumbres adoptadas: el churro y la salchicha como seña de identidad, me entusiasmo, estoy por apuntarme e incluso de dibujar los dos alimentos y enarbolarlos cruzados como escudo de una hipotética bandera que tape las que yo se me: reino de la ciencia-ficción, no habría manera de construir un nacionalismo con semejante escudo. Mientras pienso en que orden se habrá comido la mujer el churro y la salchicha, engullo, acuciado, por la posibilidad de hacerlo, tres croissants, dos cafés con leche, una magdalena, un café con leche, un croissant, un bocadillo de salchichón y un café con leche, por este orden. Estoy satisfecho y listo para lo que me echen en el recinto carcelario pero sin rejas de la piscina.

Esta piscina con forma de ocho sin agujeros en el centro es con diferencia el lugar donde más tiempo hemos pasado, al margen de las horas de sueño que en este caso no cuentan. Todos realizamos aquí un baile ordenado con los mismo pasos, que van y vienen entre la piscina, las hamacas y el perímetro del ocho, con sonrisas a los niños y amable comprensión ante el vecino. Muchos al mirarnos parecemos decirnos con los ojos que nosotros en realidad preferiríamos estar en otro lado, pero que estamos aquí por los niños. Y es verdad, pero aquí estamos, celebrando, penando.

Entre pelotas azules de Nivea, chapuzones que desalojan agua y salpican en cantidad inversamente proporcional al peso del individuo bomba que se arroja, manguitos y flotadores varios, los niños mandan y vaya si mandan, sobre todo los nuestros. Somos esclavos y mi espalda ha reposado sobre las tumbonas escasamente cinco minutos entre los dos días, pero lo he hecho con gusto, que remedio, yo en realidad hubiera querido estar en una habitación sombreada, eso como mínimo, mientras el sol se aprovechaba de los habitantes de las tumbonas, de los bañistas.

Los tatuajes abundan entre hombres y mujeres, entre los nacionales como en los foráneos, en las piernas, en los brazos, en la espalda y en el torso, y más ya no pude ver, aunque ni siquiera trato de imaginármelo. Oigo hablar en holandés, en francés, en italiano, en ruso, en ucraniano (supongo), en inglés, y en español, no tan claro, también en catalán, poc, es clar. La playa está a dos pasos pero aquí las bebidas son baratas, y más si las compras en el súper que hay cerca de la entrada en el que solo venden bebidas y algún ligero tentempié.

Por la noche, cuando llegamos de pasear entre puestos y atracciones como si de una verdadera Feria se tratara, actúa el dúo Jazmín, y una tropa de jubilados de Santander baila acompasada música country, salsa, disco y folklórica demostrando que no es la primera vez, ni siquiera la décima que lo hacen. Tomamos un café en la terraza del bar que da a la piscina antes de subir a la habitación y en los balcones las toallas de playa colgadas de las barandillas doradas prácticamente cubren la fachada, son las verdaderas banderas de éste y de todos estos establecimientos.

Al siguiente día, una masa sin forma ni orden tiene tomada la recepción. Son gente que llega y gente que se va. Nosotros nos vamos hoy, dejamos nuestra habitación non stop a nuevas pieles blancas mañana acangrejadas, las barandillas doradas del balcón a otros colores de toallas de playa y nuestro sitio en el comedor a merced de nuevos devoradores de comida en su más alimenticio y exuberante término.

Me voy y ya se me ha olvidado de donde acabo de salir. Hoy lo recuerdo porque me pregunto donde he estado este fin de semana. Y ya pasado me doy cuenta de que no necesito volver, aunque el lugar cumpla a la perfección lo que antes de ir le pedí: piscina y aqeuímelasdentodas. Por tanto, perfecto. ¡Hasta nunca!, o puede que, ¡hasta la próxima! Llegada una determinada edad, uno no pude asegurar taxativamente lo que hará o lo que no hará.

Deseos, nostalgias, pero alegrías

Soportales

Añoro ahora, y no puede explicar muy bien por qué, caminar en las primeras horas de la tarde por la calle Mayor en dirección a la Plaza de los Santos Niños, e ir atravesando las sombras de las columnas que cortan sesgadas sus aceras de mi lado izquierdo. Puedo sentir en mi piel y bajo mi ropa el calor acrecentado por las piedras, pero sobre todo la extraña alegría de recuperar algo perdido o escondido en mi mismo.

A veces me pregunto si podemos ser plenamente nosotros en un lugar diferente a aquel en el que has vivido tu niñez, tu juventud y parte de tu madurez, y pienso que sí, que sí que podemos, lo que no podemos es obtener en nuestro nuevo lugar las recompensas que solo nos aguardan allá donde fuimos niños, jóvenes o adultos, por mucho que nuestro nuevo lugar en la Tierra nos guste. Dónde si no podemos reencontrarnos con nuestras propias, rotundas y negras sombras bajo éste sol alto en este aire nítido de la meseta donde estuvimos tanto tiempo. Dónde si no nuestros recuerdos agazapados entre los soportales. Dónde nuestros pasos que cruzaban la calle buscando y encontrando, celebrando y penando. Donde, en fin, nuestras imágenes guardadas de nosotros mismos y de aquellos que nos han acompañado paradas todas en un determinado tiempo, en una determinada edad, como fotografías que cobran vida al salir incrédulas de nuestra memoria.

Ahora son las once y media de la mañana en Barcelona y sin embargo yo estoy paseando junto al Hospitalillo buscando ya el refugio de los soportales en este día de julio cuando son las cuatro y media de la tarde.

Me siento acariciado por este calor recobrado y viejo, acogido en este lugar hermoso a esta hora del día, tal vez porque no espero que nadie lo haga, porque penetro de nuevo el alma de un lugar al que pertenecí y pertenezco y por eso me siento uno más. Nadie me da las gracias ni lo espero, pero nadie me pide nada, “aquí estamos, cuando quieras, ya sabes” parece decirme una voz irreconocible. Aquí un abrazo equivale a abrazarse a nuestra vida recobrada en los demás, en los que encontramos y notamos que el tiempo pasó por ellos, como ellos lo notan en nosotros, pero también en los que ya no están y que siguen estando con nosotros.

Alguien me llama, es una mujer, no la reconozco al principio, pero nos acercamos y sí, nos damos un beso, miro el tiempo que no nos vimos en su cara, como ella lo mira en la mía y supongo que también la densidad de mi pelo, reímos, resumimos en minutos nuestras vidas, nos despedimos. Camino ahora empujado por la alegría del encuentro, de verla, y también por la alegría de reconocer en ella su alegría de verme. Estoy aquí, la geometría la física y la geografía de nuestras vidas nos sirven para situarnos en el mundo y no marearnos.

Dos personas cruzan la Plaza de los Santos Niños, el cine que aquí había lo han cerrado, sigo andando y giro a la derecha, busco ahora la sombra de los árboles de la Plaza de Palacio, donde el silencio mayoritario y el sonido del débil chorrito de la fuente sobre el redondo estanque toca las teclas necesarias para poder, si te lo propones, amar el mundo. Cuando llego de vuelta por la calle de Santiago y de nuevo un pequeño tramo de la calle Mayor hasta la plaza de Cervantes aquí las imágenes se me agolpan. En una de ellas yo tenía por ejemplo once años y corría con un duro bien asido camino del puesto del señor Retabé a comprar sobres de soldados o con un mazo de tebeos para cambiarlos a diez céntimos por ejemplar. En otra imagen yo estaba sentado en un banco con un grupo de amigos a mis dieciséis años esperando el comienzo de la tarde del domingo, iniciando la ceremonia de la originalidad que mostrará a las chicas quien era yo, o quien no era. Otra imagen de mis veinte pocos años donde ella y yo íbamos de la mano camino de su casa hablando de cosas profundas a la medida de nuestra profundidad adquirida deseando al mismo tiempo llegar para tocarla y besarla en la oscuridad de nuestros variados escondites.

La Plaza de Cervantes era el lugar de la ciudad donde para nosotros empezaba todo, donde terminaba todo. Allí, y lo digo en presente, quedamos y nos despedimos, allí bebemos y nos encontramos, y allí juegan también nuestros hijos dando vueltas a la estatua del centro de la Plaza. Tantos paseos, tanta gente, besos, lágrimas, borracheras, resacas, encuentros inesperados o deseados, presentaciones, recaídas, renacimientos, nacimientos, miradas, cigüeñas, juegos, cervezas, coca colas, cigarrillos, actos políticos, actos jaraneros, extraños, ferias, madrugadas, mediodías, tardes, mañanas, no presencias. Es un gran rectángulo como muchas plazas claro, pero ésta es mía, contiene el mundo entre sus cuatro lados transparentes donde nos remansamos y miramos más allá. Es un lugar para quedarse, para llegar, para irse, para recordar y olvidar. Debe ser que nuestra vida comienza a ser larga y por eso de repente se me amontonan los recuerdos, ahora aparezco cogiendo de la mano a mi hijo en el pedestal de Cervantes, cuidando de que no se caiga en una de las vueltas.

Son las siete de la tarde ahora y la calle Mayor y la Plaza bullen. Las tiendas abiertas expulsan el aire frío, las piedras de los bancos de la Plaza arden del calor acumulado incluso ahora que las más cercanas a la entrada de la calle Mayor llevan una hora a la sombra. El paseo es ahora más accidentado pues los encuentros son casi continuos. Es curioso porque en mis visitas a Alcalá, cuando recorro la calle Mayor, hay veces que no me encuentro absolutamente a nadie y otras veces que me estoy parando casi de continuo con gente a la que saludo o simplemente a la que de vista reconozco.

Estoy feliz de estar en Alcalá de Henares a las siete y media de la tarde, incluso ahora que son las doce y media de la mañana en Barcelona.

Momentos

La primera luz del día se cuela entre las azoteas e ilumina justo una terraza donde un hombre sin camisa fuma un cigarrillo apoyado en la barandilla, seis pisos por encima de la calle justo enfrente de la Sagrada Familia. Pienso en ese hombre que seguramente se ha despertado pronto por el calor, o se ha despertado por el frescor, que mira las torres inacabadas y se siente afortunado por estar donde esta ahora. Pienso en que me ha visto mirarlo y que probablemente piense él que yo pienso que tiene suerte por estar ahí, y confieso que así es, que me gustaría estar allí para ver lo que el ve, para disfrutar de la tranquilidad que aparentemente él disfruta ahora. Entro entonces al metro y él se queda fumando mirando la ciudad desde arriba, tal vez degustando ese momento que tal vez pronto se acabará cuando su familia se despierte, o cuando el peso del nuevo día igual que ayer le recuerde quien es y donde está. Lo que dura un cigarrillo, lo que dura mi viaje en metro, lo que dura el frescor de la mañana, un beso, beber un café, la conversación sobre el Perú que acabo de tener. Momentos.

La poesía

A veces la poesía es una realidad odiosa,

en su propia existencia

un lujo hiriente

como la luz blanca de un mediodía sahariano

a veces es un mamotreto inexplicable

remoto como un recuerdo

en nuestra mente apenas esbozado.

 

Entonces reposa escondida

en un cajón inencontrable

obligada por la ineludible realidad

del mundo obligatorio

el que nos marca, hiere y la condena.

 

Pero donde queda entonces

la completa vida

si unos versos

que trataron de aprehender el mundo

no la explican.

 

Donde quedan entonces los besos

si no pueden iluminarnos

más allá de su sabor,

de nuestras palabras

o nuestra imagen en el espejo

a lo largo del tiempo modelados,

por ejemplo en un poema.

 

No se puede viajar

ni avizorar el mundo

sin  recordar después

aquel mar de amarillo trigo

o aquel otro de azul  océano

que por siempre nos acompañará

tal vez dibujado

o por ejemplo en una poesía.

La vuelta

Un vendedor de la ONCE con una terminal para tarjetas colgada del cuello se pasea a lo largo de la larga barra del bar y recoge de las mesas los platos sucios cuando la gente las desocupa. Mientras pido nuestros platos, un camionero que parece inglés pide un plato de bacón con el pan a parte y café americano. Por la barra deambulan hombres que parecen camioneros en su mayoría gordos o muy gordos que parece el fruto de la dejadez macerada en las muchas horas de ir sentados en los cómodos asientos de sus camiones. Una tripa amarilla me tapa la visión del camarero que ahora me llama para darme dos de los platos. Es un microcosmos imperfecto de gentes que vienen y se van donde muy de vez en cuando entran también familias que vuelven o van de veraneo en este inmenso restaurante-venta  siempre abierto que tiene un edificio gemelo al otro lado de la autovía A35 a las afueras del pueblo de Fuente de la Higuera, en Valencia, en la incorporación de la carretera N430 que comunica a la A35 con la A31.

No puedo dejar de pensar si esto no es una significativa muestra de lo que es España, ya se que no la explica en su totalidad, ni mucho menos, ni siquiera es extrapolable, pero un lugar como éste solo puede encontrarse aquí: el desparpajo, la eficiencia y simpatía del camarero, -es verdad que podría haber sido justo al contrario-. El trajín constante de gente entrando y saliendo, comiendo, bebiendo y fumando; su variedad, como la de las tripas y de los pantalones cortos también son un buen muestrario. El suelo está salpicado de servilletas de papel arrugadas, de colillas y de restos de comidas, y cuando pasa una de las camareras barriendo el suelo, la montaña de detritus alcanza una altura respetable y el bar parece ahora otro. La comida es pasable, el precio asequible, no hay excesivas pretensiones, tampoco chabacanas decoraciones como cuando parecíamos tan ricos. Afuera, el aparcamiento está a rebosar de camiones mientras un vigilante con chaleco amarillo se  guarece del implacable sol.

 Es éste un buen lugar para parar y para estar, para deambular con libertad y para comprar lazos de Astorga,  mantecados de la Mancha o galletas de Camprodón. Levanta el ánimo por su vitalidad, aunque también puede suceder que a alguien le  hunda en la miseria por su provisionalidad. Está a mitad de camino entre Almería y Barcelona en esté sábado en el que volvemos de las cortas vacaciones, negros por el sol, yo añorante de casi nada en mi destino.

Rodalquilar

Cerro de Lobos

Bueno, por fin mañana salimos para Rodalquilar, el coche de nuevo enfilando el sur, saliendo de los límites geográficos y mentales, una liberación en todo el sentido de la palabra, lo confieso,  un dejar atrás, un dejarse abrazar y apretar por el sólido calor que nos espera, pero está la luz difusa y casi blanca de la llegada que lo envuelve todo: las piedras, la tierra, el verde de las pitas y de las palmeras, la mina abandonada y sus arenas rosadas, la quietud de los cerros entreverados de verde, y el mar, el mar allá a lo lejos que lame la tierra y se la lleva y la trae después de lavarla, todo eso nos espera, es el reencuentro, por fin estoy aquí.

La canción dice que se pueden querer dos mujeres a la vez, y me cuesta trabajo creerlo, pero se que uno puede sentir que ha llegado a casa aun viniendo de casa,  que ésta puede estar en más de un lugar, Rodalquilar es uno de esos lugares. Es un domicilio etéreo, una excepción deseada y blanca donde no me llegan las cartas, donde aún suenan con el viento las cañas altas al lado de la ventana del dormitorio. Es éste un lugar donde al llegar siento por minutos que he vuelto para enseguida olvidarme de ello porque ya estoy, ya estaba, pero temiendo la partida de nuevo.

El breve frescor de primera hora de la mañana cuando abro la puerta de la mosquitera y me siento en el poyato con el primer café: me digo que ese es mi sitio aunque no lo sea. El paseo a por el pan cuando suena el claxon de la furgoneta que viene de Campohermoso o del Pozo de los Frailes,  y a por el periódico antes de los desayunos en la gran mesa: el moje, la leche, el pan, la mermelada, las galletas, más café; en seguida los preparativos para la playa después, la expedición bajo el pequeño infierno que es un sacrificio necesario y ansiado porque significa que estamos allí, porque para revivir hay que morir y mientras, el agua fresca del mar, si no hay medusas, es un bálsamo, un parque para ellos, y la vuelta después, como una expedición desde el Lago Victoria recién descubierto, por impenetrables selvas  de grandes árboles, plagados de monos que se bañan en oscuros ríos, sino caminos polvorientos, soledad de cigarras y raquíticos oasis de palmeras africanas. De nuevo en casa soltando arena, cansados, la ducha, la comida, la siesta. Y sentarme con la piel caliente después del sueño a beber café frío mientras leo, escribo o simplemente miro la rambla seca abajo, el caballo blanco pastando, el sonido de la puerta mosquitera que se abre y se cierra por el viento, por el juego infatigable de los niños.

El paseo de la tarde es siempre por los caminos de la enorme antesala de lo que nadie entendería como el Paraíso, pero que lo es y solo puede estar aquí,  bajo esta luz rojiza que acompaña el último sol del día sobre la piel, las montañas sinceras y desnudas, el rojo sobre su cimas, el verde vivo de las pitas, las piedras que suenan como en ningún lugar al golpearlas mientras ruedan pendiente abajo, el silencio que resalta el bufido de alguna ráfaga de viento al coronar los cortados y las revueltas del camino, el mar allá abajo que se prepara para dejar de existir en la noche, solo a sonar acompasado. Debe ser la confirmación, ahora que lo pienso, de que el Paraíso, como tantas otras cosas, es una creación mental que cada uno sitúa o construye donde quiere o recuerda, yo lo construyo aquí, y más exactamente, si quieren datos concretos de uno de sus parajes, entre Rodalquilar y El Playazo, entre la carretera a Las Negras y el mar, el Cerro de Lobos, por ejemplo, o los caminos fantasmas que rodean la antigua mina de oro y sus lavaderos de mineral, pero hay más recovecos, más caminos, más colinas y montañas, más habitaciones en este lugar adonde mañana llego.

Ya se me desmorona este lugar donde estoy ahora de puro deseo de comenzar el viaje, de estar lejos, y de llegar al pequeño parque antes de entrar en Rodalquilar y donde a veces juegan los niños en el tobogán verde y rojo, al lado de donde una noche vimos un zorro que venía de buscar comida en el pueblo.

Ya veo de noche las estrellas, aquí, como en otro lugar, sí,  pero aquí, donde la noche es igual que en cualquier lugar aunque no lo sea, el paseo por la carretera después de cenar porque se nos acabó el pueblo, el cielo levemente azul, los grillos contratados para afirmar la noche, el frescor ahora, la vuelta por el pueblo de nuevo, el puente sobre la rambla y de nuevo en casa, y cerrar la puerta de la mosquitera. Suenan las altas cañas de nuevo junto a la ventana mientras cierro los ojos en la oscuridad, me duermo.