El tiempo: 29 de septiembre de 2009

Como una informe y particular vía láctea visible sólo por el anual chorro de pintura dorada que lo muestra y las mil señales que a veces acertamos a comparar con nuestros recuerdos, ahí está, el jodido tiempo, aquel que de pequeño no pasaba, y se desparramaba perezoso por nuestros juegos, nuestros tebeos, nuestra picias, temores y sorpresas, que hacía nuestras tardes largas y las noches un plató de película bajo las mantas, donde la prisa por el sueño no existía. Ese que sin darnos cuenta fue levantando el vuelo hasta poco a poco ir cazándonos entre sus piernas, sus brazos y sus alas, y al que solo conseguimos engañar cuando nuestros besos deseados lo arrinconan y suspenden, -tan pocas veces-, testigo entonces de nuestros estelares momentos. Aquel que querríamos tener delante nuestro sin cuento, aquel que hemos desgastado con los años vividos, el malgastado y el apurado hasta las heces, el que suponemos en los demás y en nuestros hijos que allá abajo suben y en nuestros padres que se disponen a salvar el repecho de allá arriba. El tiempo, el que nos pone nerviosos, el que a veces celebramos, la parte infimísima de la historia que nosotros mismos ínfimos estamos protagonizando. El tiempo que nos corre paralelo sin remedio, el que tan bien llevamos si tenemos una mano que queremos agarrar y que en el camino nos acaricia la nuestra, el tiempo, joder con el tiempo, como pasa el cabronazo.

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Impresiones de la Feria (dos)

Cuatro mujeres de edades entre los 50 y los 70 sobreadornadas de collares y coronadas por permanentes desayunan chocolate con churros y porras, mientras, otra, de pie al lado de ellas, les desgrana su consulta con la médica que ya había vuelto de vacaciones, está bien de colesterol pero viene de la farmacia de comprar sus pastillas y jarabes, no porque esté mal, -aclara- sino porque debe tomarlas. Dice que se encuentra muy bien, ¡ya ves tú! Mientras, sus oyentes mojan porras y churros en el chocolate en una sinfonía de movimientos perfectamente ejecutada. De repente una de las mujeres se levanta y saca algo de su bolso, es una pastilla blanca que engulle al mismo tiempo que se sienta ayudada de un trago de chocolate. La que viene del médico no debe sentirse muy reconocida por las cuatro amigas que la han escuchado, pues decide cambiar de escenario y va a sentarse enfrente de otra mujer sola y muy gorda que moja inmensas porras en la taza de chocolate. Ésta también la escucha sin abandonar su principal tarea, y a mi me parece que a cada porra que trasiega es un poquito más gorda y que tendrá muchas dificultades para levantarse de la mesa.

 

En la barra dos veinteañeros con una sonrisa que delata los efectos de toda una noche de juerga se toman un café con leche, tras darse estentóreas palmas y despedirse como si estuvieran solos en el bar, parecen dirigirse a sus coches para irse a casa o, quién sabe, quizás a levantar la borrachera, o tal vez a tomar otro café que les despeje. La mañana de Ferias es para salir a pasear, para regresar a dormir, yo mientras compro churros y porras para llevar a los niños que todavía duermen, ellos también se han acostado tarde. Estoy deseando salir de nuevo a pasear, a mirar, a encontrarme con gente.

Impresiones de la Fería (una)

Un Mickey Mouse con globos de colores en las manos camina en medio de dos policías aparentemente detenido. En el cielo el estruendo de un F16 en vuelo nocturno por encima de la Feria –se me había olvidado que también forman parte de la sintonía de la ciudad-. La gente entra ahora a borbotones al recinto ferial mientras nosotros salimos después de que los niños hayan montado en todos los cacharros, siempre pocos para ellos. Se nota el frescor del río cercano del que se vislumbran en la oscuridad los árboles de sus riberas. Atrás quedan las luces de colores, los humos de los churros, el polvo de los paseos, el dulce aroma del algodón de azúcar, la música entremezclada de mil altavoces, los vómitos detrás de las casetas ya limpiados con agua. Salimos pues de ese paraíso de los niños y de aquellos que adormecen sus pesares para parecer otros en la aparente fiesta, en la tarde que ahora es ya noche mientras nos encaminamos hacia la plaza de Cervantes.