Rodalquilar

Cerro de Lobos

Bueno, por fin mañana salimos para Rodalquilar, el coche de nuevo enfilando el sur, saliendo de los límites geográficos y mentales, una liberación en todo el sentido de la palabra, lo confieso,  un dejar atrás, un dejarse abrazar y apretar por el sólido calor que nos espera, pero está la luz difusa y casi blanca de la llegada que lo envuelve todo: las piedras, la tierra, el verde de las pitas y de las palmeras, la mina abandonada y sus arenas rosadas, la quietud de los cerros entreverados de verde, y el mar, el mar allá a lo lejos que lame la tierra y se la lleva y la trae después de lavarla, todo eso nos espera, es el reencuentro, por fin estoy aquí.

La canción dice que se pueden querer dos mujeres a la vez, y me cuesta trabajo creerlo, pero se que uno puede sentir que ha llegado a casa aun viniendo de casa,  que ésta puede estar en más de un lugar, Rodalquilar es uno de esos lugares. Es un domicilio etéreo, una excepción deseada y blanca donde no me llegan las cartas, donde aún suenan con el viento las cañas altas al lado de la ventana del dormitorio. Es éste un lugar donde al llegar siento por minutos que he vuelto para enseguida olvidarme de ello porque ya estoy, ya estaba, pero temiendo la partida de nuevo.

El breve frescor de primera hora de la mañana cuando abro la puerta de la mosquitera y me siento en el poyato con el primer café: me digo que ese es mi sitio aunque no lo sea. El paseo a por el pan cuando suena el claxon de la furgoneta que viene de Campohermoso o del Pozo de los Frailes,  y a por el periódico antes de los desayunos en la gran mesa: el moje, la leche, el pan, la mermelada, las galletas, más café; en seguida los preparativos para la playa después, la expedición bajo el pequeño infierno que es un sacrificio necesario y ansiado porque significa que estamos allí, porque para revivir hay que morir y mientras, el agua fresca del mar, si no hay medusas, es un bálsamo, un parque para ellos, y la vuelta después, como una expedición desde el Lago Victoria recién descubierto, por impenetrables selvas  de grandes árboles, plagados de monos que se bañan en oscuros ríos, sino caminos polvorientos, soledad de cigarras y raquíticos oasis de palmeras africanas. De nuevo en casa soltando arena, cansados, la ducha, la comida, la siesta. Y sentarme con la piel caliente después del sueño a beber café frío mientras leo, escribo o simplemente miro la rambla seca abajo, el caballo blanco pastando, el sonido de la puerta mosquitera que se abre y se cierra por el viento, por el juego infatigable de los niños.

El paseo de la tarde es siempre por los caminos de la enorme antesala de lo que nadie entendería como el Paraíso, pero que lo es y solo puede estar aquí,  bajo esta luz rojiza que acompaña el último sol del día sobre la piel, las montañas sinceras y desnudas, el rojo sobre su cimas, el verde vivo de las pitas, las piedras que suenan como en ningún lugar al golpearlas mientras ruedan pendiente abajo, el silencio que resalta el bufido de alguna ráfaga de viento al coronar los cortados y las revueltas del camino, el mar allá abajo que se prepara para dejar de existir en la noche, solo a sonar acompasado. Debe ser la confirmación, ahora que lo pienso, de que el Paraíso, como tantas otras cosas, es una creación mental que cada uno sitúa o construye donde quiere o recuerda, yo lo construyo aquí, y más exactamente, si quieren datos concretos de uno de sus parajes, entre Rodalquilar y El Playazo, entre la carretera a Las Negras y el mar, el Cerro de Lobos, por ejemplo, o los caminos fantasmas que rodean la antigua mina de oro y sus lavaderos de mineral, pero hay más recovecos, más caminos, más colinas y montañas, más habitaciones en este lugar adonde mañana llego.

Ya se me desmorona este lugar donde estoy ahora de puro deseo de comenzar el viaje, de estar lejos, y de llegar al pequeño parque antes de entrar en Rodalquilar y donde a veces juegan los niños en el tobogán verde y rojo, al lado de donde una noche vimos un zorro que venía de buscar comida en el pueblo.

Ya veo de noche las estrellas, aquí, como en otro lugar, sí,  pero aquí, donde la noche es igual que en cualquier lugar aunque no lo sea, el paseo por la carretera después de cenar porque se nos acabó el pueblo, el cielo levemente azul, los grillos contratados para afirmar la noche, el frescor ahora, la vuelta por el pueblo de nuevo, el puente sobre la rambla y de nuevo en casa, y cerrar la puerta de la mosquitera. Suenan las altas cañas de nuevo junto a la ventana mientras cierro los ojos en la oscuridad, me duermo.

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Algunas preguntas y algunas de las respuestas

1. ¿Cual es el sentido de la vida?

No preguntarse nunca sobre el sentido de la vida.

2. ¿Que hacer entonces con nuestra vida si no tenemos una guía que nos ayude?

Levantarse de la cama primero, por supuesto, mirar por la ventana por si llueve y salir, sonreírle a la vecina que nos guste y ser sinceros con ella y con nosotros mismos, entonces nos podemos mojar juntos bajo la lluvia porque no nos importará en absoluto que se nos noten los pezones duros bajo la camisa, y menos, claro, si es a ella a quien se los notan. La vida tendrá entonces un sentido claro y no nos importará que éste no dure a lo largo del tiempo, tendremos suficiente con obtener lo que deseamos con impaciencia en un día de lluvia, entonces podemos volver a la cama, ahora sí, con ella. Y que no se nos olvide llamar al trabajo para decir que estamos enfermos, la felicidad es corta y dura lo que un sueño, mañana será otro día.

3. Cuando nos invada la apatía ¿qué hacer con el jamón de York y el yogurt Activia que nos caducó ayer y que habíamos decidido comernos hoy?

Ser desprendidos, no nos debe importar perder algo si lo que ganamos es peor, igual o mejor que lo perdido. Un beso  que ganemos de ella nos aflojarà de la tensión que la materialidad nos provoca, y si notamos que el estómago nos ruge porque tenemos gazuza, siempre podemos dejar que nos moje una galletas Campurrianas en un café con leche caliente y nos las de ablandadas en nuestra boca, las risas por las gotas de café sobre nuestra piel desnuda nos hará sentirnos de nuevo vivos. Eso sí, no nos olvidaremos de tirar el jamón de York a la basura si se ha puesto tieso y de color marrón oscuro, pero el yogurt nos lo podemos comer con tranquilidad, a buen seguro no nos envenenaremos.

4. ¿Qué hacemos entonces?

 ¿Con qué?

 5. ¿Tienes idea de por qué vamos a trabajar todos los días?

Pues pensar y ansiar la hora de la salida, porque siempre esperamos que la tarde o el fin de semana serán distintos y que en esas horas por fin seremos felices, y así nos puede ocurrir, sí, a veces pasa, aunque tal vez debamos, si no lo hacemos ya, mirar más cerca, pues tal vez podamos disfrutar aquí igual que fuera, no digo con el trabajo, aunque también se pueda dar el caso, digo con lo que nos deparan estas horas aquí encerrados. No debemos perder de vista que la gente que nos rodea también se distrae con los ojos taladrando el techo y mirando más allá de los cielos buscando una redención que los eleve de la insulsa cotidianidad; que también se ríen y lloran, se excitan o se aplastan, que también tienen sus ratitos de debilidad y que a veces nos miran, algunas deseando besarnos, y otras denigrarnos, ¿o acaso no lo sabíamos?

6. ¿Por qué siempre piensas y hablas del deseo?

Es evidente que si no deseáramos, si nuestros ojos y nuestras mejores palabras no se perdieran por el cuerpo y la mente de nuestros prójimos más atrayentes, la jornada sería una plana sucesión de horas y conversaciones relacionadas con expedientes, sinergias, estrategias y presupuestos. Pero no es eso una alternativa, suceden al mismo tiempo, ya escribí una vez sobre lo que en realidad a veces pensamos e imaginamos cuando hablamos por ejemplo con una mujer sobre “posibles alternativas al Convenio de Kyoto”, más allá de nuestra educada respuesta, para nuestros adentros decimos: ¿Cómo sería bajarte la falda y tumbarte despacio sobre la cama de la habitación de un hotel escondido? Pero que quede claro, una cosa no tapa la otra, somos binarios y podemos hablar en dos planos a la vez, algunos incluso en tres, otros, es verdad, solamente en uno.

7. ¿Existe Dios?

Por supuesto, es nuestro guía perfecto, el de cada uno, al que podemos interpretar como nosotros queramos y que nos ayuda a sobrevivir y a encontrar fortaleza para continuar adelante. Ahora bien, para eso hay que creer en él, es como el sentido de la vida que aparece en la primera pregunta, no hay que plantearse nunca si existe o no existe, recémosle a nuestra imagen y semejanza y creemos nuestra propia conciencia y tabla de pecados. ¡Por un dios libre, seamos creativos!

8. ¿Quién es usted?

El enviado de Dios en la Tierra, como usted, como yo, lo acabo de descubrir ahora mismo, y eso me salva de posteriores preguntas, se acabó la entrevista. Buenos días.

9. Le deseo.

¿Perdón?

10. Ya me ha oído, estoy aburrida de esta papel que me ha tocado vivir, no entiendo nada de lo que me rodea, no se que hacer con mi vida, pero se que puedo pasar un buen rato con usted, por eso le estoy haciendo una proposición, ¿se quiere acostar conmigo y levantarse conmigo en la mañana y si le place volverse a acostar sin prisa hasta el mediodía?

No hay cosa que más desee, pero espere que me coma el yogur.