Las erupciones solares y las nuevas monjas mártires

Lunes 20 de julio de 2015. El mundo sigue su viaje rotatorio y traslatorio mientras el Sol es pasto de exuberantes y temibles erupciones que sin embargo no deshacen al astro embolado. Nosotros, pasajeros involuntarios e imposibles desertores de esta esfera abrupta donde nos encontramos, húmeda y candente, adornada de hielo en sus extremos más evidentes, hoy tampoco hemos pensado en nuestro gigantesco vehículo, aquí donde comemos y nos desbebemos en el contexto de la galaxia. Por el contrario, nos sumergimos en los valores de nuestra tensión arterial; en nuestro libro de turno que a veces nos hace sentir orgullosos de la imaginación humana por lo que nos hace vivir y soñar; en nuestro penoso trayecto hasta y desde el trabajo -si es que lo tenemos- que nos procura el metálico sustento; y pensamos, si la cosa tuvo el suficiente peso, en la discusión de anoche, quizás en el amor que ayer vimos correspondido y con placer regalamos, o en nuestro comportamiento, que es siempre pasado y casi nunca ejemplar, o cuando menos olvidado en su intrascendencia.

Y por fin la página de ese periódico olvidado sobre el asiento que me aparta de las erupciones solares tan grandiosas que no podemos mirarlas de frente, y veo sus sonrisa sardónicas e irritantes: la de esos seres que nos invitan a perseguir sus propios deseos junto a los sacerdotes y monjas de su particular creencia, acólitos que también sonríen y acrecientan como sin quererlo sus famas y sus riquezas, adornados siempre claro de banderas y de palabras malolientes por el abuso en su uso.

Prometo que sólo quería hablar del Sol y de la Tierra, pero este asteroide en forma de periódico ha desviado mi trayectoria y me ha hecho caer a este valle de lágrimas para encontrarme con estos especímenes que se sueñan estatua y a nosotros cadáveres o zombis (según la moda cinematográfica) que depositaríamos ofrendas florales los onces de septiembre para su gloria, como esos grandes catalanes que ellos admiran y de los que se sirven para modelar su Historia oficial, que se sacrificaron y murieron por todos nosotros; a eso aspiran estas nuevas monjas mártires. Quizás deberíamos regalarles cilicios, en estuche de plástico cuatribarrado, claro, por ver si con eso se conformaban y nos dejaban en paz preocupándonos de nuestras propias vidas y de la justicia que ansiamos, contemplando el Sol y la Tierra mientras vamos al trabajo o aspiramos a tenerlo. Deberían saber que el sufrimiento puede ser libre y generoso si sólo se lo administra uno sin tangar a los demás convenciéndonos de que es la tarifa necesaria para lograr el paraiso en la Tierra, pero es que sufrimiento es ya este chunda chunda que nos infringen el gran President y sus adláteres, con sus coros y danzas y su NODO posmoderno, un poco ya trasnochado, pero que seguimos pagando todos.

Que el verdadero Dios Sol nos pille confesados, pues ellos no tendrán salvación ante la gran erupción solar que volatilizará su bandera. Déjennos a los demás pues, extasiarnos ante la luz del sol en las laderas de las montañas o las paredes ajadas de los edificios, pues esta belleza temporal adorna nuestro camino y con ella gozamos, y formen ustedes una comuna independiente en cualquier pueblo abandonado para dar rienda suelta a sus pasiones, pero por favor, déjennos en paz, líbrennos de esta matraca a los que no comulgamos con sus pasiones, evítennos más sufrimientos, que estos podría ser que fueran más en serio.

El carro

Las responsabilidades inherentes al cargo de presidente de la Generalitat de Cataluña se despegan de su piel azul brillante, que muta a gris después, como un camaleón que, ahora ya, invisible a los ciudadanos, evita cualquier cuestionamiento sobre sus actos que, en buen entendimiento, comporta decidir en qué gastar y no gastar el dinero del que dispone, y explicar por qué ha gastado mucho más de lo que tiene, o por qué en conceptos que van más allá de la necesidad pública, y por qué, dado los tiempos que han corrido y corren, no ha anulado aquellos que pudieran ser prescindibles, cuando aún estaba a tiempo de poder hacerlo. Cualquier padre o madre de familia responsable sabe amoldar sus gastos a lo los ingresos, sean magros o incontables.  Pero él y los suyos, no, pues piensan que “su país”, y ellos “, se lo merecen;  todo sea por la construcción nacional.

Mas y los suyos no sacrificarán las necesidades de su casta  (esa a la que pertenece y que se esconde dentro de tanta unanimidad “tranversal” en pos de la soberanía “nacional”, como si las clases sociales ya no existiesen). Sabe recurrir, como todos los acólitos de la catalanidad y la nación,  a las grandes palabras pronunciadas con exagerada seriedad,  y por supuesto a la incomprensión ya la maldad de la pérfida España, donde Madrid es su profeta,  y a la falta de amor del resto de los españoles (de España, según el canon nacionalista). Es verdad que no son argucias de persona honesta, pero su discurso es fácil y transitado, de garantizado aplauso, sobre todo si es convenientemente amplificado, pues nubla la consciencia y la inteligencia, y le garantiza llevar a los ciudadanos ciegos o tuertos, pero apelotonados en la golosa miel que suelda el “nosotros” al puerto adecuado, allí donde no hace frío, donde se reconoce “nuestro” esfuerzo…de decir lo que los “nuestros” dicen, de llevar también la misma bandera, de reconocerse ante el pérfido enemigo, de saber que digan lo que digan siempre estará bien dicho si está dentro de “nuestro” ideario tácitamente aceptado,  y que no podrá ser contestado, no sólo porque la fe no es discutible, sino porque a quien se atreva a disentir será porque se trata de un pepero, de un fascista, o mejor, de un español.

Estos nacionales han comenzado a asumir que van a pasar a los libros de historia, no importa a costa de qué o de quién, pues el ego humano no tiene límites, siempre ha sido así: un gran vigía guía al pueblo  y un grupo creciente  le arropa, en el mejor lugar para hacerlo, a la espera de poseer los cielos de la nación si el éxito les acompaña, tratando mientras de conseguir todos los méritos posibles, por encima de las frustraciones y otros dramas que puedan padecer sus ciudadanos, aun siendo evidente, a ojos claros de hoy, lo innecesario de su aventura.

Esta ha sido una exitosa y grosera campaña de muy largo recorrido animada, antes como el que no quiere la cosa, y ahora ya sin disimulos, por “tevetres”, y algunas asociaciones receptoras o candidatas a la Creu de Sant Jordi por su contribución a la Patria, que tuvo su jalón histórico en la gran manifestación, de la cual “la Vanguardia”, adherida al nuevo carro, vende un DVD, también tildado de histórico. Y es que el carro empieza a ser muy grande, tanto como para que pocos de los que son acarreados sean capaces de replantearse ya el destino del vehículo ni a quienes tiran del mismo, cogiendo velocidad calle abajo,  de tal manera que, cuando se les pregunta, la unanimidad de sus respuestas suenan a mensaje rancio,  casi militarizado: no se emiten dudas ante los tuyos, pues cualquier duda puede considerarse traición, sé no una contribución al desánimo.

Proliferan las banderas independentistas en los balcones y el sentimiento desbordado de que se vive una nueva época se advierte en algunas personas. El rigor histórico pasa a un segundo, tercero o cuarto plano, se va derritiendo como el hielo de los Polos, o se sustituye por el pretendido rigor de las palabras manidas que se quieren científicas y contribuyen a la extensión de la fe antes descrita,  desaparece poco a poco la libertad de disentir, de momento no por presiones directas sino por miedo a ser malinterpretado. Pero la realidad es que hay mucha gente que cada vez pronuncia con mayor desparpajo la palabra independencia, y esta ligereza inexplicable es preocupante, pero más la inexistencia de discursos  que se opongan de forma correcta y bien argumentada a esta corriente y que sea capaz de romper el cerco, los prejuicios y el miedo a quedar marginado. Parece como si la oposición al nacionalismo desbordado sólo fuese la de las palabras trilladas y malintencionadas que al final sólo provocan el aumento de los que, sin escuchar otra cosa, se apuntan a ese carro acelerado; la labor debe ser paciente, firme, pero clara, instructiva y desenmascaradora. Hay que evitar que el odio y la ignorancia se desaten, (todavía estamos aquí)  tampoco en el campo de los que ahora en el resto de España no entienden muy bien lo que aquí pasa, pues si no, el problema será serio. Sólo la razón y el sosiego puede evitar tamaño desvarío.

¿Por qué me duele tanto este asunto? Quizás porque observo, los mismos signos de la intransigencia en Cataluña que a veces he observado en ciertos ambientes madrileños,  de distinto signo, aunque aquí ahora  in crescendo.  Pero quizás sobre todo por la propia Historia de España, donde vuelven a resucitar problemas que no parecen nunca poder resolverse de manera adecuada. Y en las consecuencias personales, claro.

Debemos pararnos a pensar y ser  nosotros,(aquí los individuos  libres). No nos resignemos  a formar parte de un grupo acarreado dentro del cual creemos ser libres sólo porque sonreímos a los que dicen lo mismo que nosotros al mismo tiempo que nos sonríen, haciéndonos creer muy importantes. Esto no es un desfogue como cuando uno va a un concierto de rock y se desfonda bailando escuchando la música que más le gusta para volver a casa después y dormir agotado. Las consecuencias y la realidad son otras, y los timoneles  lo saben, por eso nos engañan para que no les veamos las entrañas.

Hagamos un esfuerzo, ¡Desenmascaremos a los que se aprovechan del “Nosotros”!

El Roto, en El País, 2-9-2012

15M

Mucha gente se pregunta dónde terminará el movimiento que se ha venido en llamar 15M, y que ha llevado a cientos de jóvenes a acampar en la Puerta del Sol de Madrid desde hace ya varios días, y que se ha extendido por plazas de toda España. Es difícil de saber, pero verlos me conmueve, primero porque va más allá de nuestras sesudas y tópicas conversaciones que a menudo mantenemos con amigos y familiares sobre como arreglar el mundo o sobre la actualidad política de España. Por primera vez no vemos a jóvenes uniformados para la revuelta que tan a menudo termina en una violencia difícil de comprender, más allá de una estética vacía e incongruente. En la Puerta del Sol hay, claro, jóvenes uniformados, como todos lo somos de una u otra tribu,  pero sobre todo vemos que se ha impuesto una organización autogestionada habitada por jóvenes, mayoritariamente de izquierdas, claro, pero que son, sobre todo, jóvenes, valga la redundancia. Tal vez lo que a mucha gente les hace desconfiar y mirarlos por encima del hombro es precisamente su juventud. Su pretendida inmadurez les iría aparejada, como si los que somos más mayores fuésemos por tanto maduros y ya nos hubiésemos planteado cambiar el mundo, aunque si no lo hemos hecho es porque nos estamos tomando tiempo reflexionando desde nuestras butacas recalentadas, tanto que al final nos hemos quedado dormidos y al final han venido estos y han ocupado nuestras plazas.

A menudo, hablando sobre este asunto, sale a relucir el latiguillo, “Está bien, pero son unos happyflowers que no presentan ninguna alternativa consistente”. “Muy bien”, yo contesto, “pero de momento se han plantado en la calle para  hacerse visibles y dejar en evidencia algunas de las fallas de nuestra democracia, entre ellas la falta de perspectivas  de ese misma juventud,  y además han conseguido que los medios de comunicación se hagan eco de su presencia”. El movimiento ha pillado por sorpresa a los partidos políticos, y muchos de sus dirigentes, -oportunistas como son-, se han apresurado a decir que les comprenden, que los apoyan, y ya está. Ni una autocrítica, ninguna reflexión sobre el futuro cercano, siguen pidiéndonos el voto para las próximas municipales y autonómicas. La calle comienza a hervir y ellos miran para otro lado, los que más, claro, los del PP, que añaden una sonrisa sardónica. Y es que estos tienen poco de preocuparse, -al fin y al cabo sus votantes no pasarán la noche encima de un cartón en la Puerta del Sol o en otros lugares de España-. Tampoco CiU tiene mucho de que preocuparse, -sus votantes tienen sociológicamente mucho en común con los del PP-, pero si en cambio el PSOE, y en menor medida IU, que ven como esta revuelta inesperada les arrebata la bandera del cambio y de su presunta vanguardia social que deberían liderar. Es evidente que para el PSOE esto supone un nuevo golpe que creo le vendrá a dar la puntilla en muchas urnas.

Son evidentes los deseos de cambio real para nuestra democracia  en muchas personas, jóvenes o no, de toda España.  Si todo esto no se apaga de una forma inesperada, es posible que esté en ciernes el nacimiento de una renovación profunda de nuestro sistema político que ójala desarbole las estructuras de poder y de partido hasta ahora conocidas.

En estas próximas elecciones parece casi seguro que el PP ganará muchas alcaldías y algunas comunidades autónomas que no gobernaba. No será por culpa de los indignados que acampan por nuestras plazas, pues no son ellos los que votan al PP. Tal vez lo que debamos preguntarnos es como entre todos hemos sido capaces de dejarnos adormecer hasta el punto de que haya mucha gente que será capaz de votar a políticos corruptos, mentirosos y poco evolucionados ideológica y socialmente, en su mayoría en las filas del Partido Popular. Pero no olvidemos las carencias de una izquierda que ahuyenta a sus desorientados posibles votantes con comportamientos incompatibles con su ideología, por ejemplo en su aproximación ideológica a los nacionalismos, en su falta de entereza en aplicar el programa presentado y por el que se les había votado, o en su excesiva condescendencia con la derecha retrógrada, eclesiástica, económica y política.

Me ha sorprendidoy me alegra la movilización de Sol, yo también tengo esperanzas.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

¡Es que nosotros somos diferentes, oiga!

Que curioso es todo, que diferentes las cosas, las personas, pero que iguales los autobuses que nos llevan y los cuerpos blancos, morenos o negros. Que diferente la evolución y el desarrollo de las costumbres, de la solución de los problemas, pero que iguales las preocupaciones por el trabajo, el pan, los hijos, la dicha, la guerra o la violencia. Que diferentes las banderas, y sin embargo, que limitadas e iguales todas, siempre rectangulares, con colores elegidos de una dada gama que de forma distinta se combinan. Que diferentes los pueblos y ciudades, pero que iguales las ratas y las líneas del asfalto de las calles. Que diferentes los fríos y los calores secos o húmedos, pero que iguales las camisetas de manga corta y las pellizas. Que diferentes nuestros sufrimientos y placeres, pero que parecidos nuestros dolores de muelas, nuestras decepciones personales, nuestros enamoramientos. Que diferentes nuestros wáteres pero que iguales nuestros acuclillamientos en la taza o sin ella. Que diferentes nuestras salsas, pero que iguales nuestras formas de mojar el pan en los platos. Que diferentes nuestras patrias, pero que iguales nuestros líderes que nos engañan y nos distraen de nuestros dolores, de nuestros amores y de nuestras salsas.

Malditos aquellos que priman las diferencias para agrandarlas enterrando todo lo que nos iguala aún siendo tan distintos, sólo por avaricia, por ansias de poder y por demostrar que son los más patriotas luchadores de su diferente tierra que también forma barro cuando se moja, los odio.

El 12 de octubre

Ayer hubo un desfile militar en Madrid para celebrar la fiesta nacional del 12 de octubre. Cuando hacía el bachillerato, yo tenía un compañero cuyo padre era militar en la base de Torrejón y con el que fuí un día de desfile, que entonces llevaba el desgraciado nombre de la Victoria, a ver salir los cazas de Torrejón, que sólo cinco minutos después pasarían en formación por la Castellana. Era todo un espectáculo, pero yo entonces quería ser piloto de aviones, ahora ya creo que nunca lo seré, y pensándolo bien, tampoco me importa mucho, bueno, un poco.

Hace mucho que no veo algo tan aburrido como un desfile militar –visto uno visto todos-, pero parece que al desfile del 12 de octubre va gente de todo tipo, aunque últimamente se ha convertido en un lugar donde los fachas aprovechan para hacerse notar con el objeto de insultar a Zapatero y sus ministros, es decir, una tradición fachosa. Por otro lado, la propia fiesta es muy criticada por la izquierda que se dice más auténtica, porque dicen celebra un genocidio, también por independentistas de todas las Españas que dicen que es una fiesta nacional ajena a su “nación”, e incluso por falangistas de variado apellido que aprovechan para manifestarse por “su España auténtica y perdida”.

Decir sin embargo que el doce de octubre se ha convertido más en un problema que en una celebración, es falso, pues la mayoría de la población, excepto una multitud de zaragozanos que celebran el Pilar, pasa de ella, agradece, cómo en cualquier fiesta católica o pagana de las que se celebran durante el año, que ese día no sea laborable. Así que nos encontramos con que la fiesta del 12 de octubre sólo es celebrada por los izquierdistas más auténticos, por los más independientistas de cada territorio y por las reservas de fachas con bandera aquiluchal que quedan en cada lugar.

Esta celebración de la fiesta nacional de España a mi me parece curiosa e incluso me alegra, pues muestra como el llamado nacionalismo español es más una cuestión de sus opositores que son los que la revisten de contenido, que un sentimiento articulado y comparable al de los nacionalismos bien organizados de los territorios de las Españas, pero con el que actúan en involuntaria pero necesaria amalgama. Mientras, unos, si pueden, se van de puente, los que no, pues se cagan en todo si le pasan los aviones del desfile por encima de su cabeza, y otros, pues felicitán a su amiga o su prima que se llama Pilar.

Dachau – Alemania

Dos filas de grandes chopos se inclinan a la vez ante el viento. A ambos lados de ellos se alinean los cimientos de lo que fueron barracones ordenados en cuadrícula con un ancho espacio entre ellos. Caminamos fijándonos en los paneles que informan mediante textos y fotografías de lo que allí había, del horror que uno imagina. De la desesperación de estar allí sin saber al principio por qué, pero por haber nacido con unas determinadas características, por pertenecer a un determinado grupo humano, por oponerse. El horror de que nadie supiese al otro lado tu paradero, del horror de dejar de ver a tu familia, de repente separada al llegar al campo, a tus compañeros y amigos, de no verlos nunca más, del horror de ver el cielo y los árboles más allá de las valla y muros, de ver a niños que juegan ignorantes -o tal vez no tanto- de donde estaban, de saber que no podrás salir, que no hay pena que cumplir.

Sopla el viento en esta mañana gris como este campo de concentración nazi, en este gran descampado cuajado de rectángulos donde se alzaban los barracones donde vivió tanta gente hacinada esperando la muerte, muchos aletargados en la desesperación,  anestesiados por la desesperanza que el tiempo estira indolente, muchos deseando un final, el que fuese. Al cruzar un arroyo caudaloso bordeado por muros y fosos llegamos por fin a una de las entradas a ese final presidida por el engaño, por el eufemismo malvado, y un pavor que se retuerce y se adivina como una niebla sólida y transparente en la habitación de espera, no muy grande, y en la habitación con la palabra ducha sobre la puerta desde cuyo techo, una vez cerrada, se desprendía el gas mortal que pensaban agua los cientos de personas hacinadas y ya desnudas que en turnos esperaban un alivio de limpieza, tal vez algunos más tarde deseando que fuese gas para terminar de una vez. El horror de nuevo más allá, en los hornos donde quemaban tanta carne, donde hacer desaparecer tanto volumen humano para hacer sitio a más carne, y las pruebas de la ignominia de ese comportamiento humano que algunos hoy no quieren creer, como si no se hubiesen producido horrores parecidos desde entonces en el mundo, quizás, es verdad, no tan bien organizados, quizás no tan perfectamente planeados. Y uno imagina y se horroriza una vez más, y mira fuera de los muros para intentar comprender a los de fuera, al pueblo llano: ¿Sabían? ¿Desconocían? ¿Imaginaban? ¿Lo entendían? ¿Sufrían? ¿Temían? ¿Miraban hacia otro lado? Cómo si no se hubiesen repetido masacres, matanzas, encierros, exterminios, silencios culpables, complicidades desde entonces, como si los humanos no fuésemos también esto, el lado oscuro de todo esto. Estos lugares hay que verlos, tal vez para tenerlos presentes, tal vez para que muchos nos propongamos negarnos con nuestra vida a que se repitan. La cobardía es la culpable de todo ello, la cobardía y el lado oscuro del ser humano, la maldad, el orgulloso desdén hacia la complejidad del mundo de aquellos que tiene siempre una solución para todo, cuanto más drástica mejor para arrancar sus problemas de raíz, y para seguir atemorizando y que ese miedo sea su pedestal y su castillo inexpugnable.

Recorro este campo inmenso de Dachau donde los nazis encerraron, maltrataron y asesinaron organizadamente a tantos miles de judíos, gitanos y alemanes opositores o sospechosos de serlo a su régimen, y siento que después del horror tenemos que ser sobre todo valientes, como en cualquier actividad de nuestra vida, pero mientras, recordemos que nosotros mismos estamos manchados por ese lado oscuro, por el que algunos exhiben orgullosos y por el que a veces desconocemos o escondemos para que no nos lo descubran. Ese es el que tenemos que extirpar para siempre de cada uno de nosotros.

Creo que la dignidad del hombre se salva un poco siendo capaz de mostrar al mundo el horror que muchos hombres fueron capaces de concebir y llevar a cabo. Aun teniendo en cuenta los avatares históricos que llevaron a la conservación testimonial de los campos de concentración nazi, Alemania me parece ejemplar hoy por mostrarlos.

El Estatut, el sinsentido, y el hartazgo de todo esto

Aprovechando un comentario que hice a una entrada del siempre lúcido Angel de Olavide en su blog, pensé que tal vez sería interesante poner mi comentario  como una entrada en el mío. Decía Ángel , (Aquí entre comillas) entre otras cosas, que:

 “Cualquier nacionalismo, incluido el español por supuesto, me parece propio de otras etapas historicas. Seguro que el nacionalismo contribuyó mucho al avance de los pueblos y a su defensa pero hoy me parece que es un arma ideológica poco acorde con los tiempos y con los retos de la humanidad.”  

Sin embargo, yo creo que, desgraciadamente, el nacionalismo está fuera de lugar si hablamos desde la razón, pero no desde la actualidad, pues nunca antes había estado tan en boga, y no solo en España.

En Cataluña, que es donde vivo, el nacionalismo es la salsa donde se cuece y “debe” cocerse lo que ellos llaman “lo nuestro”, lo fetén, lo correcto, tanto en política, como en cultura o en educación. De justicia es decir que muchos catalanes están de acuerdo con esta visión. Es sintomático como por aquí poco a poco se ha ido imponiendo un lenguaje en el que se habla de Cataluña y España como si de dos entes diferenciados se tratase, tanto en los medios de comunicación afines y no afines al nacionalismo pero en el que ya a veces caen, ¡sorpresa!, hasta los dirigentes del PP.

Los partidos políticos catalanes, salvo PP y Ciutadans (tan representativos de los catalanes como lo son los otros) son nacionalistas en mayor o menor grado pues entienden que solo con unas gotas o una riada de nacionalismo en su composición y mensaje tendrán asegurada una mayoría electoral, de ahí el rasgado de vestiduras generalizado ante la sentencia tan penosamente meditada del TC y las apelaciones a la movilización por la “agresión” recibida por Cataluña o por el “desprecio a la voluntad popular” de los catalanes que casi todos estos partidos han lanzado.

Claro que, no podemos olvidar lo que han dicho y dijeron algunos cargos del PP en toda esta historia de la tramitación del Estatut, su irresponsabilidad y sus mentiras que incluso incluyeron la recogida de firmas contra el Estatut en mesas por toda España cultivando la animadversión hacia todo lo que oliese a catalán (recordad el boicot al cava y los venenosos parlamentos de algunos medios comandados por aquel “gran comunicador”, Federico J. Losantos, y sus adláteres, que tanto predicamento desgraciada y penosamente tuvieron en el resto de España, y curiosamente también entre los más exacerbados catalanistas que, atestiguo, lo escuchaban con fervor para salir de casa convenientemente excitados y agraviados para afrontar la dura realidad del oprimido por “la bota de España”).

Tener sentido común ante este tema es difícil, o no tanto, pero está claro que falta entendimiento, y faltará mientras no hagamos lo posible por imponérnoslo todos, incluyendo, claro está, a los partidos de ámbito estatal que no deben sacar las cosas de quicio y entender los sentimientos de los que no sienten una especial o ninguna identificación con lo español, ni tampoco dejar de ejercer sus criticas hacia los nacionalistas con inteligencia y pedagogía, pero también a los nacionalistas catalanes, vascos o de donde sean, tan instalados en los despachos del poder de sus territorios que difícilmente cambiarán de mensaje. Suena por eso tan vacuo el mensaje de Zapatero de que con la sentencia del TC se cierra el estado de las autonomías, como si estos partidos fuesen a disolverse y a dejar de cultivar el agravio y la simbología que tanto moviliza al personal y que tan bien les ha funcionado ante la mentecatez y la falta de tacto de algunos políticos de la derecha, e incluso de la izquierda española. No debemos olvidar que el nacionalismo no lo es todo en Cataluña, ni molt menys.

Todos sabemos para que sirven las banderas por poco que nos gusten y que tipos de sentimientos azuzan, tan lejanos de la razón, sean estas  senyeras o las de la “roja”, sin que confundamos ésta última con la de la extinta URSS, aunque a lo mejor resulta que ésta ahora la esgrime el PP como nuevo Partido de los Trabajadores.

 Como diría el Blasillo de Forges en los viejos tiempos: ¡País!

Viaje en Semana Santa

Nos vamos hoy hacia el sur de Francia, o con mayor precisión al Languedoc-Rouisillon, lo que algunos relamidos de esta Cataluña donde vivo, eruditos a la violeta que diría Cadalso, si bien aplicado aquí a la Geografía y la Historia, llaman “Catalunya Nord”.  Este topónimo tiene que ver con ese otro tan querido también por los de la grandeur catalana,  “Els Països Catalans”. (Anda que si a alguien le diese por decir, refiriéndose por ejemplo a Colombia,  la España de ultramar…). 

El caso es que nos vamos al sur de Francia a pasar unos días de “merecido descanso”. Si, ya sé que es una frase manida, pero no me he podido resistir, y  a lo mejor hay algo de verdad en ella.  Además de los paseos y visitas a pueblos y ciudades, una de las cosas por las que me gusta Francia en Semana Santa es porque si pones el Telediario de la noche en estas fechas, casi al final de ellos, y antes de los deportes, puedes oír a la locutora decir que “Los cristianos han celebrado con una procesión en París la festividad de la Semana Santa”, y pasan a otra noticia, nada que tenga que ver con la información masiva e incluso en directo por algunas televisiones y radios españolas,  de las procesiones que se celebran en casi cada rincón de España llenas de tétricos y oscuros desfiles, que si bien pueden tener un rastro de belleza la primera vez que los ves, inmediatamente se convierten en una falta de respeto apabullante para con los que no creemos y tenemos la Santa Paciencia de aguantar la servidumbre de sus pasos cuando queremos andar libremente por nuestras calles. Es verdad, y justo es decirlo, que en Cataluña ese peso es infinitamente menor, no se ven casi procesiones, y las televisiones locales y regionales se quedan como mucho en Pasiones como la de Esparraguera.

El día ha levantado ya, voy a despertar a los bellos durmientes y a cargar el coche, huyamos hacia el Norte y entreguemos Sevilla, Alcalá de Henares y Zamora a las huestes apasionadas de cirio en mano y capirote aburkado, a vírgenes, cristos, pies descalzos, encadenados, flagelados, presos indultados, saetas, peinetas, lutos y sangres. Y mientras, huyamos mientras podamos, con todo lo que de renuncia tiene.

El tiempo: 29 de septiembre de 2009

Como una informe y particular vía láctea visible sólo por el anual chorro de pintura dorada que lo muestra y las mil señales que a veces acertamos a comparar con nuestros recuerdos, ahí está, el jodido tiempo, aquel que de pequeño no pasaba, y se desparramaba perezoso por nuestros juegos, nuestros tebeos, nuestra picias, temores y sorpresas, que hacía nuestras tardes largas y las noches un plató de película bajo las mantas, donde la prisa por el sueño no existía. Ese que sin darnos cuenta fue levantando el vuelo hasta poco a poco ir cazándonos entre sus piernas, sus brazos y sus alas, y al que solo conseguimos engañar cuando nuestros besos deseados lo arrinconan y suspenden, -tan pocas veces-, testigo entonces de nuestros estelares momentos. Aquel que querríamos tener delante nuestro sin cuento, aquel que hemos desgastado con los años vividos, el malgastado y el apurado hasta las heces, el que suponemos en los demás y en nuestros hijos que allá abajo suben y en nuestros padres que se disponen a salvar el repecho de allá arriba. El tiempo, el que nos pone nerviosos, el que a veces celebramos, la parte infimísima de la historia que nosotros mismos ínfimos estamos protagonizando. El tiempo que nos corre paralelo sin remedio, el que tan bien llevamos si tenemos una mano que queremos agarrar y que en el camino nos acaricia la nuestra, el tiempo, joder con el tiempo, como pasa el cabronazo.