De nuevo comenzar de nuevo

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A veces uno por fin cae en que las cosas no son como cree o imagina, que sus deseos, mal que le pese, son recreaciones que no tienen base real, por mucho que un día si la tuvieran. A veces uno debe ponerse de pie y caminar solo sin imaginar que va acompañado y alguien le sonríe aun no estando, entonces puede que sea mejor cruzar a pelo la calle cuando el muñeco del semáforo se le pone verde y tomar la acera en sentido contrario al que traía para despistar así su propia trayectoria. A veces el principio de un nuevo año puede servir para iniciarse de nuevo y elevar el ángulo de penetración de su cara para enfrentar la vida totalmente de frente. También puede comenzar la nueva libreta negra para anotar lo que quiera, para escribir lo más nuevo que su ser puede dar sin conexión con ese pasado, aun sabiéndolo imposible, ¿de que se nutrirían entonces las palabras?. A veces uno debe caer en que despertarse es nacer con la barba crecida, afeitarse y tras echarse aftershave saludar a la señora del cuarto y caminar por la ciudad como quien navega en una canoa marrón a favor de la corriente.

Ojos que no ven corazón que no siente, dicen que sucede, pero yo no estoy tan seguro, aunque ahora mismo, en la soledad fría de la mañana que nace sienta algo parecido a la alegría de estar vivo y las ganas de querer contarlo.

A veces uno cree que se disipan los recuerdos aunque también sepa que siempre vuelven los que uno quiere, y que nunca sopla tanto viento como para lavarse la piel y quitarse las legañas sin necesidad de restregarse con jabón y agua. Volverá también la rutina agazapada y días en los que uno cae de nuevo, en los que comienza de nuevo, cuando uno deja de deslizarse por la llanura irritante y congelada y se levanta y camina dejando por fin sus huellas sobre la tierra.

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-la

Dulce boca                      

           sus labios              calidos           

leve voz                           

           sus palabras         callada                                   

tierna mirada                                     

           sus ojos                 cerrados

deseo,                                  

          ¿su deseo?            temblor                   

Dormirnos                        

           ¿cómo será?         despertar

 

                                               

E imaginar:                         

            y  besar

                      y escuchar

                              y mirar

                                      y satisfacer

-la

 

No, no eres valiente

Nieve

blanca nieve

que hiela y hiere

la piel vieja

que al fin

cae.

 

Nieve

blanca nieve

que me cubre

para despejar el miedo

y dejar ya de soñar

 

Blanca nieve

que me empuja

a calentar mis manos

en las tuyas.

 

Y no me las sueltes más

 

En la vida escrita y en la no escrita

En la vida no escrita, cuando nuestro cuerpo tiembla movido por excepcionales deseados y inesperados momentos que en el recuerdo después repintaremos con merecidos oros, a veces redescubrimos el cálido acceso a aquello a lo que quisimos volver, a aquello donde siempre nos reconocemos vivos en el deleite de su proximidad y que por tanto nunca podemos ni queremos olvidar y con los que a menudo soñamos hasta despertar. Y siempre nos preguntamos por qué no lo hicimos antes, por qué tuvimos tanto miedo, por qué solo vimos sus impenetrables muros si solo estaba en nosotros el ver un horizonte abierto y una tierra amable por donde caminar sin miedos.

En la vida escrita también redescubrimos, desciframos y en ella nos sumergimos, también imaginamos, nos reconocemos, nos excitamos, perdonamos y nos perdonamos, pues vida es también al fin y al cabo. Pero en ésta, en esa soledad donde soñamos, dormimos, reímos y disfrutamos, el calor ardiente de su mano sobre la nuestra, solo lo recordamos, lo ansiamos.

Uno siempre tiene lecturas pendientes, páginas infinitas por donde caminar, y ojalá siempre las tenga, aunque sepa también que lo ya recorrido a veces se escapa como arena entre las manos.

Dentro de las lecturas de papel he comenzado a leer un libro que se titula “El mundo clásico”, de Robin Lane Fox. Lo estoy leyendo en inglés, primero porque el autor es inglés y así practico, y segundo porque encontré una edición de Penguin barata y muy atractiva, o sea que el placer es doble, o triple, si a eso se le une que estoy comenzando a sumergirme en la vida y la historia de la Grecia clásica entre escarceos que se asoman al viaje de Ulises por un mar improbable pero por eso tan subyugante y que Homero edificó para nuestra suerte. También comienza a aparecer Adriano, el emperador viajero y amante de esa Grecia que en cierta manera constituyó el meollo sobre el que Roma construyó su propia cultura. Como siempre ha sido en la historia del mundo, nada nace de la nada. Como un grato e interesante viaje en el que uno de repente es consciente de encontrase embarcado, así es la lectura de este libro.

Por eso debe ser que, cuando subía yo esta mañana por la escalera que va al quinto, que no al cielo, poco antes de entrar al trabajo apurando la última página para parar en el primer punto y seguido, y así saber donde retomarlo con facilidad, de repente se me ha ido el santo al cielo y me he emocionado, se me ha iluminado el entendimiento y en este extraño y fugaz momento me he notado extrañamente contento en el último tramo de escalera, como un conquistador que reconoce ante sus ojos la belleza de un paisaje recién descubierto. A veces, el gozo de la lectura es pleno si a él va unida la degustación de las propias palabras, es entonces un brillante bamboleo que justifica la existencia, aunque a veces dure poco. El caso es que cuando ascendía por la escalera del quinto he venido a plantearme si esa especie de relámpago era la cultura que nos transforma y de la que tantas veces tantos estudiosos se preguntan por su verdadero significado. Y también si era esa la cultura en bruto, la verdadera, la que no necesita adjetivos para explicarse. No lo sé pero sí que he notado una descarga de emoción parecida a la que siente cuando notamos que nos quieren, como si a partir de ese momento me fuera dado poder visitar y entender el mundo y su historia. Es exagerado, lo se, pero era un momento blanco y brillante.

Son ciertos pasajes de ciertos libros, ciertas escenas de ciertas películas, ciertos acordes de ciertas músicas o ciertos monumentos los que nos producen esas ráfagas a veces no advertidas, otras para siempre inolvidables o simplemente estimulantes, los que pueden servirnos para guiar nuestra voluntad en el seguro pero incierto futuro y disfrutarlo.

Enseguida se me ha venido a la mente otro momento cercano que realmente me emocionó, y me hizo exclamar: “Esto es el cine”. Sucedía mientras veía la película “Camino” de Javier Fresser. Reconozco que iba con el prejuicio de que sería una película muy triste y esperable, pero la indignación que crece a medida que los metros pasan se convierte en una gran y liberadora sorpresa por medio de los paralelismos de las palabras que el director introduce para construir una película que va más allá de la tristeza, la injusticia, el delito diría, de una secta poderosa y alienante que siempre es irresponsable porque el responsable es Dios que lo ha querido. Por medio del amor de la niña hacia un niño la película vuela y se convierte en una forma de reírse de la superchería de la Obra, comicidad de riesgo, es cierto, teniendo en cuenta la penosa realidad que retrata, pero una audaz y poco explorada manera de dejar en evidencia la santa saña del Opus destrozando personas, peones de una gran estrategia de poder y dinero. De repente, el nombre del Jesús terrenal al que la niña ama y llama en el lecho de muerte y que los padres y curas confunden con el Jesús de la leyenda, es como la llegada del 7º de Caballería que derrota a la secta con la ingenua sinceridad de su edad y de su amor. Es ese juego que el director descubre el que en un momento dado me emociona hasta la carcajada por el hallazgo, por su gran originalidad y fuerza.

Son esas ráfagas que nos hacen vibrar las que nos hacen tomar conciencia de que eso es lo que verdaderamente nos redime, por la sinceridad que demostramos para con nosotros mismos, pues esos son realmente algunos de nuestros verdaderos sentimientos. Como el calor ardiente de su mano.