Stoner

Acabo de terminar un libro, “Stoner”, de John Williams. Estaba tan absorto en sus páginas finales que casi me paso de estación al llegar al trabajo. Me ha dolido dejar a Stoner, aunque su vida se ha agotado en la última línea. Sus últimas sensaciones componen una fuerza redentora a partir de imágenes, recuerdos y libros que su mente mezcla y administra antes de disolverse para siempre en el ignoto universo de después de vivir.

Su manera de habitar en el mundo, de aceptar lo que le depara la vida, pero también de luchar por las pocas cosas que él encuentra que valen la pena: el amor y el estudio. Su estelar semana de amor y júbilo que parece justificar su vida entera, pero también los reveses y sufrimientos que soporta con la resignación de quien ha aprendido que tampoco eso es lo más importante, me han acercado al personaje de tal manera que ahora lo echo de menos.

Un libro nos puede divertir, nos puede admirar por su prosa, nos puede sorprender por los desconocidos lugares que transita. Stoner como personaje me gusta por la imperfección de su vida, me bambolea por su desesperante comportamiento, y me da ganas de empujarlo a que por fin sea feliz. En un libro podemos querer a un personaje hasta el punto de intentar ayudarlo o protegerlo, y también podemos odiarlo. Al final, lo que nos gusta de los libros es que hablen de nosotros, aunque no sean nunca del todo equiparables a nuestra propia vida; que en ellos encontremos parte de nuestros más profundos sentimientos, aquellos que nunca nos atreveremos a contar pues no podemos con palabras hacerlo, sólo vivirlos.

No se que libro comenzaré esta noche, pero se que hay muchos que me producirán tan variados sentimientos, pues hay tantos personajes que la literatura ha creado, como seres humanos han pasado por el mundo; así somos cada uno de nosotros de poliédricos.

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En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.

Un rollo de papel blanco

Va y se pone las gafas, se dispone a escribir catapultado por el excesivo impulso, convencido del inmenso depósito de inspiración y deseo. Desearía plasmar, no, contar, escribir una historia a partir de su historia, o mejor quizás, traducir a la ficción ecuménica lo que transita su alma oscura o clara según las veces, consciente de que es ese el secreto de la mejor literatura, el sentimiento particular como enseñanza universal, aun no siendo esto lo que le ha empujado a escribir ahora, cuando la mira, cuando la ve marchar. Se escribe a partir de la pérdida, de la miseria, del dolor, o del encargo quizás, pero sobre todo del rebosamiento de deseo que se precipita hacia el suelo, tan lentamente con palabras que caen meciéndose como plumas, bisílabos, polisílabos, adjetivos, nombres, verbos en diversos tiempos, proposiciones, admiraciones e interrogaciones, que el escribiente trata de recoger en sus manos para que no se pierdan y que volverá a utilizar para construir la historia que en él bulle, aún desconocida, para ser leída y releída, para regalarla y abandonarla, para contarle a otros que pasó, por ejemplo, un día en la vida de Matilde y Hans, hoy que el lunes enfrió la pasión creída, hoy que el agua moja antipática la gris acera por donde caminaron ellos.

Un gran rollo de papel blanco delante de las últimas palabras se extiende por kilómetros en un desalentador desierto por el que quisiera transitar para fijar, para conquistar, donde ver la huella de sus pasos, para agarrar su mano en el lento caminar tras la brisa al despertar, para acotar con una lona liviana el espacio donde extender la manta donde reposaran en la noche de luna y estrellas, abrazados y levemente arropados, sin saber por qué, o simplemente para sobrevivir, aquí, donde las palabras son además la prueba de que no están solos, y también de que el viento es capaz de mantener el sonido de su voz en el espacio, más allá de la habitación donde están acostumbrados a escucharla. Y soplar sus ojos donde entró un grano de arena, y besarla después, y darle ánimos, entre estas piedras cortantes que machacan los pies. Armándose de una paciencia irracional para continuar hasta que llegue de nuevo la noche, y sobre la arena caliente de la duna blanca mirar de nuevo el cielo seguro en la inmensidad mortal del desierto, con su cara junto a la suya, su pelo cosquilleándole su oreja y notar que se ha dormido o se acaba de dormir, y besarla entonces en un beso cálido e incierto ante la mañana que se avecina del nuevo día que vendrá, al fin y al cabo están vivos. Matilde con su cuerpo amoldado a la arena, Hans de pie en la cima de la duna a la que trepó descalzo, oteando el mar amarillo y el sol que de nuevo sale anunciando ya el calor irremediable.

Seguir escribiendo, narrando, esperando mientras el que escribe transita el espacio vacío en la inesperada e indeseada batalla por sobrevivir. El amor en el desierto podría transformarse en odio si el viento, la arena y el horizonte infinito de días y semanas es siempre el mismo, o bien pararse y amarse mientras deciden vivir lo que tienen, racionando sus posesiones, luchando a brazo partido con la desesperación que se ha subido a sus sombras sin que ellos lo sepan y que se despiertan al mediodía, justo cuando el sol se esfuerza en apretar sobre sus cabezas cubiertas.

Y es entonces cuando el escritor decide rescatarlos y depositarlo en una habitación en la penumbra donde dormirán dos días, donde despertarán juntos, donde se amarán brillando en su dorado color, limpios de arena, con su sonrisa de plata, en sus sábanas blancas, en una tarde de invierno, quizás.

El rollo de papel blanco es ahora menor y de nuevo espera, el escritor sueña.

Panfleto de Madrid

Son fisgones más que espías; imposible hacer literatura con ellos. Los protagonistas parecen más bien adornados catetos sin arte que rabian y tiemblan ante la posibilidad de perder su poder, algunos por dejar de ingresar más dinero robado. No pueden ser demócratas quienes espían al contrario, estén en su partido o en otro para ganar potestad. Son, eso sí, arrogantes y mentirosos, impresentables ante personas de bien, egoístas pendientes de su interés personal y olvidados de la ciudadanía a la que representan,  también  la que les eligió. Son ahora también la vergüenza de saber que nunca dirán la verdad ante los ciudadanos, solo a salvarse de la quema.

Estos son algunos de los que gobiernan Madrid, los que comenzaron  valiéndose del soborno de dos diputados socialistas –tan cercanos estos a aquellos- para alcanzar el poder. Es ésta una etapa sucia, sospechosa, hortera, descorazonadora. Tal vez lo único bueno es que sirviera para que los madrileños hagan salir de sus instituciones al PP, y que los que les sucedan sean de verdad honestos, ingeniosos y valientes para sacudir el espíritu  anquilosado que se ha apoderado de esta Comunidad.

Madrid no se merece esta desesperante caída a los cutres infiernos a los que sus dirigentes la están empujando. Ójala su Dios a su medida finalmente les ilumine y se retiren a un lejano monasterio donde quizás, ante él arrepentidos, los Quicos y Rouco sabrán acogerlos. Puede que su actual presidenta al frente de todos ellos, fuese una buena priora.

 

 

 

En la vida escrita y en la no escrita

En la vida no escrita, cuando nuestro cuerpo tiembla movido por excepcionales deseados y inesperados momentos que en el recuerdo después repintaremos con merecidos oros, a veces redescubrimos el cálido acceso a aquello a lo que quisimos volver, a aquello donde siempre nos reconocemos vivos en el deleite de su proximidad y que por tanto nunca podemos ni queremos olvidar y con los que a menudo soñamos hasta despertar. Y siempre nos preguntamos por qué no lo hicimos antes, por qué tuvimos tanto miedo, por qué solo vimos sus impenetrables muros si solo estaba en nosotros el ver un horizonte abierto y una tierra amable por donde caminar sin miedos.

En la vida escrita también redescubrimos, desciframos y en ella nos sumergimos, también imaginamos, nos reconocemos, nos excitamos, perdonamos y nos perdonamos, pues vida es también al fin y al cabo. Pero en ésta, en esa soledad donde soñamos, dormimos, reímos y disfrutamos, el calor ardiente de su mano sobre la nuestra, solo lo recordamos, lo ansiamos.

Uno siempre tiene lecturas pendientes, páginas infinitas por donde caminar, y ojalá siempre las tenga, aunque sepa también que lo ya recorrido a veces se escapa como arena entre las manos.

Dentro de las lecturas de papel he comenzado a leer un libro que se titula “El mundo clásico”, de Robin Lane Fox. Lo estoy leyendo en inglés, primero porque el autor es inglés y así practico, y segundo porque encontré una edición de Penguin barata y muy atractiva, o sea que el placer es doble, o triple, si a eso se le une que estoy comenzando a sumergirme en la vida y la historia de la Grecia clásica entre escarceos que se asoman al viaje de Ulises por un mar improbable pero por eso tan subyugante y que Homero edificó para nuestra suerte. También comienza a aparecer Adriano, el emperador viajero y amante de esa Grecia que en cierta manera constituyó el meollo sobre el que Roma construyó su propia cultura. Como siempre ha sido en la historia del mundo, nada nace de la nada. Como un grato e interesante viaje en el que uno de repente es consciente de encontrase embarcado, así es la lectura de este libro.

Por eso debe ser que, cuando subía yo esta mañana por la escalera que va al quinto, que no al cielo, poco antes de entrar al trabajo apurando la última página para parar en el primer punto y seguido, y así saber donde retomarlo con facilidad, de repente se me ha ido el santo al cielo y me he emocionado, se me ha iluminado el entendimiento y en este extraño y fugaz momento me he notado extrañamente contento en el último tramo de escalera, como un conquistador que reconoce ante sus ojos la belleza de un paisaje recién descubierto. A veces, el gozo de la lectura es pleno si a él va unida la degustación de las propias palabras, es entonces un brillante bamboleo que justifica la existencia, aunque a veces dure poco. El caso es que cuando ascendía por la escalera del quinto he venido a plantearme si esa especie de relámpago era la cultura que nos transforma y de la que tantas veces tantos estudiosos se preguntan por su verdadero significado. Y también si era esa la cultura en bruto, la verdadera, la que no necesita adjetivos para explicarse. No lo sé pero sí que he notado una descarga de emoción parecida a la que siente cuando notamos que nos quieren, como si a partir de ese momento me fuera dado poder visitar y entender el mundo y su historia. Es exagerado, lo se, pero era un momento blanco y brillante.

Son ciertos pasajes de ciertos libros, ciertas escenas de ciertas películas, ciertos acordes de ciertas músicas o ciertos monumentos los que nos producen esas ráfagas a veces no advertidas, otras para siempre inolvidables o simplemente estimulantes, los que pueden servirnos para guiar nuestra voluntad en el seguro pero incierto futuro y disfrutarlo.

Enseguida se me ha venido a la mente otro momento cercano que realmente me emocionó, y me hizo exclamar: “Esto es el cine”. Sucedía mientras veía la película “Camino” de Javier Fresser. Reconozco que iba con el prejuicio de que sería una película muy triste y esperable, pero la indignación que crece a medida que los metros pasan se convierte en una gran y liberadora sorpresa por medio de los paralelismos de las palabras que el director introduce para construir una película que va más allá de la tristeza, la injusticia, el delito diría, de una secta poderosa y alienante que siempre es irresponsable porque el responsable es Dios que lo ha querido. Por medio del amor de la niña hacia un niño la película vuela y se convierte en una forma de reírse de la superchería de la Obra, comicidad de riesgo, es cierto, teniendo en cuenta la penosa realidad que retrata, pero una audaz y poco explorada manera de dejar en evidencia la santa saña del Opus destrozando personas, peones de una gran estrategia de poder y dinero. De repente, el nombre del Jesús terrenal al que la niña ama y llama en el lecho de muerte y que los padres y curas confunden con el Jesús de la leyenda, es como la llegada del 7º de Caballería que derrota a la secta con la ingenua sinceridad de su edad y de su amor. Es ese juego que el director descubre el que en un momento dado me emociona hasta la carcajada por el hallazgo, por su gran originalidad y fuerza.

Son esas ráfagas que nos hacen vibrar las que nos hacen tomar conciencia de que eso es lo que verdaderamente nos redime, por la sinceridad que demostramos para con nosotros mismos, pues esos son realmente algunos de nuestros verdaderos sentimientos. Como el calor ardiente de su mano.

 

Quién puede saber

Hace poco, poco tiempo, puede que diez días, entre las sombras verdosas y las manchas de luz que el sol abre entre las tupidas ramas de los grandes árboles de un bosque olvidado, más allá del gran río y lejos de cualquier carretera o transitado camino que las guías de viaje hubieran podido enseñar, había una casa de madera avejentada donde vivía un hombre solo que no siempre lo estuvo, y que pronto cumpliría cuarenta. El hombre, sentado fuera de la casa en una silla y apoyado en una mesa de madera gastada, leía mimado por el sol de la tarde en la tregua de un otoño lluvioso que calentaba su ánimo aunque no tuviese a nadie a quien decirle lo a gusto que estaba en aquel preciso momento. Levantó la vista de la página que la leve brisa levantaba por sus bordes y se entretuvo escuchando el sonido feliz y misterioso de las hojas de los numerosos árboles que poblaban y le acompañaban en aquel lugar tan apartado. Las nubes y el sol comenzaron a perseguirse y la brisa se hizo viento, y el viento era frío más allá de lo esperado. Echándose hacía atrás en el respaldo de la silla, estiró las dos piernas juntas mientras cruzaba sus brazos satisfecho, evitando que no se fuese el escaso calor que su cuerpo había atesorado. Tosió, bebió agua, miró detrás de él y apoyo su brazo sobre el respaldo de la silla ladeándose mientras cruzaba las piernas y miró el suelo. Una hoja de papel que había sobre la mesa voló rauda en dirección a los árboles, y él la vio alejarse y quedar retenida por un arbusto seco ya en el interior del envolvente bosque como ayudándole. Se levantó a recogerla, y eso hizo, solo que siguió andando, despacio, pisando las sombras donde el viento ya no se notaba, rodeando árboles, pisando la tramposa hojarasca. El ruido de las copas lo envolvió, y él siguió andando mirando hacia arriba de vez en cuando como buscando una salida por si acaso. No paró de andar en dos horas, y cuando llego al risco donde tantas veces se había sentado para contemplar el mundo que lo rodeaba, respiró y también se sentó entonces. Subió la cremallera de su cazadora y se sintió de nuevo contento allí, y después una lágrima acarició su cara, limpió sus mocos con la mano y se secó en el pantalón. Se restregó los ojos y no pensó en nada. El viento trajo gotas de lluvia, olía a mojado, pero tampoco tenía a nadie a quien decirle lo bien que olía, lo fuerte que le hacía. Miró las negras nubes a su izquierda, miró el cielo azul a su derecha cual mariscal que contempla a dos ejércitos que pronto se enfrentarán, sabiendo ya que el sol se retiraría prudente para volver mañana. Y las nubes se hicieron invisibles y transparentes de agua, y comenzó a llover. El hombre volvió corriendo al bosque donde el paraguas de las hojas le permitiría llegar a su casa. Y sintió ahora el ruido de la lluvia sobre las copas de los árboles como un sonsonete creciente. Aceleró el paso y finalmente llego a su casa, el libro que había dejado encima de la mesa estaba en el suelo empapado. No lo recogió pero entró la mesa y la silla de madera y cerró la puerta tras él. Ya no saldría ese día, echo el cerrojo aun sabiendo que no vendría nadie, nunca había venido nadie. Se tumbó sobre la cama después de quitarse las botas mojadas, tenía frío. Se arropó, se durmió y soñó. Alguien diría que era un hombre triste, pero como explicar que no se sentía solo, que no era tristeza lo que mayormente sentía, cómo contar que a veces le invadía una extraña alegría por tener frío y calor, por poder oír el sonido del bosque y del agua. Sí, tal vez aquello era una vida aburrida sin nadie a quien contarle sus sentimientos, los días pasaban veloces y las noches se entretenían en salir. Cuando ella vivía allí nunca notaba si había luz u oscuridad. Él nunca se aburría, todo al contrario, se reía mucho, hablaba y la escuchaba, y también se oía él. Un hombre solo no se oye a si mismo, no habla, se comunica con él mismo con su propio lenguaje interior, pronuncia palabras y las escucha pero nadie le oye pronunciarlas, tampoco él. Cuando ella estaba tocaba su piel, y ella lo tocaba a él, también se enfadaba, el también. Le gustaba volver a casa con la leña, o con la compra que adquiría en el pueblo más cercano al que bajaba cada dos semanas, y verla allí, sentada leyendo o pintando sus pequeñas joyas en la puerta, y como levantaba su cara y su sonrisa se comenzaba a dibujar en su cara al oírlo llegar. Ahora ella no está, no se fue pues no la vio partir, no sabe qué pasó, por qué de repente su vida cambió. La echó de menos más de lo que se pudo imaginar, y pronto los árboles y los sonidos sustituyeron a las palabras y al placer. Y ahora cree que ya se ha acostumbrado, pero en la noche se despierta y llora, y así todas las noches. Y al levantarse siempre mira hacia el bosque, hacia el lugar donde está la piedra donde los dos se sentaban a hablar, y ella a veces a dibujar, allí, donde fue la última vez que la vio. Y él sabe, aunque enseguida lo olvida, que aquello no es vida, que se va a volver loco si es que ya no lo está, que en realidad si que es un hombre triste y solitario, un eremita sin propósito ni motivo, que probablemente morirá en aquel rincón perdido sin que nadie se enteré, sin que nadie lo eche de menos. Y quiere y no quiere. Aunque se diga: ¿Quién puede saber lo que yo siento al arroparme mientras llueve fuera y los árboles suenan en la noche? ¿Y al despertar en las mañanas de verano, y mear entre los árboles y sentarme después a tomar un café en el frescor de la mañana mientras reinicio la lectura de la noche anterior? Pero también se diga a veces en su lengua interior: ¿Pero de que sirve todo eso en mi vida renunciada? Comenzó de nuevo a leer, y se olvidó de todo. Pero a la mañana siguiente tomó despacio su café y puso en su mochila tres libros, la poca ropa que tenía y una foto y comenzó a caminar, miró atrás y se paró a contemplar su antigua vida. Se volvió y meó en su piedra, supo que ella se reiría, como él ahora.

La sirena azul

Hoy la sirena azul resplandece en el mar gris. Su largo flequillo resguarda su cara del sol mediterráneo tallando su perfil de reina. Me mira, o lo creo, al girar para acomodarse  sobre las rocas de la isla soleada. Su gesto no es serio ni alegre, pura vida, pero su limpio cuerpo al sentir la mirada de los marineros que en sus naves pasan se transforma ofreciendo una recién estrenada belleza como tigre recién bañado en un lago del Himalaya. Yo soy el único que a estas horas está despierto sobre la cubierta de este barco que cruje sobre el mar oscuro, entonces levanta la cabeza y me mira, o yo lo creo, primero de soslayo y luego fijamente, trastocando para siempre la  paz que creía yo me gobernaba estas tempranas horas del día. Me conformo primero con admirarla incrédulo sobre la rocalla del mar cálido, luego, no  recuerdo como,  me arrojo al mar y sin cansarme hacia sus ojos nado. Cuando ya  palpo la roca suave no hay nadie sobre ella, ya no puedo volver al barco ni trepar la roca para buscarla, pero ahora una voz suave me llama, la veo cercana sobre la arena blanca de una hasta ahora invisible cala, es ahora una  mujer plena, viste su azul camisa y sus azules pequeñas bragas, me quito la ropa mojada mientras  me seca y su cuerpo calentado por el sol me abraza y quema. De la mano me lleva hasta su lecho blanco en el interior de una pequeña cueva, y allí pierdo la noticia del tiempo y la capacidad del recuerdo. Solo el sabor de mi boca me permite balbucir el fruto de la delicia ahora. Suspendido en el tiempo la abrazo y protejo en la oscuridad estrellada mientras miro el trozo de noche y mar que recorta la entrada de la cueva desde este tálamo griego.

 

Y ahora, bendita musa en la mañana que saltas sobre lo cotidiano,  gracias por permitirme escribir y ganar diez minutos de vida plena, pues ahora se que, como Ulises en su Odisea,  incluso con tapones en lo oídos y atado al mástil de la nave, sucumbiría a tus cantos, sirena azul camino de la perdición, a buen seguro muy literaria, pero bendita tu, y la perdición que a tu playa me arrastra.

Una nave va

Un día las potentes antenas del mundo descubrieron un objeto que pasaba a unos 230.000 km/h y a unos 5.000 Km de altura. No era un asteroide, no se trataba de ningún cohete u objeto proveniente de la Tierra.  Justo en el momento de llegar a la vertical ecuatorial de nuestro planeta emitió una señal de radio todavía indescifrada que volvió a repetir justo un minuto después. Era un objeto que no era ni metálico ni plástico, no se correpondía con ningún material conocido en la Tierra. Por fin había constancia de la existencia de vida extraterreste, ¿qué podía ser si no? La nave pasó, tan deprisa lo hizo que enseguida se perdió contacto co ella. De esto hace cuatro años, recuerdo los titulares de los períodicos, y como hoy nadie lo parece recordar. ¿Podemos esperar aún su vuelta? ¿Podemos tener la seguridad de que aquello verdaderament ocurrió? ¿O empezamos a rezar en los nuevos santuarios que dispersos por la Tierra algunos trastocados comenzaron a erigir a la “Nave rauda” que vino del más allá y al más allá se fue?  Creo que ya no, necesitamos seguir viviendo, leyendo libros que en una escena incluyen el universo, yendo el domingo de nuevo al futbol, esperando el resultado de las elecciones estadounidenses el primer martes de noviembre, haciendo cuentas para saber cuanto dinero nos quedará después de pagar la cuotua mensual de la hipoteca creciente.

Una nave sigue cruzando la incomensurable oscuridad y yo he prendido en ella mi esperanza, pues en su incierto y eterno viaje solitario que la alejá imposible en la distancia está lo que fue, lo que pudo ser y lo que probablemente será, por mucho que nos empeñemos en olvidar.

¿Y qué más? “Veneno y sombra y adiós” de Javier Marías

Regalo de cumpleaños 

Estoy acabando de leer el último libro de Javier Marías “Veneno y sombra y adiós”. Es el último de la trilogía “Tu rostro mañana”, y aunque deseo llegar al final también lo temo. Pocas veces pasa que uno disfrute leyendo un libro sin comerse algunas palabras que cree prescindibles para la trama con el afán de conocer el final. En este libro de Marías tan deseable es conocer el final como disfrutar y masticar el texto. ¿Y qué más?, se pregunta a menudo el protagonista en el libro recordando lo que su padre le preguntaba cuando era niño y él le explicaba alguna cosa, ¿y qué más? Tantas cosas, tantos pensamientos, y la familiaridad que establecemos con los autores que nos gustan, es como si volviésemos a nuestra propia casa al iniciar un nuevo libro de ellos. Javier Marías me resulta muy cercano, me siento bien leyéndolo y estoy contento de que exista porque se así que le leeré de nuevo, ¿no es eso como si fuera de mi propia familia? O aún más, ¿no deseo más sus palabras que las de muchos miembros de mi propia familia? ¿No es ese el lugar que ocupan algunos escritores en la vida de sus lectores que le aman? Como Marías escribe en su libro aplicándolo a la ciudad de Madrid, para mi mismo tan cercana, tan mía en mis recuerdos, pero a la que vuelvo y deseo volver a menudo, y que también se podía aplicar –forzando la comparación- a la lectura de un autor admirado cuando hace tiempo que no se le lee: Cuando uno lleva tiempo sin volver a un sitio bien conocido, aunque sea la ciudad en la que nació y a la que está más acostumbrado, en la que he vivido más largamente y en la que aún están sus hijos y su padre y hermanos y hasta el amor que tuvo firme durante muchos años (aunque ese lugar sea par él como el aire), llega un momento en que se le difumina y el recuerdo se le enturbia, como si la memoria se le viera aquejada de miopía y –como decirlo- de  cinematografía…(…)Así había llegado a ver Madrid durante mi ya prolongada ausencia: difuminada y turbia, acumulativa, oscilante, …  Ahora que llevo días leyéndolo y poniéndome por tanto en la imaginación y el pensamiento del autor, su presencia y su mundo es nítida en mi, me acompaña, y por eso no tengo más que agradecérselo, cómo no voy a hacerlo si tanto disfruto con sus palabras, sus frases, si tanto y tan bien me hace pensar, si tantos pensamientos que hubiera creído míos cuando en realidad no eran más que suyos, o puede que esbozados alguna vez en mi mente pero yo los he aceptado por su sensatez y profundidad en mi manera de ver algunas cosas de la  vida: La ciudad que un día antes estaba difuminada y turbia se hace nítida al instante e n cuanto uno vuelve a pisarla; el tiempo se comprime, desaparece el ayer –o es intermedio-, y es como si no hubiera salido uno nunca. De pronto sabe otra vez que calles tomar, y en qué orden, para ir de un lugar a otro, … Madrid, el autor, su escritura, todo se hace nítido, hasta la propia vida a veces cuando leemos algo que además nos gusta. Sí, pero ¿y qué más?