Una bolsa de plástico azul

El aire juega con una bolsa de plástico azul que parece exhibirse en su vuelo alrededor de los paseantes. Estoy seguro de que alguno de ellos se acuerda de la escena de la película “American Beauty”, aunque allí la bolsa sea blanca y aparezca en la imagen de una pantalla de televisión que una pareja mira desde el sofá donde ambos están sentados.

Hace un calor intenso hoy en Barcelona, un calor húmedo, pesado, de fin del mundo. No puedo evitar acordarme de las descripciones que hace Paul Theraux de algunos poblados de Ciudad del Cabo, del norte de Namibia o de Luanda en su libro “El último tren a la Zona Verde”. Allí, sin embargo, al calor se suman la suciedad, la fealdad, el mal olor, el ruido, los gritos, la miseria y la violencia, es decir, es un calor multiplicado por un millón, lo que nos daría un resultado cuyas unidades de medida tal vez servirían para medir la desesperación y la resignación, los deseos de suicidio o tal vez la capacidad de supervivencia. Una situación en todo caso incomparable con este calor que uno olvida mientras sigue el vuelo lento de una bolsa de plástico azul que da vueltas junto a un grupo de hojas secas delante del escaparate de una moderna tienda de calzado Camper, y con el recuerdo adosado de una película que allá, a buen seguro, no puede existir en las memorias.

En este bar donde ahora tomo café frío, que ahora es de una pareja china, el frío del aire acondicionado hace difícil concebir cualquier situación lejana y africana. Cómo diría Faemino y Cansado, pero cambiando la clasificación de los mundos, esto sería “El orgullo del primer mundo”. Ese orgullo que podría ser el revés de la vergüenza; este frio que nos libra del calor y esa bolsa de plástico que en su danza nos procura una diversión sofisticada y liviana que nos distrae de nuestras preocupaciones, tan alejadas de las que tienen que ver con la mera supervivencia y con el horror de vivir en tantos lugares de tantas ciudades, por ejemplo africanas.

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

El papel blanco

El sol ilumina un papel blanco ligeramente arrugado como si fuese una estrella de cine. Baja la calle a trompicones en la dirección correcta del tráfico sin desviarse del centro del carril de circulación en el que está situado. La calle está extrañamente vacía, el papel es el único objeto que recorre la calzada. Ahí va, desde la acera lo veo pasar entre coche y coche en su descenso; el semáforo se pone en rojo, se para, y espera.

Stoner

Acabo de terminar un libro, “Stoner”, de John Williams. Estaba tan absorto en sus páginas finales que casi me paso de estación al llegar al trabajo. Me ha dolido dejar a Stoner, aunque su vida se ha agotado en la última línea. Sus últimas sensaciones componen una fuerza redentora a partir de imágenes, recuerdos y libros que su mente mezcla y administra antes de disolverse para siempre en el ignoto universo de después de vivir.

Su manera de habitar en el mundo, de aceptar lo que le depara la vida, pero también de luchar por las pocas cosas que él encuentra que valen la pena: el amor y el estudio. Su estelar semana de amor y júbilo que parece justificar su vida entera, pero también los reveses y sufrimientos que soporta con la resignación de quien ha aprendido que tampoco eso es lo más importante, me han acercado al personaje de tal manera que ahora lo echo de menos.

Un libro nos puede divertir, nos puede admirar por su prosa, nos puede sorprender por los desconocidos lugares que transita. Stoner como personaje me gusta por la imperfección de su vida, me bambolea por su desesperante comportamiento, y me da ganas de empujarlo a que por fin sea feliz. En un libro podemos querer a un personaje hasta el punto de intentar ayudarlo o protegerlo, y también podemos odiarlo. Al final, lo que nos gusta de los libros es que hablen de nosotros, aunque no sean nunca del todo equiparables a nuestra propia vida; que en ellos encontremos parte de nuestros más profundos sentimientos, aquellos que nunca nos atreveremos a contar pues no podemos con palabras hacerlo, sólo vivirlos.

No se que libro comenzaré esta noche, pero se que hay muchos que me producirán tan variados sentimientos, pues hay tantos personajes que la literatura ha creado, como seres humanos han pasado por el mundo; así somos cada uno de nosotros de poliédricos.

No puedo escribir

No puedo escribir, y mira que hay motivos, pero es como si a medida que la tranquilidad me invadiese fuese desalojando el impulso que me empuja a construir párrafos. Al final va a ser verdad eso que alguno ha dicho de que cuando mejor se escribe es cuando uno está mal. Ya se que no es verdad, o al menos no del todo, pero en mi caso, estos días, coincide. No es que sea un tío feliz, no, no soy tan aburrido, es simplemente que no me encuentro mal, que estoy aquí mirando por la ventana sin que me duela la tripa y tema llegar a casa. En fin, ahora que releo esto, poca cosa, y solo por dejar fe de ello. Y eso que muchas mañana vengo deseoso de escribir algo, pero pronto la rutina, que se sienta en la mesa de al lado, me mira y cercena todas mis elucubraciones y pensamientos, entonces emito un bostezo de horas, como si fuese un enfermo imaginario. Una mierda, vamos. Y ahora voy a cortar, mi imaginación y mis ganas no pueden ir más allá de este treceno renglón.

En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.

Tengo para mí que me equivoco

Tengo para mí que me equivoco, pero claro, siempre me equivoco, aunque no hay manera de saberlo hasta que es evidente que el lugar hasta donde he llegado no era el  que yo habría deseado. ¿Alguna vez lo supe? Eso sí, puedo llenar de prosa desabrida y  certera todo lo que voy sintiendo. Bueno, eso a veces me consuela y en la confusión a veces encuentro la belleza de la pérdida, del deambular ciego, aunque con el tiempo esto ya me cansa y me sumo entonces en el silencio obligado, en una contemplación más o menos reparadora.

También a veces acierto, aunque esto ocurra cada vez de forma más espaciada en el tiempo, o puede que sea que aquellas equivocaciones sean necesarias para posteriores aciertos, ¿quién lo sabe? Sólo cuando la sonrisa y el orgullo se te suben a las orejas eres entonces consciente de tu grandeza, como al contrario lo eres de tu fragilidad increíble.

Son tiempos estos en los que me es difícil discurrir –¿alguna vez lo hice?- y más en este cruce de caminos donde sopla a rachas el viento, donde la lluvia quisiera ser invierno, pero donde el sol pica en cuanto las nubes le dejan. No se ve la carretera que baja, sólo hasta la curva acerada que se hinca tras los árboles. Han desaparecido las presencias que me acompañaron y noto que no noto nada, que camino sin dar noticias de mis pasos, en la posible desesperante extensión de un lugar perdido y sin mapas.

Me he sentado en un banco de piedra en la alquería abandonada, delante del patio de hierba verde crecida. Los restos de una cuadra a mi derecha, la casa derruida delante. Imagino el lugar con vida, los animales coceando y arrancando hierba, tal vez dos niños jugando o acarreando agua. Me he detenido aquí sin saber porqué, es el mejor sitio para pensar y seguir camino, como siempre sin rumbo fijo, camino de la equivocación o del acierto, pero en realidad porque he de proseguir, no queda otra, y para ello lo mejor es un corto descanso y mirarse los píes y las rodillas, los brazos, los hombros y la tripa, saber que estás, que eres tú el que allí se sienta, que eres tú mismo el que se levanta y de nuevo camina, con las botas mojadas y la mochila donde un cuaderno guarda inciertos materiales: recuerdos y deseos que se revuelven y mezclan a medida que ando. No queda más remedio que seguir andando, y no se a dónde, pero ha dejado de llover y comienza a verse el valle, a lo lejos un trozo de mar, pero sólo niebla en las cunetas.

Pensamientos forzados y estirados

Jueves 29 de julio de 2010, como pasa el tiempo.

 Improvisando frases brillantes, o mejor, pensamientos forzados, cinco minutos antes de salir:

 -Tengo un grano en el pecho que me está jodiendo.

 -He estrenado zapatos que me resultan muy cómodos.

 -No tengo ganas de irme a casa pero sí de salir de aquí.

 -La vida es rara cuando te escondes en sus pliegues, y aquí estoy.

  

Viernes 30 de julio de 2010, el final del mes se acerca

 Continuación de los pensamientos forzados, ahora ya por la mañana temprano, de nuevo incorporado al trabajo, con más tiempo:

 -Hoy en la ducha el famoso gran grano del pecho se ha vaciado, el calor y la fuerza del agua lo ha arrasado.

 -Me he puesto zapatos que no se calan, la lluvia me ha despertado, debe ser una señal, no se si buena o mala, pero olía bien, hacía fresco, eso siempre es un buen comienzo para un día de verano.

 -Buenos días, ¿por qué los días son plurales en castellano? No lo se, pero me parece una invitación al optimismo, como si dijéramos al otro: bueno tu día y el mío.

-Después de la lluvia el sol se asoma ahora, es viernes. Nos despertaríamos a las diez, buena hora, las risas al estirarnos y tocarnos de nuevo. Un día de fiesta civil instaurada por el deseo, sin tener que marcarlo en el calendario zaragozano, solo en el nuestro, en ese interno de la propia existencia.

-Empieza a llegar gente a este lugar donde me encuentro, otros no están, viven en otros lugares, provisionales en sus nuevas costumbres, tal vez temiendo que se les termine el tiempo de ausencia, tal vez también algunos deseando la vuelta para encontrarse con alguien, tal vez hartos de la gran convivencia.

-Que raro es el mundo, y tan hermoso. Sí, es un tópico manido aunque todos los tópicos guarden una osamenta incontestable, (como el propio tópico manido). El mundo es hermoso, quizás porque en algunas o en muchas partes es horrible, como un videoclip en el que van pasando imágenes de gentes, de paisajes, la gran bola azul rulando en medio del éter y una música heroica que nos enaltece y nos permite volar sin mancharnos evitando el sufrimiento. Somos capaces de recrear el mundo que se nos escapa en una pantalla y hasta de enamorarnos de una realidad que somos incapaces de ver en su conjunto por la imposibilidad de sobrevolarla, en un viaje concentrado que no sustituye al real, pero que no deja de ser hermoso. Otro tópico al final del párrafo. Que suerte de vivir a pesar de todo.

Angie era una canción que me hubiera gustado haber compuesto, y como ya estaba inventada pues la tomaba prestada, te permitía apretarte a ellas y se las cantaba al oído en un inglés aproximado, si bien más a la oreja que a la literalidad del texto, pero nunca ninguna se quejó, o al menos yo no quise verlo, pues Angie era una canción restregona, todos hacíamos lo mismo mientras sonaba, aunque yo siempre se la cantaba, bueno, no siempre. Ahora que lo pienso, también disfrutaba con la música.

-Son las nueve, se está bien aquí, un lugar como otro. Podría cambiar el decorado, subir el que presenta una oficina pintada con varios figurantes en, por ejemplo, una quinta planta de un edificio de oficinas, y bajar otro más luminoso con varias palmeras y un mar azulado donde la brisa me acaricia ahora que levanto la cabeza para mirar al mar cercano. Me estoy meando y voy detrás de la palmera derribada, vuelvo y me siento de nuevo y le doy un sorbo al café caliente, sigo escribiendo, estoy contento, doy rienda suelta a lo que se me va ocurriendo. Ahora sale una mujer en bikini de la casa más cercana, me saluda con la mano y se va corriendo hasta el agua, nada diez metros, se vuelve y se mete de nuevo a la casa. Las grandes nubes del trópico construyen un cielo grandioso y pasan despacio, son de una tela muy blanca y redondeada.  Lo miro por un largo rato con la cabeza apoyada en las manos, acodado sobre la mesa. Una furgoneta abierta cargada de plátanos pasa haciendo sonar el claxon y yo me acerco, descalzo y con los pantalones remangados, al agua que va y viene, que va y viene. Detrás de mi, la puerta de la casa de madera está abierta y la persianas bajadas. Voy a  entrar a despertarte muy despacio.

-Son las nueve y media, la mañana esta encauzada, como el día, imparable carrera, o ¿acaso lo dudabas?

-El tiempo inexplicable en el que nos vamos moviendo fotografía a fotografía como en una película, plano a plano, para darnos consistencia y poder explicarnos ante los demás y a nosotros mismos. Nuestros actos son el paso del tiempo segundo a segundo, pararlo es la muerte. No podemos retenerlo, a pesar de que siempre se nos escapa y quisiéramos que algunas veces corriese lento, muy lento.

-El misterioso sugerir, el mensaje cifrado sin una clave universal o restringida establecida con antelación. Interpretar lo que creemos ver nos lleva a contestar de forma correcta, aproximada o decididamente extraviada de lo de nosotros esperado. En fin, el misterio de las relaciones humanas.

-Son las diez y todo el mundo se ha ido con un bocadillo en la mano a los bares cercanos. Que negro está fuera, tal vez llueva de nuevo. Esto podría ser la redacción de un periódico americano, -¿por qué americano? La influencia del cine, ya se sabe- en la que yo estoy trabajando un viernes de madrugada escribiendo una noticia en la gran oficina solitaria. Creo que me gustaría, tal vez redactando y puliendo el titular que aparecería a la mañana siguiente:

“The times, like the world are changing, like always it was”. Como yo, como todos, pero esto no lo escribo. Salgo de la redacción, quiero coger un taxi en la noche fría pero no pasa ninguno, así que camino por la avenida de Pensilvania camino del café de Harry Todd que abre toda la noche. Una mujer mayor y despeinada se acoda en la barra leyendo un libro de autoayuda, dos hombres conversan, evidentemente borrachos y ausentes del mundo que les rodea, les oigo varias veces pronunciar el nombre de Amanda. Pido un café con leche muy caliente y un donuts doble. La calle está desfigurada por el cristal empañado, es una imagen certera de la realidad de esta ciudad y del mundo. Pasa un coche de policía a gran velocidad con sus luces azules sobre el techo. Washington es una capital en calma cuyos tejados aquel diablo quisiera destapar para descubrir todas las preguntas y algunas de las respuestas. Doy un sorbo el café, siento una extraña alegría por estar aquí, que duda cabe que la borrachera del sueño ayuda a ello. Ahora es una mujer la que entra acompañada del frío, deduzco que es Amanda, entonces uno de los hombres se levanta y se cae al suelo, la que debe ser Amanda le ayuda a levantarse y a sentarse de nuevo en su silla blanca. Ella se sienta con los dos hombres, el que se ha caído coge su mano y la besa, pero yo salgo y me abrocho al abrigo. Un taxi para por fin en la puerta.

-Me voy a tomar un café y a terminar esto.

Viaje en Semana Santa

Nos vamos hoy hacia el sur de Francia, o con mayor precisión al Languedoc-Rouisillon, lo que algunos relamidos de esta Cataluña donde vivo, eruditos a la violeta que diría Cadalso, si bien aplicado aquí a la Geografía y la Historia, llaman “Catalunya Nord”.  Este topónimo tiene que ver con ese otro tan querido también por los de la grandeur catalana,  “Els Països Catalans”. (Anda que si a alguien le diese por decir, refiriéndose por ejemplo a Colombia,  la España de ultramar…). 

El caso es que nos vamos al sur de Francia a pasar unos días de “merecido descanso”. Si, ya sé que es una frase manida, pero no me he podido resistir, y  a lo mejor hay algo de verdad en ella.  Además de los paseos y visitas a pueblos y ciudades, una de las cosas por las que me gusta Francia en Semana Santa es porque si pones el Telediario de la noche en estas fechas, casi al final de ellos, y antes de los deportes, puedes oír a la locutora decir que “Los cristianos han celebrado con una procesión en París la festividad de la Semana Santa”, y pasan a otra noticia, nada que tenga que ver con la información masiva e incluso en directo por algunas televisiones y radios españolas,  de las procesiones que se celebran en casi cada rincón de España llenas de tétricos y oscuros desfiles, que si bien pueden tener un rastro de belleza la primera vez que los ves, inmediatamente se convierten en una falta de respeto apabullante para con los que no creemos y tenemos la Santa Paciencia de aguantar la servidumbre de sus pasos cuando queremos andar libremente por nuestras calles. Es verdad, y justo es decirlo, que en Cataluña ese peso es infinitamente menor, no se ven casi procesiones, y las televisiones locales y regionales se quedan como mucho en Pasiones como la de Esparraguera.

El día ha levantado ya, voy a despertar a los bellos durmientes y a cargar el coche, huyamos hacia el Norte y entreguemos Sevilla, Alcalá de Henares y Zamora a las huestes apasionadas de cirio en mano y capirote aburkado, a vírgenes, cristos, pies descalzos, encadenados, flagelados, presos indultados, saetas, peinetas, lutos y sangres. Y mientras, huyamos mientras podamos, con todo lo que de renuncia tiene.

La creatividad

A veces la creatividad define un estado falso de nuestra actividad mental, parecería que en dicho estado seríamos capaces de componer algo medianamente original que transmita con fuerza y claridad nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, descubrimientos u obsesiones. A veces lo que deseamos es que nos invada para crear algo bello que se acomode a lo que disfrutamos, añoramos o sufrimos, pero no es algo que responda inmediatamente a la voluntad sino que es caprichosa en su aparición, y a menudo tiene que ver con el objeto indirecto de su motivación lo que refuerza el impulso creativo, a menudo de una forma imprescindible. Ahora  siento la necesidad de escribir, me gustaría mucho comenzar y seguir, y seguir, sin embargo es un empeño vano, puedo componer algo cortito, como mucho, aunque casi siempre lo borro, no me llegan las fuerzas, supongo que las tengo dispersas, faltas de una concentración que me tienen deshilachado. Me gustaría también poder componer una carta certera, sincera, vibrante, rica, y ésta si que se que sería capaz de hacerla, lo que no podría es enviarla. ¿Es esto creatividad? ¿No es más bien una prueba de que la creatividad y la inspiración son algo relativo y que deberíamos hablar mejor de necesidad, o también de necesidad? ¿No es la necesidad la que nos empuja a hablar como nunca antes hemos hablado cuando nos interesa convencer a alguien a quien nos interesa mucho hacerlo? ¿No es, junto a la inspiración, la necesidad de demostrar que nuestra obra es digna de admirar, la que nos empuja a escribir, a pintar, a fotografiar? Ahora ya son las tres menos cuarto de un viernes, es tarde par empezar, tarde para escribir, tarde para enviar éste u otro texto. Puede que además sea difícil crear algo extenso, y puede que en realidad quisiese escribir otra cosa y me ha salido esto. Bueno, por algo se empieza, pero ¡está tan lejos de lo que quisiera! Menos mal que ahora me voy al cine, que esto creo que no os lo había dicho. Es como si saliese al recreo, pero ya me gusta hacerlo.