A la luz de la tarde de invierno

La ladera de cálida tierra que desciende

de plantas olorosas salpicada

por la luz de la tarde de invierno alumbrada

y abajo, como un reposo soñado,

el pequeño valle,  

donde suena entrecortado

un estacional y limpio riachuelo.

 

Por fin el sol suave calienta mi piel

hoy desnuda de abrigo  

mientras huelo su intenso aroma en mis dedos

como al aplastar con ellos ramitas de romero.

Todo despierta en mi,

misteriosas conducciones que fabrican,

que activan el convencimiento,

de vivir, de dejar huella en el suelo.

 

Desciendo avaricioso pero despacio

engullendo este paisaje con mis ojos

con mi boca, mi nariz,

con mis oídos, con mis manos,

para que no desparezca.

 

Y noto,

en este preciso lugar

el inexplicable bienestar

que solo se puede compartir

incorporado para siempre a nosotros.

 

Y aunque no es nuestro

siendo lo que más nos pertenece,

nos premia para siempre

en esta ladera olorosa e iluminada

por la luz de la tarde de invierno

que poco a poco en su piel desaparece,

con el atardecer, ante mis ojos,

y ahora solo se sugiere

mientras en la penumbra

suenan despacio las palabras.

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