Un rollo de papel blanco

Va y se pone las gafas, se dispone a escribir catapultado por el excesivo impulso, convencido del inmenso depósito de inspiración y deseo. Desearía plasmar, no, contar, escribir una historia a partir de su historia, o mejor quizás, traducir a la ficción ecuménica lo que transita su alma oscura o clara según las veces, consciente de que es ese el secreto de la mejor literatura, el sentimiento particular como enseñanza universal, aun no siendo esto lo que le ha empujado a escribir ahora, cuando la mira, cuando la ve marchar. Se escribe a partir de la pérdida, de la miseria, del dolor, o del encargo quizás, pero sobre todo del rebosamiento de deseo que se precipita hacia el suelo, tan lentamente con palabras que caen meciéndose como plumas, bisílabos, polisílabos, adjetivos, nombres, verbos en diversos tiempos, proposiciones, admiraciones e interrogaciones, que el escribiente trata de recoger en sus manos para que no se pierdan y que volverá a utilizar para construir la historia que en él bulle, aún desconocida, para ser leída y releída, para regalarla y abandonarla, para contarle a otros que pasó, por ejemplo, un día en la vida de Matilde y Hans, hoy que el lunes enfrió la pasión creída, hoy que el agua moja antipática la gris acera por donde caminaron ellos.

Un gran rollo de papel blanco delante de las últimas palabras se extiende por kilómetros en un desalentador desierto por el que quisiera transitar para fijar, para conquistar, donde ver la huella de sus pasos, para agarrar su mano en el lento caminar tras la brisa al despertar, para acotar con una lona liviana el espacio donde extender la manta donde reposaran en la noche de luna y estrellas, abrazados y levemente arropados, sin saber por qué, o simplemente para sobrevivir, aquí, donde las palabras son además la prueba de que no están solos, y también de que el viento es capaz de mantener el sonido de su voz en el espacio, más allá de la habitación donde están acostumbrados a escucharla. Y soplar sus ojos donde entró un grano de arena, y besarla después, y darle ánimos, entre estas piedras cortantes que machacan los pies. Armándose de una paciencia irracional para continuar hasta que llegue de nuevo la noche, y sobre la arena caliente de la duna blanca mirar de nuevo el cielo seguro en la inmensidad mortal del desierto, con su cara junto a la suya, su pelo cosquilleándole su oreja y notar que se ha dormido o se acaba de dormir, y besarla entonces en un beso cálido e incierto ante la mañana que se avecina del nuevo día que vendrá, al fin y al cabo están vivos. Matilde con su cuerpo amoldado a la arena, Hans de pie en la cima de la duna a la que trepó descalzo, oteando el mar amarillo y el sol que de nuevo sale anunciando ya el calor irremediable.

Seguir escribiendo, narrando, esperando mientras el que escribe transita el espacio vacío en la inesperada e indeseada batalla por sobrevivir. El amor en el desierto podría transformarse en odio si el viento, la arena y el horizonte infinito de días y semanas es siempre el mismo, o bien pararse y amarse mientras deciden vivir lo que tienen, racionando sus posesiones, luchando a brazo partido con la desesperación que se ha subido a sus sombras sin que ellos lo sepan y que se despiertan al mediodía, justo cuando el sol se esfuerza en apretar sobre sus cabezas cubiertas.

Y es entonces cuando el escritor decide rescatarlos y depositarlo en una habitación en la penumbra donde dormirán dos días, donde despertarán juntos, donde se amarán brillando en su dorado color, limpios de arena, con su sonrisa de plata, en sus sábanas blancas, en una tarde de invierno, quizás.

El rollo de papel blanco es ahora menor y de nuevo espera, el escritor sueña.

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Un hombre sale del portal en la mañana

Había salido de casa como todos los días camino del metro por la acera derecha de la calle. Se daba cuenta de que el frío era entonces un aliado que disipaba los sueños y su ausencia vital de la noche, era como volver a la vida en el corto trayecto a pie hasta el calor enfermo de la estación que le envolvía ahora. En el vagón un primer vistazo a los zoombies y a los bañados en colonia, a los necesarios y a los sin rostro, a los figurantes y a los figurines, a los impolutos y a los legañosos, a las guapas que despiertan y a los enfadados aún durmiendo o defecando. Estaban todos, como cada día. Este grupo, que no sabía que lo era, viajaba en el vagón agusanado y blanco como un racimo amañado e inconsciente de que en aquel momento se tenían sólo a ellos por los túneles oscuros que horadan la ciudad. Tras tres estaciones nuestro hombre dejó de formar parte de aquella representación de la humanidad. Sus pensamientos iban adquiriendo poco a poco un tono de normalidad más allá del pesimista análisis interno que inconsciente el mismo se había administrado al dejar atrás el portal de su casa. Seguía sin ser un individuo pleno y feliz de su existencia, pero ya no le dolía el hígado rutinario, ni los riñones de la paciencia, ni le lloraban los ojos por descubrir de nuevo la realidad del día, la del siguiente, la del otro y el otro, la de la semana que viene y la otra, la que tuvo a veces y la que de nuevo tendrá; tampoco le dolía el pulmón del amor, ya no fumaba pero si que amaba, o ¿no amaba? ¿a quién amaba? ¿le amaban? ¿quién le amaba? Abrió abrumado su libro después de desabrochar su abrigo y sentarse en el asiento del vagón del siguiente trayecto, se caló las gafas y se puso a leer como un drogadicto que se mete un chute para ser otro y ser él también. En media hora estará en el trabajo y tendrá también tiempo de escribir, de hablar con los otros para disipar su despertar y su noche, de mirar, de reír, de soñar de nuevo, de imaginar y desear, y luego vuelta a empezar, un camino largo para caer de nuevo en su cama, aunque quien sabe que puede depararle hoy el día, no lo pensará, se limitará a desearlo, al menos por hoy. Buenos días.

De nuevo comenzar de nuevo

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A veces uno por fin cae en que las cosas no son como cree o imagina, que sus deseos, mal que le pese, son recreaciones que no tienen base real, por mucho que un día si la tuvieran. A veces uno debe ponerse de pie y caminar solo sin imaginar que va acompañado y alguien le sonríe aun no estando, entonces puede que sea mejor cruzar a pelo la calle cuando el muñeco del semáforo se le pone verde y tomar la acera en sentido contrario al que traía para despistar así su propia trayectoria. A veces el principio de un nuevo año puede servir para iniciarse de nuevo y elevar el ángulo de penetración de su cara para enfrentar la vida totalmente de frente. También puede comenzar la nueva libreta negra para anotar lo que quiera, para escribir lo más nuevo que su ser puede dar sin conexión con ese pasado, aun sabiéndolo imposible, ¿de que se nutrirían entonces las palabras?. A veces uno debe caer en que despertarse es nacer con la barba crecida, afeitarse y tras echarse aftershave saludar a la señora del cuarto y caminar por la ciudad como quien navega en una canoa marrón a favor de la corriente.

Ojos que no ven corazón que no siente, dicen que sucede, pero yo no estoy tan seguro, aunque ahora mismo, en la soledad fría de la mañana que nace sienta algo parecido a la alegría de estar vivo y las ganas de querer contarlo.

A veces uno cree que se disipan los recuerdos aunque también sepa que siempre vuelven los que uno quiere, y que nunca sopla tanto viento como para lavarse la piel y quitarse las legañas sin necesidad de restregarse con jabón y agua. Volverá también la rutina agazapada y días en los que uno cae de nuevo, en los que comienza de nuevo, cuando uno deja de deslizarse por la llanura irritante y congelada y se levanta y camina dejando por fin sus huellas sobre la tierra.

No, no eres valiente

Nieve

blanca nieve

que hiela y hiere

la piel vieja

que al fin

cae.

 

Nieve

blanca nieve

que me cubre

para despejar el miedo

y dejar ya de soñar

 

Blanca nieve

que me empuja

a calentar mis manos

en las tuyas.

 

Y no me las sueltes más

 

En la vida escrita y en la no escrita

En la vida no escrita, cuando nuestro cuerpo tiembla movido por excepcionales deseados y inesperados momentos que en el recuerdo después repintaremos con merecidos oros, a veces redescubrimos el cálido acceso a aquello a lo que quisimos volver, a aquello donde siempre nos reconocemos vivos en el deleite de su proximidad y que por tanto nunca podemos ni queremos olvidar y con los que a menudo soñamos hasta despertar. Y siempre nos preguntamos por qué no lo hicimos antes, por qué tuvimos tanto miedo, por qué solo vimos sus impenetrables muros si solo estaba en nosotros el ver un horizonte abierto y una tierra amable por donde caminar sin miedos.

En la vida escrita también redescubrimos, desciframos y en ella nos sumergimos, también imaginamos, nos reconocemos, nos excitamos, perdonamos y nos perdonamos, pues vida es también al fin y al cabo. Pero en ésta, en esa soledad donde soñamos, dormimos, reímos y disfrutamos, el calor ardiente de su mano sobre la nuestra, solo lo recordamos, lo ansiamos.

Uno siempre tiene lecturas pendientes, páginas infinitas por donde caminar, y ojalá siempre las tenga, aunque sepa también que lo ya recorrido a veces se escapa como arena entre las manos.

Dentro de las lecturas de papel he comenzado a leer un libro que se titula “El mundo clásico”, de Robin Lane Fox. Lo estoy leyendo en inglés, primero porque el autor es inglés y así practico, y segundo porque encontré una edición de Penguin barata y muy atractiva, o sea que el placer es doble, o triple, si a eso se le une que estoy comenzando a sumergirme en la vida y la historia de la Grecia clásica entre escarceos que se asoman al viaje de Ulises por un mar improbable pero por eso tan subyugante y que Homero edificó para nuestra suerte. También comienza a aparecer Adriano, el emperador viajero y amante de esa Grecia que en cierta manera constituyó el meollo sobre el que Roma construyó su propia cultura. Como siempre ha sido en la historia del mundo, nada nace de la nada. Como un grato e interesante viaje en el que uno de repente es consciente de encontrase embarcado, así es la lectura de este libro.

Por eso debe ser que, cuando subía yo esta mañana por la escalera que va al quinto, que no al cielo, poco antes de entrar al trabajo apurando la última página para parar en el primer punto y seguido, y así saber donde retomarlo con facilidad, de repente se me ha ido el santo al cielo y me he emocionado, se me ha iluminado el entendimiento y en este extraño y fugaz momento me he notado extrañamente contento en el último tramo de escalera, como un conquistador que reconoce ante sus ojos la belleza de un paisaje recién descubierto. A veces, el gozo de la lectura es pleno si a él va unida la degustación de las propias palabras, es entonces un brillante bamboleo que justifica la existencia, aunque a veces dure poco. El caso es que cuando ascendía por la escalera del quinto he venido a plantearme si esa especie de relámpago era la cultura que nos transforma y de la que tantas veces tantos estudiosos se preguntan por su verdadero significado. Y también si era esa la cultura en bruto, la verdadera, la que no necesita adjetivos para explicarse. No lo sé pero sí que he notado una descarga de emoción parecida a la que siente cuando notamos que nos quieren, como si a partir de ese momento me fuera dado poder visitar y entender el mundo y su historia. Es exagerado, lo se, pero era un momento blanco y brillante.

Son ciertos pasajes de ciertos libros, ciertas escenas de ciertas películas, ciertos acordes de ciertas músicas o ciertos monumentos los que nos producen esas ráfagas a veces no advertidas, otras para siempre inolvidables o simplemente estimulantes, los que pueden servirnos para guiar nuestra voluntad en el seguro pero incierto futuro y disfrutarlo.

Enseguida se me ha venido a la mente otro momento cercano que realmente me emocionó, y me hizo exclamar: “Esto es el cine”. Sucedía mientras veía la película “Camino” de Javier Fresser. Reconozco que iba con el prejuicio de que sería una película muy triste y esperable, pero la indignación que crece a medida que los metros pasan se convierte en una gran y liberadora sorpresa por medio de los paralelismos de las palabras que el director introduce para construir una película que va más allá de la tristeza, la injusticia, el delito diría, de una secta poderosa y alienante que siempre es irresponsable porque el responsable es Dios que lo ha querido. Por medio del amor de la niña hacia un niño la película vuela y se convierte en una forma de reírse de la superchería de la Obra, comicidad de riesgo, es cierto, teniendo en cuenta la penosa realidad que retrata, pero una audaz y poco explorada manera de dejar en evidencia la santa saña del Opus destrozando personas, peones de una gran estrategia de poder y dinero. De repente, el nombre del Jesús terrenal al que la niña ama y llama en el lecho de muerte y que los padres y curas confunden con el Jesús de la leyenda, es como la llegada del 7º de Caballería que derrota a la secta con la ingenua sinceridad de su edad y de su amor. Es ese juego que el director descubre el que en un momento dado me emociona hasta la carcajada por el hallazgo, por su gran originalidad y fuerza.

Son esas ráfagas que nos hacen vibrar las que nos hacen tomar conciencia de que eso es lo que verdaderamente nos redime, por la sinceridad que demostramos para con nosotros mismos, pues esos son realmente algunos de nuestros verdaderos sentimientos. Como el calor ardiente de su mano.

 

La gente que pasea perritos es muy rara

Aquella noche llevaba prisa, tenía ganas de llegar a casa, eran más de las once y eso era tarde para mí. Normalmente llego a casa antes de que anochezca. Vivir la noche, como dicen algunos cursis, es un concepto extraño para mi en los último tiempos, incluso llego a dudar de que haya gente por la calle más allá de las diez. De hecho, muchos días antes de las once ya estoy en la cama.

 

Hacía frío, pasaban ya pocos coches y menos personas por las aceras, sólo se veía a una señora cruzando aprisa un paso de cebra a doscientos metros de mi con un perro blanco atado, y pensé que iba camino del parque cuyos árboles comenzaba a ver a mi derecha. Seguí andando, un portal se abrió y salió un señor alto y serio con un pastor alemán ya viejo, también atado. El hombre se abrochó el abrigo y comenzó a caminar deprisa también hacia el parque. Cuando llegué a los primeros  árboles, comencé a oír ladridos, muchos,  lo que me hizo pensar que había muchos perros allí. Y efectivamente, decenas de perros de diferentes razas y tamaños corrían, se perseguían, peleaban o simplemente miraban en la gran plazoleta que se abría en el centro del pequeño parque. Un poco más allá, quietos, y de pie, decenas de personas, de todos los tamaños y edades, no se si de razas, parecían hablar, alguna tenían correas de perro en la mano, otras las manos cruzadas por detrás de ellos. No pensé en nada raro, si bien ya de por sí siempre me han parecido raras las personas que sacan a sus perros por la noche para pasearlos y que hagan sus necesidades y después recogerlas aún calientes, y eso si son cívicas, con un plástico o papel; aunque también he pensado que eso les permitía darse una vuelta tras la cena y de paso fumarse un pitillo, o bien escaquearse para no estar con su mujer o con sus hijos, es decir, una corta liberación de la obligada convivencia marital.

 

El caso es que seguí mi camino después de un vistazo reflejo a la plazoleta, es decir, reconociendo lo que había visto como lo que sabía me iba a encontrar al mirar, sin embargo, apenas un segundo de volver mi vista hacia el frente, comprendí que había algo fuera de lo común en mi visión, y volví a mirar, ahora ya un poco cubierto por los primeros setos que cerraban la plazoleta. Era eso, mientras los treinta o cuarenta perros que, calculo habría en la plaza, corrían y jugaban, los dueños permanecían quietos y todos parecían mirar hacia el centro del círculo que formaban con sus cuerpos. No se movían, era extraño, porque normalmente entre la gente que puede coincidir en un parque con sus perros algunos se conocen pero otros no, y normalmente habla en grupitos, por eso era raro que treinta o cuarenta dueños de perros estuvieran juntos, y menos que no se moviesen como si estuviesen escuchando algo o a alguien.

 

No había nadie cerca de mi, así que me puse a mirar sin reparos, ellos seguían sin moverse, los perros corriendo y ladrando. No se por qué, en vez de acercarme por la plazoleta a la vista de todos, y sentarme en uno de los bancos o pasar cerca de donde estaban, no me atreví y  me metí entre los arbustos y árboles de los jardines que rodeaban el gran espacio exento de la plaza. Tuve, eso sí, que sortear deposiciones de variada procedencia,  botellas rotas y bolsas pegajosas. Me acerqué todo lo que pude y descubrí que en el centro del grupo había una extraña luz, y que aunque no veía de donde venía observé que todas las personas estaban iluminadas frontalmente. Había más de cincuenta personas, y no se oía nada, nadie hablaba. Me dio un escalofrío, entre aquella gente descubrí una figura que me sonaba, estaba situada en la capa exterior del círculo, reconocía su postura y el perfil de su cabeza, era Josep, un compañero de trabajo que tenía un perro pequeño y al que a menudo gasto bromas cuando se pone a hablar con Jorge, otro compañero que también tiene un perro para hablar de cómo están sus respectivos, si comen, si está malos, si cagan, en fin. Entonces, más sorpresas, me di cuenta de que Jorge también estaba allí, sin lugar a dudas, su altura le delataba, estaba muy cerca de Josep, la cara levemente iluminada. Él también tenía un perro pequeño y por tanto era posible que estuviese paseándolo, ¿pero allí?, por lo que sabía vivía al menos a 20 kilómetros, muy lejos para pasear al perro a las diez de la noche. Los dos estaban serios y con los brazos caídos, como toda aquella gente. En el grupo nadie miraba hacia fuera del círculo, todos parecían mirar hacia un hipotético centro. No parecían temer nada, -ni tenían por qué, suponía- si bien a esa hora nadie pasaba ya por allí, incluso las farolas estaban apagadas, un detalle en el que no había caído hasta entonces, bien es verdad que las farolas de las calles próximas daban luz suficiente para poder andar por allí sin tropezar o caerse.

 

Entonces, de repente, se oyó un sonido agudo que podía ser el inicio de una música conocida pero que no lo era, y tras algunos segundos, y sin ningún grito o voz de los allí presentes, todas los congregados elevaron su brazo izquierdo hacia el cielo con el dedo meñique elevado y los otros cuatro dedos de esa mano cerrados Fueron apenas cinco segundos, entonces bajaron el brazo y comenzaron a moverse cada uno buscando su perro. El grupo se desbordó por la plaza cada uno por su lado cruzando las calles adyacentes. En pocos minutos no quedó nadie. Yo salí de mi escondite y volví a mi camino totalmente trastocado. Cuando llegué mi mujer estaba ya durmiendo, yo tardé en hacerlo.

 

 Al otro día, cuando llegue al trabajo, estaba aún anodado por la visión de la noche. A la hora del desayuno, como siempre Josep, Jorge y otra compañera, Mari Luz Filtry, así la nombramos, con apellido y todo, bajamos al bar.

Después de comentar los temas del día, la crisis económica, los piratas del Índico, el tiempo y un programa de televisión raro, o no tan raro, que yo nunca veo, y de comentar que nuestra compañera Bella iba esa mañana explosiva, un día más, pero más incluso que ayer, saqué el tema de sus perros para ver si decían algo de la noche anterior. Como siempre ellos dos comenzaron a contarse el estado de sus respectivos y yo a hacerles broma, y luego, como el que no quiere la cosa, les pregunté si también eran de los que los paseaban después de cenar. Los dos dijeron que sí, Josep dijo que a él  le sirve para pasearse después de cenar, y a Jorge para echar un pitillo.

 

             ¿Pero los lleváis a un parque cada noche?

             Depende -dijeron los dos-.

             Es curioso, es que yo a veces veo a grupo de gente que se junta por  

               la noche mientras pasean a sus perros. Se debe hasta ligar, -añadí-.

    No creas, yo voy a un parquecito cerca de casa pero solo conozco a la  gente de vista.

    Yo –dijo Jorge- suelo ir a una avenida cerca de casa que tiene un gran paseo en medio con

     árboles y  bancos, pero nunca he ligado, eh.

    No, yo tampoco, y ya me gustaría.

 

Cuando volvimos de desayunar llamé a Mari Luz Filtry  y le conté lo que había visto la noche anterior. Se quedo con la boca abierta.

 

     Que cosa más rara. ¿Estás seguro que eran ellos?

     Sí, sí, estoy seguro. Si quieres podemos ir esta noche a ver si vuelven.

     Pero que cosa tan rara, ah mira, como si fuésemos espías. Me da un poco de cosa, y además

     no sé si podré, luego te lo digo.

 

Sí pudo. Esa noche, a las diez y media ya estábamos apostados en una calle cercana al parque. Poco a poco comenzaron a pasar con cuentagotas hombres y mujeres con perros atados. A las once, el centro de la plazoleta estaba lleno y a oscuras. Nos acercamos y nos escondimos entre dos arbustos desde donde teníamos una visión perfecta del lugar. No veíamos a nuestros compañeros, pero cuando se juntaron y formaron un círculo como el de la noche anterior, los vimos, ocupaban exactamente el mismo lugar. Mari Luz Filtry estaba con la boca abierta, le dije que la cerrara. Me dio un golpecito en el brazo con la sonrisa en la boca. Pero entre el frío y el misterio los dos estábamos temblando. Al poco rato, oímos la misma música aguda, y entonces levantaron el brazo izquierdo con el dedo meñique rígido señalando al cielo y menos de un minuto después se dispersaron. Justo cuando tenían el brazo levantando les hice una foto con una cámara digital de bolsillo con el flash quitado. No había mucha luz, pero se veía, puse el diafragma más abierto de la cámara y saque cuatro fotos, no pude hacer más porque de repente noté un pastor alemán oliéndome la pierna y con cara de pocos amigos, menos mal que su amo comenzó a llamarlo y se fue corriendo. En pocos minutos, como la noche anterior, la plaza quedo vacía. Nosotros nos fuimos a tomar un café a un bar que encontramos en una calle cercana. Nos costó comenzar a hablar. No sabíamos que habíamos visto ni el por qué de aquella extraña reunión. Tras dar el primer sorbo le dije que tal vez debíamos decirles que les habíamos visto. Éramos compañeros de trabajo pero también habíamos desarrollado con los años una amistad sincera, no en vano allí pasábamos muchas horas juntos y a veces habíamos salido a cenar o de copas. No creía que fueran a matarnos por descubrirles lo que sabíamos. Encendí la cámara para ver las fotos pero estaban negras, como cuando se empleaban carretes y el negativo aparecía en velado. Mala suerte, la verdad es que la cámara no era muy buena, tenía que haberme traído la reflex, -dije-.

 

Al día siguiente fuimos a desayunar, no sabía como entrarles y decírselo, finalmente Mari Luz Filtry, que tiene más cara que yo, entró en materia.

 

     Anoche os vimos.

     ¿Que nos viste? ¿dónde?

     Paseando a vuestros perritos.

     ¿Qué dices?

     Pues eso, que os vimos en el parque de la Fraternidad junto a cuarenta o cincuenta

     personas más paseando a vuestros perros, bueno, mejor dicho, ellos se paseaban y vosotros

     parecía que escuchabais  a alguien con mucha atención pues no movíais ni un músculo. ¿Qué

     hacíais? Parecía una asamblea de paseantes de perros.

 

No rieron, no contestaron. De repente, el frío cayó sobre el bar, heló nuestras sonrisas y cara, congeló la mesa, los bocadillos y el café que sorbíamos, todo se tornó de hielo. Los dos se pusieron serios, no indignados, serios como nunca los había visto, como si no existiéramos. Yo comencé a sentirme como sí me hubiesen dado un bofetón y Mari Luz Filtry, de nuevo con la boca abierta, apenas pudo balbucear, ¿qué pasa? Yo también me lo preguntaba, me empezó a doler la tripa. Y pasaba, los dos se levantaron dejando los bocadillos y los cafés. Salieron sin decir absolutamente nada, sin decirse tampoco nada. Cuando volvimos a la oficina no estaban, sus ordenadores estaban encendidos, también sus abrigos sobre las sillas. Tampoco volvieron en el resto de la mañana. Era como si un terremoto nos hubiese desplazado a todos, no sabíamos que hacer, de hecho no podíamos trabajar, llamamos a sus teléfonos móviles y daban comunicando, luego ya no dieron señal. Solo podíamos hacer una cosa, volver aquella noche y buscar una explicación a su reacción, era increíble, era como si los Jorge y Josep que conocíamos hubiesen dejado de ser ellos.

 

     Joder con los de los perritos, ya creía que eran raros, pero no sospechaba que hasta ese punto

     -dije, y nos reímos por fin-.

 

Esa vez me llevé mi cámara reflex con flash y todo, estaba dispuesto a saber porque se juntaba aquella gente en aquel lugar. A las diez y media ya estábamos dentro del parque y camuflados entre los arbustos. Planté el trípode, coloqué la cámara y el disparador y nos dispusimos a esperar. Esa anoche no hacía tanto frío. De repente vino un perro blanco mirando hacia todos los lados, luego otro, y otro, y así hasta más de cuarenta, solos sin sus amos, corrieron e hicieron sus necesidades como las otras noches, y así estuvieron hasta que en un momento dado se empezaron a dispersar y cada uno por su lado, se fueron. Ninguna persona apareció, ninguna, ni con perro ni sin perro. Nosotros nos quedamos mirando y mirándonos de nuevo sorprendidos por lo que veíamos, Mari Luz Filtry seguí con la boca abierta, y entonces al ver que yo la miraba se rió nerviosa al darse cuenta. Por supuesto ni rastro de Josep o Jorge. Recogí la cámara y salimos a la plazoleta del parque, de repente, una extraña luz azul nos iluminó desde lo alto, no se veía nada que la sujetara ni desde donde, tampoco había farolas ni edificios pegados al parque. Solo un helicóptero podía mantener una luz así por encima de nosotros, pero no oíamos el ruido de las aspas. La luz no cegaba, era incluso acogedora, de repente, sonó la música que habíamos oído las dos noches anteriores y la luz se apagó, se encendieron las farolas. Entonces sonaron nuestros teléfonos móviles a la vez, contestamos y nadie respondió, luego se cortó.  Volvimos al bar de la otra noche, extraños, sin hablar, tampoco dijimos palabra tras acariciar y beber despacio un vaso de café con leche muy caliente. Nos despedimos y volvimos a nuestras casas.

 

Quizás habíamos caído en que habíamos perdido dos amigos y no sabíamos que hacer ni a quien preguntar. Sólo podíamos esperar que nos llamasen, pero sabíamos que no lo iban a hacer. ¿Podía seguir siendo aquello un secreto?

Y entonces fue Mari Luz Filtry la que tuvo una idea, como siempre:

 

     Compremos un perro cada uno, pequeños, eso sí, y paseémoslos por la noche, tal vez así

     podamos averiguar algo.

 

Me negué, pensar en que eso me obligaría a recoger mierda de perro caliente con un papel o bolsa de plástico.  Yo no valía para tener y cuidar un perro.

 

          Yo quiero encontrarlos –dijo Mari Luz Filtry-.

          Mejor dirás que sobre todo quieres encontrar a uno.

          Bueno, esta bien, encontrarlo, pero de eso no te voy a hablar ahora.

          De acuerdo,  te ayudaré a escoger la raza.

          Gracias Juan Luís.

 

En esta llanura polvorienta

No sé que pasa en ésta llanura polvorienta a estas horas del día. No hace calor, no hace frío, pero el sol me molesta en los ojos. No hay montañas hacia las que dirigirse, solo me quedan las botas domadas pero cómodas que me acabo de calzar. ¿Qué es esto? ¿Dónde está el ritmo vital del mundo? ¿Y tú? ¿Dónde estás tú que no vienes a buscarme? Sigo andando, a pesar de todo despacio y descansado.

 

Esta noche me dormí mirando las estrellas sobre mi, había tantas sobresaliendo ansiosas en la oscuridad que me daba vértigo, en algún momento creí que  caía hacia ellas. No se oía nada, ni siquiera el rumor de un lejano viento removiendo el polvo antiguo de este desierto. Por el cielo no había rastros de presencia humana, ninguna luz intermitente que denotará la presencia de los aviones nocturnos que van a buscar otros continentes. Estaba solo y sin embargo no tenía miedo. Todo al contrario, crecía en mi la seguridad de que aqeulla exhibición de estrellas, el caliente suelo donde reposaba y yo formábamos parte de la gran amalgama donde se guarda todo, donde se ve todo, donde vive y muere todo, aquello que nos avasalla para convencernos de nuestra verdadera talla, aquello que nos acompaña, que nos alimenta y nos da de beber, ese lugar que amamos porque allí amamos, donde encontramos los lugares de nuestra memoria, donde sabemos que si lanzamos un beso al aire tenemos la certeza de quien lo recogerá: miembros de la amalgama eterna.

 

Al atardecer he llegado a una pequeña quebrada donde había varios arbustos y un árbol un poco más alto que yo. Una acequia de agua reflejaba el sol anaranjado sobre mi cara. Me senté, me descalce y hablé, dije hola a nadie o a todos, quería seguir allí aún sabiendo que pronto se acabaría mi vagar. Seguía sin hacer calor, sin hacer frío, solo la calidez del último sol sobre la piel anaranjada, subí la cuesta y cuando estuve arriba la vi, vi la oscura figura que se acercaba decidida hacia mi, y llegó la eternidad, la intensidad que la imaginación y el pensamiento produjo en mi la media hora que calculaba pasaría hasta que alguien me hablara. Nunca he podio pensar de forma más clara y certera, nunca mi imaginación ha sido tan deslumbrante, tan extrañamente vigorosa. Me senté, el sol estaba a punto de salir de la escena, y de repente sentí frío, un frió  que quizás indicaba mi deseo de que ella me tapará cuando llegara. Faltaban veinte minutos aún, calculo.

 

Quién puede saber

Hace poco, poco tiempo, puede que diez días, entre las sombras verdosas y las manchas de luz que el sol abre entre las tupidas ramas de los grandes árboles de un bosque olvidado, más allá del gran río y lejos de cualquier carretera o transitado camino que las guías de viaje hubieran podido enseñar, había una casa de madera avejentada donde vivía un hombre solo que no siempre lo estuvo, y que pronto cumpliría cuarenta. El hombre, sentado fuera de la casa en una silla y apoyado en una mesa de madera gastada, leía mimado por el sol de la tarde en la tregua de un otoño lluvioso que calentaba su ánimo aunque no tuviese a nadie a quien decirle lo a gusto que estaba en aquel preciso momento. Levantó la vista de la página que la leve brisa levantaba por sus bordes y se entretuvo escuchando el sonido feliz y misterioso de las hojas de los numerosos árboles que poblaban y le acompañaban en aquel lugar tan apartado. Las nubes y el sol comenzaron a perseguirse y la brisa se hizo viento, y el viento era frío más allá de lo esperado. Echándose hacía atrás en el respaldo de la silla, estiró las dos piernas juntas mientras cruzaba sus brazos satisfecho, evitando que no se fuese el escaso calor que su cuerpo había atesorado. Tosió, bebió agua, miró detrás de él y apoyo su brazo sobre el respaldo de la silla ladeándose mientras cruzaba las piernas y miró el suelo. Una hoja de papel que había sobre la mesa voló rauda en dirección a los árboles, y él la vio alejarse y quedar retenida por un arbusto seco ya en el interior del envolvente bosque como ayudándole. Se levantó a recogerla, y eso hizo, solo que siguió andando, despacio, pisando las sombras donde el viento ya no se notaba, rodeando árboles, pisando la tramposa hojarasca. El ruido de las copas lo envolvió, y él siguió andando mirando hacia arriba de vez en cuando como buscando una salida por si acaso. No paró de andar en dos horas, y cuando llego al risco donde tantas veces se había sentado para contemplar el mundo que lo rodeaba, respiró y también se sentó entonces. Subió la cremallera de su cazadora y se sintió de nuevo contento allí, y después una lágrima acarició su cara, limpió sus mocos con la mano y se secó en el pantalón. Se restregó los ojos y no pensó en nada. El viento trajo gotas de lluvia, olía a mojado, pero tampoco tenía a nadie a quien decirle lo bien que olía, lo fuerte que le hacía. Miró las negras nubes a su izquierda, miró el cielo azul a su derecha cual mariscal que contempla a dos ejércitos que pronto se enfrentarán, sabiendo ya que el sol se retiraría prudente para volver mañana. Y las nubes se hicieron invisibles y transparentes de agua, y comenzó a llover. El hombre volvió corriendo al bosque donde el paraguas de las hojas le permitiría llegar a su casa. Y sintió ahora el ruido de la lluvia sobre las copas de los árboles como un sonsonete creciente. Aceleró el paso y finalmente llego a su casa, el libro que había dejado encima de la mesa estaba en el suelo empapado. No lo recogió pero entró la mesa y la silla de madera y cerró la puerta tras él. Ya no saldría ese día, echo el cerrojo aun sabiendo que no vendría nadie, nunca había venido nadie. Se tumbó sobre la cama después de quitarse las botas mojadas, tenía frío. Se arropó, se durmió y soñó. Alguien diría que era un hombre triste, pero como explicar que no se sentía solo, que no era tristeza lo que mayormente sentía, cómo contar que a veces le invadía una extraña alegría por tener frío y calor, por poder oír el sonido del bosque y del agua. Sí, tal vez aquello era una vida aburrida sin nadie a quien contarle sus sentimientos, los días pasaban veloces y las noches se entretenían en salir. Cuando ella vivía allí nunca notaba si había luz u oscuridad. Él nunca se aburría, todo al contrario, se reía mucho, hablaba y la escuchaba, y también se oía él. Un hombre solo no se oye a si mismo, no habla, se comunica con él mismo con su propio lenguaje interior, pronuncia palabras y las escucha pero nadie le oye pronunciarlas, tampoco él. Cuando ella estaba tocaba su piel, y ella lo tocaba a él, también se enfadaba, el también. Le gustaba volver a casa con la leña, o con la compra que adquiría en el pueblo más cercano al que bajaba cada dos semanas, y verla allí, sentada leyendo o pintando sus pequeñas joyas en la puerta, y como levantaba su cara y su sonrisa se comenzaba a dibujar en su cara al oírlo llegar. Ahora ella no está, no se fue pues no la vio partir, no sabe qué pasó, por qué de repente su vida cambió. La echó de menos más de lo que se pudo imaginar, y pronto los árboles y los sonidos sustituyeron a las palabras y al placer. Y ahora cree que ya se ha acostumbrado, pero en la noche se despierta y llora, y así todas las noches. Y al levantarse siempre mira hacia el bosque, hacia el lugar donde está la piedra donde los dos se sentaban a hablar, y ella a veces a dibujar, allí, donde fue la última vez que la vio. Y él sabe, aunque enseguida lo olvida, que aquello no es vida, que se va a volver loco si es que ya no lo está, que en realidad si que es un hombre triste y solitario, un eremita sin propósito ni motivo, que probablemente morirá en aquel rincón perdido sin que nadie se enteré, sin que nadie lo eche de menos. Y quiere y no quiere. Aunque se diga: ¿Quién puede saber lo que yo siento al arroparme mientras llueve fuera y los árboles suenan en la noche? ¿Y al despertar en las mañanas de verano, y mear entre los árboles y sentarme después a tomar un café en el frescor de la mañana mientras reinicio la lectura de la noche anterior? Pero también se diga a veces en su lengua interior: ¿Pero de que sirve todo eso en mi vida renunciada? Comenzó de nuevo a leer, y se olvidó de todo. Pero a la mañana siguiente tomó despacio su café y puso en su mochila tres libros, la poca ropa que tenía y una foto y comenzó a caminar, miró atrás y se paró a contemplar su antigua vida. Se volvió y meó en su piedra, supo que ella se reiría, como él ahora.

Desde el balcón donde atardece

Desde el balcón donde atardece

He recuperado este texto que es de febrero de 2002, que modifiqué en 2005 y que he vuelto a modificar ahora. Me he acordado de aquella tarde de agosto, cuando mi hija era más pequeña, y juntos mirábamos un atardecer de los que suelen darse sobre Madrid en verano y que te dejan fijado al sitio. En aquel balcón del décimo piso de la casa de Alcalá yo la miraba sorprendida por el espectáculo.

 

Sobre la bruma de la gran llanura,

de edificios erizada,

cosen tus ojos candentes

con las cien agujas de iglesias

la provisionalidad del mundo aparente

 

 

Abajo cuatro niños corren

entre sonidos de coches que pasan

a la hora en que todo despierta

tras el sopor paciente

 

En la hermosa  tarde 

apareces suspendida

aprendiendo sin saberlo

que este mundo te pertenece

 

Me gusta verte extasiada

sobre la plaza de bancos de sol calientes

tu boca abierta me imanta

de tu suave cara iluminada y ausente.

La sirena azul

Hoy la sirena azul resplandece en el mar gris. Su largo flequillo resguarda su cara del sol mediterráneo tallando su perfil de reina. Me mira, o lo creo, al girar para acomodarse  sobre las rocas de la isla soleada. Su gesto no es serio ni alegre, pura vida, pero su limpio cuerpo al sentir la mirada de los marineros que en sus naves pasan se transforma ofreciendo una recién estrenada belleza como tigre recién bañado en un lago del Himalaya. Yo soy el único que a estas horas está despierto sobre la cubierta de este barco que cruje sobre el mar oscuro, entonces levanta la cabeza y me mira, o yo lo creo, primero de soslayo y luego fijamente, trastocando para siempre la  paz que creía yo me gobernaba estas tempranas horas del día. Me conformo primero con admirarla incrédulo sobre la rocalla del mar cálido, luego, no  recuerdo como,  me arrojo al mar y sin cansarme hacia sus ojos nado. Cuando ya  palpo la roca suave no hay nadie sobre ella, ya no puedo volver al barco ni trepar la roca para buscarla, pero ahora una voz suave me llama, la veo cercana sobre la arena blanca de una hasta ahora invisible cala, es ahora una  mujer plena, viste su azul camisa y sus azules pequeñas bragas, me quito la ropa mojada mientras  me seca y su cuerpo calentado por el sol me abraza y quema. De la mano me lleva hasta su lecho blanco en el interior de una pequeña cueva, y allí pierdo la noticia del tiempo y la capacidad del recuerdo. Solo el sabor de mi boca me permite balbucir el fruto de la delicia ahora. Suspendido en el tiempo la abrazo y protejo en la oscuridad estrellada mientras miro el trozo de noche y mar que recorta la entrada de la cueva desde este tálamo griego.

 

Y ahora, bendita musa en la mañana que saltas sobre lo cotidiano,  gracias por permitirme escribir y ganar diez minutos de vida plena, pues ahora se que, como Ulises en su Odisea,  incluso con tapones en lo oídos y atado al mástil de la nave, sucumbiría a tus cantos, sirena azul camino de la perdición, a buen seguro muy literaria, pero bendita tu, y la perdición que a tu playa me arrastra.