Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

Tres mujeres feas

Tres mujeres feas entran en el vagón del metro junto a mí. Parecen hermanas y mellizas y rondan los 60 años. Tienen cara de enfadarse a menudo, una parece detentar la autoridad entre ellas, pues le echa la bronca a otra de ellas que se ha quedado rezagada mirando a un perro que ladraba en el otro andén. Deben vivir juntas y las supongo  solteras, aunque puede también que no sea así y hayan quedado para ir al cine o a comprar ropa, si bien lo dudo. Llevan el pelo corto y dos de ellas llevan gafas, no dejan de hablar entre ellas.

Pienso en como debían llamar la atención cuando iban las tres juntas de pequeñas, y en como se debía parar la gente a contemplarlas alabando su gracia a sus padres por tener aquellas tres monadas. Tal vez fue así durante mucho tiempo, tal vez después se acostumbraron a estar siempre juntas cuando estaban en el colegio y más tarde en el instituto, tal vez era difícil que nadie se acercase a una de ellas porque las tres juntas suponían una barrera infranqueable y nadie se atrevió a ello. Tal vez se fueron resignando a ser inexpugnables, al fin y al cabo un mundo de tres personas es lo suficientemente grande como para cubrir gran parte de sus necesidades sociales a pesar de las posibles carencias afectivas, si bien éstas siempre serán menores que la soledad.

Oigo sus voces rotas que vienen del otro vagón a pesar de que ahora el metro se ha llenado y no las veo, me apeo y ellas continúan su viaje. Dentro de un rato llegaran a su casa, tres habitaciones, cada una con una cama, con algunos recuerdos de su niñez colgados de las paredes, fotos de sus padres y de su propia juventud en marcos oscuros sobre estanterías blancas, jarroncitos sobre paños de ganchillo, sobre aparadores de madera brillante. Se cambiarán y se pondrán pijamas de colores diferentes, harán la cena  y encenderán la tele hasta que una o todas tengan sueño. Cada una soñará su propio sueño, tal vez quisieran ser otras, o tal vez no, estas tres mujeres que viajan en el metro.

Teoría del hombre que habla solo

Ayer vi un hombre solo hablando por la calle. Era una conversación vívida, presumo que razonada, y me dije que aquel hombre en realidad no estaba solo, luego traté de razonar mi teoría. No puede estar solo un hombre que habla con ese convencimiento, alguien le acompañaba, alguien estaba con él. Es posible además que ese otro le estuviese rebatiendo sus opiniones, sus teorías que tanto le importaban.

Yo también me he descubierto alguna vez hablando solo por la calle, por mi casa. Seguramente no era tan apasionado en mi conversación interior, pero creo que en algunos momentos he llegado a mover los labios. Nunca estamos tan solos como esa soledad que creemos ver en un hombre solo que habla por la calle, al menos en ese estado en el que se fundamenta nuestra existencia, otra cosa es que necesitemos como el aire escuchar a otro, tocarlo, mirarlo, ese es el estado sublime y también gozoso donde nos mostramos y somos en sociedad, donde enseñamos y aprendemos. Ambos estados son naturales a nuestra vida, lo que ocurre es que en algunas personas aquel estado primario alcanza tal importancia por falta de contacto con otras personas que se convierte en el único. Entonces, ese otro que llevamos dentro parece cobrar personalidad y peso e incluso se manifiesta al lado de su dueño, de tal forma que no dudamos en ver a dos personas caminando en el cuerpo de una. A veces ese cuerpo lleva la cara desencajada o la nariz roja y va vestido con andrajos, quizás esa persona hace tiempo que dejo de darse cuenta de que en realidad era una persona sola. Ya nadie le toca ni le habla, pero él ya no necesita a nadie, al menos hasta que alguien le demuestre que está equivocado, entonces podrá volver a ser una persona que necesita relacionarse con otras ajenas a él, con quien intercambia palabras, miradas y sudores; su otro otro no le abandonará por ello, pues siempre estará con él para complementarlo.

Aquel hombre me miró al pasar, pero siguió su propia conversación, estaba paseando y disfrutaba de su propia compañía. Yo también seguí pensando de forma mucho más discreta opinando y construyendo esto.

A tí rendido

El agua infinita

del perpetuo río

me arrastra en el día 

me remansa en la noche.

Yo soy  naturaleza

en cada amanecer impredecible

acoplado a mi fragilidad respetuosa,

a mis absurdas obsesiones.

Puedo decir ahora

que he aprendido

agarrado a esta rama

que amenaza con partirse.

Soy otro hombre

que ruega a la gran fuerza,

en su derroche,

que me salve.

Sólo soy un hombre,

sin remedio

ahora a ti rendido.

(Este poema fue encontrado en un viejo cuaderno de hojas pegadas y resecas dentro de una pequeña caja metálica milagrosamente conservada que apareció junto a los restos de un hombre enterrado a cincuenta metros del río Yukon en Canadá, en una pequeña colina  poblada de arces. La fecha que aparece debajo parece decir 29 de septiembre de 1831)

El viaje

Esta mañana tras el café de media mañana, después de viajar alrededor de nosotros mismos hablando de nuestras propias vidas en un movimiento de rotación, también realizábamos un movimiento de traslación alrededor de este lugar donde ahora estamos para volver a encontrarnos con los cuerpos siderales que nos acompañan en el día a día y a los que volvemos gustosos casi tentando sus pieles, admirándolas, pero volviendo a partir como condenados a un eterno vagabundeo mientras nos volvemos a mirarlas alejarse.

 Durante el trayecto hablábamos de otros viajes, de aquellos que requieren irremediablemente el abandono de la costumbre que nos ata un día y otro día. Nos preguntábamos sobre el porqué de ese impulso que nos sobreviene a veces por salir a la incierta aventura de adentrarse y recorrer paisajes extraños, a menudos hostiles. Los motivos para el viaje pueden ser variados, a menudo es la necesidad de huir de lo archiconocido, hartos del encierro rutinario, a veces es debido a una chispa que nos ilumina el futuro camino y al final un objetivo, a veces no existe una meta y es solo un trayecto guiado por la intuición o el gusto, de duración incierta. El viaje es eso, es partir, ir, llegar, estar, pensar, mirar, deglutir, comprender, ignorar, y notar y vivir lo que registramos, incluidos los malos ratos, el sueño, el peligro, la lluvia, la incomprensión, la nada fría mientras anochece sin ningún lugar a la vista para guarecernos, pero también y, sobre todo, la alegría de amanecer en un lugar que no pudimos ver en la noche que se nos muestra hermoso y húmedo, pero también la noche y sus sonidos, la sonrisa de la gente que nos mira curiosa, las palabras amables que nos acogen, las que nos preguntan, los niños y sus juegos, los oficios, los mercados, las calles tan distintas o tan parecidas, los cielos, siempre los cielos que nos cubren con sus nubes, con sus estrellas. Tal vez un beso, tal vez un beso soñado de alguien lejano, tal vez la imposibilidad de transmitir lo que en esos momentos sentimos en la noche con nuestros ojos cerrados y en si todavía seguimos existiendo en el lejano lugar para nosotros ahora inexistente. Y la soledad, la soledad cierta y eterna que somos nosotros, los que nos enfrentamos a todo, en el viaje, en la propia vida. Porque un viaje es sobre todo salir de tu lugar habitual para ir más allá, siendo un allá ya conocido o completamente ignoto. Podemos utilizar variados medios de transporte, y sobre todo caminar. Podemos caminar despreciando posibles peligros, o podemos ir utilizando las vías más transitadas para evitar sobresaltos. Podemos ir a un lugar donde nos esperan o a un lugar donde pueden preguntarse el porqué de nuestra llegada, lo que en sí puede augurar un desenlace problemático a nuestro desplazamiento.

Podemos ir en grupo, con tres amigos, con uno o con una novia, y seguiremos estando de viaje, pero creo que no hay un viaje más sincero en el sentido de lo que el viaje tiene de cambio personal que el que podamos realizar en solitario. Es entonces cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, cuando podemos llegar a saberr nuestro comportamiento en libertad, sin que nadie sea testigo ni cuide de nuestros actos, pues es entonces cuando de verdad sabemos lo que ansiamos, lo que añoramos, lo que valemos.

 Luego nos podemos enfrentar al desierto, al hielo perpetuo, a las montañas, a los plácidos caminos, y esperar el reposo, y digerir lo visto y lo vivido, y al día siguiente seguir caminando en nuestro viaje, aunque siempre volvamos.

Un rollo de papel blanco

Va y se pone las gafas, se dispone a escribir catapultado por el excesivo impulso, convencido del inmenso depósito de inspiración y deseo. Desearía plasmar, no, contar, escribir una historia a partir de su historia, o mejor quizás, traducir a la ficción ecuménica lo que transita su alma oscura o clara según las veces, consciente de que es ese el secreto de la mejor literatura, el sentimiento particular como enseñanza universal, aun no siendo esto lo que le ha empujado a escribir ahora, cuando la mira, cuando la ve marchar. Se escribe a partir de la pérdida, de la miseria, del dolor, o del encargo quizás, pero sobre todo del rebosamiento de deseo que se precipita hacia el suelo, tan lentamente con palabras que caen meciéndose como plumas, bisílabos, polisílabos, adjetivos, nombres, verbos en diversos tiempos, proposiciones, admiraciones e interrogaciones, que el escribiente trata de recoger en sus manos para que no se pierdan y que volverá a utilizar para construir la historia que en él bulle, aún desconocida, para ser leída y releída, para regalarla y abandonarla, para contarle a otros que pasó, por ejemplo, un día en la vida de Matilde y Hans, hoy que el lunes enfrió la pasión creída, hoy que el agua moja antipática la gris acera por donde caminaron ellos.

Un gran rollo de papel blanco delante de las últimas palabras se extiende por kilómetros en un desalentador desierto por el que quisiera transitar para fijar, para conquistar, donde ver la huella de sus pasos, para agarrar su mano en el lento caminar tras la brisa al despertar, para acotar con una lona liviana el espacio donde extender la manta donde reposaran en la noche de luna y estrellas, abrazados y levemente arropados, sin saber por qué, o simplemente para sobrevivir, aquí, donde las palabras son además la prueba de que no están solos, y también de que el viento es capaz de mantener el sonido de su voz en el espacio, más allá de la habitación donde están acostumbrados a escucharla. Y soplar sus ojos donde entró un grano de arena, y besarla después, y darle ánimos, entre estas piedras cortantes que machacan los pies. Armándose de una paciencia irracional para continuar hasta que llegue de nuevo la noche, y sobre la arena caliente de la duna blanca mirar de nuevo el cielo seguro en la inmensidad mortal del desierto, con su cara junto a la suya, su pelo cosquilleándole su oreja y notar que se ha dormido o se acaba de dormir, y besarla entonces en un beso cálido e incierto ante la mañana que se avecina del nuevo día que vendrá, al fin y al cabo están vivos. Matilde con su cuerpo amoldado a la arena, Hans de pie en la cima de la duna a la que trepó descalzo, oteando el mar amarillo y el sol que de nuevo sale anunciando ya el calor irremediable.

Seguir escribiendo, narrando, esperando mientras el que escribe transita el espacio vacío en la inesperada e indeseada batalla por sobrevivir. El amor en el desierto podría transformarse en odio si el viento, la arena y el horizonte infinito de días y semanas es siempre el mismo, o bien pararse y amarse mientras deciden vivir lo que tienen, racionando sus posesiones, luchando a brazo partido con la desesperación que se ha subido a sus sombras sin que ellos lo sepan y que se despiertan al mediodía, justo cuando el sol se esfuerza en apretar sobre sus cabezas cubiertas.

Y es entonces cuando el escritor decide rescatarlos y depositarlo en una habitación en la penumbra donde dormirán dos días, donde despertarán juntos, donde se amarán brillando en su dorado color, limpios de arena, con su sonrisa de plata, en sus sábanas blancas, en una tarde de invierno, quizás.

El rollo de papel blanco es ahora menor y de nuevo espera, el escritor sueña.

Momentos

La primera luz del día se cuela entre las azoteas e ilumina justo una terraza donde un hombre sin camisa fuma un cigarrillo apoyado en la barandilla, seis pisos por encima de la calle justo enfrente de la Sagrada Familia. Pienso en ese hombre que seguramente se ha despertado pronto por el calor, o se ha despertado por el frescor, que mira las torres inacabadas y se siente afortunado por estar donde esta ahora. Pienso en que me ha visto mirarlo y que probablemente piense él que yo pienso que tiene suerte por estar ahí, y confieso que así es, que me gustaría estar allí para ver lo que el ve, para disfrutar de la tranquilidad que aparentemente él disfruta ahora. Entro entonces al metro y él se queda fumando mirando la ciudad desde arriba, tal vez degustando ese momento que tal vez pronto se acabará cuando su familia se despierte, o cuando el peso del nuevo día igual que ayer le recuerde quien es y donde está. Lo que dura un cigarrillo, lo que dura mi viaje en metro, lo que dura el frescor de la mañana, un beso, beber un café, la conversación sobre el Perú que acabo de tener. Momentos.

Ganas

Hoy tengo de rasgar el papel con la punta de titanio reforzado de un bolígrafo poderoso con mil litros de tinta en su depósito. Un difuso malestar bloquea cualquier atisbo de sacar mi cabeza por encima de este agujero de 1,60m x 1m donde estoy enclaustrado. Desearía, creo, o debo creer, salir con una euforia de pasos recobrados, recuperar los millones y millones de ángulos con que se puede ver y estudiar el mundo con las ansias multiplicadas por mil de aquellos quince días de internamiento obligado en un hospital, donde veía siempre la misma esquina de una calle que estaba siempre allí desde el único ángulo posible de la ventana de mi habitación. Era una esquina insulsa de una calle estrecha y poco transitada, un dibujo inamovible tras el cristal pero cambiante en su luz, atractiva en las mañanas, en las tardes y en las noches donde sediento deseaba estar para recobrar y celebrar la rutina perdida, creyendo que me merecía una nueva oportunidad para recuperar el ritmo olvidado y ahora redescubierto de la vida.

Tengo entonces ganas de salir pateando las piedras de este pedregal ardiente y helado según el día que solo puedo ver desde este agujero y manchar mis botas de polvo y de barro, y de notar como se abrasa mi piel al mediodía y me deshago en un sudor frío bajo los cuarenta grados que calientan la tierra y todo lo que vive o se coloca sobre ella. Quiero quitarme la camisa y meter la cabeza bajo una fuente y refrescarme, mojarme todo y volver a ponerme un sombrero de paja y unas gafas de sol, y sentarme después bajo un árbol y oír a las cigarras de la tarde. Quiero notar como llega el frío y se me pone la carne de gallina y necesitar de mi viejo abrigo azul, ahora manchado de polvo, y acurrucarme mirando desde mi frágil refugio de la montaña arriba la luna y las estrellas, abajo los rastros de los hombres mientras sorbo y me agarro con las dos manos a un café caliente. ¿Y mañana?, pues el Díos de las frases hechas dirá, tal vez andaré hasta el mar o me quedaré unos días en un pequeño valle de árboles ralos entre las piedras y un estanque a la sombra.

Un grifo inexistente y atorado de inmundicias necesita romperse para dejar manar un torrente de palabras perfectamente colocadas donde mi imaginación y mi rabia bien dispongan, y que no tenga nunca que corregirlas o cambiarlas. No tengo un plan establecido, solo la necesidad de escribirlas, de describir y contar el mundo que me rodea y que interpreto. Tengo ganas de no parar, y sin embargo no tengo ninguna de levantarme, tal vez entreveo su mano tendida a mis espaldas.

En la vida escrita y en la no escrita

En la vida no escrita, cuando nuestro cuerpo tiembla movido por excepcionales deseados y inesperados momentos que en el recuerdo después repintaremos con merecidos oros, a veces redescubrimos el cálido acceso a aquello a lo que quisimos volver, a aquello donde siempre nos reconocemos vivos en el deleite de su proximidad y que por tanto nunca podemos ni queremos olvidar y con los que a menudo soñamos hasta despertar. Y siempre nos preguntamos por qué no lo hicimos antes, por qué tuvimos tanto miedo, por qué solo vimos sus impenetrables muros si solo estaba en nosotros el ver un horizonte abierto y una tierra amable por donde caminar sin miedos.

En la vida escrita también redescubrimos, desciframos y en ella nos sumergimos, también imaginamos, nos reconocemos, nos excitamos, perdonamos y nos perdonamos, pues vida es también al fin y al cabo. Pero en ésta, en esa soledad donde soñamos, dormimos, reímos y disfrutamos, el calor ardiente de su mano sobre la nuestra, solo lo recordamos, lo ansiamos.

Uno siempre tiene lecturas pendientes, páginas infinitas por donde caminar, y ojalá siempre las tenga, aunque sepa también que lo ya recorrido a veces se escapa como arena entre las manos.

Dentro de las lecturas de papel he comenzado a leer un libro que se titula “El mundo clásico”, de Robin Lane Fox. Lo estoy leyendo en inglés, primero porque el autor es inglés y así practico, y segundo porque encontré una edición de Penguin barata y muy atractiva, o sea que el placer es doble, o triple, si a eso se le une que estoy comenzando a sumergirme en la vida y la historia de la Grecia clásica entre escarceos que se asoman al viaje de Ulises por un mar improbable pero por eso tan subyugante y que Homero edificó para nuestra suerte. También comienza a aparecer Adriano, el emperador viajero y amante de esa Grecia que en cierta manera constituyó el meollo sobre el que Roma construyó su propia cultura. Como siempre ha sido en la historia del mundo, nada nace de la nada. Como un grato e interesante viaje en el que uno de repente es consciente de encontrase embarcado, así es la lectura de este libro.

Por eso debe ser que, cuando subía yo esta mañana por la escalera que va al quinto, que no al cielo, poco antes de entrar al trabajo apurando la última página para parar en el primer punto y seguido, y así saber donde retomarlo con facilidad, de repente se me ha ido el santo al cielo y me he emocionado, se me ha iluminado el entendimiento y en este extraño y fugaz momento me he notado extrañamente contento en el último tramo de escalera, como un conquistador que reconoce ante sus ojos la belleza de un paisaje recién descubierto. A veces, el gozo de la lectura es pleno si a él va unida la degustación de las propias palabras, es entonces un brillante bamboleo que justifica la existencia, aunque a veces dure poco. El caso es que cuando ascendía por la escalera del quinto he venido a plantearme si esa especie de relámpago era la cultura que nos transforma y de la que tantas veces tantos estudiosos se preguntan por su verdadero significado. Y también si era esa la cultura en bruto, la verdadera, la que no necesita adjetivos para explicarse. No lo sé pero sí que he notado una descarga de emoción parecida a la que siente cuando notamos que nos quieren, como si a partir de ese momento me fuera dado poder visitar y entender el mundo y su historia. Es exagerado, lo se, pero era un momento blanco y brillante.

Son ciertos pasajes de ciertos libros, ciertas escenas de ciertas películas, ciertos acordes de ciertas músicas o ciertos monumentos los que nos producen esas ráfagas a veces no advertidas, otras para siempre inolvidables o simplemente estimulantes, los que pueden servirnos para guiar nuestra voluntad en el seguro pero incierto futuro y disfrutarlo.

Enseguida se me ha venido a la mente otro momento cercano que realmente me emocionó, y me hizo exclamar: “Esto es el cine”. Sucedía mientras veía la película “Camino” de Javier Fresser. Reconozco que iba con el prejuicio de que sería una película muy triste y esperable, pero la indignación que crece a medida que los metros pasan se convierte en una gran y liberadora sorpresa por medio de los paralelismos de las palabras que el director introduce para construir una película que va más allá de la tristeza, la injusticia, el delito diría, de una secta poderosa y alienante que siempre es irresponsable porque el responsable es Dios que lo ha querido. Por medio del amor de la niña hacia un niño la película vuela y se convierte en una forma de reírse de la superchería de la Obra, comicidad de riesgo, es cierto, teniendo en cuenta la penosa realidad que retrata, pero una audaz y poco explorada manera de dejar en evidencia la santa saña del Opus destrozando personas, peones de una gran estrategia de poder y dinero. De repente, el nombre del Jesús terrenal al que la niña ama y llama en el lecho de muerte y que los padres y curas confunden con el Jesús de la leyenda, es como la llegada del 7º de Caballería que derrota a la secta con la ingenua sinceridad de su edad y de su amor. Es ese juego que el director descubre el que en un momento dado me emociona hasta la carcajada por el hallazgo, por su gran originalidad y fuerza.

Son esas ráfagas que nos hacen vibrar las que nos hacen tomar conciencia de que eso es lo que verdaderamente nos redime, por la sinceridad que demostramos para con nosotros mismos, pues esos son realmente algunos de nuestros verdaderos sentimientos. Como el calor ardiente de su mano.

 

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