Pensión completa

El hotel es grande, aparentemente moderno y la piscina uno de sus centros, el otro es el gran comedor con dos autoservicios que ocupa buena parte de los sótanos. Vamos a dormir aquí dos noches. Pieles de variadas nacionalidades se dejan quemar por el sol de la tarde, o de la mañana, aunque mejor sería decir que de la mañana, el mediodía y la tarde. Las tumbonas y las sillas son a menudo territorios privados mientras dura el sol, a veces adornadas con una toalla durante todo el día. Son toallas sufrientes bajo el sol que las calienta hasta secar sus fibras ya cercanas al incendio. Y mientras, sus dueños se bañan, o también pasean, o vegetan lejos de su colorida tela. Cuando llega la hora de la comida la piscina comienza a despejarse y entonces es posible bañarse con una cierta holgura. Nosotros esperamos hasta las dos y cuarto pues a las dos y media ya no se puede entrar. La comida es abundante, y el paladar debe ser de goma para limitarse a tragar y a guardar energía para resistir el sol, pues todo rastro de deleite debe ser desterrado. Comer se convierte entonces en un apreciado entretenimiento entre chapuzón y chapuzón, una apoteosis del divertimento, donde todos vamos y venimos al y del autoservicio a coger platos constantemente, para amontonarlos, casi nunca vacíos, en una pila sobre la propia mesa, e iniciar después un nuevo viaje al escaparate de libre acceso con la esperanza de encontrar alguna cosa que nos satisfaga más después del habitual chasco.

El desayuno en nuestra primera mañana se inicia con la búsqueda de un sitio donde instalarnos, búsqueda que se convierte en sorda lucha con otros individuos de piel roja o blanca -dependiendo ésta de su antigüedad en el establecimiento- para encontrar donde depositar la bandeja con los distintos trofeos recién cobrados en el muestrario de comidas. Cuando vuelvo de mi primera incursión de ponerme mi primer café  casi choco con una mujer con los ojos como platos que lleva en la mano un plato con un churro gordo y una salchicha camino de su mesa, y en el fondo celebro esta fusión que destruye cualquier orden a la hora de engullir y que resume perfectamente la esencia de las costumbres ajenas, de las costumbres adoptadas: el churro y la salchicha como seña de identidad, me entusiasmo, estoy por apuntarme e incluso de dibujar los dos alimentos y enarbolarlos cruzados como escudo de una hipotética bandera que tape las que yo se me: reino de la ciencia-ficción, no habría manera de construir un nacionalismo con semejante escudo. Mientras pienso en que orden se habrá comido la mujer el churro y la salchicha, engullo, acuciado, por la posibilidad de hacerlo, tres croissants, dos cafés con leche, una magdalena, un café con leche, un croissant, un bocadillo de salchichón y un café con leche, por este orden. Estoy satisfecho y listo para lo que me echen en el recinto carcelario pero sin rejas de la piscina.

Esta piscina con forma de ocho sin agujeros en el centro es con diferencia el lugar donde más tiempo hemos pasado, al margen de las horas de sueño que en este caso no cuentan. Todos realizamos aquí un baile ordenado con los mismo pasos, que van y vienen entre la piscina, las hamacas y el perímetro del ocho, con sonrisas a los niños y amable comprensión ante el vecino. Muchos al mirarnos parecemos decirnos con los ojos que nosotros en realidad preferiríamos estar en otro lado, pero que estamos aquí por los niños. Y es verdad, pero aquí estamos, celebrando, penando.

Entre pelotas azules de Nivea, chapuzones que desalojan agua y salpican en cantidad inversamente proporcional al peso del individuo bomba que se arroja, manguitos y flotadores varios, los niños mandan y vaya si mandan, sobre todo los nuestros. Somos esclavos y mi espalda ha reposado sobre las tumbonas escasamente cinco minutos entre los dos días, pero lo he hecho con gusto, que remedio, yo en realidad hubiera querido estar en una habitación sombreada, eso como mínimo, mientras el sol se aprovechaba de los habitantes de las tumbonas, de los bañistas.

Los tatuajes abundan entre hombres y mujeres, entre los nacionales como en los foráneos, en las piernas, en los brazos, en la espalda y en el torso, y más ya no pude ver, aunque ni siquiera trato de imaginármelo. Oigo hablar en holandés, en francés, en italiano, en ruso, en ucraniano (supongo), en inglés, y en español, no tan claro, también en catalán, poc, es clar. La playa está a dos pasos pero aquí las bebidas son baratas, y más si las compras en el súper que hay cerca de la entrada en el que solo venden bebidas y algún ligero tentempié.

Por la noche, cuando llegamos de pasear entre puestos y atracciones como si de una verdadera Feria se tratara, actúa el dúo Jazmín, y una tropa de jubilados de Santander baila acompasada música country, salsa, disco y folklórica demostrando que no es la primera vez, ni siquiera la décima que lo hacen. Tomamos un café en la terraza del bar que da a la piscina antes de subir a la habitación y en los balcones las toallas de playa colgadas de las barandillas doradas prácticamente cubren la fachada, son las verdaderas banderas de éste y de todos estos establecimientos.

Al siguiente día, una masa sin forma ni orden tiene tomada la recepción. Son gente que llega y gente que se va. Nosotros nos vamos hoy, dejamos nuestra habitación non stop a nuevas pieles blancas mañana acangrejadas, las barandillas doradas del balcón a otros colores de toallas de playa y nuestro sitio en el comedor a merced de nuevos devoradores de comida en su más alimenticio y exuberante término.

Me voy y ya se me ha olvidado de donde acabo de salir. Hoy lo recuerdo porque me pregunto donde he estado este fin de semana. Y ya pasado me doy cuenta de que no necesito volver, aunque el lugar cumpla a la perfección lo que antes de ir le pedí: piscina y aqeuímelasdentodas. Por tanto, perfecto. ¡Hasta nunca!, o puede que, ¡hasta la próxima! Llegada una determinada edad, uno no pude asegurar taxativamente lo que hará o lo que no hará.

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