Una bolsa de plástico azul

El aire juega con una bolsa de plástico azul que parece exhibirse en su vuelo alrededor de los paseantes. Estoy seguro de que alguno de ellos se acuerda de la escena de la película “American Beauty”, aunque allí la bolsa sea blanca y aparezca en la imagen de una pantalla de televisión que una pareja mira desde el sofá donde ambos están sentados.

Hace un calor intenso hoy en Barcelona, un calor húmedo, pesado, de fin del mundo. No puedo evitar acordarme de las descripciones que hace Paul Theraux de algunos poblados de Ciudad del Cabo, del norte de Namibia o de Luanda en su libro “El último tren a la Zona Verde”. Allí, sin embargo, al calor se suman la suciedad, la fealdad, el mal olor, el ruido, los gritos, la miseria y la violencia, es decir, es un calor multiplicado por un millón, lo que nos daría un resultado cuyas unidades de medida tal vez servirían para medir la desesperación y la resignación, los deseos de suicidio o tal vez la capacidad de supervivencia. Una situación en todo caso incomparable con este calor que uno olvida mientras sigue el vuelo lento de una bolsa de plástico azul que da vueltas junto a un grupo de hojas secas delante del escaparate de una moderna tienda de calzado Camper, y con el recuerdo adosado de una película que allá, a buen seguro, no puede existir en las memorias.

En este bar donde ahora tomo café frío, que ahora es de una pareja china, el frío del aire acondicionado hace difícil concebir cualquier situación lejana y africana. Cómo diría Faemino y Cansado, pero cambiando la clasificación de los mundos, esto sería “El orgullo del primer mundo”. Ese orgullo que podría ser el revés de la vergüenza; este frio que nos libra del calor y esa bolsa de plástico que en su danza nos procura una diversión sofisticada y liviana que nos distrae de nuestras preocupaciones, tan alejadas de las que tienen que ver con la mera supervivencia y con el horror de vivir en tantos lugares de tantas ciudades, por ejemplo africanas.

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La lagartija

La tierra se había endurecido tras las grandes lluvias que lo cambiaron todo. Al secarse, los charcos habían formado un relieve nuevo. La humedad y la tierra arrastrada lamían las casas. En su discreción, el silencio cubría las calles, y todo era feo.

Aquel hombre parecía ausente. Tan sólo le irritaba no tener café por las mañanas, pues la tienda y el bar habían cerrado. Caminó hasta el lugar donde vio a su hija por última vez, y recordó de nuevo el barro paralizante bajo el diluvio que le impidió llegar hasta ella; vio su mirada y sus brazos esperando que él la agarrara, después, jamás volvió a verla. La buscó sin parar durante días. Ahora volvía cada mañana al mismo lugar donde dejó de verla. ¿Qué le importaba no tener futuro en el que pensar?

Una lagartija asomó por el agujero de un ladrillo roto y se detuvo complacida bajo el sol ardiente. Los dos se miraron. La lagartija se alejó confiada y él la siguió con la mirada hasta donde la niña había abandonado su lugar en la Tierra. Se paró y le miró antes de desaparecer en el hueco de la huella de una sandalia.

Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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Dejar la casa

Dejar una ciudad en la que has vivido largo tiempo, es además de dejar de ver a tantas personas, incluida tu familia, dejar de caminar las calles en la que quizás aprendiste a andar, (incluso haciendo eses), y también a tropezar, (incluso cuando hacía eses). Es también abandonar la seguridad de lo conocido, olvidar los mecanismos asimilados que nos permitían movernos sobre un plano inscrito en nuestra mente sin apenas pensarlo, sabiendo quien era quien en nuestras referencias habituales. Pero dejar una casa es definitivamente romper con un pasado al que no se puede volver. Sí, ya sé que el pasado nunca vuelve, y que nunca se retoma nada en el mismo punto que se dejó, aunque sí los olores, los calores y los fríos de los lugares vividos, aliados casi siempre a los recuerdos voluntarios o no. Puede incluso que siga existiendo aquel banco, aquella valla por donde no pasaba nadie por la noche, aquel bar alrededor del cual, ahora que lo pienso, tantas personas, tantas miradas, tantos lances y palabras, pasaron a formar parte de nuestra vida.

Dejar la casa, dada la imposibilidad de llevar contigo tantas cosas, a veces supone tirar parte de tus libros, deshacerte de la ropa vieja, de tus antiguas sábanas, de las camisas pasadas de moda, de aquellas botas que no sabes por qué guardas, de la enciclopedia de fotos en blanco y negro que nunca más abriste, de las cajitas llenas de pretendidos jalones de tu vida inservibles pues ya no recuerdas que te deberían recordar, de esos marcos que una vez contuvieron las fotos de tus exposiciones particulares. Y también de los viejos papeles formales, oficiales, creativos, recortados; de los trabajos universitarios de distinta índole guardados para un futuro posible que ya se adivinaba imposible aun ordenados en carpetas. De aquel ordenador blanco ahora obsoleto e increíble ahora, que tanta pena te dio abandonar. Tantas cosas, sí, y también tantos recuerdos unidos a ellas, pero sin embargo prescindibles dentro de la carga que en la vida uno va arrastrando, salvo aquel libro, aquel chupete de los niños, aquella casa de muñecas, aquella foto, aquella figurita que de vez en cuando miras, y que no sabes por qué, son especiales, aun sabiendo que en realidad les hemos concedido un nuevo plazo de existencia entre nosotros.

Pero sobre todo, en la casa de la que yo hablo se quedan los panoramas, las vistas. Aquellas que al amanecer cuando el sol que trepaba sobre los cerros iluminaba los libros entre ceniceros sucios y vasos de café fríos, un nuevo trayecto hacia la cocina a tirar los ceniceros o a por un café nuevo. Aquellas que al mediodía además dejaban pasar por la ventana abierta de la cocina el aire frío que neutralizaba el olor del sofrito. O aquellas otras que al atardecer, cuando los bloques de ladrillo ardían en el verano y los aviones de Barajas entraban o salían por encima de la creciente superficie de un Madrid a pesar de todo incompleto, feo bajo la boina negra de humo, pero clamorosamente hermoso bajo los cielos rojos, surcados de azules puros en la tarde de primavera. Madrid, siempre fue desde allí un respiro donde dejar deambular la mirada, algo que mostrar a otros, algo también prescindible, fuente inspiradora y, ahora que también lo pienso, -por encima de todas estas torres plagadas de cigüeñas-, una promesa de trascender la realidad inmediata, un lugar a donde ir y desde donde volver, treinta kilómetros más allá llenos de edificios de variados colores y alturas, de autopistas, de solares intercalados que iban del verde al amarillo a lo largo del año, treinta kilómetros a partir de esta ciudad que a los pies de este décimo piso estaba tan cerca que quería saltarla, traspasarla. Esta ciudad de la que me alejaba sin nostalgia y a la que volvía con placer de reencontrarla. Esta ciudad que añoraba sabiendo que antes la había aborrecido y ahora ni chicha ni limoná. Esta ciudad caliente, donde siempre es verano a pesar del frío de diciembre. Esta ciudad que observan mis hijos sorprendidos desde los mismos miradores a los que yo me asomaba cuando ellos no existían.

Las otras ventanas, la otra vertiente de la casa, me inclina hacia los cerros de pinos crecientes que motean las tierras marrones, iluminados por el sol después de la tormenta; lugar de tantas escapadas, tan lejanas ya en el tiempo: aquellas junto a una tropa de compañeros de instituto en busca de cuevas misteriosas que se escondían entre los cerros habitados por conejos y las balas clavadas en las paredes del río, excitados por la aventura de sus apenas 13 años, y que quemaba los cuadernos de clase para hacer antorchas y atreverse en la oscuridad amenazante de la cueva mítica (el Champiñón, un hito a medida de la ciudad de abajo). También otras aventuras, como aquella que se iniciaba ayudándola a cruzar el río que nos separaba del oriente cercano donde como una premonición se situaba el castillo árabe, para, desde el pie de su torre derruida contemplar la ciudad desde la oscuridad de una noche de verano, mientras las horas pasaban y pasaban.

En esta casa que se abre al amanecer por el Levante de sus ventanas y se despide por el Poniente ha ido quedando la huella del frío y el calor, de la lluvia y los truenos, bajo un techo que precipita los sentimientos que ha acogido (tantos) entre sus dos vertientes, por encima del mundo cercano, o lejano, según queramos mirarlo. Ya lo dije, son más las vistas que recordaré de esta casa que todo lo material que contenía.

Pero demos ahora la vuelta a la esquina y echemos un jarro de agua fría necesario a la melancolía que tanto nos conforta cuando no sabemos adónde mirar, ¡existen tantas miradas desde tantas atalayas! Siempre la nuestra tiende a ser la mejor, la insuperable, pues es, al fin y al cabo la que conocemos, casi siempre la única que conocemos, y sin embargo, cada uno tiende a pensar y a sentir lo mismo por la suya, a pesar de las diferentes expresiones poéticas que las retratan, lo mismo en esencia, aun aborreciéndola. ¡Tantas casas!

50 The Rolling Stones

50 años de la primera actuación de los Rolling Stones en el Marquee de Londres. ¡Cómo pasa el tiempo!  Tantos momentos:  alegría,  rabia, desesperación, amor,  soledad, camaraderia,deseo,

My back is broad but it’s a hurting

All I want is for you to make love to me

I’ll never be your beast of burden

I’ve walked for miles my feet are hurting

All I want is for you to make love to me

Beast of burden

 

efervescencia, superioridad, sinceridad, encuentro, recogimiento, reconocimiento, euforia, baile, teatro, cantar, compartir,  enseñar, aburrimiento, compañía, casualidad, búsqueda

So I called you on the phone and your friend said “she’s not home”

So I told her where I’d be at and that you should call me back

Then I looked at the morning mail, I was not even expecting a bill

Your letter a-started “Dear”, and it left me with these tears.

It was a sad day, bad day, sad day, bad day

Sad day

 

en mi habitación, en el metro, en el cine, en el estadio, en directo, en la radio, en la televisión, en el tocadiscos, en el CD, en el ordenador, en la voz de otros, en los altavoces de una fiesta, en los continentes  de la Tierra, en el recuerdo, en la imaginación, en la calle, en

2120 South Michigan Avenue

 

Tantas veces tantas canciones, tantas veces conmigo, mi propia banda sonora, compañeros desconocidos, y por eso mismo tan particulares. Sentimos cosas aparentemente iguales y sin embargo tan diferentes al escucharlos, adaptadas a nuestros deseos o a nuestras necesidades.

I come to you, so silent in the night

So stealthy, so animal quiet

I’ll be your savior, steadfast and true

I’ll come to your emotional rescue

I’ll come to your emotional rescue

Emotional Rescue
 

Tan diferente de lo que puede sentir mi prima al escuchar sus canciones, por mucho que entendamos la letra y sintamos el ritmo de la música y el timbre inconfundibles de Mick Jagger.

I was born in a cross-fire hurricane

And I howled at my ma in the driving rain,

But it’s all right now, in fact, it’s a gas!

But it’s all right.  I’m Jumpin’ Jack Flash,

It’s a Gas!  Gas!  Gas!

Jumpin’Jack Flash

 
Como a cualquiera, a los Rolling Stones puedes serles fiel de por vida, o los puedes abandonar a lo largo de ella, o pasar a tratarlos con indiferència; como la propia existència, pero muchos días, en los vaivenes del amor a tantes cosas que nos rodean, cuando sin quererlo, detecto los compases de una canción suya que al principio no se identificar, algo en mí se remueve de forma involuntaria,

When the train left the station

It had two lights on behind

Yeah, when the train left the station

It had two lights on behind

Whoa, the blue light was my baby

And the red light was my mind

All my love was in vain

All my love’s in vain

Love in vain

 
50 años no es tanto tiempo: tiempo cruel, sabio, perdido, gastado, adornado, sobrellevado, quemado, malgastado, sublime, inolvidable, alejado, presente a pesar de toda la niebla que nos va envolviendo, tiempo dorado:

Yes, star crossed in pleasure the stream flows on by

Yes, as we’re sated in leisure, we watch it fly

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

Time can tear down a building or destroy a woman’s face

Hours are like diamonds, don’t let them waste

Time waits for no one, no favours has he

Time waits for no one, and he won’t wait for me

Men, they build towers to their passing yes, to their fame everlasting

Here he comes chopping and reaping, hear him laugh at their cheating

And time waits for no man, and it won’t wait for me

Yes, time waits for no one, and it won’t wait for me

Drink in your summer, gather your corn

The dreams of the night time will vanish by dawn

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

No no no, not for me….

Time waits for no one
 

Dar gracias suena a agradecimiento a la divinidad cristina, pero ellos se merecen el sacrilegio por haber escrito, compuesto y actuado para nosotros,  más allà del valor de todos sus discos o de la entrada a sus conciertos.

Congratulations

Congratulations

Well done, my friend

You’ve done it again

You’ve gone and broken another heart

Yeah, you’ve torn it apart

Congratulations

 

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

Consecuentes

● El ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, al comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn: “Mañana aprobamos la reforma del mercado laboral y va a ser extremadamente agresiva, con mucha flexibilidad en la negociación colectiva y reduciendo la indemnización por despido”.

● El ministro de Justicia, Ruiz Gallardón sobre la reforma de la ley el aborto: “Probablemente, lo más progresista que yo vaya a haber hecho en mi vida política, es defender el derecho a la vida”:

T R I B U N A L S U P R E M O      Sala de lo Penal

Sentencia Nº: 79/2012

Debemos condenar y condenamos al acusado Baltasar Garzón Real como autor responsable de un delito de prevaricación del artículo 446.3º, en concurso aparente de normas (artículo 8.3) con un delito del artículo 536, párrafo primero, todos del Código Penal, sin la concurrencia de circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal, a la pena de multa de catorce meses con una cuota diaria de 6 euros, con responsabilidad personal subsidiaria conforme al artículo 53 del Código Penal, y once años de inhabilitación especial para el cargo de juez o magistrado, con pérdida definitiva del cargo que ostenta y de los honores que le son anejos, así como con la incapacidad para obtener durante el tiempo de la condena cualquier empleo o cargo con funciones jurisdiccionales o de gobierno dentro del Poder Judicial, o con funciones jurisdiccionales fuera del mismo, así como al pago de las costas procesales, incluidas las de las acusaciones particulares. Sin condena en cuanto a responsabilidad civil.

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 Cada vez es más evidente quienes son los que mandan ahora en España y que es lo que piensan, recordémoslo más a menudo, sirvan estos recordatorios cogidos casi al vuelo.

Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

ETA, Gadafi

Hoy la portada del periódico es inolvidable por la impresión que causan los titulares de la primera página; ETA deja la lucha armada y Gadafi muere linchado por la turba. ETA no ha tenido suerte con su puesta en escena, el cadáver golpeado de Gadafi le ha arrebatado las portadas, aunque ya la había perdido hacía mucho tiempo, diría que desde sus comienzos, más allá de los aplausos de sus acólitos, más allá de la admiración que le dispensaban quienes la mitificaban, o mitificábamos en sus principios, por su arrojo contra la Dictadura, reconvertido después, -luego caímos en ello, y tanto que caímos- , en miseria intelectual y humana que enseguida se mostró en carne viva, o mejor diríamos, en carne muerta, perdonad este oportunismo barato.

A los del comunicado de ETA no se le ve la cara, a Gadafi la de un cadáver maltratado. El trío de ETA aprovecha el decorado de otras funciones, las banderas pertinentes, las capuchas vergonzantes, las boinas identitarias, el puño en alto. A Gadafi le hacen fotos con teléfonos móviles algunos de los que le maltrataron o mataron, inmóvil para siempre ya, y a merced de los fotógrafos, primero asesinos.

Los que quedan de ETA salen ilesos, no se si radiantes, pero salvando el tipo, no sus encarcelados o sus propios muertos claro; y mientras, a sus víctimas las recuerdan quienes vencieron a los de la boina, es decir nosotros, pues los del comunicado no tienen sitio para incluirlas, ¡faltaría! Gadafi no sale, se queda, sus víctimas se lo han cobrado, o eso creen.

El terror se va, de España, de Libia, aunque no estoy seguro de que en el caso de Libia, después de ver las últimas imágenes grabadas antes de que Gadafi muriera,  eso sea así y no vuelva envuelto en otras banderas. Respecto al terror vasco, me parece una excelente noticia que el miedo haya desparecido para tantos que no estaban en la onda de los “valerosos”  gudaris, pero eso no puede servir para que se crean legitimados como eméritos héroes que viven de las rentas de sus hazañas,  aunque ya no maten. Bien que todo acabe, bien que cada uno apechugue con su conciencia, pero se solicita discreción.

No lo olvidemos, la primera condición del arrepentido es que primero fue un asesino o un ladrón. No se lo estaremos repitiendo, pero que no se les olvide nunca,  tampoco a nosotros. Todos erramos, sí, pero apechugamos con las consecuencias, o con las noches en blanco de nuestros errores, no los salvemos por tanto, tienen derecho a ser otros, pero han sido unos desalmados, nosotros no, al menos no hemos caído por esa sima humana, y esa contención a nosotros si nos redime, a ellos sólo el arrepentimiento sincero,… y la discreción.

Lo hecho hecho está, no quisiera ser entonces aquel que de repente cae en pensar en las vidas que impidió continuar por su colocón patriótico, su seguidismo de cuadrilla, la falta de valentía para ser otro; para mi sería insoportable, creo que igual que para aquellos que de repente despiertan a la cotidiana realidad de una vida normal lejos del sinvivir de esconderse.

Recuerdos de neopreno

Esta tarde he sabido que nunca seré un padre al que sus hijos recuerden en el futuro mientras realizaban juntos algo inolvidable, porque habría permanecido grabado a fuego entre las circunvoluciones de sus cerebros.

Esta tarde de domingo de septiembre, mientras mis hijos buscan piedras, que son especialmente bonitas en esta playa de una cala lejana y hermosa de la Costa Brava, en esas horas en las que tendemos a ser trascendentes tras un día de sol de verano, asisto sentado sobre las piedras de la playa a las evoluciones de una familia con dos hijos vestidos todos con trajes de neopreno que nadan frente a mi. Los padres tienen más de cincuenta años, los hijos, unos 18 el chico y unos 16 la chica.

Si la vida familiar del grupo es acorde a la imagen de unión y felicidad que transmiten, este padre con barba que ríe sin complejos, será recordado en el futuro por esta niña y este niño cuando les llevaba a nadar a última hora de la tarde en aquella cala donde ya no quedaban más que ellos, huída ya la población flotante de domingueros, turistas y segundos residentes. Alrededor nadaba la madre que, como una sirena rubia, se limitaba a escoltarlos, aunque dudo que su patrulla sea recordada más que como la de una acompañante prescindible.

Aquel hombre seguro guiaba a sus hijos en las breves inmersiones y en los juegos en manada que iba y venía sin alejarse demasiado de la orilla. En un momento dado salieron y treparon a un muro de unos cuatro metros que podía haber sido el jardín romántico de una finca que cerraba la cala por su lado sur. Desde allí el padre y el hijo se tiraron de cabeza al agua. La niña dudaba y entonces el hombre de la barba la animó a tirarse, cuando finalmente lo hizo la acogió con risotadas y aplausos. En el seno de la familia feliz aquello le reafirmaba ante los dos hijos y la mujer que ahora se acercaba. La manada retomó entonces su periplo anterior y volvió al centro de la rada con sus neoprenos brillantes en la tarde que ya recogía indicios de la oscuridad cercana.

Tendemos muchas veces a desear protagonizar escenas que nos admiran, a desear ser como otros que imaginamos más felices, más ricos, mas aguerridos que nosotros pensamos que somos. Eso me ha pasado a mí a veces. El otro día, mientras estaba sentado en aquella playa de piedras miraba el mar y de vez en cuando me fijaba en la familia nadadora, pero no deseé ser aquel padre,  supe que yo no podía ser así. Por mi cabeza pasó también la idea de si yo era un fracaso como padre porque probablemente no iba a ser recordado en el futuro en actitudes semejantes con mis hijos, pero la realidad era la realidad: yo no nado muy bien, mejor dicho, nado muy mal;  me da mucha pereza ir a comprar un traje de neopreno para mi y para mis vástagos; y no me gustan las aguas profundas o menos profundas ni la playa, -quizás por efecto de lo primero-, si no es para mirarlas.

Pero  hay tantas cosas que no me gustan, tan pocas vistosidades que deseé y que puedan  encandilar a los niños, -aunque me guste seguir encandilándolos, -y que de paso sirvan de alimento a su memoria de hechos sublimes que, a lo mejor lo que soy es un padre anodino, aunque en esto como en la experiencia del neopreno, no es tampoco del todo cierto. Digamos que la memoria sabe escoger y poner en valor, y si no alberga experiencias forradas de neopreno, tendrá otras que en el momento uno no es capaz de reconocer como susceptibles de ser recordadas, pero que el tiempo se encargará de hacer brillar, y las que no, las enterrará bajo el polvo oscuro de lo prescindible.

Nota: Tal vez, a algún “emprendedor” (la nueva palabra para definir empresario, tan de moda ahora) se le ocurra la planificación de recuerdos generados mediante la organización de actividades de ocio para padres avezados, cuyo recuerdo florecería en un futuro más o menos lejano en la memoria de unos hijos que, de repente, recordarían con cariño aquellos años, aquellos momentos vividos con su padre, tal vez en una cala lejana.