Soria, Machado, recuerdos

Estoy leyendo una biografía de Antonio Machado escrita por Ian Gibson, acabo de llegar al capítulo donde el poeta se traslada a Soria y no he podido por menos que recordar mis visitas a aquella ciudad escondida a la que guardo mucho cariño, no por nada en especial o quizás por eso. Su tamaño, su hechura, su gente y su belleza parca lavada por el frío que al visitante envuelve y empuja a los cafés donde guarecerse, y al final del día a algún restaurante cálido donde recobrarse y regocijarse de las caminatas, del frío revitalizador a pesar de todo.

En Soria parece uno encontrarse con lo esencial de la vida, no hay sitio para adornos superfluos, el frío es sincero, hay que saber estar en aquella ciudad, por otro lado tan agradecida. Y recuerdo el Duero escondido, su respetuosa presencia apartada en los arcos de San Juan de Duero; las ermitas de San Polo y San Saturio asomadas solitarias y escondidas en el paseo paralelo al silencioso río que uno imagina, en estos días de frío, al atardecer desierto. Y siempre Machado, ya por siempre a la ciudad ligado. Pienso todo esto porque todavía, y no sé por cuanto tiempo, esta ciudad se conserva bien, y es necesario que así sea, sin que se note ni se propague el esfuerzo. Soria es aún un tesoro que no se molesta en relucir, tampoco puede, ni debe, que cada uno lo sepa encontrar. Pasear, comer, amar y dormir en ella es un premio olvidado, es un lugar al que acudir con plena conciencia, pues por Soria no se está de paso. Y ahora recordémosla.

Pienso de nuevo en el poeta y en sus paseos, y creo, que ningún lugar mejor pudo encontrar para escribir. Me lo imagino con la chaqueta blanca de ceniza calentándose encerrado en su habitación soriana, en la noche oliendo a leña, con los cristales empañados y una calle desierta y helada tras los cristales de la puerta del balcón. Y qué mejor lugar para preguntarse por la vida y pasear por sus extremos hasta la orilla del Duero, al sol que toma vigor en la mañana y calienta nuestra cara mientras nos regocijamos de vivirla y por estar allí.

El cine

No fumo desde hace ya mucho tiempo, tampoco bebo, en fin, hay muchas cosas que no hago como cuando era más joven, otras continúo haciéndolas e incluso he comenzado a hacer otras que nunca había hecho. Entre las que perduran en mis costumbres está ir al cine. Continúo sintiendo  esa alegría de vivir difícilmente explicable que me invade  cuando al terminar la película salgo a la calle, generalmente cuando estoy en el umbral y siento el frío o el calor del exterior, y generalmente también cuando lo que he visto y he vivido me ha gustado y se ha apoderado de mi. El otro día fui a ver Michael Clyton y lo volví a sentir, además hacía frío, por lo que subirme la cremallera de la parka y meterme las manos en el bolsillo eran gestos que venían al pelo en aquella situación. El mundo era enrevesado, lleno de gente, de colores, de millones de matices y de cosas, y yo estaba allí paseando entre ellos con una agradable sensación en el cuerpo de regresar de una intensa aventura. Creo, y lo pienso ahora, que el argumento de la película y lo que había visto eran ya lo de menos, sino la vuelta a la vida y a sus posibilidades lo que me recordaba, sin darme cuenta, que yo estaba en ella. Era como si en aquellos momentos fuese  consciente de mi existencia. Uno ha estado durante dos horas viendo como unos personajes actuaban, en este caso a un omnipresente George Clooney, y al salir a la calle se da cuenta de que ahora le toca actuar a él, y entonces, al recobrar la iniciativa se observa desde fuera e imbuido de unas ganas contagiosas representa su papel como si de un espectador y un actor fueran  uno en su propia persona. Caminé durante largo rato y luego al coger el metro me di cuenta de que el cine es realmente ese lugar mágico donde uno se reencuentra con el que casi nunca somos, por eso, al terminar la sesión y recobrar la luz, purificados por dos horas de reposo y concentración, despertamos el yo que tan a menudo olvidamos. El viernes pasado el que me ayudó fue George Clooney, no sé si en el fondo me creí un abogado desgraciado con una vida intensa que la afronta porque está vivo. En todo caso nadie se fijo en mi por la calle, o sea que si se fijaron no me reconocieron como al del cine, si no solo como a otro de ellos, interesante por lo que parecía ofrecer, como cualquiera, bueno, como cualquiera que ha pasado dos horas en el cine y se siente vivo, aun sin encender un cigarrillo a la salida pero subiéndome la cremallera de la parka y metiendo mis manos en los bolsillos, camino de un café caliente y observar a los parroquianos mientras sostenía entre mis manos una taza y daba sorbos para evitar quemarme. El cine me hace consciente de estar vivo, aunque no solo, ni tampoco solo el cine.

¿Y qué más? “Veneno y sombra y adiós” de Javier Marías

Regalo de cumpleaños 

Estoy acabando de leer el último libro de Javier Marías “Veneno y sombra y adiós”. Es el último de la trilogía “Tu rostro mañana”, y aunque deseo llegar al final también lo temo. Pocas veces pasa que uno disfrute leyendo un libro sin comerse algunas palabras que cree prescindibles para la trama con el afán de conocer el final. En este libro de Marías tan deseable es conocer el final como disfrutar y masticar el texto. ¿Y qué más?, se pregunta a menudo el protagonista en el libro recordando lo que su padre le preguntaba cuando era niño y él le explicaba alguna cosa, ¿y qué más? Tantas cosas, tantos pensamientos, y la familiaridad que establecemos con los autores que nos gustan, es como si volviésemos a nuestra propia casa al iniciar un nuevo libro de ellos. Javier Marías me resulta muy cercano, me siento bien leyéndolo y estoy contento de que exista porque se así que le leeré de nuevo, ¿no es eso como si fuera de mi propia familia? O aún más, ¿no deseo más sus palabras que las de muchos miembros de mi propia familia? ¿No es ese el lugar que ocupan algunos escritores en la vida de sus lectores que le aman? Como Marías escribe en su libro aplicándolo a la ciudad de Madrid, para mi mismo tan cercana, tan mía en mis recuerdos, pero a la que vuelvo y deseo volver a menudo, y que también se podía aplicar –forzando la comparación- a la lectura de un autor admirado cuando hace tiempo que no se le lee: Cuando uno lleva tiempo sin volver a un sitio bien conocido, aunque sea la ciudad en la que nació y a la que está más acostumbrado, en la que he vivido más largamente y en la que aún están sus hijos y su padre y hermanos y hasta el amor que tuvo firme durante muchos años (aunque ese lugar sea par él como el aire), llega un momento en que se le difumina y el recuerdo se le enturbia, como si la memoria se le viera aquejada de miopía y –como decirlo- de  cinematografía…(…)Así había llegado a ver Madrid durante mi ya prolongada ausencia: difuminada y turbia, acumulativa, oscilante, …  Ahora que llevo días leyéndolo y poniéndome por tanto en la imaginación y el pensamiento del autor, su presencia y su mundo es nítida en mi, me acompaña, y por eso no tengo más que agradecérselo, cómo no voy a hacerlo si tanto disfruto con sus palabras, sus frases, si tanto y tan bien me hace pensar, si tantos pensamientos que hubiera creído míos cuando en realidad no eran más que suyos, o puede que esbozados alguna vez en mi mente pero yo los he aceptado por su sensatez y profundidad en mi manera de ver algunas cosas de la  vida: La ciudad que un día antes estaba difuminada y turbia se hace nítida al instante e n cuanto uno vuelve a pisarla; el tiempo se comprime, desaparece el ayer –o es intermedio-, y es como si no hubiera salido uno nunca. De pronto sabe otra vez que calles tomar, y en qué orden, para ir de un lugar a otro, … Madrid, el autor, su escritura, todo se hace nítido, hasta la propia vida a veces cuando leemos algo que además nos gusta. Sí, pero ¿y qué más?

Rastros horizontales a baja velocidad tomados

Miramos sin ver,

sombras que dejan rastros horizontales a baja velocidad tomados

cuando pasan sin mirar

se alejan se pierden los recuerdos

los buenos, también los malos

y un día de sol, con la mirada descuidada

aparecen de nuevo y nos paramos

en que ya no son nostalgia

son latigazos, sí,

o besos, sí,

todos están muertos,

o puede que hibernados

pero son inservibles

y luego, sin parar, vuelven a sus cajas

porque nada es si no se sufre o se goza

nada es para siempre -era verdad-

tan solo un bagaje de noches amargas que ya no atacan el sueño

de deslumbrantes oscuras tardes que ya no  alimentan sus dueños,

arrugas pues.

Historia y memoria histórica

En estos últimos meses se ha hablado mucho de, y, sobre, la memoria histórica, entendiendo ésta como una memoria colectiva, que a dado lugar a un despertar de las reivindicaciones por solventar la injusticia histórica padecida por los vencidos en la guerra civil que ni siquiera pudieron enterrar a sus muertos, asesinados y enterrados en fosas comunes por el régimen de Franco. Sin embargo, y sin cuestionar la justicia de la citada reivindicación, yo creo que la memoria solo puede ser personal, es decir, fruto de la experiencia de cada individuo. Es por tanto difícil que exista un memoria histórica colectiva, por mucho que algunos poderes políticos o sociales con buena o aviesa voluntad, que todo es posible, se empeñen en hacernos creer que existe. Y esto es lo grave, que sea el poder político, o determinados sectores sociales, los que construyan una historia a su medida, por muy justa que ésta parezca, y que dicha particular visión de la historia sustituya a un Historia fruto de la paciente investigación y la elaboración científica. Y es que sólo la Historia como disciplina científica es capaz de interpretar y explicar el pasado mediante un relato que nos aproxime lo más posible a lo ya ocurrido, que sí que puede ser ilustrado por la memoria individual de las personas, pero que en ningún caso ser sustituida por una historia recreada únicamente por la memoria de un grupo, por muy respetable que éste sea, pues entonces podríamos preguntarnos: memoria, ¿de quién? ¿de que colectivo? ¿de los ganadores? ¿de los perdedores? ¿del gobierno del momento? Otra cosa es que un conjunto de supervivientes, familiares y ciudadanos puedan reclamar un merecido y retroactivo reconocimiento que restablezca su propia dignidad o la de sus muertos, que en demasiados casos, se perdieron enterrados en miles de fosas comunes repartidas por toda España, en muchos casos cuando ya la guerra civil había terminado.  Esta búsqueda de la dignidad de sus muertos me parece de justicia y también necesario, lo otro, la creación de una presunta memoria histórica mediante organismos y entes más o menos ligados al poder político no me parece una iniciativa correcta ni útil, sino más bien otra cosa.

Mañanitas

A veces uno sale de casa y las aceras están llenas de piedras sueltas de todos los tamaños, y encima cuesta arriba, menos mal que también a  veces, a media mañana, uno tiene ganas de comerse un bocadillo de tortilla española con una cerveza y parece que las aceras son alfombras mullidas que nunca querría que se acabasen en su animación diurna. Uno parece entonces inmortal, aunque el espejismo tarda poco en desvanecerse. Con las gafas de sol puestas bajo el sol esplendoroso, comienzo a leer periódico a la hora del desayuno sentado en una terraza, es entonces cuando comienzan a asomar realidades escondidas, pero ese es otro cantar del que en otro momento hablaré.

Aquí está la noche

Un leve silencio cae, cual nevada, en la noche de ventanas encendidas 

nuestras recientes sonrisas, que quisieramos salvar al futuro

como nuestros amargos temores

desaparecen en la niebla hostil

el arañazo que todavía mancha vuelve a escocer

Estamos solos en el mundo aunque sabemos que está repleto

quizás por eso dormimos

olvidándonos de los millones de sueños ajenos que nos rodearan siempre

para seguir sintiendo la soledad que nos repara

y esperar que llegue el día que nos aseguramos uno tras otro será nuevo

solo al despertar caemos en el engaño

pero seguimos amaneciendo, olvidándonos

hasta cuando queramos seguir despertando y ya no podamos

Gracias a ese sol limpio de templada luz

que hoy nos envuelve y nos devuelve la vista

pues ese es nuestro sino

la noche y el día

y nosotros a ellos sumidos

Buenas noches entonces hasta el nuevo día

Apago pero encenderé.

Un comienzo

 Tobogán hacia las vacaciones/ To the holidays

 Éste puede ser un comienzo, es verdad que no se muy bien de qué, pero puede ser un comienzo. A uno, cuando camina, viaja en metro, espera la llegada del ascensor, o cuando se acurruca en la cama con los ojos cerrados en los sorpresivos duermevelas que a veces nos dejan en algún lugar de la noche, esperando el sueño o el amanecer liberador, le vienen ideas que quisiera escribir, desarrollar, argüir en una probable discusión, pero luego se disuelven, se pasan o se quedan colgando del aire como el rastro de vapor de los aviones en el cielo, muchos minutos después de haber pasado. Puede que éste sea el el lugar para fijar estas ideas y hablar sobre temas que me preocupan, o os preocupan; pero esto, como he dicho, es solo un comienzo.