El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

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De la sonrisa

¿Cuánto dura una sonrisa en nuestra cara después de despedirnos de alguien por quién sentimos aprecio, cariño, amor, pasión o con quién hemos compartido algo: una conversación, un café, una película emocionante, un paseo, una cama? ¿Cuánto dura el reblandecimiento de nuestra carne una vez salidos del agua cálida de un rato, de un momento, de camaradería, de coincidencia, de amor? ¿Cuánto del efecto de esa sonrisa, de ese reblandecimiento de nuestra carne, cala en nosotros, nos cambia la forma de ser y de enfrentar la vida, aunque sea un poco, de ser los mismos, pero diferentes?

Ella se despidió de la otra mujer al salir del vagón del metro, todavía no se habían cerrado las puertas cuado se estaban dando dos besos y diciéndose adiós con un cariño que se manifestaba en la expresión de la cara de la mujer que yo veía de frente, y que siguió prendida en su sonrisa resplandeciente y sincera, todavía durante diez segundos más, lo que tardó en rebasarme, por lo que no pude ver cuando su rictus cambió para adoptar un semblante relajado. Si la vi mirando al suelo tres metros por delante de ella.

No se el tiempo que aquella sonrisa siguió en su cara, pero sobre todo no supe, y es imposible de saber, ni siquiera por ella, cuanto de aquella sonrisa que traslucía la felicidad que había vivido, cuanto quedaría en su recuerdo, en su manera de ver el mundo, se trasladaría a otros aspectos de su vida, se acumularía al fondo de su almacén de experiencias, acabadas, renovables. Ni tan siquiera se como se puede medir el combustible de una sonrisa, ni evidentemente su beneficio.

Tengo para mí que me equivoco

Tengo para mí que me equivoco, pero claro, siempre me equivoco, aunque no hay manera de saberlo hasta que es evidente que el lugar hasta donde he llegado no era el  que yo habría deseado. ¿Alguna vez lo supe? Eso sí, puedo llenar de prosa desabrida y  certera todo lo que voy sintiendo. Bueno, eso a veces me consuela y en la confusión a veces encuentro la belleza de la pérdida, del deambular ciego, aunque con el tiempo esto ya me cansa y me sumo entonces en el silencio obligado, en una contemplación más o menos reparadora.

También a veces acierto, aunque esto ocurra cada vez de forma más espaciada en el tiempo, o puede que sea que aquellas equivocaciones sean necesarias para posteriores aciertos, ¿quién lo sabe? Sólo cuando la sonrisa y el orgullo se te suben a las orejas eres entonces consciente de tu grandeza, como al contrario lo eres de tu fragilidad increíble.

Son tiempos estos en los que me es difícil discurrir –¿alguna vez lo hice?- y más en este cruce de caminos donde sopla a rachas el viento, donde la lluvia quisiera ser invierno, pero donde el sol pica en cuanto las nubes le dejan. No se ve la carretera que baja, sólo hasta la curva acerada que se hinca tras los árboles. Han desaparecido las presencias que me acompañaron y noto que no noto nada, que camino sin dar noticias de mis pasos, en la posible desesperante extensión de un lugar perdido y sin mapas.

Me he sentado en un banco de piedra en la alquería abandonada, delante del patio de hierba verde crecida. Los restos de una cuadra a mi derecha, la casa derruida delante. Imagino el lugar con vida, los animales coceando y arrancando hierba, tal vez dos niños jugando o acarreando agua. Me he detenido aquí sin saber porqué, es el mejor sitio para pensar y seguir camino, como siempre sin rumbo fijo, camino de la equivocación o del acierto, pero en realidad porque he de proseguir, no queda otra, y para ello lo mejor es un corto descanso y mirarse los píes y las rodillas, los brazos, los hombros y la tripa, saber que estás, que eres tú el que allí se sienta, que eres tú mismo el que se levanta y de nuevo camina, con las botas mojadas y la mochila donde un cuaderno guarda inciertos materiales: recuerdos y deseos que se revuelven y mezclan a medida que ando. No queda más remedio que seguir andando, y no se a dónde, pero ha dejado de llover y comienza a verse el valle, a lo lejos un trozo de mar, pero sólo niebla en las cunetas.

Pensamientos forzados y estirados

Jueves 29 de julio de 2010, como pasa el tiempo.

 Improvisando frases brillantes, o mejor, pensamientos forzados, cinco minutos antes de salir:

 -Tengo un grano en el pecho que me está jodiendo.

 -He estrenado zapatos que me resultan muy cómodos.

 -No tengo ganas de irme a casa pero sí de salir de aquí.

 -La vida es rara cuando te escondes en sus pliegues, y aquí estoy.

  

Viernes 30 de julio de 2010, el final del mes se acerca

 Continuación de los pensamientos forzados, ahora ya por la mañana temprano, de nuevo incorporado al trabajo, con más tiempo:

 -Hoy en la ducha el famoso gran grano del pecho se ha vaciado, el calor y la fuerza del agua lo ha arrasado.

 -Me he puesto zapatos que no se calan, la lluvia me ha despertado, debe ser una señal, no se si buena o mala, pero olía bien, hacía fresco, eso siempre es un buen comienzo para un día de verano.

 -Buenos días, ¿por qué los días son plurales en castellano? No lo se, pero me parece una invitación al optimismo, como si dijéramos al otro: bueno tu día y el mío.

-Después de la lluvia el sol se asoma ahora, es viernes. Nos despertaríamos a las diez, buena hora, las risas al estirarnos y tocarnos de nuevo. Un día de fiesta civil instaurada por el deseo, sin tener que marcarlo en el calendario zaragozano, solo en el nuestro, en ese interno de la propia existencia.

-Empieza a llegar gente a este lugar donde me encuentro, otros no están, viven en otros lugares, provisionales en sus nuevas costumbres, tal vez temiendo que se les termine el tiempo de ausencia, tal vez también algunos deseando la vuelta para encontrarse con alguien, tal vez hartos de la gran convivencia.

-Que raro es el mundo, y tan hermoso. Sí, es un tópico manido aunque todos los tópicos guarden una osamenta incontestable, (como el propio tópico manido). El mundo es hermoso, quizás porque en algunas o en muchas partes es horrible, como un videoclip en el que van pasando imágenes de gentes, de paisajes, la gran bola azul rulando en medio del éter y una música heroica que nos enaltece y nos permite volar sin mancharnos evitando el sufrimiento. Somos capaces de recrear el mundo que se nos escapa en una pantalla y hasta de enamorarnos de una realidad que somos incapaces de ver en su conjunto por la imposibilidad de sobrevolarla, en un viaje concentrado que no sustituye al real, pero que no deja de ser hermoso. Otro tópico al final del párrafo. Que suerte de vivir a pesar de todo.

Angie era una canción que me hubiera gustado haber compuesto, y como ya estaba inventada pues la tomaba prestada, te permitía apretarte a ellas y se las cantaba al oído en un inglés aproximado, si bien más a la oreja que a la literalidad del texto, pero nunca ninguna se quejó, o al menos yo no quise verlo, pues Angie era una canción restregona, todos hacíamos lo mismo mientras sonaba, aunque yo siempre se la cantaba, bueno, no siempre. Ahora que lo pienso, también disfrutaba con la música.

-Son las nueve, se está bien aquí, un lugar como otro. Podría cambiar el decorado, subir el que presenta una oficina pintada con varios figurantes en, por ejemplo, una quinta planta de un edificio de oficinas, y bajar otro más luminoso con varias palmeras y un mar azulado donde la brisa me acaricia ahora que levanto la cabeza para mirar al mar cercano. Me estoy meando y voy detrás de la palmera derribada, vuelvo y me siento de nuevo y le doy un sorbo al café caliente, sigo escribiendo, estoy contento, doy rienda suelta a lo que se me va ocurriendo. Ahora sale una mujer en bikini de la casa más cercana, me saluda con la mano y se va corriendo hasta el agua, nada diez metros, se vuelve y se mete de nuevo a la casa. Las grandes nubes del trópico construyen un cielo grandioso y pasan despacio, son de una tela muy blanca y redondeada.  Lo miro por un largo rato con la cabeza apoyada en las manos, acodado sobre la mesa. Una furgoneta abierta cargada de plátanos pasa haciendo sonar el claxon y yo me acerco, descalzo y con los pantalones remangados, al agua que va y viene, que va y viene. Detrás de mi, la puerta de la casa de madera está abierta y la persianas bajadas. Voy a  entrar a despertarte muy despacio.

-Son las nueve y media, la mañana esta encauzada, como el día, imparable carrera, o ¿acaso lo dudabas?

-El tiempo inexplicable en el que nos vamos moviendo fotografía a fotografía como en una película, plano a plano, para darnos consistencia y poder explicarnos ante los demás y a nosotros mismos. Nuestros actos son el paso del tiempo segundo a segundo, pararlo es la muerte. No podemos retenerlo, a pesar de que siempre se nos escapa y quisiéramos que algunas veces corriese lento, muy lento.

-El misterioso sugerir, el mensaje cifrado sin una clave universal o restringida establecida con antelación. Interpretar lo que creemos ver nos lleva a contestar de forma correcta, aproximada o decididamente extraviada de lo de nosotros esperado. En fin, el misterio de las relaciones humanas.

-Son las diez y todo el mundo se ha ido con un bocadillo en la mano a los bares cercanos. Que negro está fuera, tal vez llueva de nuevo. Esto podría ser la redacción de un periódico americano, -¿por qué americano? La influencia del cine, ya se sabe- en la que yo estoy trabajando un viernes de madrugada escribiendo una noticia en la gran oficina solitaria. Creo que me gustaría, tal vez redactando y puliendo el titular que aparecería a la mañana siguiente:

“The times, like the world are changing, like always it was”. Como yo, como todos, pero esto no lo escribo. Salgo de la redacción, quiero coger un taxi en la noche fría pero no pasa ninguno, así que camino por la avenida de Pensilvania camino del café de Harry Todd que abre toda la noche. Una mujer mayor y despeinada se acoda en la barra leyendo un libro de autoayuda, dos hombres conversan, evidentemente borrachos y ausentes del mundo que les rodea, les oigo varias veces pronunciar el nombre de Amanda. Pido un café con leche muy caliente y un donuts doble. La calle está desfigurada por el cristal empañado, es una imagen certera de la realidad de esta ciudad y del mundo. Pasa un coche de policía a gran velocidad con sus luces azules sobre el techo. Washington es una capital en calma cuyos tejados aquel diablo quisiera destapar para descubrir todas las preguntas y algunas de las respuestas. Doy un sorbo el café, siento una extraña alegría por estar aquí, que duda cabe que la borrachera del sueño ayuda a ello. Ahora es una mujer la que entra acompañada del frío, deduzco que es Amanda, entonces uno de los hombres se levanta y se cae al suelo, la que debe ser Amanda le ayuda a levantarse y a sentarse de nuevo en su silla blanca. Ella se sienta con los dos hombres, el que se ha caído coge su mano y la besa, pero yo salgo y me abrocho al abrigo. Un taxi para por fin en la puerta.

-Me voy a tomar un café y a terminar esto.

La creatividad

A veces la creatividad define un estado falso de nuestra actividad mental, parecería que en dicho estado seríamos capaces de componer algo medianamente original que transmita con fuerza y claridad nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, descubrimientos u obsesiones. A veces lo que deseamos es que nos invada para crear algo bello que se acomode a lo que disfrutamos, añoramos o sufrimos, pero no es algo que responda inmediatamente a la voluntad sino que es caprichosa en su aparición, y a menudo tiene que ver con el objeto indirecto de su motivación lo que refuerza el impulso creativo, a menudo de una forma imprescindible. Ahora  siento la necesidad de escribir, me gustaría mucho comenzar y seguir, y seguir, sin embargo es un empeño vano, puedo componer algo cortito, como mucho, aunque casi siempre lo borro, no me llegan las fuerzas, supongo que las tengo dispersas, faltas de una concentración que me tienen deshilachado. Me gustaría también poder componer una carta certera, sincera, vibrante, rica, y ésta si que se que sería capaz de hacerla, lo que no podría es enviarla. ¿Es esto creatividad? ¿No es más bien una prueba de que la creatividad y la inspiración son algo relativo y que deberíamos hablar mejor de necesidad, o también de necesidad? ¿No es la necesidad la que nos empuja a hablar como nunca antes hemos hablado cuando nos interesa convencer a alguien a quien nos interesa mucho hacerlo? ¿No es, junto a la inspiración, la necesidad de demostrar que nuestra obra es digna de admirar, la que nos empuja a escribir, a pintar, a fotografiar? Ahora ya son las tres menos cuarto de un viernes, es tarde par empezar, tarde para escribir, tarde para enviar éste u otro texto. Puede que además sea difícil crear algo extenso, y puede que en realidad quisiese escribir otra cosa y me ha salido esto. Bueno, por algo se empieza, pero ¡está tan lejos de lo que quisiera! Menos mal que ahora me voy al cine, que esto creo que no os lo había dicho. Es como si saliese al recreo, pero ya me gusta hacerlo.

En la vida escrita y en la no escrita

En la vida no escrita, cuando nuestro cuerpo tiembla movido por excepcionales deseados y inesperados momentos que en el recuerdo después repintaremos con merecidos oros, a veces redescubrimos el cálido acceso a aquello a lo que quisimos volver, a aquello donde siempre nos reconocemos vivos en el deleite de su proximidad y que por tanto nunca podemos ni queremos olvidar y con los que a menudo soñamos hasta despertar. Y siempre nos preguntamos por qué no lo hicimos antes, por qué tuvimos tanto miedo, por qué solo vimos sus impenetrables muros si solo estaba en nosotros el ver un horizonte abierto y una tierra amable por donde caminar sin miedos.

En la vida escrita también redescubrimos, desciframos y en ella nos sumergimos, también imaginamos, nos reconocemos, nos excitamos, perdonamos y nos perdonamos, pues vida es también al fin y al cabo. Pero en ésta, en esa soledad donde soñamos, dormimos, reímos y disfrutamos, el calor ardiente de su mano sobre la nuestra, solo lo recordamos, lo ansiamos.

Uno siempre tiene lecturas pendientes, páginas infinitas por donde caminar, y ojalá siempre las tenga, aunque sepa también que lo ya recorrido a veces se escapa como arena entre las manos.

Dentro de las lecturas de papel he comenzado a leer un libro que se titula “El mundo clásico”, de Robin Lane Fox. Lo estoy leyendo en inglés, primero porque el autor es inglés y así practico, y segundo porque encontré una edición de Penguin barata y muy atractiva, o sea que el placer es doble, o triple, si a eso se le une que estoy comenzando a sumergirme en la vida y la historia de la Grecia clásica entre escarceos que se asoman al viaje de Ulises por un mar improbable pero por eso tan subyugante y que Homero edificó para nuestra suerte. También comienza a aparecer Adriano, el emperador viajero y amante de esa Grecia que en cierta manera constituyó el meollo sobre el que Roma construyó su propia cultura. Como siempre ha sido en la historia del mundo, nada nace de la nada. Como un grato e interesante viaje en el que uno de repente es consciente de encontrase embarcado, así es la lectura de este libro.

Por eso debe ser que, cuando subía yo esta mañana por la escalera que va al quinto, que no al cielo, poco antes de entrar al trabajo apurando la última página para parar en el primer punto y seguido, y así saber donde retomarlo con facilidad, de repente se me ha ido el santo al cielo y me he emocionado, se me ha iluminado el entendimiento y en este extraño y fugaz momento me he notado extrañamente contento en el último tramo de escalera, como un conquistador que reconoce ante sus ojos la belleza de un paisaje recién descubierto. A veces, el gozo de la lectura es pleno si a él va unida la degustación de las propias palabras, es entonces un brillante bamboleo que justifica la existencia, aunque a veces dure poco. El caso es que cuando ascendía por la escalera del quinto he venido a plantearme si esa especie de relámpago era la cultura que nos transforma y de la que tantas veces tantos estudiosos se preguntan por su verdadero significado. Y también si era esa la cultura en bruto, la verdadera, la que no necesita adjetivos para explicarse. No lo sé pero sí que he notado una descarga de emoción parecida a la que siente cuando notamos que nos quieren, como si a partir de ese momento me fuera dado poder visitar y entender el mundo y su historia. Es exagerado, lo se, pero era un momento blanco y brillante.

Son ciertos pasajes de ciertos libros, ciertas escenas de ciertas películas, ciertos acordes de ciertas músicas o ciertos monumentos los que nos producen esas ráfagas a veces no advertidas, otras para siempre inolvidables o simplemente estimulantes, los que pueden servirnos para guiar nuestra voluntad en el seguro pero incierto futuro y disfrutarlo.

Enseguida se me ha venido a la mente otro momento cercano que realmente me emocionó, y me hizo exclamar: “Esto es el cine”. Sucedía mientras veía la película “Camino” de Javier Fresser. Reconozco que iba con el prejuicio de que sería una película muy triste y esperable, pero la indignación que crece a medida que los metros pasan se convierte en una gran y liberadora sorpresa por medio de los paralelismos de las palabras que el director introduce para construir una película que va más allá de la tristeza, la injusticia, el delito diría, de una secta poderosa y alienante que siempre es irresponsable porque el responsable es Dios que lo ha querido. Por medio del amor de la niña hacia un niño la película vuela y se convierte en una forma de reírse de la superchería de la Obra, comicidad de riesgo, es cierto, teniendo en cuenta la penosa realidad que retrata, pero una audaz y poco explorada manera de dejar en evidencia la santa saña del Opus destrozando personas, peones de una gran estrategia de poder y dinero. De repente, el nombre del Jesús terrenal al que la niña ama y llama en el lecho de muerte y que los padres y curas confunden con el Jesús de la leyenda, es como la llegada del 7º de Caballería que derrota a la secta con la ingenua sinceridad de su edad y de su amor. Es ese juego que el director descubre el que en un momento dado me emociona hasta la carcajada por el hallazgo, por su gran originalidad y fuerza.

Son esas ráfagas que nos hacen vibrar las que nos hacen tomar conciencia de que eso es lo que verdaderamente nos redime, por la sinceridad que demostramos para con nosotros mismos, pues esos son realmente algunos de nuestros verdaderos sentimientos. Como el calor ardiente de su mano.

 

Lenguaje binario

Hoy estoy ebrio de agua mineral, es tarde en la tarde y como me gustaría que el mundo y los que me rodean estuviesen mucho mejor, escribo.

Hoy he comido fuera, en un restaurante de menú donde la comida era buena. Éramos ocho, casi todos nos conocíamos, algunos más que otros, y todos, curiosamente, teníamos a alguien del sexo opuesto opuesto a nosotros. Una bendición, diréis, pues sí. A veces pienso en lo que en realidad queremos decir cuando hablamos. Siempre hay diferencias cuando hablamos con mujeres, o las mujeres con hombres, pero generalmente adoptamos un lenguaje binario, hay una línea del mensaje que escuchamos y  otra línea que queda oculta pero que se intuye. Y algunos me diréis, “A mi no me pasa”, y puede ser, pero yo creo que sí, que de una manera u otra todos somos binarios,  es normal. Yo no digo que cuando decimos “¿Me pasas la sal?” con una sonrisa sandunguera, en realidad queramos decir: “como me gustaría acariciarte las tetas con suavidad hasta hacer poner tus pezones duros”, ni cuando en una conversación decimos: “Pues a mi me gusta mucho la verdura para cenar, más que la sopa incluso” queramos decir: “Lamería todo tu cuerpo muy despacio hasta notar que tus estremecimientos me vuelven a excitar” No, no digo eso, aunque también. Lo que quiero decir es que cuando decimos ¿Tu estudiaste medicina en Benicarló?” en realidad lo que estamos diciendo es: “Cómo me hubiera gustado conocerte cuando estabas sola allá en la universidad e invitarte al cine, hablar y hablar mientras cenábamos en una terraza junto al mar”, pero también, lo siento, porque no confesarlo habríamos querido añadir: “Cómo me hubiera gustado desnudarte a besos después en tu habitación del hotel”. También pudiera pasar que hubiéramos querido decir: “Cómo será morder tus labios húmedos” cuando de nuestra boquita sale: “¿Has estado alguna vez en Logroño? Bien esto nos puede pasar o no, yo no digo que nos pase, a mi a veces me pasa, incluso me veo fumando el típico cigarro de después de la conjunción feliz de los respectivos líquidos, aunque yo no me lo fumaba incluso cuando fumaba.

Qué por que pienso todo esto después de nuestra comida a ocho, pues no lo se, en realidad estoy descargando mi subconsciente, de momento solo el subconsciente. Uno quiere pensar que detrás de lo que escucha y ve en una comida entre hombres y mujeres siempre hay mucho más, aunque confieso que yo me entero poco. De lo que si me he enterado es de que cuando la camarera guapa me decía “¿Usted ha pedido crema?”, ella me estaba diciendo: “Quiere venir conmigo luego, vivo aquí al lado y necesito una ducha para quitarme el olor a merluza a la plancha, me ha gustado su sonrisa y me gustaría besarla”, y yo le he contestado, “Si, para mi”, cuando en realidad le estaba diciendo, “No te preocupes, yo te enjabonaré y te secaré hasta notar el verdadero olor de tu piel, después abriré tu cama blanca…”. 

Bien, lo único que es verdad de todo esto es que cuando hablamos hombre y mujeres además de nuestros deseos más ardientes que no expresamos la mayoría de las veces, jugamos a ser otros, otros que también somos o que querríamos ser. Nos sentimos muy capaces de serlo, algunas veces lo logramos, otras, la mayoría, no, pero soñar seguimos soñando. Es verdad también que a veces alguien dice realmente; “Te follaría”, cuando en realidad lo que está pensando es: “Tengo tanto sueño que me iría a dormir ahora mismo”.

 Así que, no se vosotros pero yo me lo pensaré muy  bien cuando le pregunte a Ella: Has leído el último libro de Paul Auster? , porque si me contesta: “No, ¿me lo quieres traer mañana a mi casa al atardecer y te invito a un café?”, yo no se que querrá decir realmente, me confundiré y hasta seré capaz de decirle: “Lo siento, no puedo beber café, tengo la tensión alta”.