Simbología y seguidismo después de un Real Madrid-Barça

¿Dónde está el hombre que pensaba y no se dejaba influir por las emociones bajas, pues tenía o luchaba por tener claro lo que era importante? ¿Cuando decidimos abandonar La Biblia por el Mundo Deportivo o el Marca como si uno sustituyera al otro pasando conscientes por alto los  millones de libros que sin lugar a duda nos harían ser otros?

Hay emociones excelsas, diría que necesarias: el amor, el arte, incluso, concedo, ciertas formas de deporte. Vivimos tiempos en los que prima lo fácil, lo que enseguida nos colma, lo que nos reafirma por hazañas interpuestas. Y en este ánimo, cuán bien nos sentimos cuando nos codeamos con los que creemos iguales porque gritan igual que nosotros sin resquicio de dudas y sin misericordia.

¡Ya!, ya se que hay peores lacras en el mundo, pero cuanto contribuyen algunas a anunciar el verdadero rostro de algunos seres humanos, como la victoria o la derrota de los héroes que muestran quienes de verdad somos cuando ni siquiera somos nosotros los que jugamos.

Una chica hoy en el metro, con su camiseta del Barça, como miles que deambulaban exhibiéndose sin complejos por la ciudad, hablaba del “hijo de puta de Mou” con una soltura y un desdén bien conseguidos, y sus compañeros -parecían universitarios- se reían de su “fina” ocurrencia. Los medios de comunicación que colaboran fieles con los vencedores  educan para el desdén y la mofa hacia el derrotado, como siempre hacen (es además el Madrid, símbolo de tantas cosas para ellos), los de los derrotados hablaran de victimismo y de las malas artes del ganador, (es además el Barça, símbolo de otras tantas para los otros) y los odios serán parecidos. Algunos dicen que estas dedicaciones aflojan la tensión de cosas más importantes, pero yo diría que lo verdaderamente importante hoy es esto, y que las cosas realmente importantes, hoy ya van de la mano de las que creíamos secundarias, en un pack cada vez más grande.

No puedo escribir

No puedo escribir, y mira que hay motivos, pero es como si a medida que la tranquilidad me invadiese fuese desalojando el impulso que me empuja a construir párrafos. Al final va a ser verdad eso que alguno ha dicho de que cuando mejor se escribe es cuando uno está mal. Ya se que no es verdad, o al menos no del todo, pero en mi caso, estos días, coincide. No es que sea un tío feliz, no, no soy tan aburrido, es simplemente que no me encuentro mal, que estoy aquí mirando por la ventana sin que me duela la tripa y tema llegar a casa. En fin, ahora que releo esto, poca cosa, y solo por dejar fe de ello. Y eso que muchas mañana vengo deseoso de escribir algo, pero pronto la rutina, que se sienta en la mesa de al lado, me mira y cercena todas mis elucubraciones y pensamientos, entonces emito un bostezo de horas, como si fuese un enfermo imaginario. Una mierda, vamos. Y ahora voy a cortar, mi imaginación y mis ganas no pueden ir más allá de este treceno renglón.