Como dos perrillos perdidos

Un hombre negro que mira el suelo sujeta un bocadillo envuelto en papel de plata sin abrir, en la otra un vaso de café de papel. Espera sentado en un poyato junto a la cafetería de la estación subterránea. A su lado un hombre blanco joven y muy delgado, que como cada día duerme en su silla de ruedas de espaladas a la gente que pasa.

Les he visto otra veces, pero siempre por separado. Ahora parecen haberse asociado y llaman la atención por verlos tan juntos en un lugar tan grande e inhóspito: mientras uno duerme el otro vigila, es una buena y muda simbiosis en la miseria. Son como dos perrillos abandonados que no quieren saber ya nada del exterior: después de todo aquí no se mojan, hace menos frío, aunque bastante calor, y de vez en cuando, alguien les proporciona un bocadillo o un café, quizá los empleados del bar. El que mira el suelo parece haber renunciado a mirar cualquier otra cosa, el otro duerme para no tener que vivir despierto. No esperan ya nada, nosotros tal vez que un día desaparezcan para confirmar sus renuncias, quizás porque vayan a un hospital, quizás a la calle, quizás a una tumba.

Pasamos junto a ellos sin caer nunca en que en realidad somos nosotros, y fuera hay multitud para entrar a ocupar su puesto en la estación, e incluso a ocupar plazas de nueva creación

14.4.2015

Los gatos negros no tienen teléfono

Algunas mañanas, al salir de casa camino del trabajo, el frío que viene de la noche me instala por unos momentos en la oportunidad de comenzar de nuevo, aunque no sepa el qué, quizás todo.

No se ve a nadie en el corto camino hasta la estación, hoy sólo un gato negro y cojo de una pata trasera, que se para y me contempla confiado mientras paso a su lado saludándolo. Nos miramos y él lo sigue haciendo mientras me alejo pensando en que piensa un gato cojo solitario en la noche viendo pasar a un humano solitario. Su mirada no es orgullosa, ni quejosa, ni es pedigüeña, ni extrañada, ni desesperada, ni desconfiada, ni busca dar pena; muestra la característica dedicación animal por vivir, es curiosa y amigable; y mudo cómo es este negro individuo, se comunica conmigo definitivamente con su mirada. Parece apreciar la casualidad de este encuentro inesperado en esta esquina alumbrada por una farola, por eso parece decirme: “No me olvides, tú y yo somos vecinos, aunque yo sea cojo y gato y tu legañoso y resignado, por muy esperanzado que te encuentres a estas horas de la mañana y me mires desde tan arriba, yo también lo estoy en encontrar un lugar tranquilo y a salvo donde dormitar”.

Mientras espero el tren echo un vistazo a mi teléfono: correo, noticias, mensajes. Otro día más la misma búsqueda de entretenimiento que en esencia es la propia acción repetitiva de la consulta: nos entretiene no en la acepción de divertimento, o al menos no siempre, sino en la otra que se explica porque no nos permite hacer o disfrutar de otras cosas (si es que lo quisiéramos); por ejemplo el silencio tan codiciado, o aquello de lo que cada vez somos más consciente hemos gozado pero hemos perdido, interrumpidos por nuestro uso de estas máquinas, y otras, que con ser útiles son cada vez más la cadena que nos ata a la bancada de la galera día a día y por los siglos de los siglos, sin destino fijo, sin posibilidad apenas de acercarnos siquiera al horizonte al que ya hemos renunciado a traspasar, que nos rodea y que ni siquiera podemos ver en el oscuro, húmedo y maloliente cubículo donde remamos atascados en la tierra seca.

Miro por la ventanilla y la luz del día ya se vislumbra. Puede que el gato cojo tema ya esta luz que augura el peligro de la actividad humana, agazapado bajo un coche que sabe que no se moverá en todo el día. Cierra los ojos, y en su trance recuerda al humano que le ha saludado esta mañana. Esta noche volverá a salir de nuevo, para comer, para encontrar quizás una hembra solitaria por la que no tenga que pelear; y se lame el muñón sin prisa, gozando de sus propias caricias.

Guardo mi teléfono, pero nada más bajar en la estación de destino lo saco para consultarlo. Sí, es un nuevo día, y por eso sonrío a la nueva oportunidad que se me brinda ahora que ya ha amanecido.