Deseos, nostalgias, pero alegrías

Soportales

Añoro ahora, y no puede explicar muy bien por qué, caminar en las primeras horas de la tarde por la calle Mayor en dirección a la Plaza de los Santos Niños, e ir atravesando las sombras de las columnas que cortan sesgadas sus aceras de mi lado izquierdo. Puedo sentir en mi piel y bajo mi ropa el calor acrecentado por las piedras, pero sobre todo la extraña alegría de recuperar algo perdido o escondido en mi mismo.

A veces me pregunto si podemos ser plenamente nosotros en un lugar diferente a aquel en el que has vivido tu niñez, tu juventud y parte de tu madurez, y pienso que sí, que sí que podemos, lo que no podemos es obtener en nuestro nuevo lugar las recompensas que solo nos aguardan allá donde fuimos niños, jóvenes o adultos, por mucho que nuestro nuevo lugar en la Tierra nos guste. Dónde si no podemos reencontrarnos con nuestras propias, rotundas y negras sombras bajo éste sol alto en este aire nítido de la meseta donde estuvimos tanto tiempo. Dónde si no nuestros recuerdos agazapados entre los soportales. Dónde nuestros pasos que cruzaban la calle buscando y encontrando, celebrando y penando. Donde, en fin, nuestras imágenes guardadas de nosotros mismos y de aquellos que nos han acompañado paradas todas en un determinado tiempo, en una determinada edad, como fotografías que cobran vida al salir incrédulas de nuestra memoria.

Ahora son las once y media de la mañana en Barcelona y sin embargo yo estoy paseando junto al Hospitalillo buscando ya el refugio de los soportales en este día de julio cuando son las cuatro y media de la tarde.

Me siento acariciado por este calor recobrado y viejo, acogido en este lugar hermoso a esta hora del día, tal vez porque no espero que nadie lo haga, porque penetro de nuevo el alma de un lugar al que pertenecí y pertenezco y por eso me siento uno más. Nadie me da las gracias ni lo espero, pero nadie me pide nada, “aquí estamos, cuando quieras, ya sabes” parece decirme una voz irreconocible. Aquí un abrazo equivale a abrazarse a nuestra vida recobrada en los demás, en los que encontramos y notamos que el tiempo pasó por ellos, como ellos lo notan en nosotros, pero también en los que ya no están y que siguen estando con nosotros.

Alguien me llama, es una mujer, no la reconozco al principio, pero nos acercamos y sí, nos damos un beso, miro el tiempo que no nos vimos en su cara, como ella lo mira en la mía y supongo que también la densidad de mi pelo, reímos, resumimos en minutos nuestras vidas, nos despedimos. Camino ahora empujado por la alegría del encuentro, de verla, y también por la alegría de reconocer en ella su alegría de verme. Estoy aquí, la geometría la física y la geografía de nuestras vidas nos sirven para situarnos en el mundo y no marearnos.

Dos personas cruzan la Plaza de los Santos Niños, el cine que aquí había lo han cerrado, sigo andando y giro a la derecha, busco ahora la sombra de los árboles de la Plaza de Palacio, donde el silencio mayoritario y el sonido del débil chorrito de la fuente sobre el redondo estanque toca las teclas necesarias para poder, si te lo propones, amar el mundo. Cuando llego de vuelta por la calle de Santiago y de nuevo un pequeño tramo de la calle Mayor hasta la plaza de Cervantes aquí las imágenes se me agolpan. En una de ellas yo tenía por ejemplo once años y corría con un duro bien asido camino del puesto del señor Retabé a comprar sobres de soldados o con un mazo de tebeos para cambiarlos a diez céntimos por ejemplar. En otra imagen yo estaba sentado en un banco con un grupo de amigos a mis dieciséis años esperando el comienzo de la tarde del domingo, iniciando la ceremonia de la originalidad que mostrará a las chicas quien era yo, o quien no era. Otra imagen de mis veinte pocos años donde ella y yo íbamos de la mano camino de su casa hablando de cosas profundas a la medida de nuestra profundidad adquirida deseando al mismo tiempo llegar para tocarla y besarla en la oscuridad de nuestros variados escondites.

La Plaza de Cervantes era el lugar de la ciudad donde para nosotros empezaba todo, donde terminaba todo. Allí, y lo digo en presente, quedamos y nos despedimos, allí bebemos y nos encontramos, y allí juegan también nuestros hijos dando vueltas a la estatua del centro de la Plaza. Tantos paseos, tanta gente, besos, lágrimas, borracheras, resacas, encuentros inesperados o deseados, presentaciones, recaídas, renacimientos, nacimientos, miradas, cigüeñas, juegos, cervezas, coca colas, cigarrillos, actos políticos, actos jaraneros, extraños, ferias, madrugadas, mediodías, tardes, mañanas, no presencias. Es un gran rectángulo como muchas plazas claro, pero ésta es mía, contiene el mundo entre sus cuatro lados transparentes donde nos remansamos y miramos más allá. Es un lugar para quedarse, para llegar, para irse, para recordar y olvidar. Debe ser que nuestra vida comienza a ser larga y por eso de repente se me amontonan los recuerdos, ahora aparezco cogiendo de la mano a mi hijo en el pedestal de Cervantes, cuidando de que no se caiga en una de las vueltas.

Son las siete de la tarde ahora y la calle Mayor y la Plaza bullen. Las tiendas abiertas expulsan el aire frío, las piedras de los bancos de la Plaza arden del calor acumulado incluso ahora que las más cercanas a la entrada de la calle Mayor llevan una hora a la sombra. El paseo es ahora más accidentado pues los encuentros son casi continuos. Es curioso porque en mis visitas a Alcalá, cuando recorro la calle Mayor, hay veces que no me encuentro absolutamente a nadie y otras veces que me estoy parando casi de continuo con gente a la que saludo o simplemente a la que de vista reconozco.

Estoy feliz de estar en Alcalá de Henares a las siete y media de la tarde, incluso ahora que son las doce y media de la mañana en Barcelona.

La poesía

A veces la poesía es una realidad odiosa,

en su propia existencia

un lujo hiriente

como la luz blanca de un mediodía sahariano

a veces es un mamotreto inexplicable

remoto como un recuerdo

en nuestra mente apenas esbozado.

 

Entonces reposa escondida

en un cajón inencontrable

obligada por la ineludible realidad

del mundo obligatorio

el que nos marca, hiere y la condena.

 

Pero donde queda entonces

la completa vida

si unos versos

que trataron de aprehender el mundo

no la explican.

 

Donde quedan entonces los besos

si no pueden iluminarnos

más allá de su sabor,

de nuestras palabras

o nuestra imagen en el espejo

a lo largo del tiempo modelados,

por ejemplo en un poema.

 

No se puede viajar

ni avizorar el mundo

sin  recordar después

aquel mar de amarillo trigo

o aquel otro de azul  océano

que por siempre nos acompañará

tal vez dibujado

o por ejemplo en una poesía.

Pensamientos al comenzar el día

No es difícil darse cuenta de que apenas media hora después de salir de casa las cosas vuelven a estar igual que a la hora de acostarnos, o puede que no, puede que el día se tuerza en sentido ascendente y el sol se imponga templado sobre los charcos que ahora se limitan a reflejar el cielo y las farolas, a la espera de desaparecer y dejar sus rastro leve de barro sucio por las aceras. Mientras, en nuestros primeros pasos en el día, el cuerpo demuestra su alegría de estar de nuevo erguido, estrenando músculos y huesos, absorbiendo oxigeno para esponjar el soporte indefinible de nuestro ser y airear la corriente continua y cerrada de nuestro circuito sanguíneo. Entonces comenzamos a rescatar nuestros pensamientos, tal vez lazando una imagen antigua que una puerta en el presente nos franqueó, tal vez a propósito buscándola para recordarnos quien fuimos o lo que no debemos volver a ser. Son estos primeros momentos los que a menudo marcan la evolución de las horas, pero puede también que no, que una inesperada sonrisa acompañe nuestras vidas y nos haga preguntarnos como es posible que sólo una sonrisa muda guiada por una mirada clamorosa es capaz de insuflarnos la esencia de la fugaz alegría. Debe ser que la estábamos esperando, que era esa la que estábamos esperando.

De nuevo comenzar de nuevo

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A veces uno por fin cae en que las cosas no son como cree o imagina, que sus deseos, mal que le pese, son recreaciones que no tienen base real, por mucho que un día si la tuvieran. A veces uno debe ponerse de pie y caminar solo sin imaginar que va acompañado y alguien le sonríe aun no estando, entonces puede que sea mejor cruzar a pelo la calle cuando el muñeco del semáforo se le pone verde y tomar la acera en sentido contrario al que traía para despistar así su propia trayectoria. A veces el principio de un nuevo año puede servir para iniciarse de nuevo y elevar el ángulo de penetración de su cara para enfrentar la vida totalmente de frente. También puede comenzar la nueva libreta negra para anotar lo que quiera, para escribir lo más nuevo que su ser puede dar sin conexión con ese pasado, aun sabiéndolo imposible, ¿de que se nutrirían entonces las palabras?. A veces uno debe caer en que despertarse es nacer con la barba crecida, afeitarse y tras echarse aftershave saludar a la señora del cuarto y caminar por la ciudad como quien navega en una canoa marrón a favor de la corriente.

Ojos que no ven corazón que no siente, dicen que sucede, pero yo no estoy tan seguro, aunque ahora mismo, en la soledad fría de la mañana que nace sienta algo parecido a la alegría de estar vivo y las ganas de querer contarlo.

A veces uno cree que se disipan los recuerdos aunque también sepa que siempre vuelven los que uno quiere, y que nunca sopla tanto viento como para lavarse la piel y quitarse las legañas sin necesidad de restregarse con jabón y agua. Volverá también la rutina agazapada y días en los que uno cae de nuevo, en los que comienza de nuevo, cuando uno deja de deslizarse por la llanura irritante y congelada y se levanta y camina dejando por fin sus huellas sobre la tierra.

En esta llanura polvorienta

No sé que pasa en ésta llanura polvorienta a estas horas del día. No hace calor, no hace frío, pero el sol me molesta en los ojos. No hay montañas hacia las que dirigirse, solo me quedan las botas domadas pero cómodas que me acabo de calzar. ¿Qué es esto? ¿Dónde está el ritmo vital del mundo? ¿Y tú? ¿Dónde estás tú que no vienes a buscarme? Sigo andando, a pesar de todo despacio y descansado.

 

Esta noche me dormí mirando las estrellas sobre mi, había tantas sobresaliendo ansiosas en la oscuridad que me daba vértigo, en algún momento creí que  caía hacia ellas. No se oía nada, ni siquiera el rumor de un lejano viento removiendo el polvo antiguo de este desierto. Por el cielo no había rastros de presencia humana, ninguna luz intermitente que denotará la presencia de los aviones nocturnos que van a buscar otros continentes. Estaba solo y sin embargo no tenía miedo. Todo al contrario, crecía en mi la seguridad de que aqeulla exhibición de estrellas, el caliente suelo donde reposaba y yo formábamos parte de la gran amalgama donde se guarda todo, donde se ve todo, donde vive y muere todo, aquello que nos avasalla para convencernos de nuestra verdadera talla, aquello que nos acompaña, que nos alimenta y nos da de beber, ese lugar que amamos porque allí amamos, donde encontramos los lugares de nuestra memoria, donde sabemos que si lanzamos un beso al aire tenemos la certeza de quien lo recogerá: miembros de la amalgama eterna.

 

Al atardecer he llegado a una pequeña quebrada donde había varios arbustos y un árbol un poco más alto que yo. Una acequia de agua reflejaba el sol anaranjado sobre mi cara. Me senté, me descalce y hablé, dije hola a nadie o a todos, quería seguir allí aún sabiendo que pronto se acabaría mi vagar. Seguía sin hacer calor, sin hacer frío, solo la calidez del último sol sobre la piel anaranjada, subí la cuesta y cuando estuve arriba la vi, vi la oscura figura que se acercaba decidida hacia mi, y llegó la eternidad, la intensidad que la imaginación y el pensamiento produjo en mi la media hora que calculaba pasaría hasta que alguien me hablara. Nunca he podio pensar de forma más clara y certera, nunca mi imaginación ha sido tan deslumbrante, tan extrañamente vigorosa. Me senté, el sol estaba a punto de salir de la escena, y de repente sentí frío, un frió  que quizás indicaba mi deseo de que ella me tapará cuando llegara. Faltaban veinte minutos aún, calculo.