Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

Stoner

Acabo de terminar un libro, “Stoner”, de John Williams. Estaba tan absorto en sus páginas finales que casi me paso de estación al llegar al trabajo. Me ha dolido dejar a Stoner, aunque su vida se ha agotado en la última línea. Sus últimas sensaciones componen una fuerza redentora a partir de imágenes, recuerdos y libros que su mente mezcla y administra antes de disolverse para siempre en el ignoto universo de después de vivir.

Su manera de habitar en el mundo, de aceptar lo que le depara la vida, pero también de luchar por las pocas cosas que él encuentra que valen la pena: el amor y el estudio. Su estelar semana de amor y júbilo que parece justificar su vida entera, pero también los reveses y sufrimientos que soporta con la resignación de quien ha aprendido que tampoco eso es lo más importante, me han acercado al personaje de tal manera que ahora lo echo de menos.

Un libro nos puede divertir, nos puede admirar por su prosa, nos puede sorprender por los desconocidos lugares que transita. Stoner como personaje me gusta por la imperfección de su vida, me bambolea por su desesperante comportamiento, y me da ganas de empujarlo a que por fin sea feliz. En un libro podemos querer a un personaje hasta el punto de intentar ayudarlo o protegerlo, y también podemos odiarlo. Al final, lo que nos gusta de los libros es que hablen de nosotros, aunque no sean nunca del todo equiparables a nuestra propia vida; que en ellos encontremos parte de nuestros más profundos sentimientos, aquellos que nunca nos atreveremos a contar pues no podemos con palabras hacerlo, sólo vivirlos.

No se que libro comenzaré esta noche, pero se que hay muchos que me producirán tan variados sentimientos, pues hay tantos personajes que la literatura ha creado, como seres humanos han pasado por el mundo; así somos cada uno de nosotros de poliédricos.

Tengo para mí que me equivoco

Tengo para mí que me equivoco, pero claro, siempre me equivoco, aunque no hay manera de saberlo hasta que es evidente que el lugar hasta donde he llegado no era el  que yo habría deseado. ¿Alguna vez lo supe? Eso sí, puedo llenar de prosa desabrida y  certera todo lo que voy sintiendo. Bueno, eso a veces me consuela y en la confusión a veces encuentro la belleza de la pérdida, del deambular ciego, aunque con el tiempo esto ya me cansa y me sumo entonces en el silencio obligado, en una contemplación más o menos reparadora.

También a veces acierto, aunque esto ocurra cada vez de forma más espaciada en el tiempo, o puede que sea que aquellas equivocaciones sean necesarias para posteriores aciertos, ¿quién lo sabe? Sólo cuando la sonrisa y el orgullo se te suben a las orejas eres entonces consciente de tu grandeza, como al contrario lo eres de tu fragilidad increíble.

Son tiempos estos en los que me es difícil discurrir –¿alguna vez lo hice?- y más en este cruce de caminos donde sopla a rachas el viento, donde la lluvia quisiera ser invierno, pero donde el sol pica en cuanto las nubes le dejan. No se ve la carretera que baja, sólo hasta la curva acerada que se hinca tras los árboles. Han desaparecido las presencias que me acompañaron y noto que no noto nada, que camino sin dar noticias de mis pasos, en la posible desesperante extensión de un lugar perdido y sin mapas.

Me he sentado en un banco de piedra en la alquería abandonada, delante del patio de hierba verde crecida. Los restos de una cuadra a mi derecha, la casa derruida delante. Imagino el lugar con vida, los animales coceando y arrancando hierba, tal vez dos niños jugando o acarreando agua. Me he detenido aquí sin saber porqué, es el mejor sitio para pensar y seguir camino, como siempre sin rumbo fijo, camino de la equivocación o del acierto, pero en realidad porque he de proseguir, no queda otra, y para ello lo mejor es un corto descanso y mirarse los píes y las rodillas, los brazos, los hombros y la tripa, saber que estás, que eres tú el que allí se sienta, que eres tú mismo el que se levanta y de nuevo camina, con las botas mojadas y la mochila donde un cuaderno guarda inciertos materiales: recuerdos y deseos que se revuelven y mezclan a medida que ando. No queda más remedio que seguir andando, y no se a dónde, pero ha dejado de llover y comienza a verse el valle, a lo lejos un trozo de mar, pero sólo niebla en las cunetas.

La creatividad

A veces la creatividad define un estado falso de nuestra actividad mental, parecería que en dicho estado seríamos capaces de componer algo medianamente original que transmita con fuerza y claridad nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, descubrimientos u obsesiones. A veces lo que deseamos es que nos invada para crear algo bello que se acomode a lo que disfrutamos, añoramos o sufrimos, pero no es algo que responda inmediatamente a la voluntad sino que es caprichosa en su aparición, y a menudo tiene que ver con el objeto indirecto de su motivación lo que refuerza el impulso creativo, a menudo de una forma imprescindible. Ahora  siento la necesidad de escribir, me gustaría mucho comenzar y seguir, y seguir, sin embargo es un empeño vano, puedo componer algo cortito, como mucho, aunque casi siempre lo borro, no me llegan las fuerzas, supongo que las tengo dispersas, faltas de una concentración que me tienen deshilachado. Me gustaría también poder componer una carta certera, sincera, vibrante, rica, y ésta si que se que sería capaz de hacerla, lo que no podría es enviarla. ¿Es esto creatividad? ¿No es más bien una prueba de que la creatividad y la inspiración son algo relativo y que deberíamos hablar mejor de necesidad, o también de necesidad? ¿No es la necesidad la que nos empuja a hablar como nunca antes hemos hablado cuando nos interesa convencer a alguien a quien nos interesa mucho hacerlo? ¿No es, junto a la inspiración, la necesidad de demostrar que nuestra obra es digna de admirar, la que nos empuja a escribir, a pintar, a fotografiar? Ahora ya son las tres menos cuarto de un viernes, es tarde par empezar, tarde para escribir, tarde para enviar éste u otro texto. Puede que además sea difícil crear algo extenso, y puede que en realidad quisiese escribir otra cosa y me ha salido esto. Bueno, por algo se empieza, pero ¡está tan lejos de lo que quisiera! Menos mal que ahora me voy al cine, que esto creo que no os lo había dicho. Es como si saliese al recreo, pero ya me gusta hacerlo.

Un rollo de papel blanco

Va y se pone las gafas, se dispone a escribir catapultado por el excesivo impulso, convencido del inmenso depósito de inspiración y deseo. Desearía plasmar, no, contar, escribir una historia a partir de su historia, o mejor quizás, traducir a la ficción ecuménica lo que transita su alma oscura o clara según las veces, consciente de que es ese el secreto de la mejor literatura, el sentimiento particular como enseñanza universal, aun no siendo esto lo que le ha empujado a escribir ahora, cuando la mira, cuando la ve marchar. Se escribe a partir de la pérdida, de la miseria, del dolor, o del encargo quizás, pero sobre todo del rebosamiento de deseo que se precipita hacia el suelo, tan lentamente con palabras que caen meciéndose como plumas, bisílabos, polisílabos, adjetivos, nombres, verbos en diversos tiempos, proposiciones, admiraciones e interrogaciones, que el escribiente trata de recoger en sus manos para que no se pierdan y que volverá a utilizar para construir la historia que en él bulle, aún desconocida, para ser leída y releída, para regalarla y abandonarla, para contarle a otros que pasó, por ejemplo, un día en la vida de Matilde y Hans, hoy que el lunes enfrió la pasión creída, hoy que el agua moja antipática la gris acera por donde caminaron ellos.

Un gran rollo de papel blanco delante de las últimas palabras se extiende por kilómetros en un desalentador desierto por el que quisiera transitar para fijar, para conquistar, donde ver la huella de sus pasos, para agarrar su mano en el lento caminar tras la brisa al despertar, para acotar con una lona liviana el espacio donde extender la manta donde reposaran en la noche de luna y estrellas, abrazados y levemente arropados, sin saber por qué, o simplemente para sobrevivir, aquí, donde las palabras son además la prueba de que no están solos, y también de que el viento es capaz de mantener el sonido de su voz en el espacio, más allá de la habitación donde están acostumbrados a escucharla. Y soplar sus ojos donde entró un grano de arena, y besarla después, y darle ánimos, entre estas piedras cortantes que machacan los pies. Armándose de una paciencia irracional para continuar hasta que llegue de nuevo la noche, y sobre la arena caliente de la duna blanca mirar de nuevo el cielo seguro en la inmensidad mortal del desierto, con su cara junto a la suya, su pelo cosquilleándole su oreja y notar que se ha dormido o se acaba de dormir, y besarla entonces en un beso cálido e incierto ante la mañana que se avecina del nuevo día que vendrá, al fin y al cabo están vivos. Matilde con su cuerpo amoldado a la arena, Hans de pie en la cima de la duna a la que trepó descalzo, oteando el mar amarillo y el sol que de nuevo sale anunciando ya el calor irremediable.

Seguir escribiendo, narrando, esperando mientras el que escribe transita el espacio vacío en la inesperada e indeseada batalla por sobrevivir. El amor en el desierto podría transformarse en odio si el viento, la arena y el horizonte infinito de días y semanas es siempre el mismo, o bien pararse y amarse mientras deciden vivir lo que tienen, racionando sus posesiones, luchando a brazo partido con la desesperación que se ha subido a sus sombras sin que ellos lo sepan y que se despiertan al mediodía, justo cuando el sol se esfuerza en apretar sobre sus cabezas cubiertas.

Y es entonces cuando el escritor decide rescatarlos y depositarlo en una habitación en la penumbra donde dormirán dos días, donde despertarán juntos, donde se amarán brillando en su dorado color, limpios de arena, con su sonrisa de plata, en sus sábanas blancas, en una tarde de invierno, quizás.

El rollo de papel blanco es ahora menor y de nuevo espera, el escritor sueña.

La poesía

A veces la poesía es una realidad odiosa,

en su propia existencia

un lujo hiriente

como la luz blanca de un mediodía sahariano

a veces es un mamotreto inexplicable

remoto como un recuerdo

en nuestra mente apenas esbozado.

 

Entonces reposa escondida

en un cajón inencontrable

obligada por la ineludible realidad

del mundo obligatorio

el que nos marca, hiere y la condena.

 

Pero donde queda entonces

la completa vida

si unos versos

que trataron de aprehender el mundo

no la explican.

 

Donde quedan entonces los besos

si no pueden iluminarnos

más allá de su sabor,

de nuestras palabras

o nuestra imagen en el espejo

a lo largo del tiempo modelados,

por ejemplo en un poema.

 

No se puede viajar

ni avizorar el mundo

sin  recordar después

aquel mar de amarillo trigo

o aquel otro de azul  océano

que por siempre nos acompañará

tal vez dibujado

o por ejemplo en una poesía.

Iba a escribir de futbol

Iba a escribir sobre las celebraciones futbolísticas de estos días en los que,  mira tu por donde, el Barça ha ganado tres copas, o así. Iba a hablar de la épica, de las masas, de su utilización política, de su utilización mediática, de la omnipresencia del fútbol, de la adscripción obligatoria por omisión a un equipo o pensamiento si no te manifiestas a favor del que te pregunta, es decir:
– ¿Eres del Barça?
– No.
– O sea que eres del Madrid.
– No yo soy de Marte, me repelen las neuronas que producen en ti esas preguntas y no hablaré un segundo más de tamaño despropósito.
– ¿Entonces eres del Español?
– …
– ¿Del Valencia?
– …tengo caca.

Es algo así como cuando un nacionalista te dice que si no eres nacionalista catalán, por defecto eres nacionalista español, como diciendo:

– Si me jodo yo nos jodemos todos, listillo.

Y ante tamaño desparpajo a ver quien es el guapo que le dice:

– No, yo soy de Marte, me repelen tus neuronas cuatribarradas y además no seguiré hablando ni un segundo más de tamaño despropósito.
– ¿O sea que eres nacionalista marciano?
– …
– Ya se, eres del PP.
– … límpiate el culo tu solo, rico. (Por decir algo).
– Lo sabía, eres del PP.
– ¡…gensanta! (como diría Forges). Tengo caca.

Sobre esto iba a escribir pero he renunciado a ello, odio caer en tópicos fáciles o generalizaciones mentirosas. Creo que me falta la bacteria, perdón, la neurona del entusiasmo colectivo, que lo vamos a hacer, pero además es que no me apetece ahora devanarme los sesos para explicar los sentimientos y las sensaciones que me produce todo este fenómeno colectivo.

¿Qué hacer entonces? Pues hablar de amor, de sexo y de rock’n roll.
Y eso es lo que voy a hacer. ¿Lo voy a hacer? ¿No es todo lo mismo? Bueno, trataré de hablar de esto, veré hasta donde llego.

Si escucho determinadas canciones mi cabeza se completa con una espuma suave, medio oscura y medio blanca, medio caliente y medio fría que después envuelve mi cuerpo, nuestros cuerpos. La penumbra, siempre la penumbra donde la visito, donde la luz mate de su cuerpo se muestra como una constelación lejana y cercana al mismo tiempo que me captura en su campo gravitatorio y me condena a navegar por la eternidad de su cuerpo.

¿Y el rock’n roll? “Time waits for no one”. La escucho y me hace pensar, no por nada en concreto, es lo inexplicable de la música, tal vez porque también es un refugio que nos acoge, que nos enaltece, que nos excita, que nos tranquiliza, que nos acaricia, ¿no es eso amor en el recuerdo y en el deseo que provoca?, ¿no es eso sexo a la espera? ¿no le ponemos a las canciones que nos golpean un sujeto que se parece a quien queremos? Bien, es una forma de enriquecer nuestro tiempo, de estar cuando no se puede estar, de recorrer los misteriosos caminos no trillados que la vida nos regala, o para ser modesto, con los que nos encontramos, en los que creemos descubrir algo ignoto, nuestro, tan personal que nos creemos los únicos en llegar a este paraje inexplicable de lo sensorial. Y sin embargo, se que esto es un consuelo, bello pero un consuelo que no puede extenderse por mucho tiempo. La escritura se alimenta de miradas, carne, palabras, sudor, caminos, lunas, ríos, sonrisas, soles, lágrimas y pelos entre millones de cosas más, y eso son los elementos de la vida que nos hieren y acarician, así de tópico, también así de cierto, aunque solo existirán algunos que volverán blanco celestial el interior de nosotros por minutos, con suerte por horas, y muy excepcionalmente por días, y eso son muy pocos, escasos, como Odiseas que justifican nuestra paso por la vida.

Ganas

Hoy tengo de rasgar el papel con la punta de titanio reforzado de un bolígrafo poderoso con mil litros de tinta en su depósito. Un difuso malestar bloquea cualquier atisbo de sacar mi cabeza por encima de este agujero de 1,60m x 1m donde estoy enclaustrado. Desearía, creo, o debo creer, salir con una euforia de pasos recobrados, recuperar los millones y millones de ángulos con que se puede ver y estudiar el mundo con las ansias multiplicadas por mil de aquellos quince días de internamiento obligado en un hospital, donde veía siempre la misma esquina de una calle que estaba siempre allí desde el único ángulo posible de la ventana de mi habitación. Era una esquina insulsa de una calle estrecha y poco transitada, un dibujo inamovible tras el cristal pero cambiante en su luz, atractiva en las mañanas, en las tardes y en las noches donde sediento deseaba estar para recobrar y celebrar la rutina perdida, creyendo que me merecía una nueva oportunidad para recuperar el ritmo olvidado y ahora redescubierto de la vida.

Tengo entonces ganas de salir pateando las piedras de este pedregal ardiente y helado según el día que solo puedo ver desde este agujero y manchar mis botas de polvo y de barro, y de notar como se abrasa mi piel al mediodía y me deshago en un sudor frío bajo los cuarenta grados que calientan la tierra y todo lo que vive o se coloca sobre ella. Quiero quitarme la camisa y meter la cabeza bajo una fuente y refrescarme, mojarme todo y volver a ponerme un sombrero de paja y unas gafas de sol, y sentarme después bajo un árbol y oír a las cigarras de la tarde. Quiero notar como llega el frío y se me pone la carne de gallina y necesitar de mi viejo abrigo azul, ahora manchado de polvo, y acurrucarme mirando desde mi frágil refugio de la montaña arriba la luna y las estrellas, abajo los rastros de los hombres mientras sorbo y me agarro con las dos manos a un café caliente. ¿Y mañana?, pues el Díos de las frases hechas dirá, tal vez andaré hasta el mar o me quedaré unos días en un pequeño valle de árboles ralos entre las piedras y un estanque a la sombra.

Un grifo inexistente y atorado de inmundicias necesita romperse para dejar manar un torrente de palabras perfectamente colocadas donde mi imaginación y mi rabia bien dispongan, y que no tenga nunca que corregirlas o cambiarlas. No tengo un plan establecido, solo la necesidad de escribirlas, de describir y contar el mundo que me rodea y que interpreto. Tengo ganas de no parar, y sin embargo no tengo ninguna de levantarme, tal vez entreveo su mano tendida a mis espaldas.

Impresionismo

Cuando a veces la escritura bulle por los borbotones del deseo el alivio en cierta forma llega, pero también la frustración de la dimensión plana de las palabras por mucho que éstas caracoleen y le envuelvan. Solo cuando la luz de su sonrisa encontrada estalla en su interior y las miradas guían sinceras el brillo rojo del calor interno, se ensancha inconmensurable el estrecho mundo. ¡Como pinceladas perfectas interpretadas, uno ve el preludio!

Otro día en 20 metros en La Tierra

Hoy, antes de ponerme a escribir, primero he pensado en situarme lejos de aquí, deslizarme hacia parajes soñados o al menos más literarios, pero me ha llegado una vaharada maloliente ante otra manida huida de la rutina como recurso literario, y he decido quedarme aquí, en los veinte metros que me rodean.

Siempre he sido un poco raro, o un mucho, como todo el mundo, por otro lado. En cuanto a mi comportamiento dentro de estos veinte metros lo cierto es que no hago esfuerzos por parecerme o hacer como los que me rodean, tal vez sí hace tiempo, también como mucha gente hizo. ¿Mal proceder?, ¿Falta de solidaridad con los que a mi lado se esfuerzan? Tal vez, pero no añadiré más a este examen de conciencia, curiosa y grave expresión que recuerdo nos decían los negros curas del colegio. Eran difíciles de entender por unos niños, pero nos decían tantas cosas incomprensibles que nos daba igual no saberlo, tragábamos y ya está, ¡total una más!: examen de conciencia, purgatorio, arrepentimiento, confesión, cielo (no el de las nubes), pecado, salvación, alma, etc.

A mi alrededor habitan unas pocas almas, algunas no se si se salvarán del fuego eterno mientras gozan ausentes de conciencia pecadora pues son en negras y altas instancias condenables; otras vagaran mustias y perdidas por un purgatorio inodoro que imagino como una llanura infinita siempre siendo el mediodía, y otras, cándidas, creerán haberse ganado el cielo sacrificándose en el altar sagrado o en el de la patria, cada uno que ponga la que quiera, en todo caso altares intercambiables y de improbable futura recompensa que la fe mantiene a beneficio de curas negros o bocazas que predican las excelencia de su nacional mapa.
Tengo a mi lado ejemplos de los tres casos, incluso algunos de imposible clasificación entre los que me encuentro.

Alrededor de este pequeño mundo giran satélites deseados y repudiados, algunos tangenciales, otros orbitales, otros directamente se estrellan como meteoritos entre las mesas y los armarios, y otros son atraídos con la fuerza del deseo, claro que a veces también despedidos con la fuerza propia de su trayectoria. Desde aquí se puede apreciar un pasillo muy transitado en forma de Via Lactea, donde hay de todo: gritos, carreras, ruido de tacones, risas, preocupaciones, salidas, entradas, corros, conversaciones. Desde este observatorio privilegiado yo miro, me fijo, se me escapan. Existen meteoritos, asteroides, cometas, planetas, agujeros negros, estrellas y megaestrellas. Algunos cuerpos se ven a la primera, otros se descubren con el tiempo, con telescopios o sin ellos, y a menudo pasa que cuando una meteorito nos golpea, por siempre seguiremos abollados y evitando su presencia. Otras veces, pocas, quizás una, acierta a pasar una megaestrella roja que despacio va llenando nuestros ojos y sin necesidad de telescopios observamos su trayectoria, su despertar, su ocaso y su nuevo amanecer, y agradecemos al Universo su presencia, aun sin darnos cuenta de que lo hacemos, porque todo en este caos es a pesar de todo controlado y al mismo tiempo imprevisible. A veces subimos a una nave para conquistar mundos lejanos, a veces, tras largo viaje lo alcanzamos, muchas otras, sin la fuerza necesaria para navegar tan descomunal negrura vagamos sin brújula sin saber donde se encuentra, la intuición y las referencias creemos que nos ayudan, y a menudo obligados y exhaustos retornamos a nuestros veinte metros, cansados y esperanzados, para escribir el diario de viaje, extraño, cuajado de apuntes desligados, sin aparente coherencia, aunque la tengan, si de un tirón los enfrentamos.