Ella que debía reinar

Voy camino de Madrid en este tren al que mueve la gran prisa. Es un inesperado e indeseado viaje. Delante de mi un grupo de chicas que vienen de un cursillo, pongamos que en Mango, hablan de ventas y motivación. La gente, poca en este miércoles mojado y definitivamente trastocado por la muerte que todo lo para, habla por teléfono, lee o ve la película. Fuera, la oscuridad, el paisaje inexistente, solo la vista interior de este vagón neutro blanco y azul donde escribo tratando de entender lo incomprensible y las ventanas que me devuelven mi imagen sin posibilidad de escape. No puedo pensar con agilidad aturdido por la extrañeza de la muerte y las imágenes de su vida que recreo. Es como estar suspendido del aire aun rodando por los brillantes raíles en la noche fría iluminados por la luna.

 

Nos creemos jóvenes y probablemente lo somos, así lo sentimos, yo lo siento, y de repente parecen comenzar a morirse los que, por edad, deberíamos ser los responsables del mundo, ya no son sólo los abuelos o los vecinos viejos, ahora también los que nos acompañaban desde que iniciamos imparable la conquista de ese mundo con toda la energía, entonces plena, de nuestra juventud sin arrugas, orgullosos de nuestro humor derrochado a conciencia, buscando el goce tan poco gozado, exhibiendo ideas revolucionarias recién descubiertas y en tantos lugares ya obsoletas, desprendiendo ilusión, y a veces también sinsabores y creyendo saberlo todo, sin saber que era imposible no comenzar a olvidarlo antes de conseguirlo. Y ahora se nos mueren los mejores, se nos muere ella, la que merecería reinar, la única que de buen grado aceptaríamos en este reino.

 

Mientras, este tren corre hacia “Madrid, que bien tu nombre suena”, -como diría Antonio Machado y  Lola corroboraría-  y me acerca raudo a trozos de mi vida que dejé atrás, si es que alguna vez se deja algo atrás, y no, como creo, al lado mismo de nosotros como en un gran bolsillo de donde sacamos lo que necesitamos e incluso lo que no buscamos, para nuestro deleite y nuestro pesar. Vislumbro y deseo el encuentro con mis  amigos, compañeros del viejo camino -Machado de nuevo-,  de millones de palabras, de miles de reflexiones, de conocidas risas y de alguna que otra miseria, y aquí estamos de nuevo, reencontrándonos, también ahora tras la muerte nueva.

 

No nos queda más que decir que ésta es la vida amigos, pero es que así es. Hay algo de alegría también hoy en mi, alegría del mañana, del camino recobrado, de recordar tu sonrisa amiga mía, que nunca olvidaré, hoy también, en este día de sol, algunos días después de que partieras, Lola.

 

29 de octubre  y 3 de noviembre de 2008

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: