A veces la poesía es una realidad odiosa,
en su propia existencia
un lujo hiriente
como la luz blanca de un mediodía sahariano
a veces es un mamotreto inexplicable
remoto como un recuerdo
en nuestra mente apenas esbozado.
Entonces reposa escondida
en un cajón inencontrable
obligada por la ineludible realidad
del mundo obligatorio
el que nos marca, hiere y la condena.
Pero donde queda entonces
la completa vida
si unos versos
que trataron de aprehender el mundo
no la explican.
Donde quedan entonces los besos
si no pueden iluminarnos
más allá de su sabor,
de nuestras palabras
o nuestra imagen en el espejo
a lo largo del tiempo modelados,
por ejemplo en un poema.
No se puede viajar
ni avizorar el mundo
sin recordar después
aquel mar de amarillo trigo
o aquel otro de azul océano
que por siempre nos acompañará
tal vez dibujado
o por ejemplo en una poesía.
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