El papel blanco

El sol ilumina un papel blanco ligeramente arrugado como si fuese una estrella de cine. Baja la calle a trompicones en la dirección correcta del tráfico sin desviarse del centro del carril de circulación en el que está situado. La calle está extrañamente vacía, el papel es el único objeto que recorre la calzada. Ahí va, desde la acera lo veo pasar entre coche y coche en su descenso; el semáforo se pone en rojo, se para, y espera.

Un rinconcito al lado del mar / Un petit coin à côté de la mer

El viento leve, un padre con sus dos hijas vuelven colina arriba hacia la palmera  que tapa el sol último de la tarde. De repente estoy sólo. El mar viene y se va, viene y se va, como siempre hizo. Este pequeño rincón del mundo me hace fuerte. Nunca se puede morir en un lugar así, mientras abrazo mis piernas que se enfrían. Tengo la carne de gallina y noto que vivo, aunque me doy cuenta que no estoy sólo, las presencia aceptadas siempre pugnan por su sitio. Me siento en la hierba mientras el viento enfría mi piel y mece los juncos, y en ese mismo momento, alguien ve como la tarde se va por la menguante luz que entra por la puerta de la terraza, y también como un ligero viento mueve las cortinas de su habitación; su mirada se mece en ellas, como yo miro el mar…

No puedo escribir

No puedo escribir, y mira que hay motivos, pero es como si a medida que la tranquilidad me invadiese fuese desalojando el impulso que me empuja a construir párrafos. Al final va a ser verdad eso que alguno ha dicho de que cuando mejor se escribe es cuando uno está mal. Ya se que no es verdad, o al menos no del todo, pero en mi caso, estos días, coincide. No es que sea un tío feliz, no, no soy tan aburrido, es simplemente que no me encuentro mal, que estoy aquí mirando por la ventana sin que me duela la tripa y tema llegar a casa. En fin, ahora que releo esto, poca cosa, y solo por dejar fe de ello. Y eso que muchas mañana vengo deseoso de escribir algo, pero pronto la rutina, que se sienta en la mesa de al lado, me mira y cercena todas mis elucubraciones y pensamientos, entonces emito un bostezo de horas, como si fuese un enfermo imaginario. Una mierda, vamos. Y ahora voy a cortar, mi imaginación y mis ganas no pueden ir más allá de este treceno renglón.

Un rollo de papel blanco

Va y se pone las gafas, se dispone a escribir catapultado por el excesivo impulso, convencido del inmenso depósito de inspiración y deseo. Desearía plasmar, no, contar, escribir una historia a partir de su historia, o mejor quizás, traducir a la ficción ecuménica lo que transita su alma oscura o clara según las veces, consciente de que es ese el secreto de la mejor literatura, el sentimiento particular como enseñanza universal, aun no siendo esto lo que le ha empujado a escribir ahora, cuando la mira, cuando la ve marchar. Se escribe a partir de la pérdida, de la miseria, del dolor, o del encargo quizás, pero sobre todo del rebosamiento de deseo que se precipita hacia el suelo, tan lentamente con palabras que caen meciéndose como plumas, bisílabos, polisílabos, adjetivos, nombres, verbos en diversos tiempos, proposiciones, admiraciones e interrogaciones, que el escribiente trata de recoger en sus manos para que no se pierdan y que volverá a utilizar para construir la historia que en él bulle, aún desconocida, para ser leída y releída, para regalarla y abandonarla, para contarle a otros que pasó, por ejemplo, un día en la vida de Matilde y Hans, hoy que el lunes enfrió la pasión creída, hoy que el agua moja antipática la gris acera por donde caminaron ellos.

Un gran rollo de papel blanco delante de las últimas palabras se extiende por kilómetros en un desalentador desierto por el que quisiera transitar para fijar, para conquistar, donde ver la huella de sus pasos, para agarrar su mano en el lento caminar tras la brisa al despertar, para acotar con una lona liviana el espacio donde extender la manta donde reposaran en la noche de luna y estrellas, abrazados y levemente arropados, sin saber por qué, o simplemente para sobrevivir, aquí, donde las palabras son además la prueba de que no están solos, y también de que el viento es capaz de mantener el sonido de su voz en el espacio, más allá de la habitación donde están acostumbrados a escucharla. Y soplar sus ojos donde entró un grano de arena, y besarla después, y darle ánimos, entre estas piedras cortantes que machacan los pies. Armándose de una paciencia irracional para continuar hasta que llegue de nuevo la noche, y sobre la arena caliente de la duna blanca mirar de nuevo el cielo seguro en la inmensidad mortal del desierto, con su cara junto a la suya, su pelo cosquilleándole su oreja y notar que se ha dormido o se acaba de dormir, y besarla entonces en un beso cálido e incierto ante la mañana que se avecina del nuevo día que vendrá, al fin y al cabo están vivos. Matilde con su cuerpo amoldado a la arena, Hans de pie en la cima de la duna a la que trepó descalzo, oteando el mar amarillo y el sol que de nuevo sale anunciando ya el calor irremediable.

Seguir escribiendo, narrando, esperando mientras el que escribe transita el espacio vacío en la inesperada e indeseada batalla por sobrevivir. El amor en el desierto podría transformarse en odio si el viento, la arena y el horizonte infinito de días y semanas es siempre el mismo, o bien pararse y amarse mientras deciden vivir lo que tienen, racionando sus posesiones, luchando a brazo partido con la desesperación que se ha subido a sus sombras sin que ellos lo sepan y que se despiertan al mediodía, justo cuando el sol se esfuerza en apretar sobre sus cabezas cubiertas.

Y es entonces cuando el escritor decide rescatarlos y depositarlo en una habitación en la penumbra donde dormirán dos días, donde despertarán juntos, donde se amarán brillando en su dorado color, limpios de arena, con su sonrisa de plata, en sus sábanas blancas, en una tarde de invierno, quizás.

El rollo de papel blanco es ahora menor y de nuevo espera, el escritor sueña.

Tantas ventanas, tantas puertas

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Tantas ventanas

Tantas puertas

tantos edificios

bloques y casas

 

Tantas vallas

Tantas señales

Tantas gasolineras

y líneas pintadas en la carretera

 

Tantas farolas

tantos contenedores

tantos centros comerciales

y puentes que sujetan el aire

 

Tantos ríos y lagos

tantos árboles y plantas

tantas ciudades en lontananza

y pueblos sobre montañas

 

Tantas perdidas miradas

tantas figuras que atienden llamadas

tantos caminantes que pasan

y que tuercen una esquina en una avenida lejana

 

Tantas personas que nunca conoceré

tantos recuerdos mientras muevo suave el volante

tantas canciones que acompañan la vida

y evidencias de que allí continua quien partió

 

Tantas sombras

tantas nubes blancas

tantos horizontes

y en el cielo de las noches la luna

 

Tanta miseria

tanta opulencia

ambas demostradas

tantos escombros entre matas

y campos de golf de islas calvas

 

Tanta hostilidad en los inabarcables mares

tanta en los desiertos deseada

tantos cielos que nos cubren

y delante nuestro

nuestra mano izquierda sujetando el volante

 

Tantas maneras de seguir

Tantas de no parar

de no volver

de estar moviéndose

de sentarse a comer

tantos restaurantes y bares

 

Tantos coches

que van y vienen que vuelven

perdidos sin saber donde

guiados por sus conductores

perpetuo movimiento de los que vivimos en esta Tierra

tantas esperanzas sin embargo

 

Tantas ventanas

tantas puertas

tantas vidas

a medida que el coche pasa

y sobre los cristales la lluvia,

el limpiaparabrisas ahora

aclara mi propia vida

que sobre ruedas

esta máquina lleva

hacia el futuro

que en cada kilómetro

se muestra.

La poesía

A veces la poesía es una realidad odiosa,

en su propia existencia

un lujo hiriente

como la luz blanca de un mediodía sahariano

a veces es un mamotreto inexplicable

remoto como un recuerdo

en nuestra mente apenas esbozado.

 

Entonces reposa escondida

en un cajón inencontrable

obligada por la ineludible realidad

del mundo obligatorio

el que nos marca, hiere y la condena.

 

Pero donde queda entonces

la completa vida

si unos versos

que trataron de aprehender el mundo

no la explican.

 

Donde quedan entonces los besos

si no pueden iluminarnos

más allá de su sabor,

de nuestras palabras

o nuestra imagen en el espejo

a lo largo del tiempo modelados,

por ejemplo en un poema.

 

No se puede viajar

ni avizorar el mundo

sin  recordar después

aquel mar de amarillo trigo

o aquel otro de azul  océano

que por siempre nos acompañará

tal vez dibujado

o por ejemplo en una poesía.

Ganas

Hoy tengo de rasgar el papel con la punta de titanio reforzado de un bolígrafo poderoso con mil litros de tinta en su depósito. Un difuso malestar bloquea cualquier atisbo de sacar mi cabeza por encima de este agujero de 1,60m x 1m donde estoy enclaustrado. Desearía, creo, o debo creer, salir con una euforia de pasos recobrados, recuperar los millones y millones de ángulos con que se puede ver y estudiar el mundo con las ansias multiplicadas por mil de aquellos quince días de internamiento obligado en un hospital, donde veía siempre la misma esquina de una calle que estaba siempre allí desde el único ángulo posible de la ventana de mi habitación. Era una esquina insulsa de una calle estrecha y poco transitada, un dibujo inamovible tras el cristal pero cambiante en su luz, atractiva en las mañanas, en las tardes y en las noches donde sediento deseaba estar para recobrar y celebrar la rutina perdida, creyendo que me merecía una nueva oportunidad para recuperar el ritmo olvidado y ahora redescubierto de la vida.

Tengo entonces ganas de salir pateando las piedras de este pedregal ardiente y helado según el día que solo puedo ver desde este agujero y manchar mis botas de polvo y de barro, y de notar como se abrasa mi piel al mediodía y me deshago en un sudor frío bajo los cuarenta grados que calientan la tierra y todo lo que vive o se coloca sobre ella. Quiero quitarme la camisa y meter la cabeza bajo una fuente y refrescarme, mojarme todo y volver a ponerme un sombrero de paja y unas gafas de sol, y sentarme después bajo un árbol y oír a las cigarras de la tarde. Quiero notar como llega el frío y se me pone la carne de gallina y necesitar de mi viejo abrigo azul, ahora manchado de polvo, y acurrucarme mirando desde mi frágil refugio de la montaña arriba la luna y las estrellas, abajo los rastros de los hombres mientras sorbo y me agarro con las dos manos a un café caliente. ¿Y mañana?, pues el Díos de las frases hechas dirá, tal vez andaré hasta el mar o me quedaré unos días en un pequeño valle de árboles ralos entre las piedras y un estanque a la sombra.

Un grifo inexistente y atorado de inmundicias necesita romperse para dejar manar un torrente de palabras perfectamente colocadas donde mi imaginación y mi rabia bien dispongan, y que no tenga nunca que corregirlas o cambiarlas. No tengo un plan establecido, solo la necesidad de escribirlas, de describir y contar el mundo que me rodea y que interpreto. Tengo ganas de no parar, y sin embargo no tengo ninguna de levantarme, tal vez entreveo su mano tendida a mis espaldas.

Impresionismo

Cuando a veces la escritura bulle por los borbotones del deseo el alivio en cierta forma llega, pero también la frustración de la dimensión plana de las palabras por mucho que éstas caracoleen y le envuelvan. Solo cuando la luz de su sonrisa encontrada estalla en su interior y las miradas guían sinceras el brillo rojo del calor interno, se ensancha inconmensurable el estrecho mundo. ¡Como pinceladas perfectas interpretadas, uno ve el preludio!

Horas

Hay mañanas, como la de hoy, en las que el tiempo se entretiene entre las paredes colmadas de archivadores y ventanas sin saber que hacer ni por donde continuar su inexorable camino. Las horas danzan sones aburridos y se demoran en el minutero sin dar el relevo a las que les siguen. Algunos que por aquí pululan las sacan a bailar y les meten mano, les hablan y les hablan con la intención de resaltar sus aparentes atributos, pero al final las duermen con su discurso y las horas se hacen días entonces, como en esta mañana larga, larga. Yo quisiera que pasaran raudas pero que fuesen muy lentas, que fuesen entonces días al ver atardecer en su piel dorada.

A la luz de la tarde de invierno

La ladera de cálida tierra que desciende

de plantas olorosas salpicada

por la luz de la tarde de invierno alumbrada

y abajo, como un reposo soñado,

el pequeño valle,  

donde suena entrecortado

un estacional y limpio riachuelo.

 

Por fin el sol suave calienta mi piel

hoy desnuda de abrigo  

mientras huelo su intenso aroma en mis dedos

como al aplastar con ellos ramitas de romero.

Todo despierta en mi,

misteriosas conducciones que fabrican,

que activan el convencimiento,

de vivir, de dejar huella en el suelo.

 

Desciendo avaricioso pero despacio

engullendo este paisaje con mis ojos

con mi boca, mi nariz,

con mis oídos, con mis manos,

para que no desparezca.

 

Y noto,

en este preciso lugar

el inexplicable bienestar

que solo se puede compartir

incorporado para siempre a nosotros.

 

Y aunque no es nuestro

siendo lo que más nos pertenece,

nos premia para siempre

en esta ladera olorosa e iluminada

por la luz de la tarde de invierno

que poco a poco en su piel desaparece,

con el atardecer, ante mis ojos,

y ahora solo se sugiere

mientras en la penumbra

suenan despacio las palabras.

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