En la vida escrita y en la no escrita

En la vida no escrita, cuando nuestro cuerpo tiembla movido por excepcionales deseados y inesperados momentos que en el recuerdo después repintaremos con merecidos oros, a veces redescubrimos el cálido acceso a aquello a lo que quisimos volver, a aquello donde siempre nos reconocemos vivos en el deleite de su proximidad y que por tanto nunca podemos ni queremos olvidar y con los que a menudo soñamos hasta despertar. Y siempre nos preguntamos por qué no lo hicimos antes, por qué tuvimos tanto miedo, por qué solo vimos sus impenetrables muros si solo estaba en nosotros el ver un horizonte abierto y una tierra amable por donde caminar sin miedos.

En la vida escrita también redescubrimos, desciframos y en ella nos sumergimos, también imaginamos, nos reconocemos, nos excitamos, perdonamos y nos perdonamos, pues vida es también al fin y al cabo. Pero en ésta, en esa soledad donde soñamos, dormimos, reímos y disfrutamos, el calor ardiente de su mano sobre la nuestra, solo lo recordamos, lo ansiamos.

Uno siempre tiene lecturas pendientes, páginas infinitas por donde caminar, y ojalá siempre las tenga, aunque sepa también que lo ya recorrido a veces se escapa como arena entre las manos.

Dentro de las lecturas de papel he comenzado a leer un libro que se titula “El mundo clásico”, de Robin Lane Fox. Lo estoy leyendo en inglés, primero porque el autor es inglés y así practico, y segundo porque encontré una edición de Penguin barata y muy atractiva, o sea que el placer es doble, o triple, si a eso se le une que estoy comenzando a sumergirme en la vida y la historia de la Grecia clásica entre escarceos que se asoman al viaje de Ulises por un mar improbable pero por eso tan subyugante y que Homero edificó para nuestra suerte. También comienza a aparecer Adriano, el emperador viajero y amante de esa Grecia que en cierta manera constituyó el meollo sobre el que Roma construyó su propia cultura. Como siempre ha sido en la historia del mundo, nada nace de la nada. Como un grato e interesante viaje en el que uno de repente es consciente de encontrase embarcado, así es la lectura de este libro.

Por eso debe ser que, cuando subía yo esta mañana por la escalera que va al quinto, que no al cielo, poco antes de entrar al trabajo apurando la última página para parar en el primer punto y seguido, y así saber donde retomarlo con facilidad, de repente se me ha ido el santo al cielo y me he emocionado, se me ha iluminado el entendimiento y en este extraño y fugaz momento me he notado extrañamente contento en el último tramo de escalera, como un conquistador que reconoce ante sus ojos la belleza de un paisaje recién descubierto. A veces, el gozo de la lectura es pleno si a él va unida la degustación de las propias palabras, es entonces un brillante bamboleo que justifica la existencia, aunque a veces dure poco. El caso es que cuando ascendía por la escalera del quinto he venido a plantearme si esa especie de relámpago era la cultura que nos transforma y de la que tantas veces tantos estudiosos se preguntan por su verdadero significado. Y también si era esa la cultura en bruto, la verdadera, la que no necesita adjetivos para explicarse. No lo sé pero sí que he notado una descarga de emoción parecida a la que siente cuando notamos que nos quieren, como si a partir de ese momento me fuera dado poder visitar y entender el mundo y su historia. Es exagerado, lo se, pero era un momento blanco y brillante.

Son ciertos pasajes de ciertos libros, ciertas escenas de ciertas películas, ciertos acordes de ciertas músicas o ciertos monumentos los que nos producen esas ráfagas a veces no advertidas, otras para siempre inolvidables o simplemente estimulantes, los que pueden servirnos para guiar nuestra voluntad en el seguro pero incierto futuro y disfrutarlo.

Enseguida se me ha venido a la mente otro momento cercano que realmente me emocionó, y me hizo exclamar: “Esto es el cine”. Sucedía mientras veía la película “Camino” de Javier Fresser. Reconozco que iba con el prejuicio de que sería una película muy triste y esperable, pero la indignación que crece a medida que los metros pasan se convierte en una gran y liberadora sorpresa por medio de los paralelismos de las palabras que el director introduce para construir una película que va más allá de la tristeza, la injusticia, el delito diría, de una secta poderosa y alienante que siempre es irresponsable porque el responsable es Dios que lo ha querido. Por medio del amor de la niña hacia un niño la película vuela y se convierte en una forma de reírse de la superchería de la Obra, comicidad de riesgo, es cierto, teniendo en cuenta la penosa realidad que retrata, pero una audaz y poco explorada manera de dejar en evidencia la santa saña del Opus destrozando personas, peones de una gran estrategia de poder y dinero. De repente, el nombre del Jesús terrenal al que la niña ama y llama en el lecho de muerte y que los padres y curas confunden con el Jesús de la leyenda, es como la llegada del 7º de Caballería que derrota a la secta con la ingenua sinceridad de su edad y de su amor. Es ese juego que el director descubre el que en un momento dado me emociona hasta la carcajada por el hallazgo, por su gran originalidad y fuerza.

Son esas ráfagas que nos hacen vibrar las que nos hacen tomar conciencia de que eso es lo que verdaderamente nos redime, por la sinceridad que demostramos para con nosotros mismos, pues esos son realmente algunos de nuestros verdaderos sentimientos. Como el calor ardiente de su mano.

 

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2 Responses to En la vida escrita y en la no escrita

  1. Mariló says:

    “Son ciertos pasajes de ciertos libros, ciertas escenas de ciertas películas, ciertos acordes de ciertas músicas o ciertos monumentos los que nos producen esas ráfagas a veces no advertidas, otras para siempre inolvidables o simplemente estimulantes…” los que ciertamente pueden servirnos si acaso a rozar alguno de los volantes del mutante conocimiento propio y ajeno.
    Un beso.

    PS Te leo, no siempre dejo un comentario. ¡qué de vueltas le he dado a tu escrito anterior… y qué bueno es eso, que un relato perdure trás su lectura! 🙂

  2. Sebas Hidalgo says:

    Yo llamaría “la química de la felicidad” a esos momentos en los que tomamos conciencia de que algún hecho, alguna lectura, alguna visión o alguna percepción nos causa una sensación tan gozosa y tan plena que constituyen esos pilares sobre los que sostenemos nuestra existencia. No sé si esas sensaciones se cocinan en el cerebro o son hormonas que se disparan, o son reacciones químicas donde intervienen qué se yo que componentes; pero lo que sí sé es que las he sentido. Y deben ser adictivas porque se pasa uno los días y las semanas entre libros, entre películas, entre músicas,entre pinturas y fotografías, intentando dar de nuevo con ese momento que nos llene de satisfacción.
    No hace mucho tiempo me ha pasado con “Sefarad”, la novela de Muñoz Molina, a la que no tuve más remedio que besar al acabarla, lleno de entusiasmo, porque me satisfizo profundamente todo lo que en el libro había leído. Por supuesto, no todos coincidimos en el disfrute de las mismas cosas.
    Y también me pasó con la película “Las tortugas también vuelan” de Bahman Ghobadi (no me habría acordado de su nombre si no tuviera Internet a mano). Ese “documental ficcionado”, como algunos le llaman, que te hace sentir mil cosas a la vez: pena, cariño, vergüenza, ira, lástima, comprensión, lágrimas, desazón, risa… Y que te hace salir del cine con una confusión mental que sólo desaparece con el paso de los días, cuando vas asimilándola.
    Saludos amigo,

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