Dachau – Alemania

Dos filas de grandes chopos se inclinan a la vez ante el viento. A ambos lados de ellos se alinean los cimientos de lo que fueron barracones ordenados en cuadrícula con un ancho espacio entre ellos. Caminamos fijándonos en los paneles que informan mediante textos y fotografías de lo que allí había, del horror que uno imagina. De la desesperación de estar allí sin saber al principio por qué, pero por haber nacido con unas determinadas características, por pertenecer a un determinado grupo humano, por oponerse. El horror de que nadie supiese al otro lado tu paradero, del horror de dejar de ver a tu familia, de repente separada al llegar al campo, a tus compañeros y amigos, de no verlos nunca más, del horror de ver el cielo y los árboles más allá de las valla y muros, de ver a niños que juegan ignorantes -o tal vez no tanto- de donde estaban, de saber que no podrás salir, que no hay pena que cumplir.

Sopla el viento en esta mañana gris como este campo de concentración nazi, en este gran descampado cuajado de rectángulos donde se alzaban los barracones donde vivió tanta gente hacinada esperando la muerte, muchos aletargados en la desesperación,  anestesiados por la desesperanza que el tiempo estira indolente, muchos deseando un final, el que fuese. Al cruzar un arroyo caudaloso bordeado por muros y fosos llegamos por fin a una de las entradas a ese final presidida por el engaño, por el eufemismo malvado, y un pavor que se retuerce y se adivina como una niebla sólida y transparente en la habitación de espera, no muy grande, y en la habitación con la palabra ducha sobre la puerta desde cuyo techo, una vez cerrada, se desprendía el gas mortal que pensaban agua los cientos de personas hacinadas y ya desnudas que en turnos esperaban un alivio de limpieza, tal vez algunos más tarde deseando que fuese gas para terminar de una vez. El horror de nuevo más allá, en los hornos donde quemaban tanta carne, donde hacer desaparecer tanto volumen humano para hacer sitio a más carne, y las pruebas de la ignominia de ese comportamiento humano que algunos hoy no quieren creer, como si no se hubiesen producido horrores parecidos desde entonces en el mundo, quizás, es verdad, no tan bien organizados, quizás no tan perfectamente planeados. Y uno imagina y se horroriza una vez más, y mira fuera de los muros para intentar comprender a los de fuera, al pueblo llano: ¿Sabían? ¿Desconocían? ¿Imaginaban? ¿Lo entendían? ¿Sufrían? ¿Temían? ¿Miraban hacia otro lado? Cómo si no se hubiesen repetido masacres, matanzas, encierros, exterminios, silencios culpables, complicidades desde entonces, como si los humanos no fuésemos también esto, el lado oscuro de todo esto. Estos lugares hay que verlos, tal vez para tenerlos presentes, tal vez para que muchos nos propongamos negarnos con nuestra vida a que se repitan. La cobardía es la culpable de todo ello, la cobardía y el lado oscuro del ser humano, la maldad, el orgulloso desdén hacia la complejidad del mundo de aquellos que tiene siempre una solución para todo, cuanto más drástica mejor para arrancar sus problemas de raíz, y para seguir atemorizando y que ese miedo sea su pedestal y su castillo inexpugnable.

Recorro este campo inmenso de Dachau donde los nazis encerraron, maltrataron y asesinaron organizadamente a tantos miles de judíos, gitanos y alemanes opositores o sospechosos de serlo a su régimen, y siento que después del horror tenemos que ser sobre todo valientes, como en cualquier actividad de nuestra vida, pero mientras, recordemos que nosotros mismos estamos manchados por ese lado oscuro, por el que algunos exhiben orgullosos y por el que a veces desconocemos o escondemos para que no nos lo descubran. Ese es el que tenemos que extirpar para siempre de cada uno de nosotros.

Creo que la dignidad del hombre se salva un poco siendo capaz de mostrar al mundo el horror que muchos hombres fueron capaces de concebir y llevar a cabo. Aun teniendo en cuenta los avatares históricos que llevaron a la conservación testimonial de los campos de concentración nazi, Alemania me parece ejemplar hoy por mostrarlos.

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One Response to Dachau – Alemania

  1. pura says:

    Muy bien, sigue…..que des testimonio de lo que algunos humanos, somos un poco complices por callar.

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