Pensamientos forzados y estirados

Jueves 29 de julio de 2010, como pasa el tiempo.

 Improvisando frases brillantes, o mejor, pensamientos forzados, cinco minutos antes de salir:

 -Tengo un grano en el pecho que me está jodiendo.

 -He estrenado zapatos que me resultan muy cómodos.

 -No tengo ganas de irme a casa pero sí de salir de aquí.

 -La vida es rara cuando te escondes en sus pliegues, y aquí estoy.

  

Viernes 30 de julio de 2010, el final del mes se acerca

 Continuación de los pensamientos forzados, ahora ya por la mañana temprano, de nuevo incorporado al trabajo, con más tiempo:

 -Hoy en la ducha el famoso gran grano del pecho se ha vaciado, el calor y la fuerza del agua lo ha arrasado.

 -Me he puesto zapatos que no se calan, la lluvia me ha despertado, debe ser una señal, no se si buena o mala, pero olía bien, hacía fresco, eso siempre es un buen comienzo para un día de verano.

 -Buenos días, ¿por qué los días son plurales en castellano? No lo se, pero me parece una invitación al optimismo, como si dijéramos al otro: bueno tu día y el mío.

-Después de la lluvia el sol se asoma ahora, es viernes. Nos despertaríamos a las diez, buena hora, las risas al estirarnos y tocarnos de nuevo. Un día de fiesta civil instaurada por el deseo, sin tener que marcarlo en el calendario zaragozano, solo en el nuestro, en ese interno de la propia existencia.

-Empieza a llegar gente a este lugar donde me encuentro, otros no están, viven en otros lugares, provisionales en sus nuevas costumbres, tal vez temiendo que se les termine el tiempo de ausencia, tal vez también algunos deseando la vuelta para encontrarse con alguien, tal vez hartos de la gran convivencia.

-Que raro es el mundo, y tan hermoso. Sí, es un tópico manido aunque todos los tópicos guarden una osamenta incontestable, (como el propio tópico manido). El mundo es hermoso, quizás porque en algunas o en muchas partes es horrible, como un videoclip en el que van pasando imágenes de gentes, de paisajes, la gran bola azul rulando en medio del éter y una música heroica que nos enaltece y nos permite volar sin mancharnos evitando el sufrimiento. Somos capaces de recrear el mundo que se nos escapa en una pantalla y hasta de enamorarnos de una realidad que somos incapaces de ver en su conjunto por la imposibilidad de sobrevolarla, en un viaje concentrado que no sustituye al real, pero que no deja de ser hermoso. Otro tópico al final del párrafo. Que suerte de vivir a pesar de todo.

Angie era una canción que me hubiera gustado haber compuesto, y como ya estaba inventada pues la tomaba prestada, te permitía apretarte a ellas y se las cantaba al oído en un inglés aproximado, si bien más a la oreja que a la literalidad del texto, pero nunca ninguna se quejó, o al menos yo no quise verlo, pues Angie era una canción restregona, todos hacíamos lo mismo mientras sonaba, aunque yo siempre se la cantaba, bueno, no siempre. Ahora que lo pienso, también disfrutaba con la música.

-Son las nueve, se está bien aquí, un lugar como otro. Podría cambiar el decorado, subir el que presenta una oficina pintada con varios figurantes en, por ejemplo, una quinta planta de un edificio de oficinas, y bajar otro más luminoso con varias palmeras y un mar azulado donde la brisa me acaricia ahora que levanto la cabeza para mirar al mar cercano. Me estoy meando y voy detrás de la palmera derribada, vuelvo y me siento de nuevo y le doy un sorbo al café caliente, sigo escribiendo, estoy contento, doy rienda suelta a lo que se me va ocurriendo. Ahora sale una mujer en bikini de la casa más cercana, me saluda con la mano y se va corriendo hasta el agua, nada diez metros, se vuelve y se mete de nuevo a la casa. Las grandes nubes del trópico construyen un cielo grandioso y pasan despacio, son de una tela muy blanca y redondeada.  Lo miro por un largo rato con la cabeza apoyada en las manos, acodado sobre la mesa. Una furgoneta abierta cargada de plátanos pasa haciendo sonar el claxon y yo me acerco, descalzo y con los pantalones remangados, al agua que va y viene, que va y viene. Detrás de mi, la puerta de la casa de madera está abierta y la persianas bajadas. Voy a  entrar a despertarte muy despacio.

-Son las nueve y media, la mañana esta encauzada, como el día, imparable carrera, o ¿acaso lo dudabas?

-El tiempo inexplicable en el que nos vamos moviendo fotografía a fotografía como en una película, plano a plano, para darnos consistencia y poder explicarnos ante los demás y a nosotros mismos. Nuestros actos son el paso del tiempo segundo a segundo, pararlo es la muerte. No podemos retenerlo, a pesar de que siempre se nos escapa y quisiéramos que algunas veces corriese lento, muy lento.

-El misterioso sugerir, el mensaje cifrado sin una clave universal o restringida establecida con antelación. Interpretar lo que creemos ver nos lleva a contestar de forma correcta, aproximada o decididamente extraviada de lo de nosotros esperado. En fin, el misterio de las relaciones humanas.

-Son las diez y todo el mundo se ha ido con un bocadillo en la mano a los bares cercanos. Que negro está fuera, tal vez llueva de nuevo. Esto podría ser la redacción de un periódico americano, -¿por qué americano? La influencia del cine, ya se sabe- en la que yo estoy trabajando un viernes de madrugada escribiendo una noticia en la gran oficina solitaria. Creo que me gustaría, tal vez redactando y puliendo el titular que aparecería a la mañana siguiente:

“The times, like the world are changing, like always it was”. Como yo, como todos, pero esto no lo escribo. Salgo de la redacción, quiero coger un taxi en la noche fría pero no pasa ninguno, así que camino por la avenida de Pensilvania camino del café de Harry Todd que abre toda la noche. Una mujer mayor y despeinada se acoda en la barra leyendo un libro de autoayuda, dos hombres conversan, evidentemente borrachos y ausentes del mundo que les rodea, les oigo varias veces pronunciar el nombre de Amanda. Pido un café con leche muy caliente y un donuts doble. La calle está desfigurada por el cristal empañado, es una imagen certera de la realidad de esta ciudad y del mundo. Pasa un coche de policía a gran velocidad con sus luces azules sobre el techo. Washington es una capital en calma cuyos tejados aquel diablo quisiera destapar para descubrir todas las preguntas y algunas de las respuestas. Doy un sorbo el café, siento una extraña alegría por estar aquí, que duda cabe que la borrachera del sueño ayuda a ello. Ahora es una mujer la que entra acompañada del frío, deduzco que es Amanda, entonces uno de los hombres se levanta y se cae al suelo, la que debe ser Amanda le ayuda a levantarse y a sentarse de nuevo en su silla blanca. Ella se sienta con los dos hombres, el que se ha caído coge su mano y la besa, pero yo salgo y me abrocho al abrigo. Un taxi para por fin en la puerta.

-Me voy a tomar un café y a terminar esto.