El café de media mañana

Se afana el viento en demostrar su fuerza

sobre las hojas de una palmera.

Humea el café sobre la barra fría de un bar

y se alza un murmullo de mañana de diario

entre historias cotidianas

y tintineos de tazas y cucharas

El pumpum del cargador de la cafetera

contra el metal acolchado

vaciándose de café compactado

y una mujer sentada

que, seria,

pasa las páginas de un diario

sabiendo que la miran.

En la ventana del periódico extendido

ante mí el mundo se refleja,

en titulares de distinto tamaño

escogida de antemano

la importancia que yo deba darles,

el sufrimiento,  el interés y el gozo

se reparten las fotografías

 Estoy vivo, pienso,

 y bien vivo,

a resguardo del frío viento

mientras soplo, sorbo y miro

en un movimiento compuesto,

por el ventanal

que es ahora una pantalla.

En la próxima hora

quisiera ser otro

escribir en los espacios blancos del periódico

disparar mil fotos,

y ahora aquel viento acaricia mi cara

torna en capa mi anorak abierta

cierro los ojos al frío placentero

añadiendo un muy corto capítulo,

de un martes cualquiera

de enero.

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Dejar la casa

Dejar una ciudad en la que has vivido largo tiempo, es además de dejar de ver a tantas personas, incluida tu familia, dejar de caminar las calles en la que quizás aprendiste a andar, (incluso haciendo eses), y también a tropezar, (incluso cuando hacía eses). Es también abandonar la seguridad de lo conocido, olvidar los mecanismos asimilados que nos permitían movernos sobre un plano inscrito en nuestra mente sin apenas pensarlo, sabiendo quien era quien en nuestras referencias habituales. Pero dejar una casa es definitivamente romper con un pasado al que no se puede volver. Sí, ya sé que el pasado nunca vuelve, y que nunca se retoma nada en el mismo punto que se dejó, aunque sí los olores, los calores y los fríos de los lugares vividos, aliados casi siempre a los recuerdos voluntarios o no. Puede incluso que siga existiendo aquel banco, aquella valla por donde no pasaba nadie por la noche, aquel bar alrededor del cual, ahora que lo pienso, tantas personas, tantas miradas, tantos lances y palabras, pasaron a formar parte de nuestra vida.

Dejar la casa, dada la imposibilidad de llevar contigo tantas cosas, a veces supone tirar parte de tus libros, deshacerte de la ropa vieja, de tus antiguas sábanas, de las camisas pasadas de moda, de aquellas botas que no sabes por qué guardas, de la enciclopedia de fotos en blanco y negro que nunca más abriste, de las cajitas llenas de pretendidos jalones de tu vida inservibles pues ya no recuerdas que te deberían recordar, de esos marcos que una vez contuvieron las fotos de tus exposiciones particulares. Y también de los viejos papeles formales, oficiales, creativos, recortados; de los trabajos universitarios de distinta índole guardados para un futuro posible que ya se adivinaba imposible aun ordenados en carpetas. De aquel ordenador blanco ahora obsoleto e increíble ahora, que tanta pena te dio abandonar. Tantas cosas, sí, y también tantos recuerdos unidos a ellas, pero sin embargo prescindibles dentro de la carga que en la vida uno va arrastrando, salvo aquel libro, aquel chupete de los niños, aquella casa de muñecas, aquella foto, aquella figurita que de vez en cuando miras, y que no sabes por qué, son especiales, aun sabiendo que en realidad les hemos concedido un nuevo plazo de existencia entre nosotros.

Pero sobre todo, en la casa de la que yo hablo se quedan los panoramas, las vistas. Aquellas que al amanecer cuando el sol que trepaba sobre los cerros iluminaba los libros entre ceniceros sucios y vasos de café fríos, un nuevo trayecto hacia la cocina a tirar los ceniceros o a por un café nuevo. Aquellas que al mediodía además dejaban pasar por la ventana abierta de la cocina el aire frío que neutralizaba el olor del sofrito. O aquellas otras que al atardecer, cuando los bloques de ladrillo ardían en el verano y los aviones de Barajas entraban o salían por encima de la creciente superficie de un Madrid a pesar de todo incompleto, feo bajo la boina negra de humo, pero clamorosamente hermoso bajo los cielos rojos, surcados de azules puros en la tarde de primavera. Madrid, siempre fue desde allí un respiro donde dejar deambular la mirada, algo que mostrar a otros, algo también prescindible, fuente inspiradora y, ahora que también lo pienso, -por encima de todas estas torres plagadas de cigüeñas-, una promesa de trascender la realidad inmediata, un lugar a donde ir y desde donde volver, treinta kilómetros más allá llenos de edificios de variados colores y alturas, de autopistas, de solares intercalados que iban del verde al amarillo a lo largo del año, treinta kilómetros a partir de esta ciudad que a los pies de este décimo piso estaba tan cerca que quería saltarla, traspasarla. Esta ciudad de la que me alejaba sin nostalgia y a la que volvía con placer de reencontrarla. Esta ciudad que añoraba sabiendo que antes la había aborrecido y ahora ni chicha ni limoná. Esta ciudad caliente, donde siempre es verano a pesar del frío de diciembre. Esta ciudad que observan mis hijos sorprendidos desde los mismos miradores a los que yo me asomaba cuando ellos no existían.

Las otras ventanas, la otra vertiente de la casa, me inclina hacia los cerros de pinos crecientes que motean las tierras marrones, iluminados por el sol después de la tormenta; lugar de tantas escapadas, tan lejanas ya en el tiempo: aquellas junto a una tropa de compañeros de instituto en busca de cuevas misteriosas que se escondían entre los cerros habitados por conejos y las balas clavadas en las paredes del río, excitados por la aventura de sus apenas 13 años, y que quemaba los cuadernos de clase para hacer antorchas y atreverse en la oscuridad amenazante de la cueva mítica (el Champiñón, un hito a medida de la ciudad de abajo). También otras aventuras, como aquella que se iniciaba ayudándola a cruzar el río que nos separaba del oriente cercano donde como una premonición se situaba el castillo árabe, para, desde el pie de su torre derruida contemplar la ciudad desde la oscuridad de una noche de verano, mientras las horas pasaban y pasaban.

En esta casa que se abre al amanecer por el Levante de sus ventanas y se despide por el Poniente ha ido quedando la huella del frío y el calor, de la lluvia y los truenos, bajo un techo que precipita los sentimientos que ha acogido (tantos) entre sus dos vertientes, por encima del mundo cercano, o lejano, según queramos mirarlo. Ya lo dije, son más las vistas que recordaré de esta casa que todo lo material que contenía.

Pero demos ahora la vuelta a la esquina y echemos un jarro de agua fría necesario a la melancolía que tanto nos conforta cuando no sabemos adónde mirar, ¡existen tantas miradas desde tantas atalayas! Siempre la nuestra tiende a ser la mejor, la insuperable, pues es, al fin y al cabo la que conocemos, casi siempre la única que conocemos, y sin embargo, cada uno tiende a pensar y a sentir lo mismo por la suya, a pesar de las diferentes expresiones poéticas que las retratan, lo mismo en esencia, aun aborreciéndola. ¡Tantas casas!

La mano

Cómo todos los días de diario voy al trabajo en tren, lo que me permite leer  y olvidarme de dónde voy o de dónde vengo (buen sistema).  A veces alguien llama mi atención, como la chica de esta mañana, mirada altiva y largas piernas desnudas y cruzadas que todavía no tiene frío a estas horas de la mañana. A veces, si las preocupaciones maceradas en la noche han rebasado el recipiente de lo soportable y necesito recapacitar o sumirme en la melancolía de lo irresoluble, mi mirada vaga entre los pasillos y las caras de la gente que en silencio lee, mira o  también recapacita sobre su vida.

En una de las estaciones intermedias del recorrido se puso a mi lado, de pie, una mujer vestida con pantalones negros, tan cerca que levanté la cabeza para tratar de ver su cara en un ángulo difícil de mantener por mi cuello. Era alta, rubia  y llevaba una chaqueta roja que le hacía parecer muy elegante. Fue un repaso muy breve. En todo el trayecto no se movió de mi lado, de repente me di cuenta de que su mano izquierda estaba muy cerca de mi cara, ya no puede dejar de mirarla, me atrajo su extraña tersura, entonces volví a forzar mi cuello para ver su cara. Efectivamente era muy alta, pero por lo poco que podía ver de ella, no parecía joven, o al menos no muy joven. Volví  a mirar su mano, y primero me pareció que estaba empastada en crema, luego pensé en una momia, en un maniquí, y luego, al ver que no se movía a pesar de tener un leve encogimiento y los dedos naturalmente extendidos sin estarlo del todo, me di cuenta de que en realidad era una mano de plástico con un color de piel muy bien logrado, y que formaba parte de un antebrazo acoplado a un muñón que me pareció estaría por debajo del codo. Se apeó en la misma estación que yo. La seguí con la mirada, su brazo componía un ángulo bastante abierto en relación a la vertical de su cuerpo. Pensé que quizás podría chocar con el cuerpo de otra persona, teniendo en cuenta la cantidad de gente que había en el andén, y que quizás podía desprendérsele y caérsele al suelo, pero no parecía preocupada por ello en su andar elegante; supongo que estos brazos van muy bien sujetos con vete a saber qué sistema. Ella se perdió entre la gente que subía las escaleras pero me prometí buscarla al día siguiente para contemplar de nuevo su mano inmóvil y buscar otros rastros en su cuerpo visible: de una enfermedad, tal vez de un accidente.

Camino de la calle, mis pensamientos se ordenaron elucubrando primero sobre cómo haría para desnudarse con una sola mano esta mujer de antebrazo de plástico. O cómo haría para ducharse, o comer. O para abrazar a quien ama. ¿Cómo y cada cuanto tiempo lavará su mano? ¿Qué siente por ella? ¿La quiere cómo a su otra mano? Y quien la ama, ¿le coge su mano izquierda como hace con la derecha? ¿La acaricia igual?

El carro

Las responsabilidades inherentes al cargo de presidente de la Generalitat de Cataluña se despegan de su piel azul brillante, que muta a gris después, como un camaleón que, ahora ya, invisible a los ciudadanos, evita cualquier cuestionamiento sobre sus actos que, en buen entendimiento, comporta decidir en qué gastar y no gastar el dinero del que dispone, y explicar por qué ha gastado mucho más de lo que tiene, o por qué en conceptos que van más allá de la necesidad pública, y por qué, dado los tiempos que han corrido y corren, no ha anulado aquellos que pudieran ser prescindibles, cuando aún estaba a tiempo de poder hacerlo. Cualquier padre o madre de familia responsable sabe amoldar sus gastos a lo los ingresos, sean magros o incontables.  Pero él y los suyos, no, pues piensan que “su país”, y ellos “, se lo merecen;  todo sea por la construcción nacional.

Mas y los suyos no sacrificarán las necesidades de su casta  (esa a la que pertenece y que se esconde dentro de tanta unanimidad “tranversal” en pos de la soberanía “nacional”, como si las clases sociales ya no existiesen). Sabe recurrir, como todos los acólitos de la catalanidad y la nación,  a las grandes palabras pronunciadas con exagerada seriedad,  y por supuesto a la incomprensión ya la maldad de la pérfida España, donde Madrid es su profeta,  y a la falta de amor del resto de los españoles (de España, según el canon nacionalista). Es verdad que no son argucias de persona honesta, pero su discurso es fácil y transitado, de garantizado aplauso, sobre todo si es convenientemente amplificado, pues nubla la consciencia y la inteligencia, y le garantiza llevar a los ciudadanos ciegos o tuertos, pero apelotonados en la golosa miel que suelda el “nosotros” al puerto adecuado, allí donde no hace frío, donde se reconoce “nuestro” esfuerzo…de decir lo que los “nuestros” dicen, de llevar también la misma bandera, de reconocerse ante el pérfido enemigo, de saber que digan lo que digan siempre estará bien dicho si está dentro de “nuestro” ideario tácitamente aceptado,  y que no podrá ser contestado, no sólo porque la fe no es discutible, sino porque a quien se atreva a disentir será porque se trata de un pepero, de un fascista, o mejor, de un español.

Estos nacionales han comenzado a asumir que van a pasar a los libros de historia, no importa a costa de qué o de quién, pues el ego humano no tiene límites, siempre ha sido así: un gran vigía guía al pueblo  y un grupo creciente  le arropa, en el mejor lugar para hacerlo, a la espera de poseer los cielos de la nación si el éxito les acompaña, tratando mientras de conseguir todos los méritos posibles, por encima de las frustraciones y otros dramas que puedan padecer sus ciudadanos, aun siendo evidente, a ojos claros de hoy, lo innecesario de su aventura.

Esta ha sido una exitosa y grosera campaña de muy largo recorrido animada, antes como el que no quiere la cosa, y ahora ya sin disimulos, por “tevetres”, y algunas asociaciones receptoras o candidatas a la Creu de Sant Jordi por su contribución a la Patria, que tuvo su jalón histórico en la gran manifestación, de la cual “la Vanguardia”, adherida al nuevo carro, vende un DVD, también tildado de histórico. Y es que el carro empieza a ser muy grande, tanto como para que pocos de los que son acarreados sean capaces de replantearse ya el destino del vehículo ni a quienes tiran del mismo, cogiendo velocidad calle abajo,  de tal manera que, cuando se les pregunta, la unanimidad de sus respuestas suenan a mensaje rancio,  casi militarizado: no se emiten dudas ante los tuyos, pues cualquier duda puede considerarse traición, sé no una contribución al desánimo.

Proliferan las banderas independentistas en los balcones y el sentimiento desbordado de que se vive una nueva época se advierte en algunas personas. El rigor histórico pasa a un segundo, tercero o cuarto plano, se va derritiendo como el hielo de los Polos, o se sustituye por el pretendido rigor de las palabras manidas que se quieren científicas y contribuyen a la extensión de la fe antes descrita,  desaparece poco a poco la libertad de disentir, de momento no por presiones directas sino por miedo a ser malinterpretado. Pero la realidad es que hay mucha gente que cada vez pronuncia con mayor desparpajo la palabra independencia, y esta ligereza inexplicable es preocupante, pero más la inexistencia de discursos  que se opongan de forma correcta y bien argumentada a esta corriente y que sea capaz de romper el cerco, los prejuicios y el miedo a quedar marginado. Parece como si la oposición al nacionalismo desbordado sólo fuese la de las palabras trilladas y malintencionadas que al final sólo provocan el aumento de los que, sin escuchar otra cosa, se apuntan a ese carro acelerado; la labor debe ser paciente, firme, pero clara, instructiva y desenmascaradora. Hay que evitar que el odio y la ignorancia se desaten, (todavía estamos aquí)  tampoco en el campo de los que ahora en el resto de España no entienden muy bien lo que aquí pasa, pues si no, el problema será serio. Sólo la razón y el sosiego puede evitar tamaño desvarío.

¿Por qué me duele tanto este asunto? Quizás porque observo, los mismos signos de la intransigencia en Cataluña que a veces he observado en ciertos ambientes madrileños,  de distinto signo, aunque aquí ahora  in crescendo.  Pero quizás sobre todo por la propia Historia de España, donde vuelven a resucitar problemas que no parecen nunca poder resolverse de manera adecuada. Y en las consecuencias personales, claro.

Debemos pararnos a pensar y ser  nosotros,(aquí los individuos  libres). No nos resignemos  a formar parte de un grupo acarreado dentro del cual creemos ser libres sólo porque sonreímos a los que dicen lo mismo que nosotros al mismo tiempo que nos sonríen, haciéndonos creer muy importantes. Esto no es un desfogue como cuando uno va a un concierto de rock y se desfonda bailando escuchando la música que más le gusta para volver a casa después y dormir agotado. Las consecuencias y la realidad son otras, y los timoneles  lo saben, por eso nos engañan para que no les veamos las entrañas.

Hagamos un esfuerzo, ¡Desenmascaremos a los que se aprovechan del “Nosotros”!

El Roto, en El País, 2-9-2012

50 The Rolling Stones

50 años de la primera actuación de los Rolling Stones en el Marquee de Londres. ¡Cómo pasa el tiempo!  Tantos momentos:  alegría,  rabia, desesperación, amor,  soledad, camaraderia,deseo,

My back is broad but it’s a hurting

All I want is for you to make love to me

I’ll never be your beast of burden

I’ve walked for miles my feet are hurting

All I want is for you to make love to me

Beast of burden

 

efervescencia, superioridad, sinceridad, encuentro, recogimiento, reconocimiento, euforia, baile, teatro, cantar, compartir,  enseñar, aburrimiento, compañía, casualidad, búsqueda

So I called you on the phone and your friend said “she’s not home”

So I told her where I’d be at and that you should call me back

Then I looked at the morning mail, I was not even expecting a bill

Your letter a-started “Dear”, and it left me with these tears.

It was a sad day, bad day, sad day, bad day

Sad day

 

en mi habitación, en el metro, en el cine, en el estadio, en directo, en la radio, en la televisión, en el tocadiscos, en el CD, en el ordenador, en la voz de otros, en los altavoces de una fiesta, en los continentes  de la Tierra, en el recuerdo, en la imaginación, en la calle, en

2120 South Michigan Avenue

 

Tantas veces tantas canciones, tantas veces conmigo, mi propia banda sonora, compañeros desconocidos, y por eso mismo tan particulares. Sentimos cosas aparentemente iguales y sin embargo tan diferentes al escucharlos, adaptadas a nuestros deseos o a nuestras necesidades.

I come to you, so silent in the night

So stealthy, so animal quiet

I’ll be your savior, steadfast and true

I’ll come to your emotional rescue

I’ll come to your emotional rescue

Emotional Rescue
 

Tan diferente de lo que puede sentir mi prima al escuchar sus canciones, por mucho que entendamos la letra y sintamos el ritmo de la música y el timbre inconfundibles de Mick Jagger.

I was born in a cross-fire hurricane

And I howled at my ma in the driving rain,

But it’s all right now, in fact, it’s a gas!

But it’s all right.  I’m Jumpin’ Jack Flash,

It’s a Gas!  Gas!  Gas!

Jumpin’Jack Flash

 
Como a cualquiera, a los Rolling Stones puedes serles fiel de por vida, o los puedes abandonar a lo largo de ella, o pasar a tratarlos con indiferència; como la propia existència, pero muchos días, en los vaivenes del amor a tantes cosas que nos rodean, cuando sin quererlo, detecto los compases de una canción suya que al principio no se identificar, algo en mí se remueve de forma involuntaria,

When the train left the station

It had two lights on behind

Yeah, when the train left the station

It had two lights on behind

Whoa, the blue light was my baby

And the red light was my mind

All my love was in vain

All my love’s in vain

Love in vain

 
50 años no es tanto tiempo: tiempo cruel, sabio, perdido, gastado, adornado, sobrellevado, quemado, malgastado, sublime, inolvidable, alejado, presente a pesar de toda la niebla que nos va envolviendo, tiempo dorado:

Yes, star crossed in pleasure the stream flows on by

Yes, as we’re sated in leisure, we watch it fly

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

Time can tear down a building or destroy a woman’s face

Hours are like diamonds, don’t let them waste

Time waits for no one, no favours has he

Time waits for no one, and he won’t wait for me

Men, they build towers to their passing yes, to their fame everlasting

Here he comes chopping and reaping, hear him laugh at their cheating

And time waits for no man, and it won’t wait for me

Yes, time waits for no one, and it won’t wait for me

Drink in your summer, gather your corn

The dreams of the night time will vanish by dawn

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

No no no, not for me….

Time waits for no one
 

Dar gracias suena a agradecimiento a la divinidad cristina, pero ellos se merecen el sacrilegio por haber escrito, compuesto y actuado para nosotros,  más allà del valor de todos sus discos o de la entrada a sus conciertos.

Congratulations

Congratulations

Well done, my friend

You’ve done it again

You’ve gone and broken another heart

Yeah, you’ve torn it apart

Congratulations

 

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

El papel blanco

El sol ilumina un papel blanco ligeramente arrugado como si fuese una estrella de cine. Baja la calle a trompicones en la dirección correcta del tráfico sin desviarse del centro del carril de circulación en el que está situado. La calle está extrañamente vacía, el papel es el único objeto que recorre la calzada. Ahí va, desde la acera lo veo pasar entre coche y coche en su descenso; el semáforo se pone en rojo, se para, y espera.

Stoner

Acabo de terminar un libro, “Stoner”, de John Williams. Estaba tan absorto en sus páginas finales que casi me paso de estación al llegar al trabajo. Me ha dolido dejar a Stoner, aunque su vida se ha agotado en la última línea. Sus últimas sensaciones componen una fuerza redentora a partir de imágenes, recuerdos y libros que su mente mezcla y administra antes de disolverse para siempre en el ignoto universo de después de vivir.

Su manera de habitar en el mundo, de aceptar lo que le depara la vida, pero también de luchar por las pocas cosas que él encuentra que valen la pena: el amor y el estudio. Su estelar semana de amor y júbilo que parece justificar su vida entera, pero también los reveses y sufrimientos que soporta con la resignación de quien ha aprendido que tampoco eso es lo más importante, me han acercado al personaje de tal manera que ahora lo echo de menos.

Un libro nos puede divertir, nos puede admirar por su prosa, nos puede sorprender por los desconocidos lugares que transita. Stoner como personaje me gusta por la imperfección de su vida, me bambolea por su desesperante comportamiento, y me da ganas de empujarlo a que por fin sea feliz. En un libro podemos querer a un personaje hasta el punto de intentar ayudarlo o protegerlo, y también podemos odiarlo. Al final, lo que nos gusta de los libros es que hablen de nosotros, aunque no sean nunca del todo equiparables a nuestra propia vida; que en ellos encontremos parte de nuestros más profundos sentimientos, aquellos que nunca nos atreveremos a contar pues no podemos con palabras hacerlo, sólo vivirlos.

No se que libro comenzaré esta noche, pero se que hay muchos que me producirán tan variados sentimientos, pues hay tantos personajes que la literatura ha creado, como seres humanos han pasado por el mundo; así somos cada uno de nosotros de poliédricos.

Consecuentes

● El ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, al comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn: “Mañana aprobamos la reforma del mercado laboral y va a ser extremadamente agresiva, con mucha flexibilidad en la negociación colectiva y reduciendo la indemnización por despido”.

● El ministro de Justicia, Ruiz Gallardón sobre la reforma de la ley el aborto: “Probablemente, lo más progresista que yo vaya a haber hecho en mi vida política, es defender el derecho a la vida”:

T R I B U N A L S U P R E M O      Sala de lo Penal

Sentencia Nº: 79/2012

Debemos condenar y condenamos al acusado Baltasar Garzón Real como autor responsable de un delito de prevaricación del artículo 446.3º, en concurso aparente de normas (artículo 8.3) con un delito del artículo 536, párrafo primero, todos del Código Penal, sin la concurrencia de circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal, a la pena de multa de catorce meses con una cuota diaria de 6 euros, con responsabilidad personal subsidiaria conforme al artículo 53 del Código Penal, y once años de inhabilitación especial para el cargo de juez o magistrado, con pérdida definitiva del cargo que ostenta y de los honores que le son anejos, así como con la incapacidad para obtener durante el tiempo de la condena cualquier empleo o cargo con funciones jurisdiccionales o de gobierno dentro del Poder Judicial, o con funciones jurisdiccionales fuera del mismo, así como al pago de las costas procesales, incluidas las de las acusaciones particulares. Sin condena en cuanto a responsabilidad civil.

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 Cada vez es más evidente quienes son los que mandan ahora en España y que es lo que piensan, recordémoslo más a menudo, sirvan estos recordatorios cogidos casi al vuelo.

Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.