Dachau – Alemania

Dos filas de grandes chopos se inclinan a la vez ante el viento. A ambos lados de ellos se alinean los cimientos de lo que fueron barracones ordenados en cuadrícula con un ancho espacio entre ellos. Caminamos fijándonos en los paneles que informan mediante textos y fotografías de lo que allí había, del horror que uno imagina. De la desesperación de estar allí sin saber al principio por qué, pero por haber nacido con unas determinadas características, por pertenecer a un determinado grupo humano, por oponerse. El horror de que nadie supiese al otro lado tu paradero, del horror de dejar de ver a tu familia, de repente separada al llegar al campo, a tus compañeros y amigos, de no verlos nunca más, del horror de ver el cielo y los árboles más allá de las valla y muros, de ver a niños que juegan ignorantes -o tal vez no tanto- de donde estaban, de saber que no podrás salir, que no hay pena que cumplir.

Sopla el viento en esta mañana gris como este campo de concentración nazi, en este gran descampado cuajado de rectángulos donde se alzaban los barracones donde vivió tanta gente hacinada esperando la muerte, muchos aletargados en la desesperación,  anestesiados por la desesperanza que el tiempo estira indolente, muchos deseando un final, el que fuese. Al cruzar un arroyo caudaloso bordeado por muros y fosos llegamos por fin a una de las entradas a ese final presidida por el engaño, por el eufemismo malvado, y un pavor que se retuerce y se adivina como una niebla sólida y transparente en la habitación de espera, no muy grande, y en la habitación con la palabra ducha sobre la puerta desde cuyo techo, una vez cerrada, se desprendía el gas mortal que pensaban agua los cientos de personas hacinadas y ya desnudas que en turnos esperaban un alivio de limpieza, tal vez algunos más tarde deseando que fuese gas para terminar de una vez. El horror de nuevo más allá, en los hornos donde quemaban tanta carne, donde hacer desaparecer tanto volumen humano para hacer sitio a más carne, y las pruebas de la ignominia de ese comportamiento humano que algunos hoy no quieren creer, como si no se hubiesen producido horrores parecidos desde entonces en el mundo, quizás, es verdad, no tan bien organizados, quizás no tan perfectamente planeados. Y uno imagina y se horroriza una vez más, y mira fuera de los muros para intentar comprender a los de fuera, al pueblo llano: ¿Sabían? ¿Desconocían? ¿Imaginaban? ¿Lo entendían? ¿Sufrían? ¿Temían? ¿Miraban hacia otro lado? Cómo si no se hubiesen repetido masacres, matanzas, encierros, exterminios, silencios culpables, complicidades desde entonces, como si los humanos no fuésemos también esto, el lado oscuro de todo esto. Estos lugares hay que verlos, tal vez para tenerlos presentes, tal vez para que muchos nos propongamos negarnos con nuestra vida a que se repitan. La cobardía es la culpable de todo ello, la cobardía y el lado oscuro del ser humano, la maldad, el orgulloso desdén hacia la complejidad del mundo de aquellos que tiene siempre una solución para todo, cuanto más drástica mejor para arrancar sus problemas de raíz, y para seguir atemorizando y que ese miedo sea su pedestal y su castillo inexpugnable.

Recorro este campo inmenso de Dachau donde los nazis encerraron, maltrataron y asesinaron organizadamente a tantos miles de judíos, gitanos y alemanes opositores o sospechosos de serlo a su régimen, y siento que después del horror tenemos que ser sobre todo valientes, como en cualquier actividad de nuestra vida, pero mientras, recordemos que nosotros mismos estamos manchados por ese lado oscuro, por el que algunos exhiben orgullosos y por el que a veces desconocemos o escondemos para que no nos lo descubran. Ese es el que tenemos que extirpar para siempre de cada uno de nosotros.

Creo que la dignidad del hombre se salva un poco siendo capaz de mostrar al mundo el horror que muchos hombres fueron capaces de concebir y llevar a cabo. Aun teniendo en cuenta los avatares históricos que llevaron a la conservación testimonial de los campos de concentración nazi, Alemania me parece ejemplar hoy por mostrarlos.

Anuncios

Los arrozales, las cometas y el gato que se indigestó

La casa está en medio de una plantación de naranjos y limoneros salpicada de frutos que se pudren en el suelo. En algunos surcos donde no hay árboles hay tomateras cuyos frutos nadie recoge. Es una casa blanca con una gran parra en su entrada, bajo la que hay  un par de mesas de plástico verde. Detrás de la casa una nube lejana deja caer agua sobre la serranía cercana, pero el sol tiñe de tiras rosáceas esta nube y otras más cercanas.

Nada más bajarse del coche los niños corren en busca de sus primos que ya han llegado y se ponen los bañadores mucho antes de haber bajado del coche los escasos bultos que traemos. Hay una pequeña alberca de aguas verdes que para ellos es un caribe cuadrado que gozan entre risas y chapoteos. Da gusto verlos. La vida hay que disfrutarla sin pensarlo, parecen transmitir, en un mensaje que supera nuestros necesarios preparativos y nuestros recelos de adultos ante la novedad, ellos no necesitan saber donde están, simplemente están, observan entonces y se tiran al agua.

A lo lejos se ve la gran extensión verde de los arrozales en una llanura salpicada de pequeñas casas blancas y algunos árboles altos, como contrapunto a la horizontalidad del Delta del Ebro. Ahora una luz anaranjada ilumina la piel mojada de los cuatro niños. También los mosquitos comienzan a hacer su trabajo, ¡qué le vamos a hacer! Estamos en el campo. Nosotros nos ponemos al día de las novedades de nuestras vidas.

Comienzo temprano el nuevo día,  mientras los demás duermen me acerco al pueblo a comprar el periódico y el pan. El frescor de la mañana convive con  la tranquilidad de la plaza mayor, pero hay gente que parece venir de fiesta y algunos ya beben cerveza a las nueve de la mañana en alguna de las terrazas. Yo, con mis diarios y el pan entre los brazos paseo despacio en dirección al coche. Cuando llego ya todos están despiertos, desplegamos entonces sobre la gran mesa verde, bollos, pan, mermelada, frutas, café, leche…

Las carreteras del Delta son estrechas y te obligan a veces a aminorar la marcha y esperar el cruce lento con el coche contrario. Los verdes del arrozal son intensos, lujuriosos diría, el agua que a veces brilla entre las plantas al darles el sol, los canales y acequias indican que estamos en un lugar extrañamente hermoso. Aquí y allá aparecen pequeñas casas rodeadas de una base sólida de cemento o tierra y un árbol grande y a veces frondoso que es la sombra necesaria de cada casa. Parecen santuarios donde aislarse y descansar, islas rodeadas de plantaciones inundadas. Me parecen lugares acogedores en su austeridad. A la luz de la tarde algunos me parecerán mucho más hermosos en su blancura contrastada con el verde.

El Ebro es muy ancho, la barcaza tarda muy poco en cruzarlo cargado de coches y de un camión que carga con un gran tractor de ruedas metálicas para desenvolverse por las plantaciones de arroz. Nos hemos bajado de los coches durante la travesía y los niños han hecho de niños acodados a las barreras y mirando el agua durante la corta travesía. Enseguida corremos por el lado norte del Delta paralelos a un canal y a otra carretera.

La playa de Riumar es una inmensa extensión que por mucha gente que llegue siempre ofrece espacio suficiente para poner las toallas y, por ejemplo, para volar una cometa con dibujos de Toy Story como la que hemos traído. Es la primera vez que vuelo uno de estos artefactos y me hace ilusión el hecho de que nada más montarla se eleve, pues no sabía que fuera tan fácil. Allá va ondeando su largo apéndice azul brillante. He quedado como un buen padre, después los niños se han peleado por volarla ellos. Han sido sus primeras lecciones de termodinámica, y después se han olvidado de ella y han vuelto a bañarse.

La  playa es de arena, lisa y de agua turbia y cálida y en la que tienes que meterte muy adentro para lograr que te cubra. Los niños no han parado ni un momento de entrar y salir del agua, yo sí, con poco me conformo, mejor dicho, con lo suficiente para refrescarme. Nosotros, como vigías oteando el horizonte, los vigilábamos. De vez en cuando salían y entonces cavaban en la arena. Al salir del agua me tumbo y dejo al sol hacer su trabajo. Esa sensación es la que más me gusta. Cierro los ojos y todo lo que me preocupa parece lejano, fácil de resolver, como si nuestro cerebro estuviera directamente conectado con nuestra piel. Son sensaciones primigenias que te devuelven algo que normalmente se olvida y que anida en la piel que nos envuelve. Sabemos que dura poco, pero de estos momentos extraemos la fortaleza necesaria para renovarnos. En eso estamos.

Hacemos tiempo para acudir al restaurante cercano. Después de la playa este es el lugar perfecto. Es un lugar grande y desahogado. En la gran mesa redonda nos repartimos la paella y la fideua. El arroz estaba buenísimo, y la gente que nos ha atendido transmite una calma amable e isleña que nos hace sentir bien a pesar de los platos rotos. La comida me ha sentado muy bien debía tener hambre. Fuera, la fuerte corriente del río fluye excitada por la proximidad del mar cercano, arrastra también nuestras miradas. La vida son estas celebraciones que todos nos merecemos en algún momento.

El cielo de la Barra del Trabucador es un revuelo de extrañas aves de plásticos de colores. El viento atrae a mucha gente que se deja llevar por unas grandes cometas que les hace dar saltos acrobáticos en el aire y deslizarse por la superficie del agua, es el kitesurf. Una pista de arena prensada recorre la Barra en toda su longitud y deja a un lado la bahía de los Alfacs, en cuyas aguas poco profundas y calmadas se desenvuelven las extrañas aves y sus pilotos en la tierra. Al otro lado, el mar abierto parece ajeno a este trajín mientras algunas personas sentadas aquí y allá, de espaldas a los surferos, miran poseídos el vaivén de las olas. Es un lugar que no parece acabarse de lo largo que es, pero hoy está lleno de los coches de los surferos y de sus familias y amigos que parecen acampar para dar rienda suelta a su afición. Uno trata de imaginarse este lugar  vacío y batido por el agua y el viento.

La pista termina en una puerta de maderas que dan entrada a una reserva natural y a unas salinas. El agua brilla en la tarde. Todos se van a pasear a la playa mientras yo me quedo con mi hijo, que duerme, en el coche. Aprovecho para hace fotos por los alrededores del coche. Comienza a hacer fresquito con este viento suave pero continuo, luego el sol, que parecía mitigado por las nubes, recobra fuerzas. Volvemos a casa entre coches y cometas corriendo por la arena.

El cielo es todo un espectáculo en esta hora ya tardía de los días largo de julio. Es rosa, anaranjado y blanco. Preparamos una barbacoa después de ducharnos, los niños, claro, se vuelven a bañar en la alberca de aguas verdes. De nuevo el jolgorio y el chapoteo: la felicidad aquí en la tierra. Cenamos en la casa después de preparar una barbacoa. No tengo hambre, pero todo es empezar, y empiezo. Aparece un gato blanco famélico y lleno de heridas que viene a pedirnos alimento y lo obtiene, ¡vaya que si lo obtiene!. A la mañana siguiente mi hijo viene viene corriendo por el camino gritando:

-¡El gato está muerto! ¡El gato está muerto!

Efectivamente, está tieso. Nos sentimos un poco culpables, pues tal vez se le ha indigestado tanta carne, después pensamos que, al menos, la noche anterior cenó opíparamente. Los niños lo miran, y yo me lo llevo en un recogedor. Lo semientierro en un surco de tierra pero me olvido de decir unas palabras, aunque será recordado durante todo el día. Aquí paz y anoche gato.

En la mañana, paseamos entre los naranjos mientras las cigarras cantan y el sol aprieta sobre nuestra piel ya rojiza del día anterior, y duele. Los tomates están calientes en la mata y recogemos unos cuantos para la ensalada en los cuencos que los niños han hecho con sus camisetas. Hace mucho calor y nos damos un baño en la alberca de aguas verdes.

 -¡Otra vez más papa! Voy y vuelvo ¿vale?

-Vale.

-¡Una vez más me mira!- Camelándome con la mirada y levantado un dedo, y lo consigue, claro.

-Venga- Y luego va y viene dos veces más.

Mientras dentro de la casa todos recogen, yo me quedo solo un rato y miro alrededor. Los pensamientos ajenos a este lugar vienen a mi mediante extraños mensajeros sin que exista un aparente contubernio. Son plácidos y se mezclan con los deseos, …la piel caliente por el sol del mediodía…

Después de comer regresamos a Barcelona, la carretera se va llenando de coches a medida que nos acercamos. El Delta desaparece de nuestra vista, allá se queda, tal vez esperándonos.

A tí rendido

El agua infinita

del perpetuo río

me arrastra en el día 

me remansa en la noche.

Yo soy  naturaleza

en cada amanecer impredecible

acoplado a mi fragilidad respetuosa,

a mis absurdas obsesiones.

Puedo decir ahora

que he aprendido

agarrado a esta rama

que amenaza con partirse.

Soy otro hombre

que ruega a la gran fuerza,

en su derroche,

que me salve.

Sólo soy un hombre,

sin remedio

ahora a ti rendido.

(Este poema fue encontrado en un viejo cuaderno de hojas pegadas y resecas dentro de una pequeña caja metálica milagrosamente conservada que apareció junto a los restos de un hombre enterrado a cincuenta metros del río Yukon en Canadá, en una pequeña colina  poblada de arces. La fecha que aparece debajo parece decir 29 de septiembre de 1831)

Ir, volver.

Volver, volver, siempre volver. Sabes de lo irremediable de la vuelta, la temes, la odias, y curiosamente incluso la deseas, por alguna razón extraña, tal vez secreta.

El tiempo, el jodido tiempo que todo lo arrasa y carga nuestros escombros en la inmensa espalda del recuerdo donde todo cabe y cabrá, inabarcable bolsa en expansión como el universo, mientras el polvo, debido al viento, desperdiga los fragmentos de lo que un día fue cierto. El tiempo nos arrastra por mucho que nos aferremos sangrando a los peñascos y fijemos nuestros pies hundiéndolos en la tierra.

 La noche y el día se turnan eternos. Sólo aspiro hoy a perpetuar un momento, a continuar deseándolo y no solo en el recuerdo, y a dormirme después a su lado, o a estar soñando. Pero una vez vuelto, aquí estamos, sin saber como, o sabiéndolo, que cuando todo sea de nuevo irse, estaremos otra vez listos, olvidándonos de que después volveremos donde estamos, como siempre fue y será, estrenando el mundo como si fueran una camisa nueva. Eterna ilusión necesaria.

 ¿Qué por qué os cuento todo esto? No se, tal vez porque no se me ocurre otra cosa para salir del muermo. He estado una semana por el Cabo de Gata, donde siempre voy, de donde siempre vuelvo. No me hagáis mucho caso, hoy todavía estoy ingrávido pero quería contar algo, aunque sea tan leve como todo esto.

El viaje

Esta mañana tras el café de media mañana, después de viajar alrededor de nosotros mismos hablando de nuestras propias vidas en un movimiento de rotación, también realizábamos un movimiento de traslación alrededor de este lugar donde ahora estamos para volver a encontrarnos con los cuerpos siderales que nos acompañan en el día a día y a los que volvemos gustosos casi tentando sus pieles, admirándolas, pero volviendo a partir como condenados a un eterno vagabundeo mientras nos volvemos a mirarlas alejarse.

 Durante el trayecto hablábamos de otros viajes, de aquellos que requieren irremediablemente el abandono de la costumbre que nos ata un día y otro día. Nos preguntábamos sobre el porqué de ese impulso que nos sobreviene a veces por salir a la incierta aventura de adentrarse y recorrer paisajes extraños, a menudos hostiles. Los motivos para el viaje pueden ser variados, a menudo es la necesidad de huir de lo archiconocido, hartos del encierro rutinario, a veces es debido a una chispa que nos ilumina el futuro camino y al final un objetivo, a veces no existe una meta y es solo un trayecto guiado por la intuición o el gusto, de duración incierta. El viaje es eso, es partir, ir, llegar, estar, pensar, mirar, deglutir, comprender, ignorar, y notar y vivir lo que registramos, incluidos los malos ratos, el sueño, el peligro, la lluvia, la incomprensión, la nada fría mientras anochece sin ningún lugar a la vista para guarecernos, pero también y, sobre todo, la alegría de amanecer en un lugar que no pudimos ver en la noche que se nos muestra hermoso y húmedo, pero también la noche y sus sonidos, la sonrisa de la gente que nos mira curiosa, las palabras amables que nos acogen, las que nos preguntan, los niños y sus juegos, los oficios, los mercados, las calles tan distintas o tan parecidas, los cielos, siempre los cielos que nos cubren con sus nubes, con sus estrellas. Tal vez un beso, tal vez un beso soñado de alguien lejano, tal vez la imposibilidad de transmitir lo que en esos momentos sentimos en la noche con nuestros ojos cerrados y en si todavía seguimos existiendo en el lejano lugar para nosotros ahora inexistente. Y la soledad, la soledad cierta y eterna que somos nosotros, los que nos enfrentamos a todo, en el viaje, en la propia vida. Porque un viaje es sobre todo salir de tu lugar habitual para ir más allá, siendo un allá ya conocido o completamente ignoto. Podemos utilizar variados medios de transporte, y sobre todo caminar. Podemos caminar despreciando posibles peligros, o podemos ir utilizando las vías más transitadas para evitar sobresaltos. Podemos ir a un lugar donde nos esperan o a un lugar donde pueden preguntarse el porqué de nuestra llegada, lo que en sí puede augurar un desenlace problemático a nuestro desplazamiento.

Podemos ir en grupo, con tres amigos, con uno o con una novia, y seguiremos estando de viaje, pero creo que no hay un viaje más sincero en el sentido de lo que el viaje tiene de cambio personal que el que podamos realizar en solitario. Es entonces cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, cuando podemos llegar a saberr nuestro comportamiento en libertad, sin que nadie sea testigo ni cuide de nuestros actos, pues es entonces cuando de verdad sabemos lo que ansiamos, lo que añoramos, lo que valemos.

 Luego nos podemos enfrentar al desierto, al hielo perpetuo, a las montañas, a los plácidos caminos, y esperar el reposo, y digerir lo visto y lo vivido, y al día siguiente seguir caminando en nuestro viaje, aunque siempre volvamos.

Viaje en Semana Santa

Nos vamos hoy hacia el sur de Francia, o con mayor precisión al Languedoc-Rouisillon, lo que algunos relamidos de esta Cataluña donde vivo, eruditos a la violeta que diría Cadalso, si bien aplicado aquí a la Geografía y la Historia, llaman “Catalunya Nord”.  Este topónimo tiene que ver con ese otro tan querido también por los de la grandeur catalana,  “Els Països Catalans”. (Anda que si a alguien le diese por decir, refiriéndose por ejemplo a Colombia,  la España de ultramar…). 

El caso es que nos vamos al sur de Francia a pasar unos días de “merecido descanso”. Si, ya sé que es una frase manida, pero no me he podido resistir, y  a lo mejor hay algo de verdad en ella.  Además de los paseos y visitas a pueblos y ciudades, una de las cosas por las que me gusta Francia en Semana Santa es porque si pones el Telediario de la noche en estas fechas, casi al final de ellos, y antes de los deportes, puedes oír a la locutora decir que “Los cristianos han celebrado con una procesión en París la festividad de la Semana Santa”, y pasan a otra noticia, nada que tenga que ver con la información masiva e incluso en directo por algunas televisiones y radios españolas,  de las procesiones que se celebran en casi cada rincón de España llenas de tétricos y oscuros desfiles, que si bien pueden tener un rastro de belleza la primera vez que los ves, inmediatamente se convierten en una falta de respeto apabullante para con los que no creemos y tenemos la Santa Paciencia de aguantar la servidumbre de sus pasos cuando queremos andar libremente por nuestras calles. Es verdad, y justo es decirlo, que en Cataluña ese peso es infinitamente menor, no se ven casi procesiones, y las televisiones locales y regionales se quedan como mucho en Pasiones como la de Esparraguera.

El día ha levantado ya, voy a despertar a los bellos durmientes y a cargar el coche, huyamos hacia el Norte y entreguemos Sevilla, Alcalá de Henares y Zamora a las huestes apasionadas de cirio en mano y capirote aburkado, a vírgenes, cristos, pies descalzos, encadenados, flagelados, presos indultados, saetas, peinetas, lutos y sangres. Y mientras, huyamos mientras podamos, con todo lo que de renuncia tiene.

Un rollo de papel blanco

Va y se pone las gafas, se dispone a escribir catapultado por el excesivo impulso, convencido del inmenso depósito de inspiración y deseo. Desearía plasmar, no, contar, escribir una historia a partir de su historia, o mejor quizás, traducir a la ficción ecuménica lo que transita su alma oscura o clara según las veces, consciente de que es ese el secreto de la mejor literatura, el sentimiento particular como enseñanza universal, aun no siendo esto lo que le ha empujado a escribir ahora, cuando la mira, cuando la ve marchar. Se escribe a partir de la pérdida, de la miseria, del dolor, o del encargo quizás, pero sobre todo del rebosamiento de deseo que se precipita hacia el suelo, tan lentamente con palabras que caen meciéndose como plumas, bisílabos, polisílabos, adjetivos, nombres, verbos en diversos tiempos, proposiciones, admiraciones e interrogaciones, que el escribiente trata de recoger en sus manos para que no se pierdan y que volverá a utilizar para construir la historia que en él bulle, aún desconocida, para ser leída y releída, para regalarla y abandonarla, para contarle a otros que pasó, por ejemplo, un día en la vida de Matilde y Hans, hoy que el lunes enfrió la pasión creída, hoy que el agua moja antipática la gris acera por donde caminaron ellos.

Un gran rollo de papel blanco delante de las últimas palabras se extiende por kilómetros en un desalentador desierto por el que quisiera transitar para fijar, para conquistar, donde ver la huella de sus pasos, para agarrar su mano en el lento caminar tras la brisa al despertar, para acotar con una lona liviana el espacio donde extender la manta donde reposaran en la noche de luna y estrellas, abrazados y levemente arropados, sin saber por qué, o simplemente para sobrevivir, aquí, donde las palabras son además la prueba de que no están solos, y también de que el viento es capaz de mantener el sonido de su voz en el espacio, más allá de la habitación donde están acostumbrados a escucharla. Y soplar sus ojos donde entró un grano de arena, y besarla después, y darle ánimos, entre estas piedras cortantes que machacan los pies. Armándose de una paciencia irracional para continuar hasta que llegue de nuevo la noche, y sobre la arena caliente de la duna blanca mirar de nuevo el cielo seguro en la inmensidad mortal del desierto, con su cara junto a la suya, su pelo cosquilleándole su oreja y notar que se ha dormido o se acaba de dormir, y besarla entonces en un beso cálido e incierto ante la mañana que se avecina del nuevo día que vendrá, al fin y al cabo están vivos. Matilde con su cuerpo amoldado a la arena, Hans de pie en la cima de la duna a la que trepó descalzo, oteando el mar amarillo y el sol que de nuevo sale anunciando ya el calor irremediable.

Seguir escribiendo, narrando, esperando mientras el que escribe transita el espacio vacío en la inesperada e indeseada batalla por sobrevivir. El amor en el desierto podría transformarse en odio si el viento, la arena y el horizonte infinito de días y semanas es siempre el mismo, o bien pararse y amarse mientras deciden vivir lo que tienen, racionando sus posesiones, luchando a brazo partido con la desesperación que se ha subido a sus sombras sin que ellos lo sepan y que se despiertan al mediodía, justo cuando el sol se esfuerza en apretar sobre sus cabezas cubiertas.

Y es entonces cuando el escritor decide rescatarlos y depositarlo en una habitación en la penumbra donde dormirán dos días, donde despertarán juntos, donde se amarán brillando en su dorado color, limpios de arena, con su sonrisa de plata, en sus sábanas blancas, en una tarde de invierno, quizás.

El rollo de papel blanco es ahora menor y de nuevo espera, el escritor sueña.

Tantas ventanas, tantas puertas

2646716853_ea22d208cd

 

Tantas ventanas

Tantas puertas

tantos edificios

bloques y casas

 

Tantas vallas

Tantas señales

Tantas gasolineras

y líneas pintadas en la carretera

 

Tantas farolas

tantos contenedores

tantos centros comerciales

y puentes que sujetan el aire

 

Tantos ríos y lagos

tantos árboles y plantas

tantas ciudades en lontananza

y pueblos sobre montañas

 

Tantas perdidas miradas

tantas figuras que atienden llamadas

tantos caminantes que pasan

y que tuercen una esquina en una avenida lejana

 

Tantas personas que nunca conoceré

tantos recuerdos mientras muevo suave el volante

tantas canciones que acompañan la vida

y evidencias de que allí continua quien partió

 

Tantas sombras

tantas nubes blancas

tantos horizontes

y en el cielo de las noches la luna

 

Tanta miseria

tanta opulencia

ambas demostradas

tantos escombros entre matas

y campos de golf de islas calvas

 

Tanta hostilidad en los inabarcables mares

tanta en los desiertos deseada

tantos cielos que nos cubren

y delante nuestro

nuestra mano izquierda sujetando el volante

 

Tantas maneras de seguir

Tantas de no parar

de no volver

de estar moviéndose

de sentarse a comer

tantos restaurantes y bares

 

Tantos coches

que van y vienen que vuelven

perdidos sin saber donde

guiados por sus conductores

perpetuo movimiento de los que vivimos en esta Tierra

tantas esperanzas sin embargo

 

Tantas ventanas

tantas puertas

tantas vidas

a medida que el coche pasa

y sobre los cristales la lluvia,

el limpiaparabrisas ahora

aclara mi propia vida

que sobre ruedas

esta máquina lleva

hacia el futuro

que en cada kilómetro

se muestra.

Pensión completa

El hotel es grande, aparentemente moderno y la piscina uno de sus centros, el otro es el gran comedor con dos autoservicios que ocupa buena parte de los sótanos. Vamos a dormir aquí dos noches. Pieles de variadas nacionalidades se dejan quemar por el sol de la tarde, o de la mañana, aunque mejor sería decir que de la mañana, el mediodía y la tarde. Las tumbonas y las sillas son a menudo territorios privados mientras dura el sol, a veces adornadas con una toalla durante todo el día. Son toallas sufrientes bajo el sol que las calienta hasta secar sus fibras ya cercanas al incendio. Y mientras, sus dueños se bañan, o también pasean, o vegetan lejos de su colorida tela. Cuando llega la hora de la comida la piscina comienza a despejarse y entonces es posible bañarse con una cierta holgura. Nosotros esperamos hasta las dos y cuarto pues a las dos y media ya no se puede entrar. La comida es abundante, y el paladar debe ser de goma para limitarse a tragar y a guardar energía para resistir el sol, pues todo rastro de deleite debe ser desterrado. Comer se convierte entonces en un apreciado entretenimiento entre chapuzón y chapuzón, una apoteosis del divertimento, donde todos vamos y venimos al y del autoservicio a coger platos constantemente, para amontonarlos, casi nunca vacíos, en una pila sobre la propia mesa, e iniciar después un nuevo viaje al escaparate de libre acceso con la esperanza de encontrar alguna cosa que nos satisfaga más después del habitual chasco.

El desayuno en nuestra primera mañana se inicia con la búsqueda de un sitio donde instalarnos, búsqueda que se convierte en sorda lucha con otros individuos de piel roja o blanca -dependiendo ésta de su antigüedad en el establecimiento- para encontrar donde depositar la bandeja con los distintos trofeos recién cobrados en el muestrario de comidas. Cuando vuelvo de mi primera incursión de ponerme mi primer café  casi choco con una mujer con los ojos como platos que lleva en la mano un plato con un churro gordo y una salchicha camino de su mesa, y en el fondo celebro esta fusión que destruye cualquier orden a la hora de engullir y que resume perfectamente la esencia de las costumbres ajenas, de las costumbres adoptadas: el churro y la salchicha como seña de identidad, me entusiasmo, estoy por apuntarme e incluso de dibujar los dos alimentos y enarbolarlos cruzados como escudo de una hipotética bandera que tape las que yo se me: reino de la ciencia-ficción, no habría manera de construir un nacionalismo con semejante escudo. Mientras pienso en que orden se habrá comido la mujer el churro y la salchicha, engullo, acuciado, por la posibilidad de hacerlo, tres croissants, dos cafés con leche, una magdalena, un café con leche, un croissant, un bocadillo de salchichón y un café con leche, por este orden. Estoy satisfecho y listo para lo que me echen en el recinto carcelario pero sin rejas de la piscina.

Esta piscina con forma de ocho sin agujeros en el centro es con diferencia el lugar donde más tiempo hemos pasado, al margen de las horas de sueño que en este caso no cuentan. Todos realizamos aquí un baile ordenado con los mismo pasos, que van y vienen entre la piscina, las hamacas y el perímetro del ocho, con sonrisas a los niños y amable comprensión ante el vecino. Muchos al mirarnos parecemos decirnos con los ojos que nosotros en realidad preferiríamos estar en otro lado, pero que estamos aquí por los niños. Y es verdad, pero aquí estamos, celebrando, penando.

Entre pelotas azules de Nivea, chapuzones que desalojan agua y salpican en cantidad inversamente proporcional al peso del individuo bomba que se arroja, manguitos y flotadores varios, los niños mandan y vaya si mandan, sobre todo los nuestros. Somos esclavos y mi espalda ha reposado sobre las tumbonas escasamente cinco minutos entre los dos días, pero lo he hecho con gusto, que remedio, yo en realidad hubiera querido estar en una habitación sombreada, eso como mínimo, mientras el sol se aprovechaba de los habitantes de las tumbonas, de los bañistas.

Los tatuajes abundan entre hombres y mujeres, entre los nacionales como en los foráneos, en las piernas, en los brazos, en la espalda y en el torso, y más ya no pude ver, aunque ni siquiera trato de imaginármelo. Oigo hablar en holandés, en francés, en italiano, en ruso, en ucraniano (supongo), en inglés, y en español, no tan claro, también en catalán, poc, es clar. La playa está a dos pasos pero aquí las bebidas son baratas, y más si las compras en el súper que hay cerca de la entrada en el que solo venden bebidas y algún ligero tentempié.

Por la noche, cuando llegamos de pasear entre puestos y atracciones como si de una verdadera Feria se tratara, actúa el dúo Jazmín, y una tropa de jubilados de Santander baila acompasada música country, salsa, disco y folklórica demostrando que no es la primera vez, ni siquiera la décima que lo hacen. Tomamos un café en la terraza del bar que da a la piscina antes de subir a la habitación y en los balcones las toallas de playa colgadas de las barandillas doradas prácticamente cubren la fachada, son las verdaderas banderas de éste y de todos estos establecimientos.

Al siguiente día, una masa sin forma ni orden tiene tomada la recepción. Son gente que llega y gente que se va. Nosotros nos vamos hoy, dejamos nuestra habitación non stop a nuevas pieles blancas mañana acangrejadas, las barandillas doradas del balcón a otros colores de toallas de playa y nuestro sitio en el comedor a merced de nuevos devoradores de comida en su más alimenticio y exuberante término.

Me voy y ya se me ha olvidado de donde acabo de salir. Hoy lo recuerdo porque me pregunto donde he estado este fin de semana. Y ya pasado me doy cuenta de que no necesito volver, aunque el lugar cumpla a la perfección lo que antes de ir le pedí: piscina y aqeuímelasdentodas. Por tanto, perfecto. ¡Hasta nunca!, o puede que, ¡hasta la próxima! Llegada una determinada edad, uno no pude asegurar taxativamente lo que hará o lo que no hará.

Deseos, nostalgias, pero alegrías

Soportales

Añoro ahora, y no puede explicar muy bien por qué, caminar en las primeras horas de la tarde por la calle Mayor en dirección a la Plaza de los Santos Niños, e ir atravesando las sombras de las columnas que cortan sesgadas sus aceras de mi lado izquierdo. Puedo sentir en mi piel y bajo mi ropa el calor acrecentado por las piedras, pero sobre todo la extraña alegría de recuperar algo perdido o escondido en mi mismo.

A veces me pregunto si podemos ser plenamente nosotros en un lugar diferente a aquel en el que has vivido tu niñez, tu juventud y parte de tu madurez, y pienso que sí, que sí que podemos, lo que no podemos es obtener en nuestro nuevo lugar las recompensas que solo nos aguardan allá donde fuimos niños, jóvenes o adultos, por mucho que nuestro nuevo lugar en la Tierra nos guste. Dónde si no podemos reencontrarnos con nuestras propias, rotundas y negras sombras bajo éste sol alto en este aire nítido de la meseta donde estuvimos tanto tiempo. Dónde si no nuestros recuerdos agazapados entre los soportales. Dónde nuestros pasos que cruzaban la calle buscando y encontrando, celebrando y penando. Donde, en fin, nuestras imágenes guardadas de nosotros mismos y de aquellos que nos han acompañado paradas todas en un determinado tiempo, en una determinada edad, como fotografías que cobran vida al salir incrédulas de nuestra memoria.

Ahora son las once y media de la mañana en Barcelona y sin embargo yo estoy paseando junto al Hospitalillo buscando ya el refugio de los soportales en este día de julio cuando son las cuatro y media de la tarde.

Me siento acariciado por este calor recobrado y viejo, acogido en este lugar hermoso a esta hora del día, tal vez porque no espero que nadie lo haga, porque penetro de nuevo el alma de un lugar al que pertenecí y pertenezco y por eso me siento uno más. Nadie me da las gracias ni lo espero, pero nadie me pide nada, “aquí estamos, cuando quieras, ya sabes” parece decirme una voz irreconocible. Aquí un abrazo equivale a abrazarse a nuestra vida recobrada en los demás, en los que encontramos y notamos que el tiempo pasó por ellos, como ellos lo notan en nosotros, pero también en los que ya no están y que siguen estando con nosotros.

Alguien me llama, es una mujer, no la reconozco al principio, pero nos acercamos y sí, nos damos un beso, miro el tiempo que no nos vimos en su cara, como ella lo mira en la mía y supongo que también la densidad de mi pelo, reímos, resumimos en minutos nuestras vidas, nos despedimos. Camino ahora empujado por la alegría del encuentro, de verla, y también por la alegría de reconocer en ella su alegría de verme. Estoy aquí, la geometría la física y la geografía de nuestras vidas nos sirven para situarnos en el mundo y no marearnos.

Dos personas cruzan la Plaza de los Santos Niños, el cine que aquí había lo han cerrado, sigo andando y giro a la derecha, busco ahora la sombra de los árboles de la Plaza de Palacio, donde el silencio mayoritario y el sonido del débil chorrito de la fuente sobre el redondo estanque toca las teclas necesarias para poder, si te lo propones, amar el mundo. Cuando llego de vuelta por la calle de Santiago y de nuevo un pequeño tramo de la calle Mayor hasta la plaza de Cervantes aquí las imágenes se me agolpan. En una de ellas yo tenía por ejemplo once años y corría con un duro bien asido camino del puesto del señor Retabé a comprar sobres de soldados o con un mazo de tebeos para cambiarlos a diez céntimos por ejemplar. En otra imagen yo estaba sentado en un banco con un grupo de amigos a mis dieciséis años esperando el comienzo de la tarde del domingo, iniciando la ceremonia de la originalidad que mostrará a las chicas quien era yo, o quien no era. Otra imagen de mis veinte pocos años donde ella y yo íbamos de la mano camino de su casa hablando de cosas profundas a la medida de nuestra profundidad adquirida deseando al mismo tiempo llegar para tocarla y besarla en la oscuridad de nuestros variados escondites.

La Plaza de Cervantes era el lugar de la ciudad donde para nosotros empezaba todo, donde terminaba todo. Allí, y lo digo en presente, quedamos y nos despedimos, allí bebemos y nos encontramos, y allí juegan también nuestros hijos dando vueltas a la estatua del centro de la Plaza. Tantos paseos, tanta gente, besos, lágrimas, borracheras, resacas, encuentros inesperados o deseados, presentaciones, recaídas, renacimientos, nacimientos, miradas, cigüeñas, juegos, cervezas, coca colas, cigarrillos, actos políticos, actos jaraneros, extraños, ferias, madrugadas, mediodías, tardes, mañanas, no presencias. Es un gran rectángulo como muchas plazas claro, pero ésta es mía, contiene el mundo entre sus cuatro lados transparentes donde nos remansamos y miramos más allá. Es un lugar para quedarse, para llegar, para irse, para recordar y olvidar. Debe ser que nuestra vida comienza a ser larga y por eso de repente se me amontonan los recuerdos, ahora aparezco cogiendo de la mano a mi hijo en el pedestal de Cervantes, cuidando de que no se caiga en una de las vueltas.

Son las siete de la tarde ahora y la calle Mayor y la Plaza bullen. Las tiendas abiertas expulsan el aire frío, las piedras de los bancos de la Plaza arden del calor acumulado incluso ahora que las más cercanas a la entrada de la calle Mayor llevan una hora a la sombra. El paseo es ahora más accidentado pues los encuentros son casi continuos. Es curioso porque en mis visitas a Alcalá, cuando recorro la calle Mayor, hay veces que no me encuentro absolutamente a nadie y otras veces que me estoy parando casi de continuo con gente a la que saludo o simplemente a la que de vista reconozco.

Estoy feliz de estar en Alcalá de Henares a las siete y media de la tarde, incluso ahora que son las doce y media de la mañana en Barcelona.