Una bolsa de plástico azul

El aire juega con una bolsa de plástico azul que parece exhibirse en su vuelo alrededor de los paseantes. Estoy seguro de que alguno de ellos se acuerda de la escena de la película “American Beauty”, aunque allí la bolsa sea blanca y aparezca en la imagen de una pantalla de televisión que una pareja mira desde el sofá donde ambos están sentados.

Hace un calor intenso hoy en Barcelona, un calor húmedo, pesado, de fin del mundo. No puedo evitar acordarme de las descripciones que hace Paul Theraux de algunos poblados de Ciudad del Cabo, del norte de Namibia o de Luanda en su libro “El último tren a la Zona Verde”. Allí, sin embargo, al calor se suman la suciedad, la fealdad, el mal olor, el ruido, los gritos, la miseria y la violencia, es decir, es un calor multiplicado por un millón, lo que nos daría un resultado cuyas unidades de medida tal vez servirían para medir la desesperación y la resignación, los deseos de suicidio o tal vez la capacidad de supervivencia. Una situación en todo caso incomparable con este calor que uno olvida mientras sigue el vuelo lento de una bolsa de plástico azul que da vueltas junto a un grupo de hojas secas delante del escaparate de una moderna tienda de calzado Camper, y con el recuerdo adosado de una película que allá, a buen seguro, no puede existir en las memorias.

En este bar donde ahora tomo café frío, que ahora es de una pareja china, el frío del aire acondicionado hace difícil concebir cualquier situación lejana y africana. Cómo diría Faemino y Cansado, pero cambiando la clasificación de los mundos, esto sería “El orgullo del primer mundo”. Ese orgullo que podría ser el revés de la vergüenza; este frio que nos libra del calor y esa bolsa de plástico que en su danza nos procura una diversión sofisticada y liviana que nos distrae de nuestras preocupaciones, tan alejadas de las que tienen que ver con la mera supervivencia y con el horror de vivir en tantos lugares de tantas ciudades, por ejemplo africanas.

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