Estat espanyol

Reconozco que hojear periódicos como El Punt-Avui o similares producen un movimiento de mi bilis; la malababa puede ser contagiosa por más que uno se duche tres veces seguidas con Mousel , Mousel de Legrain, París. Hoy, cuando he ido a tomar café solo podía elegir entre El Mundo Deportivo y El Punt-Avui, así que, no había color, he escogido éste último. Sus lectores tienen la suerte de que siempre tendrán resueltas las soluciones de sus crucigramas vitales, el culpable siempre es España, y Madrid es su profeta. Una vez leído el panfleto, ya pueden irse a contarle a los de su Tercio la buena nueva.

Lo malo de este periódico es que se me acaba antes que el café, perdido hace años mi interés sociológico por descifrar que mueve a quienes lo escribe y leen, y los motivos que les inspiran. Menos mal que en su penúltima página por fin me he réido al saber de la nacionalidad de una película:

Pel·licules d’avuiLa 2 / 22:05“Las niñas de hojalata”

Estat espanyol, 72’Gènere:

DocumentalDirecció: Miguel Bardem

Es de reconocer el sacrificio de los redactores para evitar los nombres prohibidos por el libro de estilo del diario, (¿Aprenderían con El Alcazar, La Razón?). Parece que hacer el ridículo es secundario, si bien siempre serán absueltos por sus incondicionales.

¡Quien me manda tener curiosidades tan exóticas, si podía haberme tomado el café reflexionando sobre, tal vez mi sentimiento de pertenencia! ¿A qué? …buena pregunta.

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Balada de Moody’s y Standard and Poor’s

Una polvareda

transparente y naranja

va lamiendo las rocas de las montañas

atascándose en los valles

Una polvareda de otro tiempo

que enciende el futuro,

el temido

el que una vez llamamos fantástico.

Cuando cubra toda la Tierra

cuando incluso así no lo creamos

brotarán malvados vengadores

que germinaron a nuestro lado

Se cebarán en nuestros cuerpos cercanos.

e intentaremos imposibles alianzas

para neutralizar a los alquimistas

que fabricaron el dinero

y el mundo,

a su exclusiva medida.

Con sus sucias uñas se agarrarán

a nuestros desnudos hombros

a nuestros suaves traseros,

para que nos hundamos con ellos.

Y sujetaremos en alto a nuestros hijos

esperando extender

el futuro que les toca

sobrevolando la polvareda alta.

Necesitamos aprender de nuevo

como millones de veces hemos hecho

a corregirlo todo

absolutamente todo,

Tal vez tachándolo

para ahora por fin

comenzar de nuevo

y creérnoslo.

Recuerdos de neopreno

Esta tarde he sabido que nunca seré un padre al que sus hijos recuerden en el futuro mientras realizaban juntos algo inolvidable, porque habría permanecido grabado a fuego entre las circunvoluciones de sus cerebros.

Esta tarde de domingo de septiembre, mientras mis hijos buscan piedras, que son especialmente bonitas en esta playa de una cala lejana y hermosa de la Costa Brava, en esas horas en las que tendemos a ser trascendentes tras un día de sol de verano, asisto sentado sobre las piedras de la playa a las evoluciones de una familia con dos hijos vestidos todos con trajes de neopreno que nadan frente a mi. Los padres tienen más de cincuenta años, los hijos, unos 18 el chico y unos 16 la chica.

Si la vida familiar del grupo es acorde a la imagen de unión y felicidad que transmiten, este padre con barba que ríe sin complejos, será recordado en el futuro por esta niña y este niño cuando les llevaba a nadar a última hora de la tarde en aquella cala donde ya no quedaban más que ellos, huída ya la población flotante de domingueros, turistas y segundos residentes. Alrededor nadaba la madre que, como una sirena rubia, se limitaba a escoltarlos, aunque dudo que su patrulla sea recordada más que como la de una acompañante prescindible.

Aquel hombre seguro guiaba a sus hijos en las breves inmersiones y en los juegos en manada que iba y venía sin alejarse demasiado de la orilla. En un momento dado salieron y treparon a un muro de unos cuatro metros que podía haber sido el jardín romántico de una finca que cerraba la cala por su lado sur. Desde allí el padre y el hijo se tiraron de cabeza al agua. La niña dudaba y entonces el hombre de la barba la animó a tirarse, cuando finalmente lo hizo la acogió con risotadas y aplausos. En el seno de la familia feliz aquello le reafirmaba ante los dos hijos y la mujer que ahora se acercaba. La manada retomó entonces su periplo anterior y volvió al centro de la rada con sus neoprenos brillantes en la tarde que ya recogía indicios de la oscuridad cercana.

Tendemos muchas veces a desear protagonizar escenas que nos admiran, a desear ser como otros que imaginamos más felices, más ricos, mas aguerridos que nosotros pensamos que somos. Eso me ha pasado a mí a veces. El otro día, mientras estaba sentado en aquella playa de piedras miraba el mar y de vez en cuando me fijaba en la familia nadadora, pero no deseé ser aquel padre,  supe que yo no podía ser así. Por mi cabeza pasó también la idea de si yo era un fracaso como padre porque probablemente no iba a ser recordado en el futuro en actitudes semejantes con mis hijos, pero la realidad era la realidad: yo no nado muy bien, mejor dicho, nado muy mal;  me da mucha pereza ir a comprar un traje de neopreno para mi y para mis vástagos; y no me gustan las aguas profundas o menos profundas ni la playa, -quizás por efecto de lo primero-, si no es para mirarlas.

Pero  hay tantas cosas que no me gustan, tan pocas vistosidades que deseé y que puedan  encandilar a los niños, -aunque me guste seguir encandilándolos, -y que de paso sirvan de alimento a su memoria de hechos sublimes que, a lo mejor lo que soy es un padre anodino, aunque en esto como en la experiencia del neopreno, no es tampoco del todo cierto. Digamos que la memoria sabe escoger y poner en valor, y si no alberga experiencias forradas de neopreno, tendrá otras que en el momento uno no es capaz de reconocer como susceptibles de ser recordadas, pero que el tiempo se encargará de hacer brillar, y las que no, las enterrará bajo el polvo oscuro de lo prescindible.

Nota: Tal vez, a algún “emprendedor” (la nueva palabra para definir empresario, tan de moda ahora) se le ocurra la planificación de recuerdos generados mediante la organización de actividades de ocio para padres avezados, cuyo recuerdo florecería en un futuro más o menos lejano en la memoria de unos hijos que, de repente, recordarían con cariño aquellos años, aquellos momentos vividos con su padre, tal vez en una cala lejana.