Un rollo de papel blanco

Va y se pone las gafas, se dispone a escribir catapultado por el excesivo impulso, convencido del inmenso depósito de inspiración y deseo. Desearía plasmar, no, contar, escribir una historia a partir de su historia, o mejor quizás, traducir a la ficción ecuménica lo que transita su alma oscura o clara según las veces, consciente de que es ese el secreto de la mejor literatura, el sentimiento particular como enseñanza universal, aun no siendo esto lo que le ha empujado a escribir ahora, cuando la mira, cuando la ve marchar. Se escribe a partir de la pérdida, de la miseria, del dolor, o del encargo quizás, pero sobre todo del rebosamiento de deseo que se precipita hacia el suelo, tan lentamente con palabras que caen meciéndose como plumas, bisílabos, polisílabos, adjetivos, nombres, verbos en diversos tiempos, proposiciones, admiraciones e interrogaciones, que el escribiente trata de recoger en sus manos para que no se pierdan y que volverá a utilizar para construir la historia que en él bulle, aún desconocida, para ser leída y releída, para regalarla y abandonarla, para contarle a otros que pasó, por ejemplo, un día en la vida de Matilde y Hans, hoy que el lunes enfrió la pasión creída, hoy que el agua moja antipática la gris acera por donde caminaron ellos.

Un gran rollo de papel blanco delante de las últimas palabras se extiende por kilómetros en un desalentador desierto por el que quisiera transitar para fijar, para conquistar, donde ver la huella de sus pasos, para agarrar su mano en el lento caminar tras la brisa al despertar, para acotar con una lona liviana el espacio donde extender la manta donde reposaran en la noche de luna y estrellas, abrazados y levemente arropados, sin saber por qué, o simplemente para sobrevivir, aquí, donde las palabras son además la prueba de que no están solos, y también de que el viento es capaz de mantener el sonido de su voz en el espacio, más allá de la habitación donde están acostumbrados a escucharla. Y soplar sus ojos donde entró un grano de arena, y besarla después, y darle ánimos, entre estas piedras cortantes que machacan los pies. Armándose de una paciencia irracional para continuar hasta que llegue de nuevo la noche, y sobre la arena caliente de la duna blanca mirar de nuevo el cielo seguro en la inmensidad mortal del desierto, con su cara junto a la suya, su pelo cosquilleándole su oreja y notar que se ha dormido o se acaba de dormir, y besarla entonces en un beso cálido e incierto ante la mañana que se avecina del nuevo día que vendrá, al fin y al cabo están vivos. Matilde con su cuerpo amoldado a la arena, Hans de pie en la cima de la duna a la que trepó descalzo, oteando el mar amarillo y el sol que de nuevo sale anunciando ya el calor irremediable.

Seguir escribiendo, narrando, esperando mientras el que escribe transita el espacio vacío en la inesperada e indeseada batalla por sobrevivir. El amor en el desierto podría transformarse en odio si el viento, la arena y el horizonte infinito de días y semanas es siempre el mismo, o bien pararse y amarse mientras deciden vivir lo que tienen, racionando sus posesiones, luchando a brazo partido con la desesperación que se ha subido a sus sombras sin que ellos lo sepan y que se despiertan al mediodía, justo cuando el sol se esfuerza en apretar sobre sus cabezas cubiertas.

Y es entonces cuando el escritor decide rescatarlos y depositarlo en una habitación en la penumbra donde dormirán dos días, donde despertarán juntos, donde se amarán brillando en su dorado color, limpios de arena, con su sonrisa de plata, en sus sábanas blancas, en una tarde de invierno, quizás.

El rollo de papel blanco es ahora menor y de nuevo espera, el escritor sueña.