Tantas cosas

Tantas cosas. Tantas cosas sobre la mesa, tantas carpetas e informes con tantos nombres, tantas notas escritas en variados colores, tantos cables a tantos enchufes conectados, tantos pañuelos que nos limpian de tantos líquidos sobrantes pero necesarios de nuestro cuerpo, los teléfonos que nos comunican con tanta gente, el monitor del ordenador que a tantos mundos planos nos abre, el calendario con tantos días por vivir y ya vividos, y algún bolígrafo arrinconado tan lleno de posibles palabras y de borrones.

Tantas cosas que se ven desde la ventana: tantas nubes que pasan, tantos tejados que cubren la vida de tantas personas, tantas ventanas donde se asoman estas y tantas otras para respirar, para mirar más allá de tantas habitaciones llenas de tantos muebles y recuerdos, de tantas paredes con fotos o sin nada, pintadas de tantos colores. Tantos árboles que jalonan las calles, tantos coches que nos transportan en tantos viajes vitales, tantos autobuses donde nos miramos mientras observamos, leemos o dormimos. Tantos aviones que por allá pasan camino del aeropuerto o saliendo hacia otros lejanos transportando tantas personas que llegan, que se van, que sueñan, que tiene prisa o que no querrían llegar y que por eso a veces les duele el estómago.

Tantas facetas de nuestra vida, tanto capítulos, tantos asuntos, tantos problemas, tantas mentiras, tantas sonrisas y miradas, tantos errores y alegrías, tantos frentes que se nos abren, tantas decisiones y dudas, tanta soluciones, tanto tiempo que se nos pasa, que llenamos como podemos. Tantas noches ausentes de consciencia, tantas vigilantes, tantos amaneceres ansiosos cuando desearíamos embridar el tiempo para que no crezca el día que se nos viene encima y en la tarde para que no nos envuelva la noche, siempre queriendo parar el tiempo entre tantas emociones y afectos.

Tantas camisas y pantalones, tantos calcetines, calzoncillos y bragas que hemos usado para vestirnos, tanta ropa en tantos armarios, tanto agua que nos ha lavado, tanto jabón que nos ha limpiado y perfumado, tanta leche y tanto café caliente, tantas galletas. Tantas aguas menores, tantas mayores. Tanto sudor, tanto amor encauzado o derramado, tantos sueños y deseos, tanta increíble dicha y tanta acostumbrada melancolía.

Tantas vidas de tantas y tantas personas que pueblan tantos países en lo que dicen un solo mundo aunque sean tantos. Tantos caminos hollados y pasos dados por tantos pies con tantos zapatos, y cuantas miradas y gestos entre tanto. Tantos libros leídos, escritos, por escribir, tantos recordados, tantas frases célebres. Tantas y tantas páginas, más que personas, en la misma gran complejidad de nuestras mentes y cuerpos. Tantas películas que nos emocionan, tantos cines, tantos actores y canciones que nos han hecho entrar en tantas atmósferas suplementarias en tantos momentos de nuestra vida, para curarnos, para entretenernos, también para preocuparnos.

Tantas vidas que multiplican tantas de todas estas cosas, y como resultado tantos números y, sin embargo, que superfluas son tantas de estas cosas. Que pocas las que verdaderamente nos mueven, remueven y conmueven, que pocos los sentimientos que tanto nos afectan para siempre y siempre. Que simple es sin embargo todo.

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Teoría del hombre que habla solo

Ayer vi un hombre solo hablando por la calle. Era una conversación vívida, presumo que razonada, y me dije que aquel hombre en realidad no estaba solo, luego traté de razonar mi teoría. No puede estar solo un hombre que habla con ese convencimiento, alguien le acompañaba, alguien estaba con él. Es posible además que ese otro le estuviese rebatiendo sus opiniones, sus teorías que tanto le importaban.

Yo también me he descubierto alguna vez hablando solo por la calle, por mi casa. Seguramente no era tan apasionado en mi conversación interior, pero creo que en algunos momentos he llegado a mover los labios. Nunca estamos tan solos como esa soledad que creemos ver en un hombre solo que habla por la calle, al menos en ese estado en el que se fundamenta nuestra existencia, otra cosa es que necesitemos como el aire escuchar a otro, tocarlo, mirarlo, ese es el estado sublime y también gozoso donde nos mostramos y somos en sociedad, donde enseñamos y aprendemos. Ambos estados son naturales a nuestra vida, lo que ocurre es que en algunas personas aquel estado primario alcanza tal importancia por falta de contacto con otras personas que se convierte en el único. Entonces, ese otro que llevamos dentro parece cobrar personalidad y peso e incluso se manifiesta al lado de su dueño, de tal forma que no dudamos en ver a dos personas caminando en el cuerpo de una. A veces ese cuerpo lleva la cara desencajada o la nariz roja y va vestido con andrajos, quizás esa persona hace tiempo que dejo de darse cuenta de que en realidad era una persona sola. Ya nadie le toca ni le habla, pero él ya no necesita a nadie, al menos hasta que alguien le demuestre que está equivocado, entonces podrá volver a ser una persona que necesita relacionarse con otras ajenas a él, con quien intercambia palabras, miradas y sudores; su otro otro no le abandonará por ello, pues siempre estará con él para complementarlo.

Aquel hombre me miró al pasar, pero siguió su propia conversación, estaba paseando y disfrutaba de su propia compañía. Yo también seguí pensando de forma mucho más discreta opinando y construyendo esto.

Tengo para mí que me equivoco

Tengo para mí que me equivoco, pero claro, siempre me equivoco, aunque no hay manera de saberlo hasta que es evidente que el lugar hasta donde he llegado no era el  que yo habría deseado. ¿Alguna vez lo supe? Eso sí, puedo llenar de prosa desabrida y  certera todo lo que voy sintiendo. Bueno, eso a veces me consuela y en la confusión a veces encuentro la belleza de la pérdida, del deambular ciego, aunque con el tiempo esto ya me cansa y me sumo entonces en el silencio obligado, en una contemplación más o menos reparadora.

También a veces acierto, aunque esto ocurra cada vez de forma más espaciada en el tiempo, o puede que sea que aquellas equivocaciones sean necesarias para posteriores aciertos, ¿quién lo sabe? Sólo cuando la sonrisa y el orgullo se te suben a las orejas eres entonces consciente de tu grandeza, como al contrario lo eres de tu fragilidad increíble.

Son tiempos estos en los que me es difícil discurrir –¿alguna vez lo hice?- y más en este cruce de caminos donde sopla a rachas el viento, donde la lluvia quisiera ser invierno, pero donde el sol pica en cuanto las nubes le dejan. No se ve la carretera que baja, sólo hasta la curva acerada que se hinca tras los árboles. Han desaparecido las presencias que me acompañaron y noto que no noto nada, que camino sin dar noticias de mis pasos, en la posible desesperante extensión de un lugar perdido y sin mapas.

Me he sentado en un banco de piedra en la alquería abandonada, delante del patio de hierba verde crecida. Los restos de una cuadra a mi derecha, la casa derruida delante. Imagino el lugar con vida, los animales coceando y arrancando hierba, tal vez dos niños jugando o acarreando agua. Me he detenido aquí sin saber porqué, es el mejor sitio para pensar y seguir camino, como siempre sin rumbo fijo, camino de la equivocación o del acierto, pero en realidad porque he de proseguir, no queda otra, y para ello lo mejor es un corto descanso y mirarse los píes y las rodillas, los brazos, los hombros y la tripa, saber que estás, que eres tú el que allí se sienta, que eres tú mismo el que se levanta y de nuevo camina, con las botas mojadas y la mochila donde un cuaderno guarda inciertos materiales: recuerdos y deseos que se revuelven y mezclan a medida que ando. No queda más remedio que seguir andando, y no se a dónde, pero ha dejado de llover y comienza a verse el valle, a lo lejos un trozo de mar, pero sólo niebla en las cunetas.

Dachau – Alemania

Dos filas de grandes chopos se inclinan a la vez ante el viento. A ambos lados de ellos se alinean los cimientos de lo que fueron barracones ordenados en cuadrícula con un ancho espacio entre ellos. Caminamos fijándonos en los paneles que informan mediante textos y fotografías de lo que allí había, del horror que uno imagina. De la desesperación de estar allí sin saber al principio por qué, pero por haber nacido con unas determinadas características, por pertenecer a un determinado grupo humano, por oponerse. El horror de que nadie supiese al otro lado tu paradero, del horror de dejar de ver a tu familia, de repente separada al llegar al campo, a tus compañeros y amigos, de no verlos nunca más, del horror de ver el cielo y los árboles más allá de las valla y muros, de ver a niños que juegan ignorantes -o tal vez no tanto- de donde estaban, de saber que no podrás salir, que no hay pena que cumplir.

Sopla el viento en esta mañana gris como este campo de concentración nazi, en este gran descampado cuajado de rectángulos donde se alzaban los barracones donde vivió tanta gente hacinada esperando la muerte, muchos aletargados en la desesperación,  anestesiados por la desesperanza que el tiempo estira indolente, muchos deseando un final, el que fuese. Al cruzar un arroyo caudaloso bordeado por muros y fosos llegamos por fin a una de las entradas a ese final presidida por el engaño, por el eufemismo malvado, y un pavor que se retuerce y se adivina como una niebla sólida y transparente en la habitación de espera, no muy grande, y en la habitación con la palabra ducha sobre la puerta desde cuyo techo, una vez cerrada, se desprendía el gas mortal que pensaban agua los cientos de personas hacinadas y ya desnudas que en turnos esperaban un alivio de limpieza, tal vez algunos más tarde deseando que fuese gas para terminar de una vez. El horror de nuevo más allá, en los hornos donde quemaban tanta carne, donde hacer desaparecer tanto volumen humano para hacer sitio a más carne, y las pruebas de la ignominia de ese comportamiento humano que algunos hoy no quieren creer, como si no se hubiesen producido horrores parecidos desde entonces en el mundo, quizás, es verdad, no tan bien organizados, quizás no tan perfectamente planeados. Y uno imagina y se horroriza una vez más, y mira fuera de los muros para intentar comprender a los de fuera, al pueblo llano: ¿Sabían? ¿Desconocían? ¿Imaginaban? ¿Lo entendían? ¿Sufrían? ¿Temían? ¿Miraban hacia otro lado? Cómo si no se hubiesen repetido masacres, matanzas, encierros, exterminios, silencios culpables, complicidades desde entonces, como si los humanos no fuésemos también esto, el lado oscuro de todo esto. Estos lugares hay que verlos, tal vez para tenerlos presentes, tal vez para que muchos nos propongamos negarnos con nuestra vida a que se repitan. La cobardía es la culpable de todo ello, la cobardía y el lado oscuro del ser humano, la maldad, el orgulloso desdén hacia la complejidad del mundo de aquellos que tiene siempre una solución para todo, cuanto más drástica mejor para arrancar sus problemas de raíz, y para seguir atemorizando y que ese miedo sea su pedestal y su castillo inexpugnable.

Recorro este campo inmenso de Dachau donde los nazis encerraron, maltrataron y asesinaron organizadamente a tantos miles de judíos, gitanos y alemanes opositores o sospechosos de serlo a su régimen, y siento que después del horror tenemos que ser sobre todo valientes, como en cualquier actividad de nuestra vida, pero mientras, recordemos que nosotros mismos estamos manchados por ese lado oscuro, por el que algunos exhiben orgullosos y por el que a veces desconocemos o escondemos para que no nos lo descubran. Ese es el que tenemos que extirpar para siempre de cada uno de nosotros.

Creo que la dignidad del hombre se salva un poco siendo capaz de mostrar al mundo el horror que muchos hombres fueron capaces de concebir y llevar a cabo. Aun teniendo en cuenta los avatares históricos que llevaron a la conservación testimonial de los campos de concentración nazi, Alemania me parece ejemplar hoy por mostrarlos.