Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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Dejar la casa

Dejar una ciudad en la que has vivido largo tiempo, es además de dejar de ver a tantas personas, incluida tu familia, dejar de caminar las calles en la que quizás aprendiste a andar, (incluso haciendo eses), y también a tropezar, (incluso cuando hacía eses). Es también abandonar la seguridad de lo conocido, olvidar los mecanismos asimilados que nos permitían movernos sobre un plano inscrito en nuestra mente sin apenas pensarlo, sabiendo quien era quien en nuestras referencias habituales. Pero dejar una casa es definitivamente romper con un pasado al que no se puede volver. Sí, ya sé que el pasado nunca vuelve, y que nunca se retoma nada en el mismo punto que se dejó, aunque sí los olores, los calores y los fríos de los lugares vividos, aliados casi siempre a los recuerdos voluntarios o no. Puede incluso que siga existiendo aquel banco, aquella valla por donde no pasaba nadie por la noche, aquel bar alrededor del cual, ahora que lo pienso, tantas personas, tantas miradas, tantos lances y palabras, pasaron a formar parte de nuestra vida.

Dejar la casa, dada la imposibilidad de llevar contigo tantas cosas, a veces supone tirar parte de tus libros, deshacerte de la ropa vieja, de tus antiguas sábanas, de las camisas pasadas de moda, de aquellas botas que no sabes por qué guardas, de la enciclopedia de fotos en blanco y negro que nunca más abriste, de las cajitas llenas de pretendidos jalones de tu vida inservibles pues ya no recuerdas que te deberían recordar, de esos marcos que una vez contuvieron las fotos de tus exposiciones particulares. Y también de los viejos papeles formales, oficiales, creativos, recortados; de los trabajos universitarios de distinta índole guardados para un futuro posible que ya se adivinaba imposible aun ordenados en carpetas. De aquel ordenador blanco ahora obsoleto e increíble ahora, que tanta pena te dio abandonar. Tantas cosas, sí, y también tantos recuerdos unidos a ellas, pero sin embargo prescindibles dentro de la carga que en la vida uno va arrastrando, salvo aquel libro, aquel chupete de los niños, aquella casa de muñecas, aquella foto, aquella figurita que de vez en cuando miras, y que no sabes por qué, son especiales, aun sabiendo que en realidad les hemos concedido un nuevo plazo de existencia entre nosotros.

Pero sobre todo, en la casa de la que yo hablo se quedan los panoramas, las vistas. Aquellas que al amanecer cuando el sol que trepaba sobre los cerros iluminaba los libros entre ceniceros sucios y vasos de café fríos, un nuevo trayecto hacia la cocina a tirar los ceniceros o a por un café nuevo. Aquellas que al mediodía además dejaban pasar por la ventana abierta de la cocina el aire frío que neutralizaba el olor del sofrito. O aquellas otras que al atardecer, cuando los bloques de ladrillo ardían en el verano y los aviones de Barajas entraban o salían por encima de la creciente superficie de un Madrid a pesar de todo incompleto, feo bajo la boina negra de humo, pero clamorosamente hermoso bajo los cielos rojos, surcados de azules puros en la tarde de primavera. Madrid, siempre fue desde allí un respiro donde dejar deambular la mirada, algo que mostrar a otros, algo también prescindible, fuente inspiradora y, ahora que también lo pienso, -por encima de todas estas torres plagadas de cigüeñas-, una promesa de trascender la realidad inmediata, un lugar a donde ir y desde donde volver, treinta kilómetros más allá llenos de edificios de variados colores y alturas, de autopistas, de solares intercalados que iban del verde al amarillo a lo largo del año, treinta kilómetros a partir de esta ciudad que a los pies de este décimo piso estaba tan cerca que quería saltarla, traspasarla. Esta ciudad de la que me alejaba sin nostalgia y a la que volvía con placer de reencontrarla. Esta ciudad que añoraba sabiendo que antes la había aborrecido y ahora ni chicha ni limoná. Esta ciudad caliente, donde siempre es verano a pesar del frío de diciembre. Esta ciudad que observan mis hijos sorprendidos desde los mismos miradores a los que yo me asomaba cuando ellos no existían.

Las otras ventanas, la otra vertiente de la casa, me inclina hacia los cerros de pinos crecientes que motean las tierras marrones, iluminados por el sol después de la tormenta; lugar de tantas escapadas, tan lejanas ya en el tiempo: aquellas junto a una tropa de compañeros de instituto en busca de cuevas misteriosas que se escondían entre los cerros habitados por conejos y las balas clavadas en las paredes del río, excitados por la aventura de sus apenas 13 años, y que quemaba los cuadernos de clase para hacer antorchas y atreverse en la oscuridad amenazante de la cueva mítica (el Champiñón, un hito a medida de la ciudad de abajo). También otras aventuras, como aquella que se iniciaba ayudándola a cruzar el río que nos separaba del oriente cercano donde como una premonición se situaba el castillo árabe, para, desde el pie de su torre derruida contemplar la ciudad desde la oscuridad de una noche de verano, mientras las horas pasaban y pasaban.

En esta casa que se abre al amanecer por el Levante de sus ventanas y se despide por el Poniente ha ido quedando la huella del frío y el calor, de la lluvia y los truenos, bajo un techo que precipita los sentimientos que ha acogido (tantos) entre sus dos vertientes, por encima del mundo cercano, o lejano, según queramos mirarlo. Ya lo dije, son más las vistas que recordaré de esta casa que todo lo material que contenía.

Pero demos ahora la vuelta a la esquina y echemos un jarro de agua fría necesario a la melancolía que tanto nos conforta cuando no sabemos adónde mirar, ¡existen tantas miradas desde tantas atalayas! Siempre la nuestra tiende a ser la mejor, la insuperable, pues es, al fin y al cabo la que conocemos, casi siempre la única que conocemos, y sin embargo, cada uno tiende a pensar y a sentir lo mismo por la suya, a pesar de las diferentes expresiones poéticas que las retratan, lo mismo en esencia, aun aborreciéndola. ¡Tantas casas!

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

Impresiones de la Fería (una)

Un Mickey Mouse con globos de colores en las manos camina en medio de dos policías aparentemente detenido. En el cielo el estruendo de un F16 en vuelo nocturno por encima de la Feria –se me había olvidado que también forman parte de la sintonía de la ciudad-. La gente entra ahora a borbotones al recinto ferial mientras nosotros salimos después de que los niños hayan montado en todos los cacharros, siempre pocos para ellos. Se nota el frescor del río cercano del que se vislumbran en la oscuridad los árboles de sus riberas. Atrás quedan las luces de colores, los humos de los churros, el polvo de los paseos, el dulce aroma del algodón de azúcar, la música entremezclada de mil altavoces, los vómitos detrás de las casetas ya limpiados con agua. Salimos pues de ese paraíso de los niños y de aquellos que adormecen sus pesares para parecer otros en la aparente fiesta, en la tarde que ahora es ya noche mientras nos encaminamos hacia la plaza de Cervantes.

Deseos, nostalgias, pero alegrías

Soportales

Añoro ahora, y no puede explicar muy bien por qué, caminar en las primeras horas de la tarde por la calle Mayor en dirección a la Plaza de los Santos Niños, e ir atravesando las sombras de las columnas que cortan sesgadas sus aceras de mi lado izquierdo. Puedo sentir en mi piel y bajo mi ropa el calor acrecentado por las piedras, pero sobre todo la extraña alegría de recuperar algo perdido o escondido en mi mismo.

A veces me pregunto si podemos ser plenamente nosotros en un lugar diferente a aquel en el que has vivido tu niñez, tu juventud y parte de tu madurez, y pienso que sí, que sí que podemos, lo que no podemos es obtener en nuestro nuevo lugar las recompensas que solo nos aguardan allá donde fuimos niños, jóvenes o adultos, por mucho que nuestro nuevo lugar en la Tierra nos guste. Dónde si no podemos reencontrarnos con nuestras propias, rotundas y negras sombras bajo éste sol alto en este aire nítido de la meseta donde estuvimos tanto tiempo. Dónde si no nuestros recuerdos agazapados entre los soportales. Dónde nuestros pasos que cruzaban la calle buscando y encontrando, celebrando y penando. Donde, en fin, nuestras imágenes guardadas de nosotros mismos y de aquellos que nos han acompañado paradas todas en un determinado tiempo, en una determinada edad, como fotografías que cobran vida al salir incrédulas de nuestra memoria.

Ahora son las once y media de la mañana en Barcelona y sin embargo yo estoy paseando junto al Hospitalillo buscando ya el refugio de los soportales en este día de julio cuando son las cuatro y media de la tarde.

Me siento acariciado por este calor recobrado y viejo, acogido en este lugar hermoso a esta hora del día, tal vez porque no espero que nadie lo haga, porque penetro de nuevo el alma de un lugar al que pertenecí y pertenezco y por eso me siento uno más. Nadie me da las gracias ni lo espero, pero nadie me pide nada, “aquí estamos, cuando quieras, ya sabes” parece decirme una voz irreconocible. Aquí un abrazo equivale a abrazarse a nuestra vida recobrada en los demás, en los que encontramos y notamos que el tiempo pasó por ellos, como ellos lo notan en nosotros, pero también en los que ya no están y que siguen estando con nosotros.

Alguien me llama, es una mujer, no la reconozco al principio, pero nos acercamos y sí, nos damos un beso, miro el tiempo que no nos vimos en su cara, como ella lo mira en la mía y supongo que también la densidad de mi pelo, reímos, resumimos en minutos nuestras vidas, nos despedimos. Camino ahora empujado por la alegría del encuentro, de verla, y también por la alegría de reconocer en ella su alegría de verme. Estoy aquí, la geometría la física y la geografía de nuestras vidas nos sirven para situarnos en el mundo y no marearnos.

Dos personas cruzan la Plaza de los Santos Niños, el cine que aquí había lo han cerrado, sigo andando y giro a la derecha, busco ahora la sombra de los árboles de la Plaza de Palacio, donde el silencio mayoritario y el sonido del débil chorrito de la fuente sobre el redondo estanque toca las teclas necesarias para poder, si te lo propones, amar el mundo. Cuando llego de vuelta por la calle de Santiago y de nuevo un pequeño tramo de la calle Mayor hasta la plaza de Cervantes aquí las imágenes se me agolpan. En una de ellas yo tenía por ejemplo once años y corría con un duro bien asido camino del puesto del señor Retabé a comprar sobres de soldados o con un mazo de tebeos para cambiarlos a diez céntimos por ejemplar. En otra imagen yo estaba sentado en un banco con un grupo de amigos a mis dieciséis años esperando el comienzo de la tarde del domingo, iniciando la ceremonia de la originalidad que mostrará a las chicas quien era yo, o quien no era. Otra imagen de mis veinte pocos años donde ella y yo íbamos de la mano camino de su casa hablando de cosas profundas a la medida de nuestra profundidad adquirida deseando al mismo tiempo llegar para tocarla y besarla en la oscuridad de nuestros variados escondites.

La Plaza de Cervantes era el lugar de la ciudad donde para nosotros empezaba todo, donde terminaba todo. Allí, y lo digo en presente, quedamos y nos despedimos, allí bebemos y nos encontramos, y allí juegan también nuestros hijos dando vueltas a la estatua del centro de la Plaza. Tantos paseos, tanta gente, besos, lágrimas, borracheras, resacas, encuentros inesperados o deseados, presentaciones, recaídas, renacimientos, nacimientos, miradas, cigüeñas, juegos, cervezas, coca colas, cigarrillos, actos políticos, actos jaraneros, extraños, ferias, madrugadas, mediodías, tardes, mañanas, no presencias. Es un gran rectángulo como muchas plazas claro, pero ésta es mía, contiene el mundo entre sus cuatro lados transparentes donde nos remansamos y miramos más allá. Es un lugar para quedarse, para llegar, para irse, para recordar y olvidar. Debe ser que nuestra vida comienza a ser larga y por eso de repente se me amontonan los recuerdos, ahora aparezco cogiendo de la mano a mi hijo en el pedestal de Cervantes, cuidando de que no se caiga en una de las vueltas.

Son las siete de la tarde ahora y la calle Mayor y la Plaza bullen. Las tiendas abiertas expulsan el aire frío, las piedras de los bancos de la Plaza arden del calor acumulado incluso ahora que las más cercanas a la entrada de la calle Mayor llevan una hora a la sombra. El paseo es ahora más accidentado pues los encuentros son casi continuos. Es curioso porque en mis visitas a Alcalá, cuando recorro la calle Mayor, hay veces que no me encuentro absolutamente a nadie y otras veces que me estoy parando casi de continuo con gente a la que saludo o simplemente a la que de vista reconozco.

Estoy feliz de estar en Alcalá de Henares a las siete y media de la tarde, incluso ahora que son las doce y media de la mañana en Barcelona.

Atocha→Alcalá – 33 minutos

Atocha 23:25

Madrid noche marrón

de farolas de luz difuminada

la gran estación casi vacía

 

ya partieron  los trenes repletos de esperanzas,

despacio, bajo un tupido techo de cables

rodamos sobre raíles que alguien nos abre

para encontrar el rumbo cierto

cruzando sobre mil destinos en la noche española

 

rechinando pesado y blanco

el tren cruza sobre la ciudad latente

que ansiosamente miro

salpicada de oscuridades.

 

El Pozo del Tío Raimundo

recién pasada Entrevías

es la noche de viejos barrios nuevos

que cruza la M40 de aguas oscuras

alguna luz cansina la navega.

 

Y el ruido del viaje

en las ruedas de hierro se depura

bajo el vagón blanco

que de nuevo frena

 

Vallecas ahora

más allá de los áridos descampados

es Lola con  su bata blanca

y su risa ambulatoria

en su inmersión diaria de vida

 

en este barrio afamado

de mala fama antigua

hay mil luces encendidas,

por la puerta que se abre

a la noche azul cielo

un frío cortante

que querría acompañarme.

 

Pasa repentino un tren inacabable

veloz y pesado de coches cargado

en vagones de amarillo intenso

por el ancho río de raíles brillantes.

 

Se cruzan, intuyo,

las almas que perdidas vagan

algunas certeras acuden

al brillo de unos labios

o atrapadas por una misteriosa mirada.

 

La inexistente mole negra de la fábrica de cemento

la traspasan hoy largos bloques

de iluminadas ventanas

el tren corre tras Vicálvaro

por los intersticios negros

de un Madrid que se escapa

y que ilumina el cielo.

 

Las antiguas estepas,

donde antes verdeaban los juncos

son hoy dóciles parques,

junto a casas nuevas.

 

Pasamos Coslada

más allá camiones que son cajas

naves que son más cajas,

una gasolinera en la colina

y por encima, como soles,

las potentes luces de Barajas.

 

Ya se ve la doble fila de aviones

que aterrizarán gemelos

sus blancas luces suspendidas

se aproximan por mi derecha,

por mi izquierda sus luces rojas

casi tocan ya el suelo.

 

Los viajeros que aquí suben llevan el cuello subido,

incluso alguno bufanda

en San Fernando, el ruido de los aviones

es una sintonía en punto

que suena cadenciosa

cada medio minuto,

cada minuto.

 

¡BRUAAAAAaaasscheeeEEEeee!

sobre nosotros,

¡Otro!

 

Tras la estación,

el río Jarama

oscuro de noche y de  chopos

resguardando patos blancos

escondidos en sus orillas.

 

Las luces de la M45 pespuntean el horizonte

de kilómetros de almacenes, fábricas y  talleres

Torrejón, el pueblo más feo del mundo

y probablemente no es así.

 

La Base de Torrejón dieciocho meses de azul

en la helada pista de la noche de la gran meseta

ahora ya no hay americanos,

no hay zippos, ni hamburguesas.

 

El destino se acerca,

en la ladera oscura del  Viso

las antenas de luces rojas,

tras el Torote La Garena

esta nueva Alcalá con el Corte Ingles su nuevo templo.

 

Llega la hora

en este cruce

en la mitad justa del universo

termina este viaje en la noche

 

Siento que no existe el tiempo

aquí están mis amigos

en la estación roja

junto a la pared me esperan

aquí estoy de nuevo,

 

se abren las puertas

al fin sus graves caras

alguien nuestro que no está

está con ellos, conmigo

abrazos, besos

pasos lentos.

 

Estoy en Alcalá de Henares, 23: 58

hace unas horas que Lola ha muerto

 

29 de octubre y 4 de noviembre de 2008