Quién puede saber

Hace poco, poco tiempo, puede que diez días, entre las sombras verdosas y las manchas de luz que el sol abre entre las tupidas ramas de los grandes árboles de un bosque olvidado, más allá del gran río y lejos de cualquier carretera o transitado camino que las guías de viaje hubieran podido enseñar, había una casa de madera avejentada donde vivía un hombre solo que no siempre lo estuvo, y que pronto cumpliría cuarenta. El hombre, sentado fuera de la casa en una silla y apoyado en una mesa de madera gastada, leía mimado por el sol de la tarde en la tregua de un otoño lluvioso que calentaba su ánimo aunque no tuviese a nadie a quien decirle lo a gusto que estaba en aquel preciso momento. Levantó la vista de la página que la leve brisa levantaba por sus bordes y se entretuvo escuchando el sonido feliz y misterioso de las hojas de los numerosos árboles que poblaban y le acompañaban en aquel lugar tan apartado. Las nubes y el sol comenzaron a perseguirse y la brisa se hizo viento, y el viento era frío más allá de lo esperado. Echándose hacía atrás en el respaldo de la silla, estiró las dos piernas juntas mientras cruzaba sus brazos satisfecho, evitando que no se fuese el escaso calor que su cuerpo había atesorado. Tosió, bebió agua, miró detrás de él y apoyo su brazo sobre el respaldo de la silla ladeándose mientras cruzaba las piernas y miró el suelo. Una hoja de papel que había sobre la mesa voló rauda en dirección a los árboles, y él la vio alejarse y quedar retenida por un arbusto seco ya en el interior del envolvente bosque como ayudándole. Se levantó a recogerla, y eso hizo, solo que siguió andando, despacio, pisando las sombras donde el viento ya no se notaba, rodeando árboles, pisando la tramposa hojarasca. El ruido de las copas lo envolvió, y él siguió andando mirando hacia arriba de vez en cuando como buscando una salida por si acaso. No paró de andar en dos horas, y cuando llego al risco donde tantas veces se había sentado para contemplar el mundo que lo rodeaba, respiró y también se sentó entonces. Subió la cremallera de su cazadora y se sintió de nuevo contento allí, y después una lágrima acarició su cara, limpió sus mocos con la mano y se secó en el pantalón. Se restregó los ojos y no pensó en nada. El viento trajo gotas de lluvia, olía a mojado, pero tampoco tenía a nadie a quien decirle lo bien que olía, lo fuerte que le hacía. Miró las negras nubes a su izquierda, miró el cielo azul a su derecha cual mariscal que contempla a dos ejércitos que pronto se enfrentarán, sabiendo ya que el sol se retiraría prudente para volver mañana. Y las nubes se hicieron invisibles y transparentes de agua, y comenzó a llover. El hombre volvió corriendo al bosque donde el paraguas de las hojas le permitiría llegar a su casa. Y sintió ahora el ruido de la lluvia sobre las copas de los árboles como un sonsonete creciente. Aceleró el paso y finalmente llego a su casa, el libro que había dejado encima de la mesa estaba en el suelo empapado. No lo recogió pero entró la mesa y la silla de madera y cerró la puerta tras él. Ya no saldría ese día, echo el cerrojo aun sabiendo que no vendría nadie, nunca había venido nadie. Se tumbó sobre la cama después de quitarse las botas mojadas, tenía frío. Se arropó, se durmió y soñó. Alguien diría que era un hombre triste, pero como explicar que no se sentía solo, que no era tristeza lo que mayormente sentía, cómo contar que a veces le invadía una extraña alegría por tener frío y calor, por poder oír el sonido del bosque y del agua. Sí, tal vez aquello era una vida aburrida sin nadie a quien contarle sus sentimientos, los días pasaban veloces y las noches se entretenían en salir. Cuando ella vivía allí nunca notaba si había luz u oscuridad. Él nunca se aburría, todo al contrario, se reía mucho, hablaba y la escuchaba, y también se oía él. Un hombre solo no se oye a si mismo, no habla, se comunica con él mismo con su propio lenguaje interior, pronuncia palabras y las escucha pero nadie le oye pronunciarlas, tampoco él. Cuando ella estaba tocaba su piel, y ella lo tocaba a él, también se enfadaba, el también. Le gustaba volver a casa con la leña, o con la compra que adquiría en el pueblo más cercano al que bajaba cada dos semanas, y verla allí, sentada leyendo o pintando sus pequeñas joyas en la puerta, y como levantaba su cara y su sonrisa se comenzaba a dibujar en su cara al oírlo llegar. Ahora ella no está, no se fue pues no la vio partir, no sabe qué pasó, por qué de repente su vida cambió. La echó de menos más de lo que se pudo imaginar, y pronto los árboles y los sonidos sustituyeron a las palabras y al placer. Y ahora cree que ya se ha acostumbrado, pero en la noche se despierta y llora, y así todas las noches. Y al levantarse siempre mira hacia el bosque, hacia el lugar donde está la piedra donde los dos se sentaban a hablar, y ella a veces a dibujar, allí, donde fue la última vez que la vio. Y él sabe, aunque enseguida lo olvida, que aquello no es vida, que se va a volver loco si es que ya no lo está, que en realidad si que es un hombre triste y solitario, un eremita sin propósito ni motivo, que probablemente morirá en aquel rincón perdido sin que nadie se enteré, sin que nadie lo eche de menos. Y quiere y no quiere. Aunque se diga: ¿Quién puede saber lo que yo siento al arroparme mientras llueve fuera y los árboles suenan en la noche? ¿Y al despertar en las mañanas de verano, y mear entre los árboles y sentarme después a tomar un café en el frescor de la mañana mientras reinicio la lectura de la noche anterior? Pero también se diga a veces en su lengua interior: ¿Pero de que sirve todo eso en mi vida renunciada? Comenzó de nuevo a leer, y se olvidó de todo. Pero a la mañana siguiente tomó despacio su café y puso en su mochila tres libros, la poca ropa que tenía y una foto y comenzó a caminar, miró atrás y se paró a contemplar su antigua vida. Se volvió y meó en su piedra, supo que ella se reiría, como él ahora.

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One Response to Quién puede saber

  1. Mariló says:

    Un recreo, Miguel, leerte lo es.
    “el paraguas de las hojas…”
    Me ha encantado resguardarme en tus palabras.
    Un beso

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