“Los animales no son comida”, dicen.

“Los animales no son comida”, he leído en un cartel, supongo que de alguna asociación de defensa de los animales.

Es evidente que los bichos vivientes no nacemos para ser comida, otra cosa es que en un momento dado lleguemos a serlo. Cierto es que en condiciones de relativa normalidad, los humanos no somos comidos ni por nosotros mismos ni por animales más grandes que nosotros, aunque en algunos lugares de la Tierra esto tenga más posibilidades de producirse que en Burgos, pongo por caso. Los que lo tiene peor son los propios animales sin alma, es cierto, porque además de comérnoslos nosotros, y no a todos, pues somos un poco escrupulosos en época de abundancia, algunos de ellos tienen la buena o mala costumbre de cazar a otros más pequeños para seguir viviendo.

Así que no entiendo este eslogan que desea que todos comamos, supongo que verdura todo el tiempo, por mucho que las judías verdes este muy ricas. Puede ser que una vez conseguido el objetivo de que los bichos no sean comida para los humanos, podamos convencer a la pantera negra y a la araña del rincón del dormitorio de que coman romero o polen en vez de a la tierna gacela de ojos implorantes o a la molesta mosca que sin ningún remordimiento aplastaríamos contra el cristal de la ventana cuando le da por aterrizar y despegar de nuestra piel sin miramiento una vez detrás de otra.

¿En qué clase de ficción se instalan algunos para pedirnos a resto de los 7.300 millones de humanos –y subiendo- que habitan la Tierra y que necesitan comer todo tipo de alimentos, para pedirnos que no no comamos otros animales?

El que quiera, eso sí, que se hinche de coliflor, leche de soja y de algas del Mar de los Sargazos, pero que no confundan con afirmaciones fuera de lugar. Desearíamos que el número de tigres de Siberia, ahora tan amenazado, pueda seguir creciendo, si es que lo hace, a base de conejos o de zorros. Eso no quiere decir que los animales que destinamos a la alimentación humana no deban vivir en condiciones dignas y por supuesto con las suficientes garantías de salubridad.

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La lagartija

La tierra se había endurecido tras las grandes lluvias que lo cambiaron todo. Al secarse, los charcos habían formado un relieve nuevo. La humedad y la tierra arrastrada lamían las casas. En su discreción, el silencio cubría las calles, y todo era feo.

Aquel hombre parecía ausente. Tan sólo le irritaba no tener café por las mañanas, pues la tienda y el bar habían cerrado. Caminó hasta el lugar donde vio a su hija por última vez, y recordó de nuevo el barro paralizante bajo el diluvio que le impidió llegar hasta ella; vio su mirada y sus brazos esperando que él la agarrara, después, jamás volvió a verla. La buscó sin parar durante días. Ahora volvía cada mañana al mismo lugar donde dejó de verla. ¿Qué le importaba no tener futuro en el que pensar?

Una lagartija asomó por el agujero de un ladrillo roto y se detuvo complacida bajo el sol ardiente. Los dos se miraron. La lagartija se alejó confiada y él la siguió con la mirada hasta donde la niña había abandonado su lugar en la Tierra. Se paró y le miró antes de desaparecer en el hueco de la huella de una sandalia.

Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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