Conflicto territorial

Esta mañana he tenido un conflicto territorial con una pasajera del tren que me traía al trabajo, que me ha permitido empezar el día en sociedad de una forma distinta a lo habitual.

Como cada día, he ocupado un asiento al lado de la ventanilla, he desplegado el periódico, y entonces, casi a punto de que se cerrasen las puertas del vagón, ha hecho su entrada una mujer de edad mediana, bueno, pongamos que de 40, con aspecto de trabajadora vestida de trabajadora, no sé si manual o docente, tal era la indefinición de la información que me proporcionaba su aspecto indumentario, pero eso sí, muy celosa de su mismidad e inflexible en cuanto al espacio vital que, según ella, debía rodearle. Llevaba una anorak gris y verde, se agarraba a un libro gordo y gris como la anorak y su cara, y entre sus piernas apretaba un gruesa bolsa de tienda con asas.  Esta descripción la he tomado con posterioridad, durante nuestra convivencia), pues si no, difícilmente me habría apercibido de su existencia.

 Se ha sentado en el asiento a la derecha del que estaba encarado al mío, e inmediatamente he comenzado a notar su pie izquierdo (calzado con deportivas de batalla) que empujaba al mío derecho (calzado con botas por si acaso la lluvia) con leves toques para devolverlo a mi estricta soberanía, una, dos, tres arremetidas. Detectado el peligro y los síntomas en mi radar aire-tierra e interpretado éste como obsesión y paranoia, y como yo tenía también una mochila entre mis piernas, he tratado de acomodar mis extremidades para permitir una pacífica convivencia, pero ella no ha aceptado mi propuesta, y entonces me ha pisado levemente, todo hay que decirlo. Entonando el “No pasarán” de la defensa de Madrid para mis adentros, (hay aquellos tiempos en que las causas eran justas) y resuelto a no permitir más embates, hemos llegado a una tregua que, al poco, he creído definitiva mientras nuestros píes se mantenían tan juntos como si fuesen dos amantes imposibles. Ni por un momento se me ha pasado por la cabeza que sus intenciones fuesen otras que su exacerbado celo aduanero, cómo por ejemplo insinuaciones sugerentes para rebozarnos ya que estamos, en el pecado original que venimos pagando todos desde hace demasiado tiempo.

 El tren ha llegado entonces a su primer parada, y los dos asientos que cada uno de nosotros teníamos a nuestras derecha han sido ocupados por dos pasajeras que, sin saberlo, se habían adentrado en un territorio en guerra. Es entonces cuando ella ha aprovechado para reanudar su ofensiva, ahora ya  por tierra y aire, verbalizando sus deseos expansivos y señalando con su mirada la ilegalidad de mis fronteras: a las 7:36 ha cruzado mis límites territoriales y ha presionado mi zapato derecho pisándome levemente de nuevo. Yo, en una maniobra disuasoria he respondido ahora con un pisotón desinflado y leve que sólo intentaba hacer valer mi derecho a defender mis predios y mi determinación a no ceder ni un milímetro a sus ataques.

 Con una voz inclasificable y gris como su libro, su anorak, sus zapatos y su cara, ha farfullado no sé qué del espacio, entonces yo le he recordado (cabía la posibilidad de que no lo hubiese notado) la obsesión territorial que guiaba sus empujes desde el momento de habernos conocido como seres humanos  y haber rozado nuestros cuerpos. He tenido que insistir de nuevo en recordarle sus amargores que no indicaban nada bueno para su futuro y ha cejado aparentemente en sus embates (no había ya más sitio para desplegar su zapatos). Desinflada en una penosa mueca ha seguido farfullando en una voz inaudible y aparentando gestos de suficiencia venida a menos, mientras las dos testigos nos miraban, parapetadas bajo una aparente indiferencia y una neutralidad a la espera. He pensado entonces que yo ya había hablado demasiado para tan incruenta y baladí batalla, así que me he sumergido de nuevo en el periódico mientras la otra sufría para sus adentros, respirando de forma convulsa sobre su territorio, mientras se esforzaba por continuar con su libro que estoy seguro no ha podido seguir leyendo.

 Y por fin ha llegado la hora de apearme, para lo que he tenido que pasar por su lado haciéndole retirar sus piernas y sus tanques manchados de barro. No me ha agredido aunque he notado el odio de su mirada en mi cuerpo que previamente ya había blindado para evitar los rayos invisibles del desprecio.  Quién sabe, puede que no haya descargado los detritus de su digestión nocturna, y eso ha envenenado su ánimo.

Consecuentes

● El ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, al comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn: “Mañana aprobamos la reforma del mercado laboral y va a ser extremadamente agresiva, con mucha flexibilidad en la negociación colectiva y reduciendo la indemnización por despido”.

● El ministro de Justicia, Ruiz Gallardón sobre la reforma de la ley el aborto: “Probablemente, lo más progresista que yo vaya a haber hecho en mi vida política, es defender el derecho a la vida”:

T R I B U N A L S U P R E M O      Sala de lo Penal

Sentencia Nº: 79/2012

Debemos condenar y condenamos al acusado Baltasar Garzón Real como autor responsable de un delito de prevaricación del artículo 446.3º, en concurso aparente de normas (artículo 8.3) con un delito del artículo 536, párrafo primero, todos del Código Penal, sin la concurrencia de circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal, a la pena de multa de catorce meses con una cuota diaria de 6 euros, con responsabilidad personal subsidiaria conforme al artículo 53 del Código Penal, y once años de inhabilitación especial para el cargo de juez o magistrado, con pérdida definitiva del cargo que ostenta y de los honores que le son anejos, así como con la incapacidad para obtener durante el tiempo de la condena cualquier empleo o cargo con funciones jurisdiccionales o de gobierno dentro del Poder Judicial, o con funciones jurisdiccionales fuera del mismo, así como al pago de las costas procesales, incluidas las de las acusaciones particulares. Sin condena en cuanto a responsabilidad civil.

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 Cada vez es más evidente quienes son los que mandan ahora en España y que es lo que piensan, recordémoslo más a menudo, sirvan estos recordatorios cogidos casi al vuelo.

Balada de Moody’s y Standard and Poor’s

Una polvareda

transparente y naranja

va lamiendo las rocas de las montañas

atascándose en los valles

Una polvareda de otro tiempo

que enciende el futuro,

el temido

el que una vez llamamos fantástico.

Cuando cubra toda la Tierra

cuando incluso así no lo creamos

brotarán malvados vengadores

que germinaron a nuestro lado

Se cebarán en nuestros cuerpos cercanos.

e intentaremos imposibles alianzas

para neutralizar a los alquimistas

que fabricaron el dinero

y el mundo,

a su exclusiva medida.

Con sus sucias uñas se agarrarán

a nuestros desnudos hombros

a nuestros suaves traseros,

para que nos hundamos con ellos.

Y sujetaremos en alto a nuestros hijos

esperando extender

el futuro que les toca

sobrevolando la polvareda alta.

Necesitamos aprender de nuevo

como millones de veces hemos hecho

a corregirlo todo

absolutamente todo,

Tal vez tachándolo

para ahora por fin

comenzar de nuevo

y creérnoslo.

Los papeles de Wikileaks

Estoy leyendo estos días todas estas nuevas noticias, ¿nuevas? Sobre los despachos, informes o cables de las embajadas de Estados Unidos repartidas por el mundo, a su Departamento de Estado. De repente me parecía como si estuviese asistiendo a la apertura del sobre con la carta donde se explicaba el tercer secreto que la Virgen de Fátima contó a las pastorcillas, o la prueba definitiva de que hay vida en Marte, e incluso discotecas subterráneas que algunos astronautas terráqueos ya han visitado.

Leyendo ese cúmulo de papeles hemos visto confirmada la existencia de un mundo subterráneo, pero bajo ésta nuestra Tierra, que el ciudadano no conoce más allá de los comunicados oficiales de los gobiernos, las fotografías de seres sonrientes que se dan la mano tras entrevistarse y que intentan plasmar en esa pose, la transmisión de una idea sobre por ejemplo la buena sintonía entre sus dos países, o bien los discursos siempre contenidos, bien trabados y plagados de tópicos y sobre todo tan aburridos, con los que nos obsequian nuestros representantes políticos habitantes ya de otra galaxia en la que se establecieron huyendo de nosotros, que nunca sabremos entender las supremas razones que explican sus actuaciones, que siempre son, claro, en pos de un interés superior a nuestras mezquinas exigencias de justicia básica, a nuestra fea costumbre de no entender la “complicada” realidad que ellos si entienden, porque el mundo es “complicado” y no tan “de cajón” como el que podemos ve en nuestros trayectos diarios de nuestra casa al trabajo.

Es éste un espectáculo esperanzador, pues al contrario de lo que se dice, creo que humaniza a políticos, embajadores, jueces, fiscales, guerrilleros, primeras damas, hombres fuertes en la sombra, ulemas, militares, presos, mafiosos, sacerdotes, etc. Todo lo que sospechábamos y que ya habíamos aceptado nos escondieran, aceptando nuestro papel de comparsas, pues bastante tenían con lo suyo, resulta que ahora podemos verlo, leerlo y escucharlo como aquel diablo cojuelo que levantaba los tejados de Madrid para mostrarnos lo que pasaba bajo ellos. Y ¿qué descubrimos?, pues que tienen opiniones como nosotros más allá de sus gobiernos, que nos son tan rectos y sin alma como parecen, que son mezquinos y también agudos, que no se dejan llevar por sentimentalismos cuando del prójimo se trata, que son egoístas y también ensimismados, que detectan las pasiones humanas y sus debilidades, también del prójimo. Que son envidiosos y exhaustivos, en fin, que se parecen mucho a nosotros, y que, en definitiva, son tan simples como nosotros, tanto, que también mienten, y mucho, como nosotros.

Pero si, somos muy iguales, nos escandaliza lo que descubrimos en ellos, tal vez porque en el fondo habíamos depositado en ellos nuestra confianza y queríamos que fuesen realmente distintos. Queríamos creernos sus discursos y el mensaje de sus fotografías, porque necesitábamos creer en un mundo mejor, y sin embargo, aun con la buena noticia de poder saber lo que pasaba, de sentirnos más libres por ello, en el fondo también nos apena que sean como nosotros, aunque tal vez, ahora que parecen descubiertos cabe la posibilidad de un mundo más sincero en el que desaparecieran los dobles raseros y el mensaje soterrado de los gobiernos, de los jueces, de los bandidos, de los religiosos y de sus embajadores, aunque ya sabemos que esto no va a ser así, pues derrumbada la antigua torre, ya estamos asistiendo a la construcción de una nueva donde todos quepan de nuevo, y ahora, no nos engañemos, sabrán que no se les debe escapar nada, pues peligra su distinción, y para eso si que no están entrenados, nosotros sí, y por eso no nos queda más remedio que aceptarlo, tal vez porque al final somos más sabios, pero también más confiados, y eso ellos si que lo saben.