Ir, volver.

Volver, volver, siempre volver. Sabes de lo irremediable de la vuelta, la temes, la odias, y curiosamente incluso la deseas, por alguna razón extraña, tal vez secreta.

El tiempo, el jodido tiempo que todo lo arrasa y carga nuestros escombros en la inmensa espalda del recuerdo donde todo cabe y cabrá, inabarcable bolsa en expansión como el universo, mientras el polvo, debido al viento, desperdiga los fragmentos de lo que un día fue cierto. El tiempo nos arrastra por mucho que nos aferremos sangrando a los peñascos y fijemos nuestros pies hundiéndolos en la tierra.

 La noche y el día se turnan eternos. Sólo aspiro hoy a perpetuar un momento, a continuar deseándolo y no solo en el recuerdo, y a dormirme después a su lado, o a estar soñando. Pero una vez vuelto, aquí estamos, sin saber como, o sabiéndolo, que cuando todo sea de nuevo irse, estaremos otra vez listos, olvidándonos de que después volveremos donde estamos, como siempre fue y será, estrenando el mundo como si fueran una camisa nueva. Eterna ilusión necesaria.

 ¿Qué por qué os cuento todo esto? No se, tal vez porque no se me ocurre otra cosa para salir del muermo. He estado una semana por el Cabo de Gata, donde siempre voy, de donde siempre vuelvo. No me hagáis mucho caso, hoy todavía estoy ingrávido pero quería contar algo, aunque sea tan leve como todo esto.

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