El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

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Ante las vacaciones

Ante las vacaciones todos nos pertrechamos, estrenamos vigor, creemos emprender un viaje sin retorno aun sabiendo la falsedades que se esconden tras los grillos diletantes y el sol cegador del mediodía, pues al final siempre se nubla y los grillos se acuestan con la mañana, pero nosotros, ahítos de esperanzas infundadas nos ponemos nuestras bermudas abolsilladas cual fusil en un viaje de exploración por el África Oriental a mediados del siglo XIX, y allá vamos, frustrados ante la primera parada del atasco que nos lleva a todos fuera de la ciudad. Pero sabemos que más allá, por encima de las miles de capotas brillantes de los coches y los cristales ahumados de los mil autobuses enfilados está el paraíso, incluso vemos el ramaje grueso de un arboleda, ¡ay, de un verde desvaído!. No lloramos, sería desolador para nuestro ánimo emprendedor reconocer tal error repetitivo también de este año, la ratonera de la que al final escaparemos para volver, y seguimos, ponemos música, vamos a por nuevos recuerdos, vamos a pasarlo bien, vamos a hacer nuevas fotos de los nuevos paisajes, vamos, vamos, ¡todavía no paramos niños!, ¡esperad un poco!, ¡y pensar que ahora hay gente trabajando mientras yo conduzco dueño del mundo!. Benditas vacaciones, quiero volver ya, pero ahora irme de nuevo, con un nuevo cuerpo, un nuevo cuaderno, ahora ya sin prisa, vagabundo incrédulo ya de todo, por fin libre, ahora ya en la más absoluta de las miserias, ésta sí, auténticamente infeliz, pero ya no me exijan nada.

Soria, Machado, recuerdos

Estoy leyendo una biografía de Antonio Machado escrita por Ian Gibson, acabo de llegar al capítulo donde el poeta se traslada a Soria y no he podido por menos que recordar mis visitas a aquella ciudad escondida a la que guardo mucho cariño, no por nada en especial o quizás por eso. Su tamaño, su hechura, su gente y su belleza parca lavada por el frío que al visitante envuelve y empuja a los cafés donde guarecerse, y al final del día a algún restaurante cálido donde recobrarse y regocijarse de las caminatas, del frío revitalizador a pesar de todo.

En Soria parece uno encontrarse con lo esencial de la vida, no hay sitio para adornos superfluos, el frío es sincero, hay que saber estar en aquella ciudad, por otro lado tan agradecida. Y recuerdo el Duero escondido, su respetuosa presencia apartada en los arcos de San Juan de Duero; las ermitas de San Polo y San Saturio asomadas solitarias y escondidas en el paseo paralelo al silencioso río que uno imagina, en estos días de frío, al atardecer desierto. Y siempre Machado, ya por siempre a la ciudad ligado. Pienso todo esto porque todavía, y no sé por cuanto tiempo, esta ciudad se conserva bien, y es necesario que así sea, sin que se note ni se propague el esfuerzo. Soria es aún un tesoro que no se molesta en relucir, tampoco puede, ni debe, que cada uno lo sepa encontrar. Pasear, comer, amar y dormir en ella es un premio olvidado, es un lugar al que acudir con plena conciencia, pues por Soria no se está de paso. Y ahora recordémosla.

Pienso de nuevo en el poeta y en sus paseos, y creo, que ningún lugar mejor pudo encontrar para escribir. Me lo imagino con la chaqueta blanca de ceniza calentándose encerrado en su habitación soriana, en la noche oliendo a leña, con los cristales empañados y una calle desierta y helada tras los cristales de la puerta del balcón. Y qué mejor lugar para preguntarse por la vida y pasear por sus extremos hasta la orilla del Duero, al sol que toma vigor en la mañana y calienta nuestra cara mientras nos regocijamos de vivirla y por estar allí.