El agua negra

La vemos llegar, pasar, quedarse, arrastrar, retirarse, al agua negra que parece mirarnos ciega cargada de manos, de ramas, de ruedas, de sillas, de tablas, de pies, de lo que fueron caras, de niños y muñecas, de vidas que fueron, despojos ahora, nada, y nosotros boquiabiertos, incrédulos ante la verdad que se impone. Aquí están la muerte, el Apocalipsis pequeño, el otro, el indescriptible ya llega, la radiactividad encerrada que también se libera, que elegante ni la vemos, no se huele, no se siente, nos deja ver el sol como si nada y se queda, para siempre se queda, entre nosotros, nuestras tierras, nuestro agua, nuestros hijos, para siempre eliminándonos de la faz de la Tierra. ¡Hasta donde llegó nuestro progreso! Mientras, como si no pasará nada, en tantas partes del mundo las armas no callan, y los que padecen, seguirá haciéndolo, y reciben nuevas incorporaciones a tan inmenso cuerpo.

¿Soy pesimista o es que de verdad el futuro es negro?

 

Quizás nunca en la historia del mundo habitado se han vivido momentos que anuncien una debacle planetaria como ésta en la que estamos. Varios son los factores y los signos que la anuncian: la superpoblación de algunos lugares de la Tierra; la contaminación que envenena las grandes ciudades y que ya llega a muchas partes del globo alejadas de los focos de emisión de partículas contaminantes y venenosas; el deshielo acelerado de los polos que hará subir el nivel de las aguas de los océanos provocado por el calentamiento global que, además, provocará grandes periodos de sequía y por tanto carencia y carestía de alimentos en los dos hemisferios; o también las previsibles guerras por la posesión de las fuentes de energía, de alimentos y de agua.

Uno mira por la ventana y ve las nubes y el sol y las montañas cuajadas de árboles, y ve a la  gente feliz por las aceras. Es difícil imaginar que existan otros lugares sin aceras o con ellas rotas. Es difícil entender que haya seres que se mueren literalmente de hambre, de sed, de enfermedades en Europa hace siglos desterradas. Es incomprensible a nuestra lógica que existan regímenes políticos que matan literalmente a su población si osan rebelarse contra su poder ilegítimo. Vemos a nuestros hijos reír y ni se nos pasa por la sesera que haya otros niños que a su edad trabajen y penen por su desgracia.

Y sin embargo, el futuro está aquí, se nos ha presentado, y nosotros lo contemplamos como si fuese un libro que leemos o dejamos, que después lo guardamos, y sospecho que sin siquiera sacar enseñanzas. Es como si nos hubiésemos resignado, como si ya supiéramos que ya no podremos hacer nada sino limitarnos a comprar unas mascarillas y prepararnos a comer pastillas liofilizadas para pasar, el -perpetuo ya- trago.

Miro por la ventana y pienso en que tengo ganas de irme este fin de semana fuera, lo que he escrito ahora, aquí queda, para recordarlo otro día, quizás en el futuro cercano. Ahora hay nubes, montañas y gente feliz por las aceras, lo de siempre, después abriré la nevera, me lavaré luego los dientes y podré dormir esta noche porque no puedo escapar a ningún lado, daré otro beso a mis hijos a hora que ya duermen.

9.3.11

Comienzan a llegar imágenes de Japón. El mar avanza a gran velocidad por la tierra, arrasa pueblos, sembrados, carreteras, aeropuertos, postes o árboles. Arrastra coches, autobuses, barcos, aviones, casas enteras. Uno se imagina allá, atrapado por la corriente, y aunque se  impresiona al verlo por la pantalla, está lejos de lo que debe ser vivirlo. Miles de muertos, miles de casas destruidas, gentes asustadas, miles de personas buscando a otras personas y demandando ayuda. Una ola negra, imparable, evidentemente inmisericorde. A menudo nos creemos tan poderosos que se nos olvida quienes somos, el lugar donde habitamos, nuestro verdadero tamaño sobre este gran planeta que tanto hemos castigado y del que siempre olvidamos su cólera ciega, sin darnos cuenta de que está vivo.

11.3.11

En Japón, las malas noticias se suceden. El riesgo  de una catástrofe nuclear es muy elevado. Hay dos centrales nucleares que estaban situadas al lado del mar y cerca del epicentro del terremoto que tienen un peligro cierto de fusión del núcleo atómico que puede liberar a la atmósfera radiactividad en grandes cantidades. De hecho ya ha habido dos explosiones en dos reactores de una de ellas -que tiene cuatro-, aunque parece que se han producido en la coraza que recubre los reactores. Ya se han evacuado 600.000 personas de los alrededores, mientras, se siguen buscando desparecidos y la sorpresa y el dolor comienza a ser superada por la urgente necesidad de rehacer la vida, quizás lo mejor de la especie humana.

Miro por la ventana, por las aceras la gente sigue transportando sus propias preocupaciones, Japón está muy lejos, y tantos otros lugares, algunos tan cerca. El planeta es grande, pero no hay noticias buenas, solo caminar por nuestras aceras y sonreír a los que nos rodean, eso si nos queda.

14.3.11

En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.