Otro día en 20 metros en La Tierra

Hoy, antes de ponerme a escribir, primero he pensado en situarme lejos de aquí, deslizarme hacia parajes soñados o al menos más literarios, pero me ha llegado una vaharada maloliente ante otra manida huida de la rutina como recurso literario, y he decido quedarme aquí, en los veinte metros que me rodean.

Siempre he sido un poco raro, o un mucho, como todo el mundo, por otro lado. En cuanto a mi comportamiento dentro de estos veinte metros lo cierto es que no hago esfuerzos por parecerme o hacer como los que me rodean, tal vez sí hace tiempo, también como mucha gente hizo. ¿Mal proceder?, ¿Falta de solidaridad con los que a mi lado se esfuerzan? Tal vez, pero no añadiré más a este examen de conciencia, curiosa y grave expresión que recuerdo nos decían los negros curas del colegio. Eran difíciles de entender por unos niños, pero nos decían tantas cosas incomprensibles que nos daba igual no saberlo, tragábamos y ya está, ¡total una más!: examen de conciencia, purgatorio, arrepentimiento, confesión, cielo (no el de las nubes), pecado, salvación, alma, etc.

A mi alrededor habitan unas pocas almas, algunas no se si se salvarán del fuego eterno mientras gozan ausentes de conciencia pecadora pues son en negras y altas instancias condenables; otras vagaran mustias y perdidas por un purgatorio inodoro que imagino como una llanura infinita siempre siendo el mediodía, y otras, cándidas, creerán haberse ganado el cielo sacrificándose en el altar sagrado o en el de la patria, cada uno que ponga la que quiera, en todo caso altares intercambiables y de improbable futura recompensa que la fe mantiene a beneficio de curas negros o bocazas que predican las excelencia de su nacional mapa.
Tengo a mi lado ejemplos de los tres casos, incluso algunos de imposible clasificación entre los que me encuentro.

Alrededor de este pequeño mundo giran satélites deseados y repudiados, algunos tangenciales, otros orbitales, otros directamente se estrellan como meteoritos entre las mesas y los armarios, y otros son atraídos con la fuerza del deseo, claro que a veces también despedidos con la fuerza propia de su trayectoria. Desde aquí se puede apreciar un pasillo muy transitado en forma de Via Lactea, donde hay de todo: gritos, carreras, ruido de tacones, risas, preocupaciones, salidas, entradas, corros, conversaciones. Desde este observatorio privilegiado yo miro, me fijo, se me escapan. Existen meteoritos, asteroides, cometas, planetas, agujeros negros, estrellas y megaestrellas. Algunos cuerpos se ven a la primera, otros se descubren con el tiempo, con telescopios o sin ellos, y a menudo pasa que cuando una meteorito nos golpea, por siempre seguiremos abollados y evitando su presencia. Otras veces, pocas, quizás una, acierta a pasar una megaestrella roja que despacio va llenando nuestros ojos y sin necesidad de telescopios observamos su trayectoria, su despertar, su ocaso y su nuevo amanecer, y agradecemos al Universo su presencia, aun sin darnos cuenta de que lo hacemos, porque todo en este caos es a pesar de todo controlado y al mismo tiempo imprevisible. A veces subimos a una nave para conquistar mundos lejanos, a veces, tras largo viaje lo alcanzamos, muchas otras, sin la fuerza necesaria para navegar tan descomunal negrura vagamos sin brújula sin saber donde se encuentra, la intuición y las referencias creemos que nos ayudan, y a menudo obligados y exhaustos retornamos a nuestros veinte metros, cansados y esperanzados, para escribir el diario de viaje, extraño, cuajado de apuntes desligados, sin aparente coherencia, aunque la tengan, si de un tirón los enfrentamos.

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