Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

Los gatos negros no tienen teléfono

Algunas mañanas, al salir de casa camino del trabajo, el frío que viene de la noche me instala por unos momentos en la oportunidad de comenzar de nuevo, aunque no sepa el qué, quizás todo.

No se ve a nadie en el corto camino hasta la estación, hoy sólo un gato negro y cojo de una pata trasera, que se para y me contempla confiado mientras paso a su lado saludándolo. Nos miramos y él lo sigue haciendo mientras me alejo pensando en que piensa un gato cojo solitario en la noche viendo pasar a un humano solitario. Su mirada no es orgullosa, ni quejosa, ni es pedigüeña, ni extrañada, ni desesperada, ni desconfiada, ni busca dar pena; muestra la característica dedicación animal por vivir, es curiosa y amigable; y mudo cómo es este negro individuo, se comunica conmigo definitivamente con su mirada. Parece apreciar la casualidad de este encuentro inesperado en esta esquina alumbrada por una farola, por eso parece decirme: “No me olvides, tú y yo somos vecinos, aunque yo sea cojo y gato y tu legañoso y resignado, por muy esperanzado que te encuentres a estas horas de la mañana y me mires desde tan arriba, yo también lo estoy en encontrar un lugar tranquilo y a salvo donde dormitar”.

Mientras espero el tren echo un vistazo a mi teléfono: correo, noticias, mensajes. Otro día más la misma búsqueda de entretenimiento que en esencia es la propia acción repetitiva de la consulta: nos entretiene no en la acepción de divertimento, o al menos no siempre, sino en la otra que se explica porque no nos permite hacer o disfrutar de otras cosas (si es que lo quisiéramos); por ejemplo el silencio tan codiciado, o aquello de lo que cada vez somos más consciente hemos gozado pero hemos perdido, interrumpidos por nuestro uso de estas máquinas, y otras, que con ser útiles son cada vez más la cadena que nos ata a la bancada de la galera día a día y por los siglos de los siglos, sin destino fijo, sin posibilidad apenas de acercarnos siquiera al horizonte al que ya hemos renunciado a traspasar, que nos rodea y que ni siquiera podemos ver en el oscuro, húmedo y maloliente cubículo donde remamos atascados en la tierra seca.

Miro por la ventanilla y la luz del día ya se vislumbra. Puede que el gato cojo tema ya esta luz que augura el peligro de la actividad humana, agazapado bajo un coche que sabe que no se moverá en todo el día. Cierra los ojos, y en su trance recuerda al humano que le ha saludado esta mañana. Esta noche volverá a salir de nuevo, para comer, para encontrar quizás una hembra solitaria por la que no tenga que pelear; y se lame el muñón sin prisa, gozando de sus propias caricias.

Guardo mi teléfono, pero nada más bajar en la estación de destino lo saco para consultarlo. Sí, es un nuevo día, y por eso sonrío a la nueva oportunidad que se me brinda ahora que ya ha amanecido.

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

El viaje

Esta mañana tras el café de media mañana, después de viajar alrededor de nosotros mismos hablando de nuestras propias vidas en un movimiento de rotación, también realizábamos un movimiento de traslación alrededor de este lugar donde ahora estamos para volver a encontrarnos con los cuerpos siderales que nos acompañan en el día a día y a los que volvemos gustosos casi tentando sus pieles, admirándolas, pero volviendo a partir como condenados a un eterno vagabundeo mientras nos volvemos a mirarlas alejarse.

 Durante el trayecto hablábamos de otros viajes, de aquellos que requieren irremediablemente el abandono de la costumbre que nos ata un día y otro día. Nos preguntábamos sobre el porqué de ese impulso que nos sobreviene a veces por salir a la incierta aventura de adentrarse y recorrer paisajes extraños, a menudos hostiles. Los motivos para el viaje pueden ser variados, a menudo es la necesidad de huir de lo archiconocido, hartos del encierro rutinario, a veces es debido a una chispa que nos ilumina el futuro camino y al final un objetivo, a veces no existe una meta y es solo un trayecto guiado por la intuición o el gusto, de duración incierta. El viaje es eso, es partir, ir, llegar, estar, pensar, mirar, deglutir, comprender, ignorar, y notar y vivir lo que registramos, incluidos los malos ratos, el sueño, el peligro, la lluvia, la incomprensión, la nada fría mientras anochece sin ningún lugar a la vista para guarecernos, pero también y, sobre todo, la alegría de amanecer en un lugar que no pudimos ver en la noche que se nos muestra hermoso y húmedo, pero también la noche y sus sonidos, la sonrisa de la gente que nos mira curiosa, las palabras amables que nos acogen, las que nos preguntan, los niños y sus juegos, los oficios, los mercados, las calles tan distintas o tan parecidas, los cielos, siempre los cielos que nos cubren con sus nubes, con sus estrellas. Tal vez un beso, tal vez un beso soñado de alguien lejano, tal vez la imposibilidad de transmitir lo que en esos momentos sentimos en la noche con nuestros ojos cerrados y en si todavía seguimos existiendo en el lejano lugar para nosotros ahora inexistente. Y la soledad, la soledad cierta y eterna que somos nosotros, los que nos enfrentamos a todo, en el viaje, en la propia vida. Porque un viaje es sobre todo salir de tu lugar habitual para ir más allá, siendo un allá ya conocido o completamente ignoto. Podemos utilizar variados medios de transporte, y sobre todo caminar. Podemos caminar despreciando posibles peligros, o podemos ir utilizando las vías más transitadas para evitar sobresaltos. Podemos ir a un lugar donde nos esperan o a un lugar donde pueden preguntarse el porqué de nuestra llegada, lo que en sí puede augurar un desenlace problemático a nuestro desplazamiento.

Podemos ir en grupo, con tres amigos, con uno o con una novia, y seguiremos estando de viaje, pero creo que no hay un viaje más sincero en el sentido de lo que el viaje tiene de cambio personal que el que podamos realizar en solitario. Es entonces cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, cuando podemos llegar a saberr nuestro comportamiento en libertad, sin que nadie sea testigo ni cuide de nuestros actos, pues es entonces cuando de verdad sabemos lo que ansiamos, lo que añoramos, lo que valemos.

 Luego nos podemos enfrentar al desierto, al hielo perpetuo, a las montañas, a los plácidos caminos, y esperar el reposo, y digerir lo visto y lo vivido, y al día siguiente seguir caminando en nuestro viaje, aunque siempre volvamos.

Aquí está la noche

Un leve silencio cae, cual nevada, en la noche de ventanas encendidas 

nuestras recientes sonrisas, que quisieramos salvar al futuro

como nuestros amargos temores

desaparecen en la niebla hostil

el arañazo que todavía mancha vuelve a escocer

Estamos solos en el mundo aunque sabemos que está repleto

quizás por eso dormimos

olvidándonos de los millones de sueños ajenos que nos rodearan siempre

para seguir sintiendo la soledad que nos repara

y esperar que llegue el día que nos aseguramos uno tras otro será nuevo

solo al despertar caemos en el engaño

pero seguimos amaneciendo, olvidándonos

hasta cuando queramos seguir despertando y ya no podamos

Gracias a ese sol limpio de templada luz

que hoy nos envuelve y nos devuelve la vista

pues ese es nuestro sino

la noche y el día

y nosotros a ellos sumidos

Buenas noches entonces hasta el nuevo día

Apago pero encenderé.