“Los animales no son comida”, dicen.

“Los animales no son comida”, he leído en un cartel, supongo que de alguna asociación de defensa de los animales.

Es evidente que los bichos vivientes no nacemos para ser comida, otra cosa es que en un momento dado lleguemos a serlo. Cierto es que en condiciones de relativa normalidad, los humanos no somos comidos ni por nosotros mismos ni por animales más grandes que nosotros, aunque en algunos lugares de la Tierra esto tenga más posibilidades de producirse que en Burgos, pongo por caso. Los que lo tiene peor son los propios animales sin alma, es cierto, porque además de comérnoslos nosotros, y no a todos, pues somos un poco escrupulosos en época de abundancia, algunos de ellos tienen la buena o mala costumbre de cazar a otros más pequeños para seguir viviendo.

Así que no entiendo este eslogan que desea que todos comamos, supongo que verdura todo el tiempo, por mucho que las judías verdes este muy ricas. Puede ser que una vez conseguido el objetivo de que los bichos no sean comida para los humanos, podamos convencer a la pantera negra y a la araña del rincón del dormitorio de que coman romero o polen en vez de a la tierna gacela de ojos implorantes o a la molesta mosca que sin ningún remordimiento aplastaríamos contra el cristal de la ventana cuando le da por aterrizar y despegar de nuestra piel sin miramiento una vez detrás de otra.

¿En qué clase de ficción se instalan algunos para pedirnos a resto de los 7.300 millones de humanos –y subiendo- que habitan la Tierra y que necesitan comer todo tipo de alimentos, para pedirnos que no no comamos otros animales?

El que quiera, eso sí, que se hinche de coliflor, leche de soja y de algas del Mar de los Sargazos, pero que no confundan con afirmaciones fuera de lugar. Desearíamos que el número de tigres de Siberia, ahora tan amenazado, pueda seguir creciendo, si es que lo hace, a base de conejos o de zorros. Eso no quiere decir que los animales que destinamos a la alimentación humana no deban vivir en condiciones dignas y por supuesto con las suficientes garantías de salubridad.

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Los gatos negros no tienen teléfono

Algunas mañanas, al salir de casa camino del trabajo, el frío que viene de la noche me instala por unos momentos en la oportunidad de comenzar de nuevo, aunque no sepa el qué, quizás todo.

No se ve a nadie en el corto camino hasta la estación, hoy sólo un gato negro y cojo de una pata trasera, que se para y me contempla confiado mientras paso a su lado saludándolo. Nos miramos y él lo sigue haciendo mientras me alejo pensando en que piensa un gato cojo solitario en la noche viendo pasar a un humano solitario. Su mirada no es orgullosa, ni quejosa, ni es pedigüeña, ni extrañada, ni desesperada, ni desconfiada, ni busca dar pena; muestra la característica dedicación animal por vivir, es curiosa y amigable; y mudo cómo es este negro individuo, se comunica conmigo definitivamente con su mirada. Parece apreciar la casualidad de este encuentro inesperado en esta esquina alumbrada por una farola, por eso parece decirme: “No me olvides, tú y yo somos vecinos, aunque yo sea cojo y gato y tu legañoso y resignado, por muy esperanzado que te encuentres a estas horas de la mañana y me mires desde tan arriba, yo también lo estoy en encontrar un lugar tranquilo y a salvo donde dormitar”.

Mientras espero el tren echo un vistazo a mi teléfono: correo, noticias, mensajes. Otro día más la misma búsqueda de entretenimiento que en esencia es la propia acción repetitiva de la consulta: nos entretiene no en la acepción de divertimento, o al menos no siempre, sino en la otra que se explica porque no nos permite hacer o disfrutar de otras cosas (si es que lo quisiéramos); por ejemplo el silencio tan codiciado, o aquello de lo que cada vez somos más consciente hemos gozado pero hemos perdido, interrumpidos por nuestro uso de estas máquinas, y otras, que con ser útiles son cada vez más la cadena que nos ata a la bancada de la galera día a día y por los siglos de los siglos, sin destino fijo, sin posibilidad apenas de acercarnos siquiera al horizonte al que ya hemos renunciado a traspasar, que nos rodea y que ni siquiera podemos ver en el oscuro, húmedo y maloliente cubículo donde remamos atascados en la tierra seca.

Miro por la ventanilla y la luz del día ya se vislumbra. Puede que el gato cojo tema ya esta luz que augura el peligro de la actividad humana, agazapado bajo un coche que sabe que no se moverá en todo el día. Cierra los ojos, y en su trance recuerda al humano que le ha saludado esta mañana. Esta noche volverá a salir de nuevo, para comer, para encontrar quizás una hembra solitaria por la que no tenga que pelear; y se lame el muñón sin prisa, gozando de sus propias caricias.

Guardo mi teléfono, pero nada más bajar en la estación de destino lo saco para consultarlo. Sí, es un nuevo día, y por eso sonrío a la nueva oportunidad que se me brinda ahora que ya ha amanecido.