Dejar la casa

Dejar una ciudad en la que has vivido largo tiempo, es además de dejar de ver a tantas personas, incluida tu familia, dejar de caminar las calles en la que quizás aprendiste a andar, (incluso haciendo eses), y también a tropezar, (incluso cuando hacía eses). Es también abandonar la seguridad de lo conocido, olvidar los mecanismos asimilados que nos permitían movernos sobre un plano inscrito en nuestra mente sin apenas pensarlo, sabiendo quien era quien en nuestras referencias habituales. Pero dejar una casa es definitivamente romper con un pasado al que no se puede volver. Sí, ya sé que el pasado nunca vuelve, y que nunca se retoma nada en el mismo punto que se dejó, aunque sí los olores, los calores y los fríos de los lugares vividos, aliados casi siempre a los recuerdos voluntarios o no. Puede incluso que siga existiendo aquel banco, aquella valla por donde no pasaba nadie por la noche, aquel bar alrededor del cual, ahora que lo pienso, tantas personas, tantas miradas, tantos lances y palabras, pasaron a formar parte de nuestra vida.

Dejar la casa, dada la imposibilidad de llevar contigo tantas cosas, a veces supone tirar parte de tus libros, deshacerte de la ropa vieja, de tus antiguas sábanas, de las camisas pasadas de moda, de aquellas botas que no sabes por qué guardas, de la enciclopedia de fotos en blanco y negro que nunca más abriste, de las cajitas llenas de pretendidos jalones de tu vida inservibles pues ya no recuerdas que te deberían recordar, de esos marcos que una vez contuvieron las fotos de tus exposiciones particulares. Y también de los viejos papeles formales, oficiales, creativos, recortados; de los trabajos universitarios de distinta índole guardados para un futuro posible que ya se adivinaba imposible aun ordenados en carpetas. De aquel ordenador blanco ahora obsoleto e increíble ahora, que tanta pena te dio abandonar. Tantas cosas, sí, y también tantos recuerdos unidos a ellas, pero sin embargo prescindibles dentro de la carga que en la vida uno va arrastrando, salvo aquel libro, aquel chupete de los niños, aquella casa de muñecas, aquella foto, aquella figurita que de vez en cuando miras, y que no sabes por qué, son especiales, aun sabiendo que en realidad les hemos concedido un nuevo plazo de existencia entre nosotros.

Pero sobre todo, en la casa de la que yo hablo se quedan los panoramas, las vistas. Aquellas que al amanecer cuando el sol que trepaba sobre los cerros iluminaba los libros entre ceniceros sucios y vasos de café fríos, un nuevo trayecto hacia la cocina a tirar los ceniceros o a por un café nuevo. Aquellas que al mediodía además dejaban pasar por la ventana abierta de la cocina el aire frío que neutralizaba el olor del sofrito. O aquellas otras que al atardecer, cuando los bloques de ladrillo ardían en el verano y los aviones de Barajas entraban o salían por encima de la creciente superficie de un Madrid a pesar de todo incompleto, feo bajo la boina negra de humo, pero clamorosamente hermoso bajo los cielos rojos, surcados de azules puros en la tarde de primavera. Madrid, siempre fue desde allí un respiro donde dejar deambular la mirada, algo que mostrar a otros, algo también prescindible, fuente inspiradora y, ahora que también lo pienso, -por encima de todas estas torres plagadas de cigüeñas-, una promesa de trascender la realidad inmediata, un lugar a donde ir y desde donde volver, treinta kilómetros más allá llenos de edificios de variados colores y alturas, de autopistas, de solares intercalados que iban del verde al amarillo a lo largo del año, treinta kilómetros a partir de esta ciudad que a los pies de este décimo piso estaba tan cerca que quería saltarla, traspasarla. Esta ciudad de la que me alejaba sin nostalgia y a la que volvía con placer de reencontrarla. Esta ciudad que añoraba sabiendo que antes la había aborrecido y ahora ni chicha ni limoná. Esta ciudad caliente, donde siempre es verano a pesar del frío de diciembre. Esta ciudad que observan mis hijos sorprendidos desde los mismos miradores a los que yo me asomaba cuando ellos no existían.

Las otras ventanas, la otra vertiente de la casa, me inclina hacia los cerros de pinos crecientes que motean las tierras marrones, iluminados por el sol después de la tormenta; lugar de tantas escapadas, tan lejanas ya en el tiempo: aquellas junto a una tropa de compañeros de instituto en busca de cuevas misteriosas que se escondían entre los cerros habitados por conejos y las balas clavadas en las paredes del río, excitados por la aventura de sus apenas 13 años, y que quemaba los cuadernos de clase para hacer antorchas y atreverse en la oscuridad amenazante de la cueva mítica (el Champiñón, un hito a medida de la ciudad de abajo). También otras aventuras, como aquella que se iniciaba ayudándola a cruzar el río que nos separaba del oriente cercano donde como una premonición se situaba el castillo árabe, para, desde el pie de su torre derruida contemplar la ciudad desde la oscuridad de una noche de verano, mientras las horas pasaban y pasaban.

En esta casa que se abre al amanecer por el Levante de sus ventanas y se despide por el Poniente ha ido quedando la huella del frío y el calor, de la lluvia y los truenos, bajo un techo que precipita los sentimientos que ha acogido (tantos) entre sus dos vertientes, por encima del mundo cercano, o lejano, según queramos mirarlo. Ya lo dije, son más las vistas que recordaré de esta casa que todo lo material que contenía.

Pero demos ahora la vuelta a la esquina y echemos un jarro de agua fría necesario a la melancolía que tanto nos conforta cuando no sabemos adónde mirar, ¡existen tantas miradas desde tantas atalayas! Siempre la nuestra tiende a ser la mejor, la insuperable, pues es, al fin y al cabo la que conocemos, casi siempre la única que conocemos, y sin embargo, cada uno tiende a pensar y a sentir lo mismo por la suya, a pesar de las diferentes expresiones poéticas que las retratan, lo mismo en esencia, aun aborreciéndola. ¡Tantas casas!

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Impresiones de la Feria (dos)

Cuatro mujeres de edades entre los 50 y los 70 sobreadornadas de collares y coronadas por permanentes desayunan chocolate con churros y porras, mientras, otra, de pie al lado de ellas, les desgrana su consulta con la médica que ya había vuelto de vacaciones, está bien de colesterol pero viene de la farmacia de comprar sus pastillas y jarabes, no porque esté mal, -aclara- sino porque debe tomarlas. Dice que se encuentra muy bien, ¡ya ves tú! Mientras, sus oyentes mojan porras y churros en el chocolate en una sinfonía de movimientos perfectamente ejecutada. De repente una de las mujeres se levanta y saca algo de su bolso, es una pastilla blanca que engulle al mismo tiempo que se sienta ayudada de un trago de chocolate. La que viene del médico no debe sentirse muy reconocida por las cuatro amigas que la han escuchado, pues decide cambiar de escenario y va a sentarse enfrente de otra mujer sola y muy gorda que moja inmensas porras en la taza de chocolate. Ésta también la escucha sin abandonar su principal tarea, y a mi me parece que a cada porra que trasiega es un poquito más gorda y que tendrá muchas dificultades para levantarse de la mesa.

 

En la barra dos veinteañeros con una sonrisa que delata los efectos de toda una noche de juerga se toman un café con leche, tras darse estentóreas palmas y despedirse como si estuvieran solos en el bar, parecen dirigirse a sus coches para irse a casa o, quién sabe, quizás a levantar la borrachera, o tal vez a tomar otro café que les despeje. La mañana de Ferias es para salir a pasear, para regresar a dormir, yo mientras compro churros y porras para llevar a los niños que todavía duermen, ellos también se han acostado tarde. Estoy deseando salir de nuevo a pasear, a mirar, a encontrarme con gente.

Impresiones de la Fería (una)

Un Mickey Mouse con globos de colores en las manos camina en medio de dos policías aparentemente detenido. En el cielo el estruendo de un F16 en vuelo nocturno por encima de la Feria –se me había olvidado que también forman parte de la sintonía de la ciudad-. La gente entra ahora a borbotones al recinto ferial mientras nosotros salimos después de que los niños hayan montado en todos los cacharros, siempre pocos para ellos. Se nota el frescor del río cercano del que se vislumbran en la oscuridad los árboles de sus riberas. Atrás quedan las luces de colores, los humos de los churros, el polvo de los paseos, el dulce aroma del algodón de azúcar, la música entremezclada de mil altavoces, los vómitos detrás de las casetas ya limpiados con agua. Salimos pues de ese paraíso de los niños y de aquellos que adormecen sus pesares para parecer otros en la aparente fiesta, en la tarde que ahora es ya noche mientras nos encaminamos hacia la plaza de Cervantes.

Deseos, nostalgias, pero alegrías

Soportales

Añoro ahora, y no puede explicar muy bien por qué, caminar en las primeras horas de la tarde por la calle Mayor en dirección a la Plaza de los Santos Niños, e ir atravesando las sombras de las columnas que cortan sesgadas sus aceras de mi lado izquierdo. Puedo sentir en mi piel y bajo mi ropa el calor acrecentado por las piedras, pero sobre todo la extraña alegría de recuperar algo perdido o escondido en mi mismo.

A veces me pregunto si podemos ser plenamente nosotros en un lugar diferente a aquel en el que has vivido tu niñez, tu juventud y parte de tu madurez, y pienso que sí, que sí que podemos, lo que no podemos es obtener en nuestro nuevo lugar las recompensas que solo nos aguardan allá donde fuimos niños, jóvenes o adultos, por mucho que nuestro nuevo lugar en la Tierra nos guste. Dónde si no podemos reencontrarnos con nuestras propias, rotundas y negras sombras bajo éste sol alto en este aire nítido de la meseta donde estuvimos tanto tiempo. Dónde si no nuestros recuerdos agazapados entre los soportales. Dónde nuestros pasos que cruzaban la calle buscando y encontrando, celebrando y penando. Donde, en fin, nuestras imágenes guardadas de nosotros mismos y de aquellos que nos han acompañado paradas todas en un determinado tiempo, en una determinada edad, como fotografías que cobran vida al salir incrédulas de nuestra memoria.

Ahora son las once y media de la mañana en Barcelona y sin embargo yo estoy paseando junto al Hospitalillo buscando ya el refugio de los soportales en este día de julio cuando son las cuatro y media de la tarde.

Me siento acariciado por este calor recobrado y viejo, acogido en este lugar hermoso a esta hora del día, tal vez porque no espero que nadie lo haga, porque penetro de nuevo el alma de un lugar al que pertenecí y pertenezco y por eso me siento uno más. Nadie me da las gracias ni lo espero, pero nadie me pide nada, “aquí estamos, cuando quieras, ya sabes” parece decirme una voz irreconocible. Aquí un abrazo equivale a abrazarse a nuestra vida recobrada en los demás, en los que encontramos y notamos que el tiempo pasó por ellos, como ellos lo notan en nosotros, pero también en los que ya no están y que siguen estando con nosotros.

Alguien me llama, es una mujer, no la reconozco al principio, pero nos acercamos y sí, nos damos un beso, miro el tiempo que no nos vimos en su cara, como ella lo mira en la mía y supongo que también la densidad de mi pelo, reímos, resumimos en minutos nuestras vidas, nos despedimos. Camino ahora empujado por la alegría del encuentro, de verla, y también por la alegría de reconocer en ella su alegría de verme. Estoy aquí, la geometría la física y la geografía de nuestras vidas nos sirven para situarnos en el mundo y no marearnos.

Dos personas cruzan la Plaza de los Santos Niños, el cine que aquí había lo han cerrado, sigo andando y giro a la derecha, busco ahora la sombra de los árboles de la Plaza de Palacio, donde el silencio mayoritario y el sonido del débil chorrito de la fuente sobre el redondo estanque toca las teclas necesarias para poder, si te lo propones, amar el mundo. Cuando llego de vuelta por la calle de Santiago y de nuevo un pequeño tramo de la calle Mayor hasta la plaza de Cervantes aquí las imágenes se me agolpan. En una de ellas yo tenía por ejemplo once años y corría con un duro bien asido camino del puesto del señor Retabé a comprar sobres de soldados o con un mazo de tebeos para cambiarlos a diez céntimos por ejemplar. En otra imagen yo estaba sentado en un banco con un grupo de amigos a mis dieciséis años esperando el comienzo de la tarde del domingo, iniciando la ceremonia de la originalidad que mostrará a las chicas quien era yo, o quien no era. Otra imagen de mis veinte pocos años donde ella y yo íbamos de la mano camino de su casa hablando de cosas profundas a la medida de nuestra profundidad adquirida deseando al mismo tiempo llegar para tocarla y besarla en la oscuridad de nuestros variados escondites.

La Plaza de Cervantes era el lugar de la ciudad donde para nosotros empezaba todo, donde terminaba todo. Allí, y lo digo en presente, quedamos y nos despedimos, allí bebemos y nos encontramos, y allí juegan también nuestros hijos dando vueltas a la estatua del centro de la Plaza. Tantos paseos, tanta gente, besos, lágrimas, borracheras, resacas, encuentros inesperados o deseados, presentaciones, recaídas, renacimientos, nacimientos, miradas, cigüeñas, juegos, cervezas, coca colas, cigarrillos, actos políticos, actos jaraneros, extraños, ferias, madrugadas, mediodías, tardes, mañanas, no presencias. Es un gran rectángulo como muchas plazas claro, pero ésta es mía, contiene el mundo entre sus cuatro lados transparentes donde nos remansamos y miramos más allá. Es un lugar para quedarse, para llegar, para irse, para recordar y olvidar. Debe ser que nuestra vida comienza a ser larga y por eso de repente se me amontonan los recuerdos, ahora aparezco cogiendo de la mano a mi hijo en el pedestal de Cervantes, cuidando de que no se caiga en una de las vueltas.

Son las siete de la tarde ahora y la calle Mayor y la Plaza bullen. Las tiendas abiertas expulsan el aire frío, las piedras de los bancos de la Plaza arden del calor acumulado incluso ahora que las más cercanas a la entrada de la calle Mayor llevan una hora a la sombra. El paseo es ahora más accidentado pues los encuentros son casi continuos. Es curioso porque en mis visitas a Alcalá, cuando recorro la calle Mayor, hay veces que no me encuentro absolutamente a nadie y otras veces que me estoy parando casi de continuo con gente a la que saludo o simplemente a la que de vista reconozco.

Estoy feliz de estar en Alcalá de Henares a las siete y media de la tarde, incluso ahora que son las doce y media de la mañana en Barcelona.

Desde el balcón donde atardece

Desde el balcón donde atardece

He recuperado este texto que es de febrero de 2002, que modifiqué en 2005 y que he vuelto a modificar ahora. Me he acordado de aquella tarde de agosto, cuando mi hija era más pequeña, y juntos mirábamos un atardecer de los que suelen darse sobre Madrid en verano y que te dejan fijado al sitio. En aquel balcón del décimo piso de la casa de Alcalá yo la miraba sorprendida por el espectáculo.

 

Sobre la bruma de la gran llanura,

de edificios erizada,

cosen tus ojos candentes

con las cien agujas de iglesias

la provisionalidad del mundo aparente

 

 

Abajo cuatro niños corren

entre sonidos de coches que pasan

a la hora en que todo despierta

tras el sopor paciente

 

En la hermosa  tarde 

apareces suspendida

aprendiendo sin saberlo

que este mundo te pertenece

 

Me gusta verte extasiada

sobre la plaza de bancos de sol calientes

tu boca abierta me imanta

de tu suave cara iluminada y ausente.