Porqués

¿Por qué cuando menos lo esperamos el sol invade la mañana y caliente nuestro cuerpo que se alegra y revive?

¿Por qué a veces el viento desarbola nuestro ánimo y lo arrastra contra las paredes sin descanso? 

¿Por qué es tan difícil mantenerse cuerdo y ser dueño completo de nuestras reacciones y sentimientos?

¿Por qué cuando el equilibrio nos permite contemplar nuestras posesiones materiales e inmateriales estamos deseando una brisa huracanada que nos arrastre allá donde la incertidumbre nos hace vibrar enteros  

¿Por qué algunas mañanas nos levantamos confusos sobre nosotros mismos?

¿Por qué hay días en los que necesitamos ser dañinamente sinceros?

¿Por qué la mayoría de los días disimulamos y equilibramos nuestro comportamiento con nosotros y con los demás?

¿Por qué nos dormimos rendidos a lo irremediable, dejando que el amanecer nos traiga otras o las mismas cosas?

¿Por qué todo nos parece tan lejano y sin embargo esta tan cerca que basta esperar un poco para oler el olor que desprenden las piras de los cadáveres en Benarés, las primeras flores de la primavera en el Himalaya, el sonido de las bombas en una carretera polvorienta de Afganistán, los lloros de las mujeres que perdieron a sus hijas en Ciudad Juárez, las risas de los que por fin derrocaron a un tirano en cualquier país del África Central?

¿Por qué todo lo que parece fácil y seguro puede desparecer de la noche a la mañana sin poder creerlo?

¿Por qué la magia de poder volver a encontrarte con quien quieres?

¿Por qué preguntarse nada si todo es más grande que nosotros?

 Tal vez todos tengamos nuestras propias respuestas, o tal vez no queramos tenerlas, a lo mejor éste es el famoso misterio de la vida. Vete tú a saber.

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El viaje

Esta mañana tras el café de media mañana, después de viajar alrededor de nosotros mismos hablando de nuestras propias vidas en un movimiento de rotación, también realizábamos un movimiento de traslación alrededor de este lugar donde ahora estamos para volver a encontrarnos con los cuerpos siderales que nos acompañan en el día a día y a los que volvemos gustosos casi tentando sus pieles, admirándolas, pero volviendo a partir como condenados a un eterno vagabundeo mientras nos volvemos a mirarlas alejarse.

 Durante el trayecto hablábamos de otros viajes, de aquellos que requieren irremediablemente el abandono de la costumbre que nos ata un día y otro día. Nos preguntábamos sobre el porqué de ese impulso que nos sobreviene a veces por salir a la incierta aventura de adentrarse y recorrer paisajes extraños, a menudos hostiles. Los motivos para el viaje pueden ser variados, a menudo es la necesidad de huir de lo archiconocido, hartos del encierro rutinario, a veces es debido a una chispa que nos ilumina el futuro camino y al final un objetivo, a veces no existe una meta y es solo un trayecto guiado por la intuición o el gusto, de duración incierta. El viaje es eso, es partir, ir, llegar, estar, pensar, mirar, deglutir, comprender, ignorar, y notar y vivir lo que registramos, incluidos los malos ratos, el sueño, el peligro, la lluvia, la incomprensión, la nada fría mientras anochece sin ningún lugar a la vista para guarecernos, pero también y, sobre todo, la alegría de amanecer en un lugar que no pudimos ver en la noche que se nos muestra hermoso y húmedo, pero también la noche y sus sonidos, la sonrisa de la gente que nos mira curiosa, las palabras amables que nos acogen, las que nos preguntan, los niños y sus juegos, los oficios, los mercados, las calles tan distintas o tan parecidas, los cielos, siempre los cielos que nos cubren con sus nubes, con sus estrellas. Tal vez un beso, tal vez un beso soñado de alguien lejano, tal vez la imposibilidad de transmitir lo que en esos momentos sentimos en la noche con nuestros ojos cerrados y en si todavía seguimos existiendo en el lejano lugar para nosotros ahora inexistente. Y la soledad, la soledad cierta y eterna que somos nosotros, los que nos enfrentamos a todo, en el viaje, en la propia vida. Porque un viaje es sobre todo salir de tu lugar habitual para ir más allá, siendo un allá ya conocido o completamente ignoto. Podemos utilizar variados medios de transporte, y sobre todo caminar. Podemos caminar despreciando posibles peligros, o podemos ir utilizando las vías más transitadas para evitar sobresaltos. Podemos ir a un lugar donde nos esperan o a un lugar donde pueden preguntarse el porqué de nuestra llegada, lo que en sí puede augurar un desenlace problemático a nuestro desplazamiento.

Podemos ir en grupo, con tres amigos, con uno o con una novia, y seguiremos estando de viaje, pero creo que no hay un viaje más sincero en el sentido de lo que el viaje tiene de cambio personal que el que podamos realizar en solitario. Es entonces cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, cuando podemos llegar a saberr nuestro comportamiento en libertad, sin que nadie sea testigo ni cuide de nuestros actos, pues es entonces cuando de verdad sabemos lo que ansiamos, lo que añoramos, lo que valemos.

 Luego nos podemos enfrentar al desierto, al hielo perpetuo, a las montañas, a los plácidos caminos, y esperar el reposo, y digerir lo visto y lo vivido, y al día siguiente seguir caminando en nuestro viaje, aunque siempre volvamos.

Viaje en Semana Santa

Nos vamos hoy hacia el sur de Francia, o con mayor precisión al Languedoc-Rouisillon, lo que algunos relamidos de esta Cataluña donde vivo, eruditos a la violeta que diría Cadalso, si bien aplicado aquí a la Geografía y la Historia, llaman “Catalunya Nord”.  Este topónimo tiene que ver con ese otro tan querido también por los de la grandeur catalana,  “Els Països Catalans”. (Anda que si a alguien le diese por decir, refiriéndose por ejemplo a Colombia,  la España de ultramar…). 

El caso es que nos vamos al sur de Francia a pasar unos días de “merecido descanso”. Si, ya sé que es una frase manida, pero no me he podido resistir, y  a lo mejor hay algo de verdad en ella.  Además de los paseos y visitas a pueblos y ciudades, una de las cosas por las que me gusta Francia en Semana Santa es porque si pones el Telediario de la noche en estas fechas, casi al final de ellos, y antes de los deportes, puedes oír a la locutora decir que “Los cristianos han celebrado con una procesión en París la festividad de la Semana Santa”, y pasan a otra noticia, nada que tenga que ver con la información masiva e incluso en directo por algunas televisiones y radios españolas,  de las procesiones que se celebran en casi cada rincón de España llenas de tétricos y oscuros desfiles, que si bien pueden tener un rastro de belleza la primera vez que los ves, inmediatamente se convierten en una falta de respeto apabullante para con los que no creemos y tenemos la Santa Paciencia de aguantar la servidumbre de sus pasos cuando queremos andar libremente por nuestras calles. Es verdad, y justo es decirlo, que en Cataluña ese peso es infinitamente menor, no se ven casi procesiones, y las televisiones locales y regionales se quedan como mucho en Pasiones como la de Esparraguera.

El día ha levantado ya, voy a despertar a los bellos durmientes y a cargar el coche, huyamos hacia el Norte y entreguemos Sevilla, Alcalá de Henares y Zamora a las huestes apasionadas de cirio en mano y capirote aburkado, a vírgenes, cristos, pies descalzos, encadenados, flagelados, presos indultados, saetas, peinetas, lutos y sangres. Y mientras, huyamos mientras podamos, con todo lo que de renuncia tiene.