Ganas

Hoy tengo de rasgar el papel con la punta de titanio reforzado de un bolígrafo poderoso con mil litros de tinta en su depósito. Un difuso malestar bloquea cualquier atisbo de sacar mi cabeza por encima de este agujero de 1,60m x 1m donde estoy enclaustrado. Desearía, creo, o debo creer, salir con una euforia de pasos recobrados, recuperar los millones y millones de ángulos con que se puede ver y estudiar el mundo con las ansias multiplicadas por mil de aquellos quince días de internamiento obligado en un hospital, donde veía siempre la misma esquina de una calle que estaba siempre allí desde el único ángulo posible de la ventana de mi habitación. Era una esquina insulsa de una calle estrecha y poco transitada, un dibujo inamovible tras el cristal pero cambiante en su luz, atractiva en las mañanas, en las tardes y en las noches donde sediento deseaba estar para recobrar y celebrar la rutina perdida, creyendo que me merecía una nueva oportunidad para recuperar el ritmo olvidado y ahora redescubierto de la vida.

Tengo entonces ganas de salir pateando las piedras de este pedregal ardiente y helado según el día que solo puedo ver desde este agujero y manchar mis botas de polvo y de barro, y de notar como se abrasa mi piel al mediodía y me deshago en un sudor frío bajo los cuarenta grados que calientan la tierra y todo lo que vive o se coloca sobre ella. Quiero quitarme la camisa y meter la cabeza bajo una fuente y refrescarme, mojarme todo y volver a ponerme un sombrero de paja y unas gafas de sol, y sentarme después bajo un árbol y oír a las cigarras de la tarde. Quiero notar como llega el frío y se me pone la carne de gallina y necesitar de mi viejo abrigo azul, ahora manchado de polvo, y acurrucarme mirando desde mi frágil refugio de la montaña arriba la luna y las estrellas, abajo los rastros de los hombres mientras sorbo y me agarro con las dos manos a un café caliente. ¿Y mañana?, pues el Díos de las frases hechas dirá, tal vez andaré hasta el mar o me quedaré unos días en un pequeño valle de árboles ralos entre las piedras y un estanque a la sombra.

Un grifo inexistente y atorado de inmundicias necesita romperse para dejar manar un torrente de palabras perfectamente colocadas donde mi imaginación y mi rabia bien dispongan, y que no tenga nunca que corregirlas o cambiarlas. No tengo un plan establecido, solo la necesidad de escribirlas, de describir y contar el mundo que me rodea y que interpreto. Tengo ganas de no parar, y sin embargo no tengo ninguna de levantarme, tal vez entreveo su mano tendida a mis espaldas.

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