Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

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Las erupciones solares y las nuevas monjas mártires

Lunes 20 de julio de 2015. El mundo sigue su viaje rotatorio y traslatorio mientras el Sol es pasto de exuberantes y temibles erupciones que sin embargo no deshacen al astro embolado. Nosotros, pasajeros involuntarios e imposibles desertores de esta esfera abrupta donde nos encontramos, húmeda y candente, adornada de hielo en sus extremos más evidentes, hoy tampoco hemos pensado en nuestro gigantesco vehículo, aquí donde comemos y nos desbebemos en el contexto de la galaxia. Por el contrario, nos sumergimos en los valores de nuestra tensión arterial; en nuestro libro de turno que a veces nos hace sentir orgullosos de la imaginación humana por lo que nos hace vivir y soñar; en nuestro penoso trayecto hasta y desde el trabajo -si es que lo tenemos- que nos procura el metálico sustento; y pensamos, si la cosa tuvo el suficiente peso, en la discusión de anoche, quizás en el amor que ayer vimos correspondido y con placer regalamos, o en nuestro comportamiento, que es siempre pasado y casi nunca ejemplar, o cuando menos olvidado en su intrascendencia.

Y por fin la página de ese periódico olvidado sobre el asiento que me aparta de las erupciones solares tan grandiosas que no podemos mirarlas de frente, y veo sus sonrisa sardónicas e irritantes: la de esos seres que nos invitan a perseguir sus propios deseos junto a los sacerdotes y monjas de su particular creencia, acólitos que también sonríen y acrecientan como sin quererlo sus famas y sus riquezas, adornados siempre claro de banderas y de palabras malolientes por el abuso en su uso.

Prometo que sólo quería hablar del Sol y de la Tierra, pero este asteroide en forma de periódico ha desviado mi trayectoria y me ha hecho caer a este valle de lágrimas para encontrarme con estos especímenes que se sueñan estatua y a nosotros cadáveres o zombis (según la moda cinematográfica) que depositaríamos ofrendas florales los onces de septiembre para su gloria, como esos grandes catalanes que ellos admiran y de los que se sirven para modelar su Historia oficial, que se sacrificaron y murieron por todos nosotros; a eso aspiran estas nuevas monjas mártires. Quizás deberíamos regalarles cilicios, en estuche de plástico cuatribarrado, claro, por ver si con eso se conformaban y nos dejaban en paz preocupándonos de nuestras propias vidas y de la justicia que ansiamos, contemplando el Sol y la Tierra mientras vamos al trabajo o aspiramos a tenerlo. Deberían saber que el sufrimiento puede ser libre y generoso si sólo se lo administra uno sin tangar a los demás convenciéndonos de que es la tarifa necesaria para lograr el paraiso en la Tierra, pero es que sufrimiento es ya este chunda chunda que nos infringen el gran President y sus adláteres, con sus coros y danzas y su NODO posmoderno, un poco ya trasnochado, pero que seguimos pagando todos.

Que el verdadero Dios Sol nos pille confesados, pues ellos no tendrán salvación ante la gran erupción solar que volatilizará su bandera. Déjennos a los demás pues, extasiarnos ante la luz del sol en las laderas de las montañas o las paredes ajadas de los edificios, pues esta belleza temporal adorna nuestro camino y con ella gozamos, y formen ustedes una comuna independiente en cualquier pueblo abandonado para dar rienda suelta a sus pasiones, pero por favor, déjennos en paz, líbrennos de esta matraca a los que no comulgamos con sus pasiones, evítennos más sufrimientos, que estos podría ser que fueran más en serio.

Los gatos negros no tienen teléfono

Algunas mañanas, al salir de casa camino del trabajo, el frío que viene de la noche me instala por unos momentos en la oportunidad de comenzar de nuevo, aunque no sepa el qué, quizás todo.

No se ve a nadie en el corto camino hasta la estación, hoy sólo un gato negro y cojo de una pata trasera, que se para y me contempla confiado mientras paso a su lado saludándolo. Nos miramos y él lo sigue haciendo mientras me alejo pensando en que piensa un gato cojo solitario en la noche viendo pasar a un humano solitario. Su mirada no es orgullosa, ni quejosa, ni es pedigüeña, ni extrañada, ni desesperada, ni desconfiada, ni busca dar pena; muestra la característica dedicación animal por vivir, es curiosa y amigable; y mudo cómo es este negro individuo, se comunica conmigo definitivamente con su mirada. Parece apreciar la casualidad de este encuentro inesperado en esta esquina alumbrada por una farola, por eso parece decirme: “No me olvides, tú y yo somos vecinos, aunque yo sea cojo y gato y tu legañoso y resignado, por muy esperanzado que te encuentres a estas horas de la mañana y me mires desde tan arriba, yo también lo estoy en encontrar un lugar tranquilo y a salvo donde dormitar”.

Mientras espero el tren echo un vistazo a mi teléfono: correo, noticias, mensajes. Otro día más la misma búsqueda de entretenimiento que en esencia es la propia acción repetitiva de la consulta: nos entretiene no en la acepción de divertimento, o al menos no siempre, sino en la otra que se explica porque no nos permite hacer o disfrutar de otras cosas (si es que lo quisiéramos); por ejemplo el silencio tan codiciado, o aquello de lo que cada vez somos más consciente hemos gozado pero hemos perdido, interrumpidos por nuestro uso de estas máquinas, y otras, que con ser útiles son cada vez más la cadena que nos ata a la bancada de la galera día a día y por los siglos de los siglos, sin destino fijo, sin posibilidad apenas de acercarnos siquiera al horizonte al que ya hemos renunciado a traspasar, que nos rodea y que ni siquiera podemos ver en el oscuro, húmedo y maloliente cubículo donde remamos atascados en la tierra seca.

Miro por la ventanilla y la luz del día ya se vislumbra. Puede que el gato cojo tema ya esta luz que augura el peligro de la actividad humana, agazapado bajo un coche que sabe que no se moverá en todo el día. Cierra los ojos, y en su trance recuerda al humano que le ha saludado esta mañana. Esta noche volverá a salir de nuevo, para comer, para encontrar quizás una hembra solitaria por la que no tenga que pelear; y se lame el muñón sin prisa, gozando de sus propias caricias.

Guardo mi teléfono, pero nada más bajar en la estación de destino lo saco para consultarlo. Sí, es un nuevo día, y por eso sonrío a la nueva oportunidad que se me brinda ahora que ya ha amanecido.

Pensamientos forzados y estirados

Jueves 29 de julio de 2010, como pasa el tiempo.

 Improvisando frases brillantes, o mejor, pensamientos forzados, cinco minutos antes de salir:

 -Tengo un grano en el pecho que me está jodiendo.

 -He estrenado zapatos que me resultan muy cómodos.

 -No tengo ganas de irme a casa pero sí de salir de aquí.

 -La vida es rara cuando te escondes en sus pliegues, y aquí estoy.

  

Viernes 30 de julio de 2010, el final del mes se acerca

 Continuación de los pensamientos forzados, ahora ya por la mañana temprano, de nuevo incorporado al trabajo, con más tiempo:

 -Hoy en la ducha el famoso gran grano del pecho se ha vaciado, el calor y la fuerza del agua lo ha arrasado.

 -Me he puesto zapatos que no se calan, la lluvia me ha despertado, debe ser una señal, no se si buena o mala, pero olía bien, hacía fresco, eso siempre es un buen comienzo para un día de verano.

 -Buenos días, ¿por qué los días son plurales en castellano? No lo se, pero me parece una invitación al optimismo, como si dijéramos al otro: bueno tu día y el mío.

-Después de la lluvia el sol se asoma ahora, es viernes. Nos despertaríamos a las diez, buena hora, las risas al estirarnos y tocarnos de nuevo. Un día de fiesta civil instaurada por el deseo, sin tener que marcarlo en el calendario zaragozano, solo en el nuestro, en ese interno de la propia existencia.

-Empieza a llegar gente a este lugar donde me encuentro, otros no están, viven en otros lugares, provisionales en sus nuevas costumbres, tal vez temiendo que se les termine el tiempo de ausencia, tal vez también algunos deseando la vuelta para encontrarse con alguien, tal vez hartos de la gran convivencia.

-Que raro es el mundo, y tan hermoso. Sí, es un tópico manido aunque todos los tópicos guarden una osamenta incontestable, (como el propio tópico manido). El mundo es hermoso, quizás porque en algunas o en muchas partes es horrible, como un videoclip en el que van pasando imágenes de gentes, de paisajes, la gran bola azul rulando en medio del éter y una música heroica que nos enaltece y nos permite volar sin mancharnos evitando el sufrimiento. Somos capaces de recrear el mundo que se nos escapa en una pantalla y hasta de enamorarnos de una realidad que somos incapaces de ver en su conjunto por la imposibilidad de sobrevolarla, en un viaje concentrado que no sustituye al real, pero que no deja de ser hermoso. Otro tópico al final del párrafo. Que suerte de vivir a pesar de todo.

Angie era una canción que me hubiera gustado haber compuesto, y como ya estaba inventada pues la tomaba prestada, te permitía apretarte a ellas y se las cantaba al oído en un inglés aproximado, si bien más a la oreja que a la literalidad del texto, pero nunca ninguna se quejó, o al menos yo no quise verlo, pues Angie era una canción restregona, todos hacíamos lo mismo mientras sonaba, aunque yo siempre se la cantaba, bueno, no siempre. Ahora que lo pienso, también disfrutaba con la música.

-Son las nueve, se está bien aquí, un lugar como otro. Podría cambiar el decorado, subir el que presenta una oficina pintada con varios figurantes en, por ejemplo, una quinta planta de un edificio de oficinas, y bajar otro más luminoso con varias palmeras y un mar azulado donde la brisa me acaricia ahora que levanto la cabeza para mirar al mar cercano. Me estoy meando y voy detrás de la palmera derribada, vuelvo y me siento de nuevo y le doy un sorbo al café caliente, sigo escribiendo, estoy contento, doy rienda suelta a lo que se me va ocurriendo. Ahora sale una mujer en bikini de la casa más cercana, me saluda con la mano y se va corriendo hasta el agua, nada diez metros, se vuelve y se mete de nuevo a la casa. Las grandes nubes del trópico construyen un cielo grandioso y pasan despacio, son de una tela muy blanca y redondeada.  Lo miro por un largo rato con la cabeza apoyada en las manos, acodado sobre la mesa. Una furgoneta abierta cargada de plátanos pasa haciendo sonar el claxon y yo me acerco, descalzo y con los pantalones remangados, al agua que va y viene, que va y viene. Detrás de mi, la puerta de la casa de madera está abierta y la persianas bajadas. Voy a  entrar a despertarte muy despacio.

-Son las nueve y media, la mañana esta encauzada, como el día, imparable carrera, o ¿acaso lo dudabas?

-El tiempo inexplicable en el que nos vamos moviendo fotografía a fotografía como en una película, plano a plano, para darnos consistencia y poder explicarnos ante los demás y a nosotros mismos. Nuestros actos son el paso del tiempo segundo a segundo, pararlo es la muerte. No podemos retenerlo, a pesar de que siempre se nos escapa y quisiéramos que algunas veces corriese lento, muy lento.

-El misterioso sugerir, el mensaje cifrado sin una clave universal o restringida establecida con antelación. Interpretar lo que creemos ver nos lleva a contestar de forma correcta, aproximada o decididamente extraviada de lo de nosotros esperado. En fin, el misterio de las relaciones humanas.

-Son las diez y todo el mundo se ha ido con un bocadillo en la mano a los bares cercanos. Que negro está fuera, tal vez llueva de nuevo. Esto podría ser la redacción de un periódico americano, -¿por qué americano? La influencia del cine, ya se sabe- en la que yo estoy trabajando un viernes de madrugada escribiendo una noticia en la gran oficina solitaria. Creo que me gustaría, tal vez redactando y puliendo el titular que aparecería a la mañana siguiente:

“The times, like the world are changing, like always it was”. Como yo, como todos, pero esto no lo escribo. Salgo de la redacción, quiero coger un taxi en la noche fría pero no pasa ninguno, así que camino por la avenida de Pensilvania camino del café de Harry Todd que abre toda la noche. Una mujer mayor y despeinada se acoda en la barra leyendo un libro de autoayuda, dos hombres conversan, evidentemente borrachos y ausentes del mundo que les rodea, les oigo varias veces pronunciar el nombre de Amanda. Pido un café con leche muy caliente y un donuts doble. La calle está desfigurada por el cristal empañado, es una imagen certera de la realidad de esta ciudad y del mundo. Pasa un coche de policía a gran velocidad con sus luces azules sobre el techo. Washington es una capital en calma cuyos tejados aquel diablo quisiera destapar para descubrir todas las preguntas y algunas de las respuestas. Doy un sorbo el café, siento una extraña alegría por estar aquí, que duda cabe que la borrachera del sueño ayuda a ello. Ahora es una mujer la que entra acompañada del frío, deduzco que es Amanda, entonces uno de los hombres se levanta y se cae al suelo, la que debe ser Amanda le ayuda a levantarse y a sentarse de nuevo en su silla blanca. Ella se sienta con los dos hombres, el que se ha caído coge su mano y la besa, pero yo salgo y me abrocho al abrigo. Un taxi para por fin en la puerta.

-Me voy a tomar un café y a terminar esto.

Consideraciones desesperadas a partir del Tema 56 (Oposiciones)

Estoy estudiando el Tema 56 del Temari del Cos de Gestió: “El dret de treball”, bueno estoy leyendo, estudiar es otra cosa cercana al placer, no al de correrse, sino al espiritual. En fin que me he puesto a estudiar el tema 56 y leo:  

“Pel seu caràcter tuïtiu, el dret del treball té, també, com a objectiu la  finalitat compensadora respecte de la desigualtat del poder de negociació entre los parts o subjectes individuals de les relacions laborals…”.   

Sí, así como suena, sin posibilidad de narcotizarse para olvidarse de esta triste vida, pues el suicidio a consecuencia de esta minucia esta descartado y es poco heroico, qué pensarían los que nos quieren y los que nos conocen de vista, dirían: 

– ¿Te acuerda de Elías?  Pues se ha quitado de en medio 

– No jodas, ¿se ha suicidado? Debería estar muy desesperado

 – Que va, dicen que leyó algo que le trastorno definitivamente. 

– Joder, ¿tan denigrante era para con él?  

– Que va, dejó escrito que no estaba dispuesto a seguir viviendo cuando la gente tenía que aprenderse sandeces incomprensibles e hirientes  para trabajar en la Administración Pública. Estaba claro que aquello fue la gota que colmó su vaso 

– ¿Qué vaso? 

– Un vaso, coño, su vaso, es una forma de hablar

 – Vale, vale, pues que descanse en paz pues. 

Así que he decidido escribiros como una válvula de escape, y también para haceros felices, de paso no me suicidaré y recobraré el ánimo. También os tengo que decir que al mismo tiempo que os escribo noto una mirada en mi cogote que durante toda la mañana trata de fisgar en lo que hago. No se si me quiere a mi o a mi pantalla, primero me hice ilusiones, luego las deseche, pero el caso es que ella habla y habla de cosas serias sentada al lado de Nube Roja, y cuando me vuelvo me mira como diciendo “cómo que te crees tu que no se lo que haces, a mi me la vas a dar”, mientras se ajusta las tiras del sujetador que le resbala, eso, me resbala. Bueno ahora se ríe, y también se ajusta las tiras del sujetador. ¡Vaya perra con las tiras del sujetador, ¿por que no se los compra más ajustados?¡   

Tengo hambre, me voy a mear. 

Elías Tuitivo