Un hombre sale del portal en la mañana

Había salido de casa como todos los días camino del metro por la acera derecha de la calle. Se daba cuenta de que el frío era entonces un aliado que disipaba los sueños y su ausencia vital de la noche, era como volver a la vida en el corto trayecto a pie hasta el calor enfermo de la estación que le envolvía ahora. En el vagón un primer vistazo a los zoombies y a los bañados en colonia, a los necesarios y a los sin rostro, a los figurantes y a los figurines, a los impolutos y a los legañosos, a las guapas que despiertan y a los enfadados aún durmiendo o defecando. Estaban todos, como cada día. Este grupo, que no sabía que lo era, viajaba en el vagón agusanado y blanco como un racimo amañado e inconsciente de que en aquel momento se tenían sólo a ellos por los túneles oscuros que horadan la ciudad. Tras tres estaciones nuestro hombre dejó de formar parte de aquella representación de la humanidad. Sus pensamientos iban adquiriendo poco a poco un tono de normalidad más allá del pesimista análisis interno que inconsciente el mismo se había administrado al dejar atrás el portal de su casa. Seguía sin ser un individuo pleno y feliz de su existencia, pero ya no le dolía el hígado rutinario, ni los riñones de la paciencia, ni le lloraban los ojos por descubrir de nuevo la realidad del día, la del siguiente, la del otro y el otro, la de la semana que viene y la otra, la que tuvo a veces y la que de nuevo tendrá; tampoco le dolía el pulmón del amor, ya no fumaba pero si que amaba, o ¿no amaba? ¿a quién amaba? ¿le amaban? ¿quién le amaba? Abrió abrumado su libro después de desabrochar su abrigo y sentarse en el asiento del vagón del siguiente trayecto, se caló las gafas y se puso a leer como un drogadicto que se mete un chute para ser otro y ser él también. En media hora estará en el trabajo y tendrá también tiempo de escribir, de hablar con los otros para disipar su despertar y su noche, de mirar, de reír, de soñar de nuevo, de imaginar y desear, y luego vuelta a empezar, un camino largo para caer de nuevo en su cama, aunque quien sabe que puede depararle hoy el día, no lo pensará, se limitará a desearlo, al menos por hoy. Buenos días.

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2 Responses to Un hombre sale del portal en la mañana

  1. dluz says:

    ¿Que podemos aportar para enfrentar la crisis mundial?
    La crisis financiera de Estados Unidos, ha arrastrado con ella a gran parte del mundo, pocos son los Paìses que se salvan a esta enorme crisis financiera que en lo personal no logre entender muy bien
    pero si me afecta.

    ¿Cuàl serìa la soluciòn? ¿Tardarà mucho en pasar esta crisis?
    Las consecuencias son graves a diario observamos en las noticias televisivas, periodicos, radio etc…
    de por si el alto ìndice de desempleo y el bajo poder adquisitivo de mayoria es un problema que agravaba la ecònomia se suma el actual proceso de crisis y esto es mundial.
    Empresas que se sostenian apuradamente con las bajas ventas ahora con esto y los altos impuestos que se agregaron no les quedara otra que cerrar, declararse en quiebra, pero me pregunto si nuestros altos magistrados estudiosos de leyes y fenòmenos mercantiles, ya estaran trabajando en esto para lograr salir del caos o estan presupuestando en que se gastaran el de por si raquitico erario o se fijaran los nuevos salarios de sus puestos de honor y cargo.

    Mientras las familias estan angustiadas, ya que en varios hogares entrara la crisis si algunos de sus miembros se queda deempleados.

    ¿Que podemos hacer para ayudar, apoyar? Habra soluciones a todo esto a corto tiempo?

    Espero sus aportaciones DICEN QUE EN EQUIPO SE TRABAJA MEJOR Y SE LOGRAN RESULTADOS NO SOMOS MAGISTRADOS NI ECONOMISTAS PERO SI GENTE QUE QUIERE UN MUNDO MEJOR HAGAMOS ALGO PARA CAMBIAR ESTA CRISIS

  2. Sebas Hidalgo says:

    George Jr. cerró la puerta y salió al jardín. Esta mañana , curiosamente, tenía la agenda libre y renunció a su cartera de mano. El día se presentaba lechoso de niebla y polución; aún así decidió irse andando hasta el cruce de Rawlins Park con la calle 17 y desayunar en The Snow Goose. Allí tenía una cita con alguien muy cercano: George senior.
    A George Jr., esta vez, no le acompañaron hasta la verja de salida Barny y Beazley, sus dos terriers escoceses, dando saltos y mordisqueándole los zapatos. Y ya en la calle, nadie reparó en él enfundado en su gabardina clara.
    Volvió la cabeza hacia la gran mansión en la que había residido los últimos ocho años y le pareció que se habia quedado abierto el gran ventanal de la sala de billar. Las campanas de la Iglesia de los Ángeles Custodios dieron las ocho; avisaban a los feligreses el inicio de la misa del día de San Sebastián.

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