Los arrozales, las cometas y el gato que se indigestó

La casa está en medio de una plantación de naranjos y limoneros salpicada de frutos que se pudren en el suelo. En algunos surcos donde no hay árboles hay tomateras cuyos frutos nadie recoge. Es una casa blanca con una gran parra en su entrada, bajo la que hay  un par de mesas de plástico verde. Detrás de la casa una nube lejana deja caer agua sobre la serranía cercana, pero el sol tiñe de tiras rosáceas esta nube y otras más cercanas.

Nada más bajarse del coche los niños corren en busca de sus primos que ya han llegado y se ponen los bañadores mucho antes de haber bajado del coche los escasos bultos que traemos. Hay una pequeña alberca de aguas verdes que para ellos es un caribe cuadrado que gozan entre risas y chapoteos. Da gusto verlos. La vida hay que disfrutarla sin pensarlo, parecen transmitir, en un mensaje que supera nuestros necesarios preparativos y nuestros recelos de adultos ante la novedad, ellos no necesitan saber donde están, simplemente están, observan entonces y se tiran al agua.

A lo lejos se ve la gran extensión verde de los arrozales en una llanura salpicada de pequeñas casas blancas y algunos árboles altos, como contrapunto a la horizontalidad del Delta del Ebro. Ahora una luz anaranjada ilumina la piel mojada de los cuatro niños. También los mosquitos comienzan a hacer su trabajo, ¡qué le vamos a hacer! Estamos en el campo. Nosotros nos ponemos al día de las novedades de nuestras vidas.

Comienzo temprano el nuevo día,  mientras los demás duermen me acerco al pueblo a comprar el periódico y el pan. El frescor de la mañana convive con  la tranquilidad de la plaza mayor, pero hay gente que parece venir de fiesta y algunos ya beben cerveza a las nueve de la mañana en alguna de las terrazas. Yo, con mis diarios y el pan entre los brazos paseo despacio en dirección al coche. Cuando llego ya todos están despiertos, desplegamos entonces sobre la gran mesa verde, bollos, pan, mermelada, frutas, café, leche…

Las carreteras del Delta son estrechas y te obligan a veces a aminorar la marcha y esperar el cruce lento con el coche contrario. Los verdes del arrozal son intensos, lujuriosos diría, el agua que a veces brilla entre las plantas al darles el sol, los canales y acequias indican que estamos en un lugar extrañamente hermoso. Aquí y allá aparecen pequeñas casas rodeadas de una base sólida de cemento o tierra y un árbol grande y a veces frondoso que es la sombra necesaria de cada casa. Parecen santuarios donde aislarse y descansar, islas rodeadas de plantaciones inundadas. Me parecen lugares acogedores en su austeridad. A la luz de la tarde algunos me parecerán mucho más hermosos en su blancura contrastada con el verde.

El Ebro es muy ancho, la barcaza tarda muy poco en cruzarlo cargado de coches y de un camión que carga con un gran tractor de ruedas metálicas para desenvolverse por las plantaciones de arroz. Nos hemos bajado de los coches durante la travesía y los niños han hecho de niños acodados a las barreras y mirando el agua durante la corta travesía. Enseguida corremos por el lado norte del Delta paralelos a un canal y a otra carretera.

La playa de Riumar es una inmensa extensión que por mucha gente que llegue siempre ofrece espacio suficiente para poner las toallas y, por ejemplo, para volar una cometa con dibujos de Toy Story como la que hemos traído. Es la primera vez que vuelo uno de estos artefactos y me hace ilusión el hecho de que nada más montarla se eleve, pues no sabía que fuera tan fácil. Allá va ondeando su largo apéndice azul brillante. He quedado como un buen padre, después los niños se han peleado por volarla ellos. Han sido sus primeras lecciones de termodinámica, y después se han olvidado de ella y han vuelto a bañarse.

La  playa es de arena, lisa y de agua turbia y cálida y en la que tienes que meterte muy adentro para lograr que te cubra. Los niños no han parado ni un momento de entrar y salir del agua, yo sí, con poco me conformo, mejor dicho, con lo suficiente para refrescarme. Nosotros, como vigías oteando el horizonte, los vigilábamos. De vez en cuando salían y entonces cavaban en la arena. Al salir del agua me tumbo y dejo al sol hacer su trabajo. Esa sensación es la que más me gusta. Cierro los ojos y todo lo que me preocupa parece lejano, fácil de resolver, como si nuestro cerebro estuviera directamente conectado con nuestra piel. Son sensaciones primigenias que te devuelven algo que normalmente se olvida y que anida en la piel que nos envuelve. Sabemos que dura poco, pero de estos momentos extraemos la fortaleza necesaria para renovarnos. En eso estamos.

Hacemos tiempo para acudir al restaurante cercano. Después de la playa este es el lugar perfecto. Es un lugar grande y desahogado. En la gran mesa redonda nos repartimos la paella y la fideua. El arroz estaba buenísimo, y la gente que nos ha atendido transmite una calma amable e isleña que nos hace sentir bien a pesar de los platos rotos. La comida me ha sentado muy bien debía tener hambre. Fuera, la fuerte corriente del río fluye excitada por la proximidad del mar cercano, arrastra también nuestras miradas. La vida son estas celebraciones que todos nos merecemos en algún momento.

El cielo de la Barra del Trabucador es un revuelo de extrañas aves de plásticos de colores. El viento atrae a mucha gente que se deja llevar por unas grandes cometas que les hace dar saltos acrobáticos en el aire y deslizarse por la superficie del agua, es el kitesurf. Una pista de arena prensada recorre la Barra en toda su longitud y deja a un lado la bahía de los Alfacs, en cuyas aguas poco profundas y calmadas se desenvuelven las extrañas aves y sus pilotos en la tierra. Al otro lado, el mar abierto parece ajeno a este trajín mientras algunas personas sentadas aquí y allá, de espaldas a los surferos, miran poseídos el vaivén de las olas. Es un lugar que no parece acabarse de lo largo que es, pero hoy está lleno de los coches de los surferos y de sus familias y amigos que parecen acampar para dar rienda suelta a su afición. Uno trata de imaginarse este lugar  vacío y batido por el agua y el viento.

La pista termina en una puerta de maderas que dan entrada a una reserva natural y a unas salinas. El agua brilla en la tarde. Todos se van a pasear a la playa mientras yo me quedo con mi hijo, que duerme, en el coche. Aprovecho para hace fotos por los alrededores del coche. Comienza a hacer fresquito con este viento suave pero continuo, luego el sol, que parecía mitigado por las nubes, recobra fuerzas. Volvemos a casa entre coches y cometas corriendo por la arena.

El cielo es todo un espectáculo en esta hora ya tardía de los días largo de julio. Es rosa, anaranjado y blanco. Preparamos una barbacoa después de ducharnos, los niños, claro, se vuelven a bañar en la alberca de aguas verdes. De nuevo el jolgorio y el chapoteo: la felicidad aquí en la tierra. Cenamos en la casa después de preparar una barbacoa. No tengo hambre, pero todo es empezar, y empiezo. Aparece un gato blanco famélico y lleno de heridas que viene a pedirnos alimento y lo obtiene, ¡vaya que si lo obtiene!. A la mañana siguiente mi hijo viene viene corriendo por el camino gritando:

-¡El gato está muerto! ¡El gato está muerto!

Efectivamente, está tieso. Nos sentimos un poco culpables, pues tal vez se le ha indigestado tanta carne, después pensamos que, al menos, la noche anterior cenó opíparamente. Los niños lo miran, y yo me lo llevo en un recogedor. Lo semientierro en un surco de tierra pero me olvido de decir unas palabras, aunque será recordado durante todo el día. Aquí paz y anoche gato.

En la mañana, paseamos entre los naranjos mientras las cigarras cantan y el sol aprieta sobre nuestra piel ya rojiza del día anterior, y duele. Los tomates están calientes en la mata y recogemos unos cuantos para la ensalada en los cuencos que los niños han hecho con sus camisetas. Hace mucho calor y nos damos un baño en la alberca de aguas verdes.

 -¡Otra vez más papa! Voy y vuelvo ¿vale?

-Vale.

-¡Una vez más me mira!- Camelándome con la mirada y levantado un dedo, y lo consigue, claro.

-Venga- Y luego va y viene dos veces más.

Mientras dentro de la casa todos recogen, yo me quedo solo un rato y miro alrededor. Los pensamientos ajenos a este lugar vienen a mi mediante extraños mensajeros sin que exista un aparente contubernio. Son plácidos y se mezclan con los deseos, …la piel caliente por el sol del mediodía…

Después de comer regresamos a Barcelona, la carretera se va llenando de coches a medida que nos acercamos. El Delta desaparece de nuestra vista, allá se queda, tal vez esperándonos.

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A tí rendido

El agua infinita

del perpetuo río

me arrastra en el día 

me remansa en la noche.

Yo soy  naturaleza

en cada amanecer impredecible

acoplado a mi fragilidad respetuosa,

a mis absurdas obsesiones.

Puedo decir ahora

que he aprendido

agarrado a esta rama

que amenaza con partirse.

Soy otro hombre

que ruega a la gran fuerza,

en su derroche,

que me salve.

Sólo soy un hombre,

sin remedio

ahora a ti rendido.

(Este poema fue encontrado en un viejo cuaderno de hojas pegadas y resecas dentro de una pequeña caja metálica milagrosamente conservada que apareció junto a los restos de un hombre enterrado a cincuenta metros del río Yukon en Canadá, en una pequeña colina  poblada de arces. La fecha que aparece debajo parece decir 29 de septiembre de 1831)

El Estatut, el sinsentido, y el hartazgo de todo esto

Aprovechando un comentario que hice a una entrada del siempre lúcido Angel de Olavide en su blog, pensé que tal vez sería interesante poner mi comentario  como una entrada en el mío. Decía Ángel , (Aquí entre comillas) entre otras cosas, que:

 “Cualquier nacionalismo, incluido el español por supuesto, me parece propio de otras etapas historicas. Seguro que el nacionalismo contribuyó mucho al avance de los pueblos y a su defensa pero hoy me parece que es un arma ideológica poco acorde con los tiempos y con los retos de la humanidad.”  

Sin embargo, yo creo que, desgraciadamente, el nacionalismo está fuera de lugar si hablamos desde la razón, pero no desde la actualidad, pues nunca antes había estado tan en boga, y no solo en España.

En Cataluña, que es donde vivo, el nacionalismo es la salsa donde se cuece y “debe” cocerse lo que ellos llaman “lo nuestro”, lo fetén, lo correcto, tanto en política, como en cultura o en educación. De justicia es decir que muchos catalanes están de acuerdo con esta visión. Es sintomático como por aquí poco a poco se ha ido imponiendo un lenguaje en el que se habla de Cataluña y España como si de dos entes diferenciados se tratase, tanto en los medios de comunicación afines y no afines al nacionalismo pero en el que ya a veces caen, ¡sorpresa!, hasta los dirigentes del PP.

Los partidos políticos catalanes, salvo PP y Ciutadans (tan representativos de los catalanes como lo son los otros) son nacionalistas en mayor o menor grado pues entienden que solo con unas gotas o una riada de nacionalismo en su composición y mensaje tendrán asegurada una mayoría electoral, de ahí el rasgado de vestiduras generalizado ante la sentencia tan penosamente meditada del TC y las apelaciones a la movilización por la “agresión” recibida por Cataluña o por el “desprecio a la voluntad popular” de los catalanes que casi todos estos partidos han lanzado.

Claro que, no podemos olvidar lo que han dicho y dijeron algunos cargos del PP en toda esta historia de la tramitación del Estatut, su irresponsabilidad y sus mentiras que incluso incluyeron la recogida de firmas contra el Estatut en mesas por toda España cultivando la animadversión hacia todo lo que oliese a catalán (recordad el boicot al cava y los venenosos parlamentos de algunos medios comandados por aquel “gran comunicador”, Federico J. Losantos, y sus adláteres, que tanto predicamento desgraciada y penosamente tuvieron en el resto de España, y curiosamente también entre los más exacerbados catalanistas que, atestiguo, lo escuchaban con fervor para salir de casa convenientemente excitados y agraviados para afrontar la dura realidad del oprimido por “la bota de España”).

Tener sentido común ante este tema es difícil, o no tanto, pero está claro que falta entendimiento, y faltará mientras no hagamos lo posible por imponérnoslo todos, incluyendo, claro está, a los partidos de ámbito estatal que no deben sacar las cosas de quicio y entender los sentimientos de los que no sienten una especial o ninguna identificación con lo español, ni tampoco dejar de ejercer sus criticas hacia los nacionalistas con inteligencia y pedagogía, pero también a los nacionalistas catalanes, vascos o de donde sean, tan instalados en los despachos del poder de sus territorios que difícilmente cambiarán de mensaje. Suena por eso tan vacuo el mensaje de Zapatero de que con la sentencia del TC se cierra el estado de las autonomías, como si estos partidos fuesen a disolverse y a dejar de cultivar el agravio y la simbología que tanto moviliza al personal y que tan bien les ha funcionado ante la mentecatez y la falta de tacto de algunos políticos de la derecha, e incluso de la izquierda española. No debemos olvidar que el nacionalismo no lo es todo en Cataluña, ni molt menys.

Todos sabemos para que sirven las banderas por poco que nos gusten y que tipos de sentimientos azuzan, tan lejanos de la razón, sean estas  senyeras o las de la “roja”, sin que confundamos ésta última con la de la extinta URSS, aunque a lo mejor resulta que ésta ahora la esgrime el PP como nuevo Partido de los Trabajadores.

 Como diría el Blasillo de Forges en los viejos tiempos: ¡País!

Ir, volver.

Volver, volver, siempre volver. Sabes de lo irremediable de la vuelta, la temes, la odias, y curiosamente incluso la deseas, por alguna razón extraña, tal vez secreta.

El tiempo, el jodido tiempo que todo lo arrasa y carga nuestros escombros en la inmensa espalda del recuerdo donde todo cabe y cabrá, inabarcable bolsa en expansión como el universo, mientras el polvo, debido al viento, desperdiga los fragmentos de lo que un día fue cierto. El tiempo nos arrastra por mucho que nos aferremos sangrando a los peñascos y fijemos nuestros pies hundiéndolos en la tierra.

 La noche y el día se turnan eternos. Sólo aspiro hoy a perpetuar un momento, a continuar deseándolo y no solo en el recuerdo, y a dormirme después a su lado, o a estar soñando. Pero una vez vuelto, aquí estamos, sin saber como, o sabiéndolo, que cuando todo sea de nuevo irse, estaremos otra vez listos, olvidándonos de que después volveremos donde estamos, como siempre fue y será, estrenando el mundo como si fueran una camisa nueva. Eterna ilusión necesaria.

 ¿Qué por qué os cuento todo esto? No se, tal vez porque no se me ocurre otra cosa para salir del muermo. He estado una semana por el Cabo de Gata, donde siempre voy, de donde siempre vuelvo. No me hagáis mucho caso, hoy todavía estoy ingrávido pero quería contar algo, aunque sea tan leve como todo esto.