15M

Mucha gente se pregunta dónde terminará el movimiento que se ha venido en llamar 15M, y que ha llevado a cientos de jóvenes a acampar en la Puerta del Sol de Madrid desde hace ya varios días, y que se ha extendido por plazas de toda España. Es difícil de saber, pero verlos me conmueve, primero porque va más allá de nuestras sesudas y tópicas conversaciones que a menudo mantenemos con amigos y familiares sobre como arreglar el mundo o sobre la actualidad política de España. Por primera vez no vemos a jóvenes uniformados para la revuelta que tan a menudo termina en una violencia difícil de comprender, más allá de una estética vacía e incongruente. En la Puerta del Sol hay, claro, jóvenes uniformados, como todos lo somos de una u otra tribu,  pero sobre todo vemos que se ha impuesto una organización autogestionada habitada por jóvenes, mayoritariamente de izquierdas, claro, pero que son, sobre todo, jóvenes, valga la redundancia. Tal vez lo que a mucha gente les hace desconfiar y mirarlos por encima del hombro es precisamente su juventud. Su pretendida inmadurez les iría aparejada, como si los que somos más mayores fuésemos por tanto maduros y ya nos hubiésemos planteado cambiar el mundo, aunque si no lo hemos hecho es porque nos estamos tomando tiempo reflexionando desde nuestras butacas recalentadas, tanto que al final nos hemos quedado dormidos y al final han venido estos y han ocupado nuestras plazas.

A menudo, hablando sobre este asunto, sale a relucir el latiguillo, “Está bien, pero son unos happyflowers que no presentan ninguna alternativa consistente”. “Muy bien”, yo contesto, “pero de momento se han plantado en la calle para  hacerse visibles y dejar en evidencia algunas de las fallas de nuestra democracia, entre ellas la falta de perspectivas  de ese misma juventud,  y además han conseguido que los medios de comunicación se hagan eco de su presencia”. El movimiento ha pillado por sorpresa a los partidos políticos, y muchos de sus dirigentes, -oportunistas como son-, se han apresurado a decir que les comprenden, que los apoyan, y ya está. Ni una autocrítica, ninguna reflexión sobre el futuro cercano, siguen pidiéndonos el voto para las próximas municipales y autonómicas. La calle comienza a hervir y ellos miran para otro lado, los que más, claro, los del PP, que añaden una sonrisa sardónica. Y es que estos tienen poco de preocuparse, -al fin y al cabo sus votantes no pasarán la noche encima de un cartón en la Puerta del Sol o en otros lugares de España-. Tampoco CiU tiene mucho de que preocuparse, -sus votantes tienen sociológicamente mucho en común con los del PP-, pero si en cambio el PSOE, y en menor medida IU, que ven como esta revuelta inesperada les arrebata la bandera del cambio y de su presunta vanguardia social que deberían liderar. Es evidente que para el PSOE esto supone un nuevo golpe que creo le vendrá a dar la puntilla en muchas urnas.

Son evidentes los deseos de cambio real para nuestra democracia  en muchas personas, jóvenes o no, de toda España.  Si todo esto no se apaga de una forma inesperada, es posible que esté en ciernes el nacimiento de una renovación profunda de nuestro sistema político que ójala desarbole las estructuras de poder y de partido hasta ahora conocidas.

En estas próximas elecciones parece casi seguro que el PP ganará muchas alcaldías y algunas comunidades autónomas que no gobernaba. No será por culpa de los indignados que acampan por nuestras plazas, pues no son ellos los que votan al PP. Tal vez lo que debamos preguntarnos es como entre todos hemos sido capaces de dejarnos adormecer hasta el punto de que haya mucha gente que será capaz de votar a políticos corruptos, mentirosos y poco evolucionados ideológica y socialmente, en su mayoría en las filas del Partido Popular. Pero no olvidemos las carencias de una izquierda que ahuyenta a sus desorientados posibles votantes con comportamientos incompatibles con su ideología, por ejemplo en su aproximación ideológica a los nacionalismos, en su falta de entereza en aplicar el programa presentado y por el que se les había votado, o en su excesiva condescendencia con la derecha retrógrada, eclesiástica, económica y política.

Me ha sorprendidoy me alegra la movilización de Sol, yo también tengo esperanzas.

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