Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

Una bolsa de plástico azul

El aire juega con una bolsa de plástico azul que parece exhibirse en su vuelo alrededor de los paseantes. Estoy seguro de que alguno de ellos se acuerda de la escena de la película “American Beauty”, aunque allí la bolsa sea blanca y aparezca en la imagen de una pantalla de televisión que una pareja mira desde el sofá donde ambos están sentados.

Hace un calor intenso hoy en Barcelona, un calor húmedo, pesado, de fin del mundo. No puedo evitar acordarme de las descripciones que hace Paul Theraux de algunos poblados de Ciudad del Cabo, del norte de Namibia o de Luanda en su libro “El último tren a la Zona Verde”. Allí, sin embargo, al calor se suman la suciedad, la fealdad, el mal olor, el ruido, los gritos, la miseria y la violencia, es decir, es un calor multiplicado por un millón, lo que nos daría un resultado cuyas unidades de medida tal vez servirían para medir la desesperación y la resignación, los deseos de suicidio o tal vez la capacidad de supervivencia. Una situación en todo caso incomparable con este calor que uno olvida mientras sigue el vuelo lento de una bolsa de plástico azul que da vueltas junto a un grupo de hojas secas delante del escaparate de una moderna tienda de calzado Camper, y con el recuerdo adosado de una película que allá, a buen seguro, no puede existir en las memorias.

En este bar donde ahora tomo café frío, que ahora es de una pareja china, el frío del aire acondicionado hace difícil concebir cualquier situación lejana y africana. Cómo diría Faemino y Cansado, pero cambiando la clasificación de los mundos, esto sería “El orgullo del primer mundo”. Ese orgullo que podría ser el revés de la vergüenza; este frio que nos libra del calor y esa bolsa de plástico que en su danza nos procura una diversión sofisticada y liviana que nos distrae de nuestras preocupaciones, tan alejadas de las que tienen que ver con la mera supervivencia y con el horror de vivir en tantos lugares de tantas ciudades, por ejemplo africanas.

Las erupciones solares y las nuevas monjas mártires

Lunes 20 de julio de 2015. El mundo sigue su viaje rotatorio y traslatorio mientras el Sol es pasto de exuberantes y temibles erupciones que sin embargo no deshacen al astro embolado. Nosotros, pasajeros involuntarios e imposibles desertores de esta esfera abrupta donde nos encontramos, húmeda y candente, adornada de hielo en sus extremos más evidentes, hoy tampoco hemos pensado en nuestro gigantesco vehículo, aquí donde comemos y nos desbebemos en el contexto de la galaxia. Por el contrario, nos sumergimos en los valores de nuestra tensión arterial; en nuestro libro de turno que a veces nos hace sentir orgullosos de la imaginación humana por lo que nos hace vivir y soñar; en nuestro penoso trayecto hasta y desde el trabajo -si es que lo tenemos- que nos procura el metálico sustento; y pensamos, si la cosa tuvo el suficiente peso, en la discusión de anoche, quizás en el amor que ayer vimos correspondido y con placer regalamos, o en nuestro comportamiento, que es siempre pasado y casi nunca ejemplar, o cuando menos olvidado en su intrascendencia.

Y por fin la página de ese periódico olvidado sobre el asiento que me aparta de las erupciones solares tan grandiosas que no podemos mirarlas de frente, y veo sus sonrisa sardónicas e irritantes: la de esos seres que nos invitan a perseguir sus propios deseos junto a los sacerdotes y monjas de su particular creencia, acólitos que también sonríen y acrecientan como sin quererlo sus famas y sus riquezas, adornados siempre claro de banderas y de palabras malolientes por el abuso en su uso.

Prometo que sólo quería hablar del Sol y de la Tierra, pero este asteroide en forma de periódico ha desviado mi trayectoria y me ha hecho caer a este valle de lágrimas para encontrarme con estos especímenes que se sueñan estatua y a nosotros cadáveres o zombis (según la moda cinematográfica) que depositaríamos ofrendas florales los onces de septiembre para su gloria, como esos grandes catalanes que ellos admiran y de los que se sirven para modelar su Historia oficial, que se sacrificaron y murieron por todos nosotros; a eso aspiran estas nuevas monjas mártires. Quizás deberíamos regalarles cilicios, en estuche de plástico cuatribarrado, claro, por ver si con eso se conformaban y nos dejaban en paz preocupándonos de nuestras propias vidas y de la justicia que ansiamos, contemplando el Sol y la Tierra mientras vamos al trabajo o aspiramos a tenerlo. Deberían saber que el sufrimiento puede ser libre y generoso si sólo se lo administra uno sin tangar a los demás convenciéndonos de que es la tarifa necesaria para lograr el paraiso en la Tierra, pero es que sufrimiento es ya este chunda chunda que nos infringen el gran President y sus adláteres, con sus coros y danzas y su NODO posmoderno, un poco ya trasnochado, pero que seguimos pagando todos.

Que el verdadero Dios Sol nos pille confesados, pues ellos no tendrán salvación ante la gran erupción solar que volatilizará su bandera. Déjennos a los demás pues, extasiarnos ante la luz del sol en las laderas de las montañas o las paredes ajadas de los edificios, pues esta belleza temporal adorna nuestro camino y con ella gozamos, y formen ustedes una comuna independiente en cualquier pueblo abandonado para dar rienda suelta a sus pasiones, pero por favor, déjennos en paz, líbrennos de esta matraca a los que no comulgamos con sus pasiones, evítennos más sufrimientos, que estos podría ser que fueran más en serio.

“Los animales no son comida”, dicen.

“Los animales no son comida”, he leído en un cartel, supongo que de alguna asociación de defensa de los animales.

Es evidente que los bichos vivientes no nacemos para ser comida, otra cosa es que en un momento dado lleguemos a serlo. Cierto es que en condiciones de relativa normalidad, los humanos no somos comidos ni por nosotros mismos ni por animales más grandes que nosotros, aunque en algunos lugares de la Tierra esto tenga más posibilidades de producirse que en Burgos, pongo por caso. Los que lo tiene peor son los propios animales sin alma, es cierto, porque además de comérnoslos nosotros, y no a todos, pues somos un poco escrupulosos en época de abundancia, algunos de ellos tienen la buena o mala costumbre de cazar a otros más pequeños para seguir viviendo.

Así que no entiendo este eslogan que desea que todos comamos, supongo que verdura todo el tiempo, por mucho que las judías verdes este muy ricas. Puede ser que una vez conseguido el objetivo de que los bichos no sean comida para los humanos, podamos convencer a la pantera negra y a la araña del rincón del dormitorio de que coman romero o polen en vez de a la tierna gacela de ojos implorantes o a la molesta mosca que sin ningún remordimiento aplastaríamos contra el cristal de la ventana cuando le da por aterrizar y despegar de nuestra piel sin miramiento una vez detrás de otra.

¿En qué clase de ficción se instalan algunos para pedirnos a resto de los 7.300 millones de humanos –y subiendo- que habitan la Tierra y que necesitan comer todo tipo de alimentos, para pedirnos que no no comamos otros animales?

El que quiera, eso sí, que se hinche de coliflor, leche de soja y de algas del Mar de los Sargazos, pero que no confundan con afirmaciones fuera de lugar. Desearíamos que el número de tigres de Siberia, ahora tan amenazado, pueda seguir creciendo, si es que lo hace, a base de conejos o de zorros. Eso no quiere decir que los animales que destinamos a la alimentación humana no deban vivir en condiciones dignas y por supuesto con las suficientes garantías de salubridad.

La lagartija

La tierra se había endurecido tras las grandes lluvias que lo cambiaron todo. Al secarse, los charcos habían formado un relieve nuevo. La humedad y la tierra arrastrada lamían las casas. En su discreción, el silencio cubría las calles, y todo era feo.

Aquel hombre parecía ausente. Tan sólo le irritaba no tener café por las mañanas, pues la tienda y el bar habían cerrado. Caminó hasta el lugar donde vio a su hija por última vez, y recordó de nuevo el barro paralizante bajo el diluvio que le impidió llegar hasta ella; vio su mirada y sus brazos esperando que él la agarrara, después, jamás volvió a verla. La buscó sin parar durante días. Ahora volvía cada mañana al mismo lugar donde dejó de verla. ¿Qué le importaba no tener futuro en el que pensar?

Una lagartija asomó por el agujero de un ladrillo roto y se detuvo complacida bajo el sol ardiente. Los dos se miraron. La lagartija se alejó confiada y él la siguió con la mirada hasta donde la niña había abandonado su lugar en la Tierra. Se paró y le miró antes de desaparecer en el hueco de la huella de una sandalia.

Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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Como dos perrillos perdidos

Un hombre negro que mira el suelo sujeta un bocadillo envuelto en papel de plata sin abrir, en la otra un vaso de café de papel. Espera sentado en un poyato junto a la cafetería de la estación subterránea. A su lado un hombre blanco joven y muy delgado, que como cada día duerme en su silla de ruedas de espaladas a la gente que pasa.

Les he visto otra veces, pero siempre por separado. Ahora parecen haberse asociado y llaman la atención por verlos tan juntos en un lugar tan grande e inhóspito: mientras uno duerme el otro vigila, es una buena y muda simbiosis en la miseria. Son como dos perrillos abandonados que no quieren saber ya nada del exterior: después de todo aquí no se mojan, hace menos frío, aunque bastante calor, y de vez en cuando, alguien les proporciona un bocadillo o un café, quizá los empleados del bar. El que mira el suelo parece haber renunciado a mirar cualquier otra cosa, el otro duerme para no tener que vivir despierto. No esperan ya nada, nosotros tal vez que un día desaparezcan para confirmar sus renuncias, quizás porque vayan a un hospital, quizás a la calle, quizás a una tumba.

Pasamos junto a ellos sin caer nunca en que en realidad somos nosotros, y fuera hay multitud para entrar a ocupar su puesto en la estación, e incluso a ocupar plazas de nueva creación

14.4.2015

Los gatos negros no tienen teléfono

Algunas mañanas, al salir de casa camino del trabajo, el frío que viene de la noche me instala por unos momentos en la oportunidad de comenzar de nuevo, aunque no sepa el qué, quizás todo.

No se ve a nadie en el corto camino hasta la estación, hoy sólo un gato negro y cojo de una pata trasera, que se para y me contempla confiado mientras paso a su lado saludándolo. Nos miramos y él lo sigue haciendo mientras me alejo pensando en que piensa un gato cojo solitario en la noche viendo pasar a un humano solitario. Su mirada no es orgullosa, ni quejosa, ni es pedigüeña, ni extrañada, ni desesperada, ni desconfiada, ni busca dar pena; muestra la característica dedicación animal por vivir, es curiosa y amigable; y mudo cómo es este negro individuo, se comunica conmigo definitivamente con su mirada. Parece apreciar la casualidad de este encuentro inesperado en esta esquina alumbrada por una farola, por eso parece decirme: “No me olvides, tú y yo somos vecinos, aunque yo sea cojo y gato y tu legañoso y resignado, por muy esperanzado que te encuentres a estas horas de la mañana y me mires desde tan arriba, yo también lo estoy en encontrar un lugar tranquilo y a salvo donde dormitar”.

Mientras espero el tren echo un vistazo a mi teléfono: correo, noticias, mensajes. Otro día más la misma búsqueda de entretenimiento que en esencia es la propia acción repetitiva de la consulta: nos entretiene no en la acepción de divertimento, o al menos no siempre, sino en la otra que se explica porque no nos permite hacer o disfrutar de otras cosas (si es que lo quisiéramos); por ejemplo el silencio tan codiciado, o aquello de lo que cada vez somos más consciente hemos gozado pero hemos perdido, interrumpidos por nuestro uso de estas máquinas, y otras, que con ser útiles son cada vez más la cadena que nos ata a la bancada de la galera día a día y por los siglos de los siglos, sin destino fijo, sin posibilidad apenas de acercarnos siquiera al horizonte al que ya hemos renunciado a traspasar, que nos rodea y que ni siquiera podemos ver en el oscuro, húmedo y maloliente cubículo donde remamos atascados en la tierra seca.

Miro por la ventanilla y la luz del día ya se vislumbra. Puede que el gato cojo tema ya esta luz que augura el peligro de la actividad humana, agazapado bajo un coche que sabe que no se moverá en todo el día. Cierra los ojos, y en su trance recuerda al humano que le ha saludado esta mañana. Esta noche volverá a salir de nuevo, para comer, para encontrar quizás una hembra solitaria por la que no tenga que pelear; y se lame el muñón sin prisa, gozando de sus propias caricias.

Guardo mi teléfono, pero nada más bajar en la estación de destino lo saco para consultarlo. Sí, es un nuevo día, y por eso sonrío a la nueva oportunidad que se me brinda ahora que ya ha amanecido.

No podremos seguir en el cielo

Si estás arriba la muerte se aleja, como tu cuerpo de la Tierra. Por eso creemos en el cielo, a salvo del suelo. El cielo es la salvación, allá donde algunos nos dicen que vamos tras rebotar sobre la superficie donde se nos entierra. En el cielo aún nos mantenemos vivos diez segundos, sabiendo, agonizando, mientras vamos cayendo hacia la muerte cierta. Segundos ya para el final. La mente sigue funcionando o tal vez desenganchándose rápidamente para no sentir nada, sabedora ya de su parálisis próxima y fatal: la tragedia que nunca se desarrollará en la conciencia de un protagonista que sera ya inexistente, y el suelo se acerca. Ahí lle…

(Tras ver el video y escuchar la conversación entre dos pilotos de un F5 español, minutos antes de chocar con la Tierra. El País 19 de mayo de 2014)

Conflicto territorial

Esta mañana he tenido un conflicto territorial con una pasajera del tren que me traía al trabajo, que me ha permitido empezar el día en sociedad de una forma distinta a lo habitual.

Como cada día, he ocupado un asiento al lado de la ventanilla, he desplegado el periódico, y entonces, casi a punto de que se cerrasen las puertas del vagón, ha hecho su entrada una mujer de edad mediana, bueno, pongamos que de 40, con aspecto de trabajadora vestida de trabajadora, no sé si manual o docente, tal era la indefinición de la información que me proporcionaba su aspecto indumentario, pero eso sí, muy celosa de su mismidad e inflexible en cuanto al espacio vital que, según ella, debía rodearle. Llevaba una anorak gris y verde, se agarraba a un libro gordo y gris como la anorak y su cara, y entre sus piernas apretaba un gruesa bolsa de tienda con asas.  Esta descripción la he tomado con posterioridad, durante nuestra convivencia), pues si no, difícilmente me habría apercibido de su existencia.

 Se ha sentado en el asiento a la derecha del que estaba encarado al mío, e inmediatamente he comenzado a notar su pie izquierdo (calzado con deportivas de batalla) que empujaba al mío derecho (calzado con botas por si acaso la lluvia) con leves toques para devolverlo a mi estricta soberanía, una, dos, tres arremetidas. Detectado el peligro y los síntomas en mi radar aire-tierra e interpretado éste como obsesión y paranoia, y como yo tenía también una mochila entre mis piernas, he tratado de acomodar mis extremidades para permitir una pacífica convivencia, pero ella no ha aceptado mi propuesta, y entonces me ha pisado levemente, todo hay que decirlo. Entonando el “No pasarán” de la defensa de Madrid para mis adentros, (hay aquellos tiempos en que las causas eran justas) y resuelto a no permitir más embates, hemos llegado a una tregua que, al poco, he creído definitiva mientras nuestros píes se mantenían tan juntos como si fuesen dos amantes imposibles. Ni por un momento se me ha pasado por la cabeza que sus intenciones fuesen otras que su exacerbado celo aduanero, cómo por ejemplo insinuaciones sugerentes para rebozarnos ya que estamos, en el pecado original que venimos pagando todos desde hace demasiado tiempo.

 El tren ha llegado entonces a su primer parada, y los dos asientos que cada uno de nosotros teníamos a nuestras derecha han sido ocupados por dos pasajeras que, sin saberlo, se habían adentrado en un territorio en guerra. Es entonces cuando ella ha aprovechado para reanudar su ofensiva, ahora ya  por tierra y aire, verbalizando sus deseos expansivos y señalando con su mirada la ilegalidad de mis fronteras: a las 7:36 ha cruzado mis límites territoriales y ha presionado mi zapato derecho pisándome levemente de nuevo. Yo, en una maniobra disuasoria he respondido ahora con un pisotón desinflado y leve que sólo intentaba hacer valer mi derecho a defender mis predios y mi determinación a no ceder ni un milímetro a sus ataques.

 Con una voz inclasificable y gris como su libro, su anorak, sus zapatos y su cara, ha farfullado no sé qué del espacio, entonces yo le he recordado (cabía la posibilidad de que no lo hubiese notado) la obsesión territorial que guiaba sus empujes desde el momento de habernos conocido como seres humanos  y haber rozado nuestros cuerpos. He tenido que insistir de nuevo en recordarle sus amargores que no indicaban nada bueno para su futuro y ha cejado aparentemente en sus embates (no había ya más sitio para desplegar su zapatos). Desinflada en una penosa mueca ha seguido farfullando en una voz inaudible y aparentando gestos de suficiencia venida a menos, mientras las dos testigos nos miraban, parapetadas bajo una aparente indiferencia y una neutralidad a la espera. He pensado entonces que yo ya había hablado demasiado para tan incruenta y baladí batalla, así que me he sumergido de nuevo en el periódico mientras la otra sufría para sus adentros, respirando de forma convulsa sobre su territorio, mientras se esforzaba por continuar con su libro que estoy seguro no ha podido seguir leyendo.

 Y por fin ha llegado la hora de apearme, para lo que he tenido que pasar por su lado haciéndole retirar sus piernas y sus tanques manchados de barro. No me ha agredido aunque he notado el odio de su mirada en mi cuerpo que previamente ya había blindado para evitar los rayos invisibles del desprecio.  Quién sabe, puede que no haya descargado los detritus de su digestión nocturna, y eso ha envenenado su ánimo.

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