Una mañana de invierno de frío ausente

Era una mañana de invierno de frío ausente, soleada y brillante, la gente en la calle parecía estrenarla, tal era el lujo de los limpios perfiles que provocaba en edificios, en árboles, en coches y también en las figuras humanas. En aquella mañana casual ella salió de casa dispuesta a ser digna de todo lo que le rodeaba, no quería ser emperatriz absoluta del universo, -no era eso- , ni tampoco displicente demostrar que sus sentimientos nadie antes en toda la historia humana los había sentido, solo se proponía atacar humilde el mundo, comenzar con una sonrisa leve y limpia, dispuesta, eso sí, a llegar a la carcajada, pero sobre todo a sentir sobre ella la admiración y las caricias entregadas de los que quería conquistar a golpe de su simple presencia, de su entrega, de su exhibición de palabras que salieran solas de su alma que hoy, no sé  porque, sabía que fluirían fácilmente sin necesidad de adornos superfluos, con la más amplia gama de tonos, de acentos, subiendo y bajando el volumen de sus frases a conciencia. Esa sonrisa, aquellas palabras, se entrenaron con Paco, el dueño del bar donde se tomaba su primer café de la mañana siempre comentaban las noticias del día anterior, que si el agua, que si Zapatero, que si el Tibet, que si Obama, que si el Atleti, que si el Madrid, que si el alcalde, que si el chino de la tienda de al lado, que si el quiosquero. Tan amplia gama de temas que cada mañana le costaba irse a trabajar, unos días porque la conversación del camarero inteligente era tan interesante que hubiera seguido de cháchara horas, y otros porque no tenía muchas ganas de hablar pero le era difícil despedirse sin desairar a Paco.

 

Salio del bar y enfiló hacia el banco  con ganas de quitarse el abrigo y pegar la hebra con cualquiera, quería contar, no sabía bien el qué, pero poseía las claves del mundo resumidas en su cabeza, en su corazón vivo, y entró, y lo vio después de tanto tiempo. Clavada, extraña, preguntándose que le pasaba, era otra de repente. Y así el día se deslizo entre un quiero y no puedo, llegó la noche, y el día de nuevo, y allí estaba Paco también, poniéndole su café con leche ardiendo mientras le  hablaba de la crisis, de los ahorros que el gobierno aseguraba, del Paul Newman con lo buen actor que era. Ella le contestaba con monosílabos, aunque menos mal que el portero del edificio de al lado que se tomaba un sol y sombra a su lado con medio Farias en la mano izquierda, estuvo al quite para cagase en el gobierno, en Bush, en los banqueros, esos ladrones, y en la Esperanza Aguirre que aunque la había votado se gastaba millones en inaugurar un Teatro pero se olvidaba de los hospitales y los colegios. Pensaba en llegar de nuevo al banco, en volver a verlo. Su vida basculaba de la despreocupada rutina a la absorbente llamada del deseo, de la atracción por otra persona,  Bush y Paul Newman tenían poco que hacer entonces, incluso el café sabía menos a café y pasaba a ser un líquido más.

 

Al llegar él parecía esperarla, ella aguardo el encuentro que se avecinaba como un choque inevitable, se abandonó, y él le preguntó con una voz meliflua con apariencia de interesante:

-¿Te acuerdas de mi?

Ella de repente echo de menos los ojos de Paul, la conversación de Paco, e incluso la peligrosa in competencia de George hijo. Y ahora, extrañamente tranquila y  eufórica le contestó:

– No, no te he visto nunca.

Él, cortado, confuso, solo supo decirle mientras ella se alejaba:

– Te pareces mucho a una chica que…..

 

Bendita decepción llegada a tiempo, -pensó ella- quitándose el abrigo. Así terminó el cuento que había comenzado a crecer en su cabeza con un final imprevisible. Era indudable que aquel personaje era difícil que creciese para dar entidad a una narración que tan bien había empezado en su imaginación.

Rompió el papel y mirando al techo con las manos encima de las teclas, quiso dar ala a sus dedos reuniendo a los personajes que se le agolpaban, pero entonces se acordó de él. Él nunca le preguntaría tamaña gilipollez, sabía que nunca la había olvidado, ella tampoco, por eso escribía en círculos que no lo abarcaban, pero ahora sintió un pulso de verdad que aun sin saberlo, o sin notarlo, siempre estuvo acompañándola, y ahí sí se sintió segura, arropada. Allí por fin estaba. Se levantó y se fue a la cama, durmió y soñó, a la espera de un nuevo día de invierno de frío ausente.

 

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