Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

Una bolsa de plástico azul

El aire juega con una bolsa de plástico azul que parece exhibirse en su vuelo alrededor de los paseantes. Estoy seguro de que alguno de ellos se acuerda de la escena de la película “American Beauty”, aunque allí la bolsa sea blanca y aparezca en la imagen de una pantalla de televisión que una pareja mira desde el sofá donde ambos están sentados.

Hace un calor intenso hoy en Barcelona, un calor húmedo, pesado, de fin del mundo. No puedo evitar acordarme de las descripciones que hace Paul Theraux de algunos poblados de Ciudad del Cabo, del norte de Namibia o de Luanda en su libro “El último tren a la Zona Verde”. Allí, sin embargo, al calor se suman la suciedad, la fealdad, el mal olor, el ruido, los gritos, la miseria y la violencia, es decir, es un calor multiplicado por un millón, lo que nos daría un resultado cuyas unidades de medida tal vez servirían para medir la desesperación y la resignación, los deseos de suicidio o tal vez la capacidad de supervivencia. Una situación en todo caso incomparable con este calor que uno olvida mientras sigue el vuelo lento de una bolsa de plástico azul que da vueltas junto a un grupo de hojas secas delante del escaparate de una moderna tienda de calzado Camper, y con el recuerdo adosado de una película que allá, a buen seguro, no puede existir en las memorias.

En este bar donde ahora tomo café frío, que ahora es de una pareja china, el frío del aire acondicionado hace difícil concebir cualquier situación lejana y africana. Cómo diría Faemino y Cansado, pero cambiando la clasificación de los mundos, esto sería “El orgullo del primer mundo”. Ese orgullo que podría ser el revés de la vergüenza; este frio que nos libra del calor y esa bolsa de plástico que en su danza nos procura una diversión sofisticada y liviana que nos distrae de nuestras preocupaciones, tan alejadas de las que tienen que ver con la mera supervivencia y con el horror de vivir en tantos lugares de tantas ciudades, por ejemplo africanas.

Las erupciones solares y las nuevas monjas mártires

Lunes 20 de julio de 2015. El mundo sigue su viaje rotatorio y traslatorio mientras el Sol es pasto de exuberantes y temibles erupciones que sin embargo no deshacen al astro embolado. Nosotros, pasajeros involuntarios e imposibles desertores de esta esfera abrupta donde nos encontramos, húmeda y candente, adornada de hielo en sus extremos más evidentes, hoy tampoco hemos pensado en nuestro gigantesco vehículo, aquí donde comemos y nos desbebemos en el contexto de la galaxia. Por el contrario, nos sumergimos en los valores de nuestra tensión arterial; en nuestro libro de turno que a veces nos hace sentir orgullosos de la imaginación humana por lo que nos hace vivir y soñar; en nuestro penoso trayecto hasta y desde el trabajo -si es que lo tenemos- que nos procura el metálico sustento; y pensamos, si la cosa tuvo el suficiente peso, en la discusión de anoche, quizás en el amor que ayer vimos correspondido y con placer regalamos, o en nuestro comportamiento, que es siempre pasado y casi nunca ejemplar, o cuando menos olvidado en su intrascendencia.

Y por fin la página de ese periódico olvidado sobre el asiento que me aparta de las erupciones solares tan grandiosas que no podemos mirarlas de frente, y veo sus sonrisa sardónicas e irritantes: la de esos seres que nos invitan a perseguir sus propios deseos junto a los sacerdotes y monjas de su particular creencia, acólitos que también sonríen y acrecientan como sin quererlo sus famas y sus riquezas, adornados siempre claro de banderas y de palabras malolientes por el abuso en su uso.

Prometo que sólo quería hablar del Sol y de la Tierra, pero este asteroide en forma de periódico ha desviado mi trayectoria y me ha hecho caer a este valle de lágrimas para encontrarme con estos especímenes que se sueñan estatua y a nosotros cadáveres o zombis (según la moda cinematográfica) que depositaríamos ofrendas florales los onces de septiembre para su gloria, como esos grandes catalanes que ellos admiran y de los que se sirven para modelar su Historia oficial, que se sacrificaron y murieron por todos nosotros; a eso aspiran estas nuevas monjas mártires. Quizás deberíamos regalarles cilicios, en estuche de plástico cuatribarrado, claro, por ver si con eso se conformaban y nos dejaban en paz preocupándonos de nuestras propias vidas y de la justicia que ansiamos, contemplando el Sol y la Tierra mientras vamos al trabajo o aspiramos a tenerlo. Deberían saber que el sufrimiento puede ser libre y generoso si sólo se lo administra uno sin tangar a los demás convenciéndonos de que es la tarifa necesaria para lograr el paraiso en la Tierra, pero es que sufrimiento es ya este chunda chunda que nos infringen el gran President y sus adláteres, con sus coros y danzas y su NODO posmoderno, un poco ya trasnochado, pero que seguimos pagando todos.

Que el verdadero Dios Sol nos pille confesados, pues ellos no tendrán salvación ante la gran erupción solar que volatilizará su bandera. Déjennos a los demás pues, extasiarnos ante la luz del sol en las laderas de las montañas o las paredes ajadas de los edificios, pues esta belleza temporal adorna nuestro camino y con ella gozamos, y formen ustedes una comuna independiente en cualquier pueblo abandonado para dar rienda suelta a sus pasiones, pero por favor, déjennos en paz, líbrennos de esta matraca a los que no comulgamos con sus pasiones, evítennos más sufrimientos, que estos podría ser que fueran más en serio.

Conflicto territorial

Esta mañana he tenido un conflicto territorial con una pasajera del tren que me traía al trabajo, que me ha permitido empezar el día en sociedad de una forma distinta a lo habitual.

Como cada día, he ocupado un asiento al lado de la ventanilla, he desplegado el periódico, y entonces, casi a punto de que se cerrasen las puertas del vagón, ha hecho su entrada una mujer de edad mediana, bueno, pongamos que de 40, con aspecto de trabajadora vestida de trabajadora, no sé si manual o docente, tal era la indefinición de la información que me proporcionaba su aspecto indumentario, pero eso sí, muy celosa de su mismidad e inflexible en cuanto al espacio vital que, según ella, debía rodearle. Llevaba una anorak gris y verde, se agarraba a un libro gordo y gris como la anorak y su cara, y entre sus piernas apretaba un gruesa bolsa de tienda con asas.  Esta descripción la he tomado con posterioridad, durante nuestra convivencia), pues si no, difícilmente me habría apercibido de su existencia.

 Se ha sentado en el asiento a la derecha del que estaba encarado al mío, e inmediatamente he comenzado a notar su pie izquierdo (calzado con deportivas de batalla) que empujaba al mío derecho (calzado con botas por si acaso la lluvia) con leves toques para devolverlo a mi estricta soberanía, una, dos, tres arremetidas. Detectado el peligro y los síntomas en mi radar aire-tierra e interpretado éste como obsesión y paranoia, y como yo tenía también una mochila entre mis piernas, he tratado de acomodar mis extremidades para permitir una pacífica convivencia, pero ella no ha aceptado mi propuesta, y entonces me ha pisado levemente, todo hay que decirlo. Entonando el “No pasarán” de la defensa de Madrid para mis adentros, (hay aquellos tiempos en que las causas eran justas) y resuelto a no permitir más embates, hemos llegado a una tregua que, al poco, he creído definitiva mientras nuestros píes se mantenían tan juntos como si fuesen dos amantes imposibles. Ni por un momento se me ha pasado por la cabeza que sus intenciones fuesen otras que su exacerbado celo aduanero, cómo por ejemplo insinuaciones sugerentes para rebozarnos ya que estamos, en el pecado original que venimos pagando todos desde hace demasiado tiempo.

 El tren ha llegado entonces a su primer parada, y los dos asientos que cada uno de nosotros teníamos a nuestras derecha han sido ocupados por dos pasajeras que, sin saberlo, se habían adentrado en un territorio en guerra. Es entonces cuando ella ha aprovechado para reanudar su ofensiva, ahora ya  por tierra y aire, verbalizando sus deseos expansivos y señalando con su mirada la ilegalidad de mis fronteras: a las 7:36 ha cruzado mis límites territoriales y ha presionado mi zapato derecho pisándome levemente de nuevo. Yo, en una maniobra disuasoria he respondido ahora con un pisotón desinflado y leve que sólo intentaba hacer valer mi derecho a defender mis predios y mi determinación a no ceder ni un milímetro a sus ataques.

 Con una voz inclasificable y gris como su libro, su anorak, sus zapatos y su cara, ha farfullado no sé qué del espacio, entonces yo le he recordado (cabía la posibilidad de que no lo hubiese notado) la obsesión territorial que guiaba sus empujes desde el momento de habernos conocido como seres humanos  y haber rozado nuestros cuerpos. He tenido que insistir de nuevo en recordarle sus amargores que no indicaban nada bueno para su futuro y ha cejado aparentemente en sus embates (no había ya más sitio para desplegar su zapatos). Desinflada en una penosa mueca ha seguido farfullando en una voz inaudible y aparentando gestos de suficiencia venida a menos, mientras las dos testigos nos miraban, parapetadas bajo una aparente indiferencia y una neutralidad a la espera. He pensado entonces que yo ya había hablado demasiado para tan incruenta y baladí batalla, así que me he sumergido de nuevo en el periódico mientras la otra sufría para sus adentros, respirando de forma convulsa sobre su territorio, mientras se esforzaba por continuar con su libro que estoy seguro no ha podido seguir leyendo.

 Y por fin ha llegado la hora de apearme, para lo que he tenido que pasar por su lado haciéndole retirar sus piernas y sus tanques manchados de barro. No me ha agredido aunque he notado el odio de su mirada en mi cuerpo que previamente ya había blindado para evitar los rayos invisibles del desprecio.  Quién sabe, puede que no haya descargado los detritus de su digestión nocturna, y eso ha envenenado su ánimo.

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

Un rinconcito al lado del mar / Un petit coin à côté de la mer

El viento leve, un padre con sus dos hijas vuelven colina arriba hacia la palmera  que tapa el sol último de la tarde. De repente estoy sólo. El mar viene y se va, viene y se va, como siempre hizo. Este pequeño rincón del mundo me hace fuerte. Nunca se puede morir en un lugar así, mientras abrazo mis piernas que se enfrían. Tengo la carne de gallina y noto que vivo, aunque me doy cuenta que no estoy sólo, las presencia aceptadas siempre pugnan por su sitio. Me siento en la hierba mientras el viento enfría mi piel y mece los juncos, y en ese mismo momento, alguien ve como la tarde se va por la menguante luz que entra por la puerta de la terraza, y también como un ligero viento mueve las cortinas de su habitación; su mirada se mece en ellas, como yo miro el mar…

Un salto a Madrid

Un día también saltamos a Madrid, un salto que siempre me gusta dar, que estira mis piernas y abre mis ojos. El nuevo reencuentro me llena de parsimonia observadora de los detalles que uno ama, ¡ay!, aquí uno no ve los errores, pues lo que se impone es disfrutar de un mañana envuelta en un sol de regalo perfectamente contrastado en sus sombras. Tenía ganas de estar hoy aquí.

Esta mañana la ciudad es sobrevolada por un gigantesco dirigible que ahora atraviesa el cielo del comienzo de la calle de Alcalá con sus cuadrigas, claraboyas, cúpulas y terrazas en lo alto, y los plásticos azules de los acampados del 15M abajo, en la ciudad soñada que despierta desde la Puerta del Sol. Cientos de jóvenes escenifican su buena disposición limpiando marquesinas y persianas. Son coloridos, risueños y, sobre todo, jóvenes en su gran mayoría. Viven en un pueblo ideal, y sin embargo real, tras un mes de historia. Se ve que pronto llorarán al separarse y destruir lo construido. Ésta es la fórmula de la convivencia perfecta. Un período prospero y feliz que dura poderoso bajo la presión de lo que no lo comprende o lo rechaza. Su fortaleza y entusiasmo lo mantiene durante un espacio de tiempo fecundo y hermoso, que se sabe finito, como el amor, como la amistad, como la vida…

Han establecido lazos, han hecho historia sin desearlo ni haberlo pensado. Sorprendentemente han demostrado capacidad para organizarse, para emitir esperanza, para influir en la opinión de toda España, imponiéndose la seriedad de sus propuestas, mostrando la humanidad de su impotencia a la hora de continuar su movimiento, su ingenuidad transgresora ocupando la calle que casi sin creerlo era también suya. Me gusta verlos, me emocionan, los envidio, hoy me gusta más Madrid por ellos. Son esta gente la que tapa el paisaje y lo construye de nuevo, sea aquel hermoso o feo, para convertirlo en algo inolvidable, un estreno. Sus colores tapan la calle y nos hacen apreciarla de nuevo. Las manos levantadas hacen un movimiento lateral continuo y rápido sobre su propio eje, derecha e izquierda, derecha e izquierda, para aprobar las propuestas y los discursos de los que hablan.

Y todos se miran y se reconocen, quieren creer, pero sobre todo hacer, y quieren convencer con su ejemplo. Quieren que los miremos, que les sigamos, quieren demostrarnos que ahora son ellos los protagonistas, y yo me inclino encantado de ver a dos chicas jóvenes hablando con una soltura que parece innata, desgranando sus reivindicaciones con la serenidad de su experiencia, corta o larga, pero evidentemente intensa, con la seguridad que da transmitir lo que se cree. Da gusto oírlas, y ver a la gente sentada bajo un sol de verano que hasta ha hecho abrir los paraguas, escuchándolas, aprobando su discurso con sus dos manos en movimiento, y con aplausos, como cuando hablan del dispendio que supondrá la próxima visita del Papa. Luego habla un chico con barba, bastante más mayor, de la vieja guardia, con la misma serenidad, aplomo y sensatez. Uno más de la gran asamblea. Sigo sorprendido por todo ello, me anima, me alegra ver a toda esta gente bajo este sol en Sol. Todo no está perdido en este mundo cada vez más injusto, y pienso que solo el avance lento pero seguro de las propuestas sensatas pueden ir calando en la gente para concienciarla y luchar, ahora sí, para hacer cambiar las cosas hacia mejor. También entiendo la desesperación que hace y hará a muchos no pararse en mientes y querer cambios radicales para mañana mismo. También existirán los desvíos a ninguna parte, el oportunismo, la salsa de los amantes del follón, que puede ser otra forma de divertimento, pero también el camino elegido por los creyentes en la revolución violenta, del caos que a la larga produciría un mundo justo soñado, lo que siempre, como ya sabemos, hará nacer una sociedad ya herida.

Pruebo a levantar las manos para aprobar las propuestas, me gustaría parecerme a ellos, estoy de acuerdo, y lo hago, pero no, no soy de ellos, soy otro, apenas un intruso, un simpatizante que podría apoyarlos. Un acto de mera solidaridad en esta Puerta del Sol que pese al sol que aplasta apabulla de vida, es decir que a uno le hace acordarse de la palabra, de vida, claro, y de un futuro en el que no podemos dejar de pensar mejor a pesar del pesimismo que las evidencias se empeñan en transmitirnos, pero mientras, la ciudad bulle, hermosa en la tarde. Y ahora me voy alejando poco a poco, el oso sigue de guardia, e impasible no deja de mirar la copa del madroño, para comérselo o para seguir viendo de reojo el paisaje que le rodea: los plásticos azules, las manos en alto que aplauden sordas… La Puerta del Sol ya a lo lejos.

Esta tarde, después de comer visitamos la exposición sobre los tesoros de Polonia en el Palacio Real. De repente me encontré delante de la “La dama del armiño”, un cuadro de Leonardo da Vinci que sorprende por su verosimilitud,  su gesto sugerente,  sus detalles, y su propia historia. Por un momento me parecía encontrarme delante de la capilla de una virgen milagrosa. En realidad fue la amante de Ludovico “El Moro”, duque de Milán. Yo fuí sólo -de nuevo también aquí- un fiel admirador de la imperfecta vida, de su belleza… No llegué a postrarme ante ella, solo la miré, y ella miraba por encima de mi hombro, y al cerrar la puerta sentí que se quedaba dentro, y no pareció importarle.

Salimos al sol de la plaza de la Armería solitaria, antes de ir a Sol por segunda vez en el día. La calles repletas de gente, paseando, bebiendo, jugando, a la sombra, al sol, caminando… el día seguía siendo hermoso.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

Para los intérpretes de sueños

Llevo días en los que, en momentos inesperados, me vienen a la mente determinados lugares en los que he estado, no el recuerdo de los momentos en los que allí estuve, si no de los sitios vacíos, como si se me ofreciesen como destinos y me estuviesen esperando para que fuese a ellos. Esta ristra de lugares, este recorrido caprichoso, provoca en mi la excitación de antes de partir a un viaje deseado, un rejuvenecimiento acompañado por una mochila negra. Este repaso involuntario a lugares en los que alguna vez he estado, a tantos lugares que mi memoria se guarda y de vez en cuando enseña, son como anuncios que sirven para entretener mi sedentaria estancia en esta ciudad que se cree todos los halagos que le dedican sus engolados y pretendidos poseedores, instalados justo en la carretera de salida de la ciudad, entre cuyos postes ya se empiezan a ver trozos de campo.

Tres mujeres feas

Tres mujeres feas entran en el vagón del metro junto a mí. Parecen hermanas y mellizas y rondan los 60 años. Tienen cara de enfadarse a menudo, una parece detentar la autoridad entre ellas, pues le echa la bronca a otra de ellas que se ha quedado rezagada mirando a un perro que ladraba en el otro andén. Deben vivir juntas y las supongo  solteras, aunque puede también que no sea así y hayan quedado para ir al cine o a comprar ropa, si bien lo dudo. Llevan el pelo corto y dos de ellas llevan gafas, no dejan de hablar entre ellas.

Pienso en como debían llamar la atención cuando iban las tres juntas de pequeñas, y en como se debía parar la gente a contemplarlas alabando su gracia a sus padres por tener aquellas tres monadas. Tal vez fue así durante mucho tiempo, tal vez después se acostumbraron a estar siempre juntas cuando estaban en el colegio y más tarde en el instituto, tal vez era difícil que nadie se acercase a una de ellas porque las tres juntas suponían una barrera infranqueable y nadie se atrevió a ello. Tal vez se fueron resignando a ser inexpugnables, al fin y al cabo un mundo de tres personas es lo suficientemente grande como para cubrir gran parte de sus necesidades sociales a pesar de las posibles carencias afectivas, si bien éstas siempre serán menores que la soledad.

Oigo sus voces rotas que vienen del otro vagón a pesar de que ahora el metro se ha llenado y no las veo, me apeo y ellas continúan su viaje. Dentro de un rato llegaran a su casa, tres habitaciones, cada una con una cama, con algunos recuerdos de su niñez colgados de las paredes, fotos de sus padres y de su propia juventud en marcos oscuros sobre estanterías blancas, jarroncitos sobre paños de ganchillo, sobre aparadores de madera brillante. Se cambiarán y se pondrán pijamas de colores diferentes, harán la cena  y encenderán la tele hasta que una o todas tengan sueño. Cada una soñará su propio sueño, tal vez quisieran ser otras, o tal vez no, estas tres mujeres que viajan en el metro.